Rafael Reyes-Ruiz
Apuré el paso y me levanté el cuello del impermeable. Ascendía por la
calle empinada hacia Yamato Hill mientras la lluvia barría en ráfagas con olor
a humedad y mar revuelto. Nubarrones veloces cruzaban el cielo y, por momentos,
la luna asomaba entre ellos.
Gabrielle me
esperaba en un bar cerca del antiguo hipódromo. Iba allí de vez en cuando a
beber una copa, casi siempre solo. A Roxanna no le gustaba el lugar, ni el jazz que lo ambientaba; decía que parecía un escenario armado para turistas nostálgicos. Adentro todo estaba a
media luz y al fondo había grandes ventanales desde donde se veía el costado
oscuro del parque y, más allá, las luces del malecón.
Roxanna no sabía de
ese encuentro. Ni siquiera sabía quién era Gabrielle. La había mencionado
apenas una o dos veces al hablar de mi viaje por la India antes de conocernos.
En aquel entonces
todavía pensaba que Japón era algo temporal, una escala antes de convertirme en
la persona en la que algún día podría llegar a ser.
Creía que bastaban unos pocos años más de esfuerzo y ahorro antes de mudarnos a
Tailandia y vivir la vida que habíamos soñado cuando nos conocimos. Una vida
más lenta, dedicada a la lectura y la escritura, al yoga y la meditación.
Podríamos trabajar como profesores o traductores si necesitábamos más dinero.
En aquellos días no dudaba de nada. Daba por hecho que las cosas terminarían
por encajar tarde o temprano.
Cuando llegué al bar, Gabrielle estaba sentada en una mesa junto a la ventana,
mirando la bahía. Su rostro había cambiado menos de lo que esperaba tras los
diez años transcurridos. Primero nos dimos la mano, luego nos abrazamos y
reímos un poco, como si no pudiéramos creer que nos estábamos viendo.
Pedimos whisky. Afuera, la bruma descendía sobre el parque y, a ratos, el resplandor del malecón parecía suspendido en el aire.
—Luces igual —dijo
Gabrielle sonriendo apenas.
Quise decir lo
mismo, pero sentí una ligera tensión y cambié de rumbo.
—Me sorprendió tu
mensaje —dije—. ¿Solo vienes por tres días?
—Es un viaje de
trabajo. Ya sabes cómo es.
—Claro.
La miré a los ojos.
En su correo, aparte de las fechas del viaje, Gabrielle había
escrito que las cosas no iban como esperaba y que hablar conmigo un rato le
haría bien. No añadió nada más, solo su nombre seguido de un apellido que no
era el suyo, probablemente el de un marido que imaginé por un instante y que,
de algún modo, no pude asociar con ella.
—Es un libro de fotografías sobre casas de las primeras décadas del
siglo pasado que todavía siguen en pie en Yokohama y Shanghai —explicó—. Estoy intentando organizar las sesiones según el clima —dijo—. No está
colaborando.
Desvió la mirada
hacia la barra e hizo una señal al encargado para que nos sirviera otra ronda.
En ese breve
instante imaginé su vida en Londres —o quizá en otra ciudad que yo desconocía—:
apartamentos alquilados, hoteles anónimos. Me pregunté si realmente se
había casado o si aquel apellido pertenecía apenas a una historia pasajera
que yo nunca llegaría a conocer. Por un momento sentí que la imagen
que había conservado de Gabrielle todos esos años empezaba a resquebrajarse.
Ella volvió a
mirarme.
—¿Y tú? ¿Sigues
escribiendo?
Asentí, pero no
quise agregar nada. No era ese el momento de hablar de los giros de mi libro inconcluso. Gabrielle había sido la primera persona a quien le hablé de mi
intención de abandonar mi vida como traductor en Japón
para dedicarme a la ficción literaria, un sueño antiguo que había resurgido justamente durante aquel viaje a
Orissa con ella y con Pippa, su amiga de infancia.
—Mi matrimonio está
en ruinas —dijo Gabrielle tras el silencio que quedó entre nosotros. Lo dijo
sin levantar la mirada, como si describiera algo ya concluido. —Bajó la vista hacia
el vaso—. Mi esposo ya no me ama. Creo que hemos empezado a odiarnos.
—Lo siento mucho
—dije casi sin pensar. Me sonó insuficiente
en el mismo momento en que lo pronuncié.
—Ya no importa
demasiado —replicó con un leve encogimiento de hombros—. Nos vamos a divorciar.
Pero no quiero hablar de mí. Cuéntame tu vida.
Me miró como si
esperara un reporte preciso.
Estuve a punto de decirle la verdad. Luego no
lo hice.
Le hablé en términos
generales sobre mi trabajo en la academia de idiomas. No mencioné que desde
hacía meses me despertaba con la impresión de estar viviendo una vida ajena, ni
que muchas mañanas me costaba trabajo levantarme para ir a la oficina y fingir
interés en conversaciones y reuniones interminables. Tampoco hablé mucho de
Roxanna; solo lo mínimo. Tal como ella habría querido; una vez me dijo que
prefería que nunca la mencionara a gente que no conocía.
Gabrielle escuchaba
en silencio, observándome de una manera que me inquietó ligeramente. Recordé
entonces otra mirada, muchos años atrás: Pippa, despierta en la oscuridad
observándonos desde la otra cama en aquel hotel de Puri. Poco a poco había
empezado a parecer natural dormir los tres en la misma habitación. Nos habíamos vuelto inseparables durante aquel viaje por Orissa,
después de que conociera a Gabrielle y a Pippa en un restaurante de mochileros
en Calcuta.
Gabrielle mencionó a
Pippa solo una vez durante la conversación.
—Está en Suiza ahora
—dijo—. Nunca permanece mucho tiempo en un mismo lugar.
Sonrió apenas al
decirlo y giró lentamente el vaso entre las manos. Por un instante tuve la
sensación de que estábamos recordando lo mismo: el rugido del mar oscuro, el
olor del hachís y aquel ardor ya lejano.
Luego Gabrielle
habló del ensayo que escribiría para el libro, algo relacionado con inmigrantes
chinos en Yokohama y las antiguas rutas comerciales entre Japón y China.
Mientras la escuchaba, pensé que todavía se movía por el mundo como antes, más
por impulso que por un plan claro. Y sin embargo había algo extrañamente
coherente en esa deriva.
En algún momento
guardó silencio y volvió la mirada hacia la bahía.
—A veces sueño con
Puri —dijo después de un rato—. Veo el hotel junto al mar o el templo de Jagannath, al que nunca pudimos entrar. —Sonrió levemente—. Y contigo. —No dije nada—. Recuerdo sobre todo
tu manera de mirar entonces —añadió mirándome de soslayo—. Como si estuvieras
siempre a punto de huir.
Sus palabras me
inquietaron más de lo que quise admitir. Había pensado que esa versión de mí
había desaparecido; sin embargo seguía allí, observando desde algún rincón
oculto.
De repente recordé
despertarme en mitad de la noche y ver a Gabrielle sentada en la mesa con la lámpara encendida, escribiendo en silencio en su diario mientras el mar
rugía más allá de las contraventanas. Nunca le pregunté de qué trataba.
Hablamos un rato de
las ciudades que habíamos visitado recientemente y de la extraña sensación de
volver a lugares que ya no eran nuestros. Mientras tanto yo pensaba en
Gabrielle despierta en la habitación tenue del hotel, escribiendo palabras que
yo nunca leería.
Más tarde salimos
del bar.
La lluvia había
cesado, pero la niebla se deslizaba lentamente entre los árboles del parque, borrando partes del camino. Avanzamos en silencio
durante varios minutos. Gabrielle me tomó del brazo para no resbalar en un
tramo mojado de la vereda, y ese gesto simple me produjo una tristeza repentina
que no supe ubicar.
Por un momento sentí
el impulso de decirle que lo dejáramos todo y nos fuéramos a algún lugar,
lejos, como si el tiempo no hubiera pasado y siguiéramos allí, en ese hotel
casi derruido al borde de la playa. Pero el impulso desapareció casi enseguida.
Seguimos
descendiendo hacia Motomachi. Las calles estaban casi vacías y el murmullo
lejano del puerto subía entre la niebla. Me pareció ver a alguien caminando
unos metros delante de nosotros, una figura delgada con impermeable oscuro que
dobló una esquina y desapareció. Pensé absurdamente en Pippa, en la joven
tailandesa del lunar en la mejilla, quizá hasta en otra versión de mí mismo
alejándose por esas calles.
La visión me produjo
una inquietud repentina.
Recordé entonces una
noche, muchos años atrás, en la que había subido solo por esa misma colina bajo la lluvia,
convencido de que una mujer a quien había amado caminaba delante de mí entre
las sombras. Durante horas la busqué por calles vacías y senderos del parque
hasta comprender, con una claridad dolorosa, que lo que perseguía no era
realmente a esa mujer.
La bruma se volvió
más densa a nuestro alrededor.
Gabrielle se detuvo
de repente y buscó el teléfono en el bolsillo del abrigo.
—Perdón —murmuró—.
Mi abogado no deja de enviarme mensajes.
La luz azul iluminó
brevemente su rostro antes de que volviera a guardar el teléfono. Había una
tensión en sus ojos, como si algo en ella hubiera cedido sin hacer ruido.
Cuando llegamos a la
entrada del metro, Gabrielle se detuvo.
—Me alegra haberte
visto —dijo.
Nos abrazamos
durante un largo rato. Sentí la humedad de su abrigo y, por un instante, el
sonido del mar en Puri, la habitación oscura, Pippa despierta observándonos en
silencio, regresó con una nitidez insoportable.
Luego Gabrielle bajó
sola las escaleras del metro y desapareció.
No me moví hasta que
alguien pasó rozándome y me devolvió al presente. Más tarde emprendí el camino
de vuelta cuesta arriba; nuestra casa en Negishi estaba al otro lado. La ciudad
parecía suspendida en una especie de sueño: los jardines húmedos, las casas
silenciosas, la luz difusa de las farolas flotando en la niebla.
Pensé en Roxanna
despierta en nuestro dormitorio con vistas al jardín, en los reproches que me
haría por no avisar de que llegaría tarde, en mi
oficina en Tokio y en las reuniones interminables, y me pareció que toda esa
vida podía desaparecer tan fácilmente como una figura borrándose en la bruma.
Al llegar nuevamente
a la cima de Yamato Hill me detuve a contemplar la bahía. Apenas se distinguían
algunas luces dispersas sobre el agua negra. Tuve entonces la sensación de que
mi vida entera había transcurrido allí, en esa colina húmeda y fantasmal, caminando
detrás de algo que nunca alcanzaría del todo a ver.
Rafael Reyes-Ruiz (Bogotá, 1961)
tiene un doctorado en Antropología por The New School for Social Research
(Nueva York). Ha sido profesor de Ciencias Sociales y Humanidades en Oberlin
College (Ohio) y en Zayed University (Dubái). Escribe sus obras en español e
inglés; ha publicado seis novelas en español y cinco de ellas han sido escritas
por él mismo en inglés. Ha publicado cuentos en diversos medios y ha coeditado
dos antologías: una dedicada a escritores latinoamericanos en Japón y otra a
escritores hispanohablantes en el golfo Pérsico/Árabe.

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