lunes, 14 de septiembre de 2026

LA BRUMA

Rafael Reyes-Ruiz

 

Apuré el paso y me levanté el cuello del impermeable. Ascendía por la calle empinada hacia Yamato Hill mientras la lluvia barría en ráfagas con olor a humedad y mar revuelto. Nubarrones veloces cruzaban el cielo y, por momentos, la luna asomaba entre ellos.

Gabrielle me esperaba en un bar cerca del antiguo hipódromo. Iba allí de vez en cuando a beber una copa, casi siempre solo. A Roxanna no le gustaba el lugar, ni el jazz que lo ambientaba; decía que parecía un escenario armado para turistas nostálgicos. Adentro todo estaba a media luz y al fondo había grandes ventanales desde donde se veía el costado oscuro del parque y, más allá, las luces del malecón.

Roxanna no sabía de ese encuentro. Ni siquiera sabía quién era Gabrielle. La había mencionado apenas una o dos veces al hablar de mi viaje por la India antes de conocernos.

En aquel entonces todavía pensaba que Japón era algo temporal, una escala antes de convertirme en la persona en la que algún día podría llegar a ser. Creía que bastaban unos pocos años más de esfuerzo y ahorro antes de mudarnos a Tailandia y vivir la vida que habíamos soñado cuando nos conocimos. Una vida más lenta, dedicada a la lectura y la escritura, al yoga y la meditación. Podríamos trabajar como profesores o traductores si necesitábamos más dinero. En aquellos días no dudaba de nada. Daba por hecho que las cosas terminarían por encajar tarde o temprano.

Cuando llegué al bar, Gabrielle estaba sentada en una mesa junto a la ventana, mirando la bahía. Su rostro había cambiado menos de lo que esperaba tras los diez años transcurridos. Primero nos dimos la mano, luego nos abrazamos y reímos un poco, como si no pudiéramos creer que nos estábamos viendo.

Pedimos whisky. Afuera, la bruma descendía sobre el parque y, a ratos, el resplandor del malecón parecía suspendido en el aire.

Luces igual —dijo Gabrielle sonriendo apenas.

Quise decir lo mismo, pero sentí una ligera tensión y cambié de rumbo.

—Me sorprendió tu mensaje —dije—. ¿Solo vienes por tres días?

—Es un viaje de trabajo. Ya sabes cómo es.

—Claro.

La miré a los ojos. En su correo, aparte de las fechas del viaje, Gabrielle había escrito que las cosas no iban como esperaba y que hablar conmigo un rato le haría bien. No añadió nada más, solo su nombre seguido de un apellido que no era el suyo, probablemente el de un marido que imaginé por un instante y que, de algún modo, no pude asociar con ella.

—Es un libro de fotografías sobre casas de las primeras décadas del siglo pasado que todavía siguen en pie en Yokohama y Shanghai —explicó—. Estoy intentando organizar las sesiones según el clima —dijo—. No está colaborando.

Desvió la mirada hacia la barra e hizo una señal al encargado para que nos sirviera otra ronda.

En ese breve instante imaginé su vida en Londres —o quizá en otra ciudad que yo desconocía—: apartamentos alquilados, hoteles anónimos. Me pregunté si realmente se había casado o si aquel apellido pertenecía apenas a una historia pasajera que yo nunca llegaría a conocer. Por un momento sentí que la imagen que había conservado de Gabrielle todos esos años empezaba a resquebrajarse.

Ella volvió a mirarme.

—¿Y tú? ¿Sigues escribiendo?

Asentí, pero no quise agregar nada. No era ese el momento de hablar de los giros de mi libro inconcluso. Gabrielle había sido la primera persona a quien le hablé de mi intención de abandonar mi vida como traductor en Japón para dedicarme a la ficción literaria, un sueño antiguo que había resurgido justamente durante aquel viaje a Orissa con ella y con Pippa, su amiga de infancia.

—Mi matrimonio está en ruinas —dijo Gabrielle tras el silencio que quedó entre nosotros. Lo dijo sin levantar la mirada, como si describiera algo ya concluido.Bajó la vista hacia el vaso—. Mi esposo ya no me ama. Creo que hemos empezado a odiarnos.

—Lo siento mucho —dije casi sin pensar. Me sonó insuficiente en el mismo momento en que lo pronuncié.

Ya no importa demasiado —replicó con un leve encogimiento de hombros—. Nos vamos a divorciar. Pero no quiero hablar de mí. Cuéntame tu vida.

Me miró como si esperara un reporte preciso.

Estuve a punto de decirle la verdad. Luego no lo hice.

Le hablé en términos generales sobre mi trabajo en la academia de idiomas. No mencioné que desde hacía meses me despertaba con la impresión de estar viviendo una vida ajena, ni que muchas mañanas me costaba trabajo levantarme para ir a la oficina y fingir interés en conversaciones y reuniones interminables. Tampoco hablé mucho de Roxanna; solo lo mínimo. Tal como ella habría querido; una vez me dijo que prefería que nunca la mencionara a gente que no conocía.

Gabrielle escuchaba en silencio, observándome de una manera que me inquietó ligeramente. Recordé entonces otra mirada, muchos años atrás: Pippa, despierta en la oscuridad observándonos desde la otra cama en aquel hotel de Puri. Poco a poco había empezado a parecer natural dormir los tres en la misma habitación. Nos habíamos vuelto inseparables durante aquel viaje por Orissa, después de que conociera a Gabrielle y a Pippa en un restaurante de mochileros en Calcuta.

Gabrielle mencionó a Pippa solo una vez durante la conversación.

—Está en Suiza ahora —dijo—. Nunca permanece mucho tiempo en un mismo lugar.

Sonrió apenas al decirlo y giró lentamente el vaso entre las manos. Por un instante tuve la sensación de que estábamos recordando lo mismo: el rugido del mar oscuro, el olor del hachís y aquel ardor ya lejano.

Luego Gabrielle habló del ensayo que escribiría para el libro, algo relacionado con inmigrantes chinos en Yokohama y las antiguas rutas comerciales entre Japón y China. Mientras la escuchaba, pensé que todavía se movía por el mundo como antes, más por impulso que por un plan claro. Y sin embargo había algo extrañamente coherente en esa deriva.

En algún momento guardó silencio y volvió la mirada hacia la bahía.

—A veces sueño con Puri —dijo después de un rato—. Veo el hotel junto al mar o el templo de Jagannath, al que nunca pudimos entrar.Sonrió levemente. Y contigo.No dije nada. Recuerdo sobre todo tu manera de mirar entonces —añadió mirándome de soslayo—. Como si estuvieras siempre a punto de huir.

Sus palabras me inquietaron más de lo que quise admitir. Había pensado que esa versión de mí había desaparecido; sin embargo seguía allí, observando desde algún rincón oculto.

De repente recordé despertarme en mitad de la noche y ver a Gabrielle sentada en la mesa con la lámpara encendida, escribiendo en silencio en su diario mientras el mar rugía más allá de las contraventanas. Nunca le pregunté de qué trataba.

Hablamos un rato de las ciudades que habíamos visitado recientemente y de la extraña sensación de volver a lugares que ya no eran nuestros. Mientras tanto yo pensaba en Gabrielle despierta en la habitación tenue del hotel, escribiendo palabras que yo nunca leería.

Más tarde salimos del bar.

La lluvia había cesado, pero la niebla se deslizaba lentamente entre los árboles del parque, borrando partes del camino. Avanzamos en silencio durante varios minutos. Gabrielle me tomó del brazo para no resbalar en un tramo mojado de la vereda, y ese gesto simple me produjo una tristeza repentina que no supe ubicar.

Por un momento sentí el impulso de decirle que lo dejáramos todo y nos fuéramos a algún lugar, lejos, como si el tiempo no hubiera pasado y siguiéramos allí, en ese hotel casi derruido al borde de la playa. Pero el impulso desapareció casi enseguida.

Seguimos descendiendo hacia Motomachi. Las calles estaban casi vacías y el murmullo lejano del puerto subía entre la niebla. Me pareció ver a alguien caminando unos metros delante de nosotros, una figura delgada con impermeable oscuro que dobló una esquina y desapareció. Pensé absurdamente en Pippa, en la joven tailandesa del lunar en la mejilla, quizá hasta en otra versión de mí mismo alejándose por esas calles.

La visión me produjo una inquietud repentina.

Recordé entonces una noche, muchos años atrás, en la que había subido solo por esa misma colina bajo la lluvia, convencido de que una mujer a quien había amado caminaba delante de mí entre las sombras. Durante horas la busqué por calles vacías y senderos del parque hasta comprender, con una claridad dolorosa, que lo que perseguía no era realmente a esa mujer.

La bruma se volvió más densa a nuestro alrededor.

Gabrielle se detuvo de repente y buscó el teléfono en el bolsillo del abrigo.

—Perdón —murmuró—. Mi abogado no deja de enviarme mensajes.

La luz azul iluminó brevemente su rostro antes de que volviera a guardar el teléfono. Había una tensión en sus ojos, como si algo en ella hubiera cedido sin hacer ruido.

Cuando llegamos a la entrada del metro, Gabrielle se detuvo.

—Me alegra haberte visto —dijo.

Nos abrazamos durante un largo rato. Sentí la humedad de su abrigo y, por un instante, el sonido del mar en Puri, la habitación oscura, Pippa despierta observándonos en silencio, regresó con una nitidez insoportable.

Luego Gabrielle bajó sola las escaleras del metro y desapareció.

No me moví hasta que alguien pasó rozándome y me devolvió al presente. Más tarde emprendí el camino de vuelta cuesta arriba; nuestra casa en Negishi estaba al otro lado. La ciudad parecía suspendida en una especie de sueño: los jardines húmedos, las casas silenciosas, la luz difusa de las farolas flotando en la niebla.

Pensé en Roxanna despierta en nuestro dormitorio con vistas al jardín, en los reproches que me haría por no avisar de que llegaría tarde, en mi oficina en Tokio y en las reuniones interminables, y me pareció que toda esa vida podía desaparecer tan fácilmente como una figura borrándose en la bruma.

Al llegar nuevamente a la cima de Yamato Hill me detuve a contemplar la bahía. Apenas se distinguían algunas luces dispersas sobre el agua negra. Tuve entonces la sensación de que mi vida entera había transcurrido allí, en esa colina húmeda y fantasmal, caminando detrás de algo que nunca alcanzaría del todo a ver.


Rafael Reyes-Ruiz (Bogotá, 1961) tiene un doctorado en Antropología por The New School for Social Research (Nueva York). Ha sido profesor de Ciencias Sociales y Humanidades en Oberlin College (Ohio) y en Zayed University (Dubái). Escribe sus obras en español e inglés; ha publicado seis novelas en español y cinco de ellas han sido escritas por él mismo en inglés. Ha publicado cuentos en diversos medios y ha coeditado dos antologías: una dedicada a escritores latinoamericanos en Japón y otra a escritores hispanohablantes en el golfo Pérsico/Árabe.

 

 

 

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