Shota Iatashvili
No tenía ni idea de qué le pasaba a la chica. Hacía su movimiento, contenía la respiración unos segundos, luego movía la mano de nuevo hacia el tablero y tocaba la pieza que acababa de colocar, como si la acariciara, o bien agarraba suavemente la parte superior de la pieza con sus dedos pálidos y luego la hacía girar ligeramente, moviéndola unos milímetros hacia un lado susurrando: "acomodo”, con voz cálida y algo ahogada para luego apoyar una vez más su cabeza rubia en la palma carnosa.
Hacía esto después de cada
movimiento. No solo ajustaba sus propias piezas; también lo hacía con las mías.
Incluso cuando las coloqué con mucho, mucho cuidado, justo en el centro de la casilla,
ella seguía ajustándolas. Empecé a sentirme inquieto cada vez que ella
realizaba una jugada. Perdía el hilo de mis pensamientos, las variantes
calculadas y las combinaciones preparadas se confundían unas con otras. Toda mi
atención se concentraba en ella, que en cualquier momento iba a extender la
mano hacia la pieza que yo acababa de mover, tocarla, acariciarla, incluso
levantarla apenas del tablero para volver a depositarla exactamente en la misma
casilla y decir con aquella voz enigmática:
—Acomodo.
Era una norma. Los ajedrecistas
pueden ajustar sus piezas, o incluso las del oponente, siempre que pronuncien
esas palabras mágicas al hacerlo. Si no pronuncian las palabras, la regla
establece que deben mover la pieza que hayan tocado (si era suya) o capturarla
(si era de su oponente), suponiendo que sea legal hacerlo. Por desgracia, no
había nada en las reglas sobre cuántas veces un jugador podía ajustar una
pieza, así que esta chica ejercía su derecho en cada jugada. De hecho, a veces
incluso varias veces entre jugadas: tocaba el caballo blanco, o el alfil negro,
o los peones de ambos jugadores... Su mano recorría el tablero, acercándose a
una pieza mientras murmuraba en una especie de trance:
—Acomodo, acomodo, acomodo. Y
mientras tanto mi mente se iba nublando poco a poco. Cometía errores groseros y
siempre terminaba perdiendo contra ella.
Me acordé de esa chica cuando el
gran maestro Suetin nos dio una conferencia sobre la preparación psicológica
del ajedrecista. Sobre la preparación psicológica y la influencia psicológica.
Nos lo explicaba en teoría y, al mismo tiempo, ilustraba cada concepto con
ejemplos concretos. Contó varios casos de partidas ganadas gracias a la presión
psicológica ejercida sobre el adversario.
Entre ellos relató este:
—Había un jugador que, apenas hacía
una jugada, se quedaba mirando fijamente a los ojos de su rival. No apartaba la
vista. Y cuando el adversario respondía, procuraba contestar lo más rápido
posible para volver a sostenerle la mirada. Ninguna regla prohíbe mirar al
oponente, así que este tampoco podía protestar. Y de ese modo consiguió sacarlo
de concentración y vencerlo.
En cuanto escuché aquello, todo se
volvió claro para mí.
Comprendí que aquellas
interminables y desesperantes maniobras de acomodar las piezas constituían un
método cuidadosamente elaborado de presión psicológica. Al menos eso creí
entonces. Aunque, pensándolo bien, ¿qué métodos elaborados podía haber desarrollado
una niña de apenas doce años? Probablemente se trataba simplemente de una
neurosis. Una neurosis silenciosa, una necesidad irresistible de tocarlo todo.
O quién sabe... Tal vez su padre
era ciego y había aprendido a jugar con él.
Los ciegos participaban siempre en
nuestros torneos. Se sentaban aparte y, curiosamente, eran quienes más
espectadores atraían. Cada vez que el rival hacía una jugada, ellos extendían
ambas manos sobre el tablero para descubrir qué pieza había sido movida, desde
qué casilla y hasta cuál. Una vez que lograban reconstruir la posición,
permanecían inmóviles, con la mirada perdida hacia el techo del salón o, más a
menudo, dirigida hacia un adversario invisible. Después volvían a recorrer el
tablero con las manos y hacían su propia jugada.
No siempre, pero también contra los
ciegos perdía con bastante frecuencia.
A veces, cuando terminaba la
partida, me pedían que los acompañara hasta la parada de autobús más cercana.
Cerraban su tablero plegable de casillas desgastadas, se lo ponían bajo el
brazo, yo les ofrecía el mío y caminábamos hasta la Filarmónica. Les iba
leyendo los números de los autobuses que llegaban, uno tras otro, hasta que
aparecía el que necesitaban. Los ayudaba a subir y luego emprendía el camino de
regreso a casa... derrotado por un ciego.
En aquellos torneos por sistema
suizo ocurría de todo.
Una vez apareció un soldado ruso.
Tenía las mejillas coloradas y era evidente que provenía de alguna remota
provincia perdida de Rusia. Llegaba directamente desde el cuartel. Casi siempre
lo hacía tarde, entraba corriendo, jadeando, se sentaba frente al tablero... y
nos derrotaba a todos, partida tras partida.
Les ganaba también a los ciegos, a
la chica que acomodaba las piezas, a nuestros mejores jugadores de primera
categoría y hasta a los candidatos a maestro. Pasó por encima de todos con una
facilidad humillante y terminó ganando el torneo. Después regresó a su cuartel
y nunca más volvió a aparecer.
Supongo que poco tiempo después
terminó el servicio militar y lo enviaron de regreso a aquella provincia
olvidada. Quizá ahora siga viviendo allí, ya envejecido, entregado a la bebida
y, cuando anda escaso de dinero, todavía les gane alguna botella de vodka
apostando partidas de ajedrez a sus paisanos.
¿Qué me hizo acordar ahora de aquel
soldado ruso, si en realidad quería hablar de otro ruso muy distinto, del gran
maestro Suetin, el mismo que nos dio aquella conferencia sobre la preparación
psicológica del ajedrecista y que luego se sentó a jugar una exhibición
simultánea contra nosotros, un grupo de chicos con las orejas aún puntiagudas
por la infancia?
Ahí estaba yo. Hice una jugada,
luego otra. El gran maestro Suetin caminaba sin cesar, trazando círculos entre
las mesas. Debía enfrentarse al mismo tiempo a veinte o veinticinco niños y
despacharnos a todos casi con un simple movimiento de la mano.
Suetin era un hombre corpulento;
incluso podría decirse descomunal. Pero eso no tenía ninguna importancia. El
ajedrez será un deporte, sí, pero no atletismo. No hace falta un cuerpo
perfecto para jugar bien. Lo que hace falta es una mirada penetrante, movimientos
ágiles de la mano y una inteligencia afilada. Y el gran maestro Suetin poseía
todo eso.
Avanzaba con seguridad entre el
rectángulo formado por las mesas. Sin embargo, cuando pasó un par de veces
junto a mí y levanté la vista, advertí un detalle extraño: llevaba unas gafas
enormes, con lentes desproporcionadamente gruesas. Detrás de aquellos
cristales, sus ojos aparecían gigantescos, deformados. Y fueron precisamente
esos ojos magnificados los que me sugirieron una idea bastante desagradable.
El gran maestro acababa de
contarnos que un ajedrecista había derrotado a su rival manteniéndole la mirada
durante toda la partida. En ese mismo instante pensé: si ese método existe, si
ya ha demostrado funcionar y, además, no infringe ninguna regla... ¿por qué no
utilizarlo ahora mismo?
No bien se me ocurrió, levanté la
cabeza y clavé los ojos en los del gran maestro Suetin. Él me miró desde
arriba, hizo su jugada y siguió caminando tranquilamente.
Continuó avanzando con su pesado
cuerpo de mesa en mesa, realizando los movimientos con absoluta calma mientras
completaba otra vuelta. Yo lo seguía con una mirada tensa; unas veces le
perforaba la espalda, otras la nuca, otras el perfil del rostro. Cuando volvió
a acercarse, me lanzó una mirada de soslayo, hizo otra jugada y siguió su
camino.
Bajé la vista al tablero. Habíamos
entrado en una Apertura Española. Conocía bien sus caminos. Decidí de inmediato
qué variante elegir, hice mi movimiento... y seguí taladrándole la espalda con
los ojos.
Mientras tanto volvía a acordarme
de la chica que acomodaba las piezas. Pensaba para mis adentros: «Ojalá el
destino vuelva a cruzarme contigo. Ya vas a ver. Te devolveré exactamente lo
mismo. Te atravesaré con la mirada hasta que bajes los ojos de vergüenza. Ya no
podrás mirar bien el tablero; te temblarán la mano y la voz; no podrás hacer
una jugada decente ni pronunciar con esa vocecita temblorosa tu "la
acomodo...". Entonces sí... entonces me vengaré de ti. Te derrotaré sin
piedad.»
Pero ¿qué importaba ahora aquella
chica? Estaba jugando contra el gran maestro Suetin y la lucha ya había entrado
en el medio juego. Yo, un chico correcto, educado, siempre con las mejores
calificaciones, extraordinariamente tímido, de esos que se ruborizan por las
cosas más insignificantes, empecé a mover con rapidez. No apartaba la vista de
aquel cuerpo torpe y pesado; mejor dicho, intentaba atrapar la mirada escondida
tras aquellas enormes gafas. A veces incluso lo conseguía. Y entonces leía en
sus ojos una furia terrible. Una crueldad feroz. Después de todo, ¿cómo iba a
soportar que un chiquillo al que acababa de enseñar de buena fe un recurso
psicológico se atreviera, media hora más tarde, a utilizar precisamente ese
mismo recurso contra él?
Estábamos ya casi al final del
medio juego. Miré el tablero y no podía creerlo. Tenía una posición claramente
superior. Casi ganadora.
«¡El método funciona!», pensé.
El gran maestro Suetin se acercó,
se detuvo frente a mi tablero. Yo seguía mirándolo con obstinación. Él se
inclinó sobre la posición, hizo su movimiento y, justo en ese instante, acercó
todavía más el rostro al mío para susurrarme al oído, en ruso, de manera casi
agresiva, procurando que nadie más lo oyera:
—¡No me mires a los ojos!
Me estremecí. El muchacho correcto,
tímido y aplicado bajó inmediatamente la cabeza y fijó la vista en sus propios
zapatos. Sentía cómo el gran maestro seguía caminando. Cuando se alejó, apenas
me atreví a levantar los ojos hacia el tablero para descubrir qué jugada había
hecho. Todo a mi alrededor estaba borroso. Forcé la vista hasta distinguir, con
dificultad, la posición de las piezas. Volví a bajar la cabeza y me quedé
mirando mis zapatos. Calculaba variantes de memoria, desplazaba las piezas
mentalmente e intentaba encontrar así la forma de seguir luchando.
Se acercaba...
Creo que ya lo había encontrado... Llegó
hasta mi mesa. Se detuvo frente a mí. Levanté apenas la vista e hice mi jugada.
Él respondió haciendo resonar la pieza contra el tablero y siguió adelante. Completó
otra vuelta sin que yo levantara la cabeza. Y creo que una tercera también. Mientras
tanto mi posición iba deteriorándose a ojos vista. La ventaja conquistada
comenzaba a evaporarse. Y, sin embargo, seguía oyendo en mi oído aquel susurro:
—¡No me mires a los ojos!
Y entonces me enojé. De golpe. ¿Con
qué derecho me lo prohibía? ¿Por qué no podía mirarlo? ¿Acaso no acababa de
decirnos él mismo que aquello no infringía ninguna regla? Ahora era él quien
estaba rompiendo el espíritu de lo que acababa de enseñarnos. Tal vez no
violaba ninguna norma escrita, pero intentaba ejercer presión psicológica sobre
mí...
Hasta ese momento había sido yo
quien ejercía presión psicológica sobre él. Y aquella cabeza avergonzada se
levantó de pronto con orgullo. Quise mirarlo. Ya venía caminando hacia mí. Sus
ojos agrandados por las gruesas lentes se encontraron con la mirada
aparentemente inocente, aunque obstinada, de un niño. No apartó la vista. Seguía
avanzando. Y seguía mirándome. Con una expresión casi feroz. Comprendí que
precisamente en ese instante debía resistir. Y resistí. Llegó hasta mi tablero.
Se quedó de pie frente a mí. Me observaba desde arriba. Parecía devorarme con
los ojos. Yo seguía mirándolo. El gran maestro Suetin ni siquiera dirigía la
vista al tablero. Solo me miraba a los ojos. Yo tampoco apartaba la mirada. Temblaba,
pero seguía mirándolo. Ni siquiera parpadeaba.
Y vencí.
Fue él quien retiró primero la
mirada. Entonces bajó los ojos hacia el tablero, realizó su jugada con un
estrépito que resonó por toda la sala y siguió caminando.
Ya quedábamos muy pocos jugadores.
Tal vez siete. Para todos los demás la partida había terminado. Por eso
regresaba a mi mesa cada vez con mayor rapidez. Yo lo contemplaba sin el menor
pudor. Y le jugaba con el mismo descaro. Y le gané. En ajedrez, el derrotado
estrecha la mano del vencedor. Es el gesto que simboliza la rendición. Una
costumbre aceptada, civilizada. Aunque, extraoficialmente, existe otra forma,
bastante menos elegante: cuando uno pierde, puede derribar a propósito su
propio rey sobre el tablero.
El gran maestro Suetin hizo
precisamente eso. Más que dejar caer a su rey, lo estrelló contra el tablero. Y
se marchó sin estrecharme la mano. Yo seguí su figura con la mirada por última
vez. Probablemente aquella fue la mayor victoria de toda mi vida. Después de
eso jamás volví a experimentar una sensación semejante.
En cambio, nunca más volví a
encontrarme con la chica que acomodaba las piezas. Seguíamos jugando los mismos
torneos, pero el destino –o, mejor dicho, el sorteo– nunca volvió a
emparejarnos. Ella quedaba a la izquierda; yo también. Ella arriba; yo arriba. Ella
abajo; yo abajo.
Y, sin embargo, cuánto deseaba
volver a enfrentarla.
Me picaban las manos. La mirada ya
la tenía preparada. Mientras tanto, la muchacha rubia seguía sentándose frente
a otros jugadores y continuaba acomodándoles las piezas. Tal vez lograba
desconcentrarlos. O quizá no.
Poco después, unos muchachos me
sacaron del Palacio del Ajedrez y me dieron una paliza allí mismo, a pocos
metros de la entrada.
Jamás me habían golpeado de esa
manera. Fue la primera y la peor paliza de toda mi vida. No consigo recordar
qué tenían contra mí, qué les molestaba de mí, qué les había hecho. Pero desde
entonces siempre me acompañó la sensación de que aquello había sido un castigo.
Un castigo por la forma en que había tratado al gran maestro Suetin. También
fue profundamente vergonzoso abandonar el ajedrez y huir del Palacio del
Ajedrez.
En uno de los torneos terminé
último entre dieciséis participantes, con apenas medio punto.
Iba perdiendo. Seguía perdiendo. Continuaba
perdiendo. Luchaba desesperadamente, pero por alguna razón siempre acababa
perdiendo. En casa lo ocultaba. Le mentía a mi padre. Yo ya era estudiante
universitario.
A veces le decía que había hecho
tablas; otras, que había ganado.
Le mentía porque él había sido
quien me llevó por primera vez a una escuela de ajedrez. Deseaba de verdad que
yo jugara bien. Cada uno de mis pequeños éxitos lo llenaba de felicidad. Y yo
no quería que supiera hasta qué punto estaba fracasando. No quería
entristecerlo.
Ese miserable medio punto se lo
arranqué a un jugador indio. Los demás ya se burlaban de mí.
—Ese pobre indio creyó que eras un
rival fuerte y por eso aceptó las tablas. Si no, también te habría ganado.
Jugué mi última partida y salí de
allí corriendo. No quise volver a mirar hacia el edificio. Llegué casi a odiar
el ajedrez. Para mí, en aquella época, el ajedrez era una derrota interminable.
Las derrotas frente a la chica que acomodaba las piezas. Las derrotas frente a
los jugadores ciegos. La paliza recibida delante del Palacio del Ajedrez. El
medio punto. El último puesto. Las burlas. ¿Qué podía pesar, frente a todo eso,
una única victoria insolente sobre el gran maestro Suetin?
Pero comprendí que el ajedrez podía
ser todavía una derrota mucho mayor cuando me enteré de la muerte de mi primer
entrenador, Shota Intskirveli.
Aquel hombre que había formado
campeones del mundo fue encontrado muerto durante los años noventa, en una casa
con las ventanas rotas. Murió de hambre. Murió congelado.
Cuando éramos niños, a veces
sentaba sobre sus rodillas a la vivaz Keti Abashidze mientras analizaba
nuestras partidas y nos enseñaba aperturas y pequeños secretos del ajedrez. Cada
vez que yo veía a aquella luminosa Keti Abashidze, mi concentración se
desvanecía y ya no lograba seguir hasta el final los análisis posicionales del
entrenador. Y cuando ella era mi rival, casi siempre perdía. Exactamente igual
que contra la chica que acomodaba las piezas. Muchos años después, cuando ya
había terminado la universidad, volví a encontrarme con Keti Abashidze. Seguía
irradiando la misma vitalidad. Me invitó a su casa, en Vake.
Tomamos el té, recordamos la
infancia y luego dijo:
—Ya que estamos recordando viejos
tiempos, juguemos una partida.
Nos sentamos frente al tablero.
Y, naturalmente, volvió a
derrotarme con facilidad. Sonrió y creo que hasta comentó:
—Qué curioso... siempre te gano.
Así era. No parecía ser un jugador
débil. Y, sin embargo, todos parecían derrotarme. De las victorias no quedaba
casi nada. Las derrotas, en cambio, dejaban cicatrices. Me desgastaban por
dentro. Me hacían más pesado. Me transformaban. Y, sobre el fondo de todas
aquellas derrotas, solo me quedaba una historia para contar: cómo había
derrotado al gran maestro Suetin gracias a la presión psicológica. La contaba
una y otra vez. Me consolaba contándola.
La repetí tantas veces que terminé
cansándome incluso de escucharme a mí mismo.
Y entonces la escribí.
Pero ahora, mientras termino de
escribirla, quien vuelve a aparecer ante mis ojos es Shota Intskirveli. Hambriento.
Congelado. Muerto en una casa de ventanas rotas. Y me gusta imaginar que lo
encontraron sentado frente a un tablero de ajedrez, con la mano inmóvil
suspendida en el aire y una dama entre los dedos, a punto de colocarla en f5 o
quizá en g6 para mostrarnos una de aquellas hermosas combinaciones de Mijaíl
Tal o de Bobby Fischer. Y que no estaba solo. Que seguía abrazado a la sombra
de la radiante Keti Abashidze, sentada, como siempre, sobre sus rodillas.
Shota Iatashvili nació en Georgia en 1966.
Escribe poesía y prosa, y es traductor y crítico de arte. De 1993 a 1997
trabajó como editor en el Centro de Letras de la República para los
periódicos literarios Rubicón y La Tercera Vía. Leer
menosEs editor de la editorial The Caucasus House desde 1998 y ha sido editor
jefe del periódico The Alternative, publicado por The Caucasus
House. Entre sus libros de
poesía se encuentran The Wings of Death (1993), Chewing
Gum (1994), The Petrol Flowers (2000), While
It's Time (2006) y A Scar (2010), entre otros. Sus
libros de prosa incluyen Counter-Ajour (1998), The
Flower of All Flowers and an Engineer (2000), Photo-Fathers (2005)
y Gravitation (2012). Entre sus obras de crítica
literaria se encuentra su colección de 2010 Cleaning. Sus
traducciones incluyen Styles of Radical Will (1999) y American
Poets (2004) de Susan Sontag. Ganó el Premio Saba a la Mejor Colección
de Poesía (2007 y 2011), el Premio Internacional de Poesía de la Lavri de Kiev
(2009) y el Premio al Mejor Crítico Literario (2011). Sus obras han sido
traducidas a más de una docena de idiomas.

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