sábado, 4 de julio de 2026

HISTORIA PERSONAL DE LA UCRONÍA

Luis Saavedra

 

“Es un reloj, es tuyo”. El niño se incorporó soñoliento en la cama y miró a su padre a su lado, en la oscuridad. “¿Y por qué? ¿Adónde vas?”. “Volveré, es solo que quería dártelo”. “Pero es tuyo”. “Sí, ahora te lo doy y cuando vuelva será mío otra vez”. Y el padre lo colocó alrededor de la muñeca del niño. “Mira, se ilumina cuando no hay luz”, el rubor fantasmal de los punteros y números marcaba las tres y cuarto de la madrugada. “¿Puedo jugar con él un rato?”. “Ahora no, mañana. Ahora te vas a dormir de nuevo.”

 

La casa está en silencio y solo queda el niño que duerme en la habitación de arriba. Afuera escucha el  motor del vehículo que se marcha calle abajo. Son casi las doce y media en la madrugada y se dirige a la cocina. Enciende la luz y abre el refrigerador, saca una cerveza y se sienta a la mesa para beberla. El gato aparece y se miran largamente. El gato es negro y blanco y tiene una mancha blanca en una de sus orejas. Finalmente, el animal se mueve y va a frotarse contra una de sus piernas. Lo levanta y pone en el regazo. Es cálido y terso y ronronea. Le acaricia debajo de la barbilla y el gato entrecierra los ojos con placer.

Luego de beber la cerveza, vuelve al salón comedor y sigue esperando en la semi oscuridad. No se atreve a encender la lámpara. La luz del alumbrado público se cuela por el follaje y luego por las cortinas para dar un tono azuloso a la habitación. Las fotos sobre el gran televisor, las pinturas marinas en las murallas, los muebles negros. Todo inundado por sombras azules y otras más oscuras. Toma una foto y la lleva a la ventana. En la foto familiar es un día de navidad junto al árbol. Están los cuatro. El padre, la madre y los dos niños. Esta noche, la niña está con su abuela porque es muy pequeña, y duermen en la habitación del fondo del patio. El niño ya es grande, eso es lo que él dice. Tiene nueve años y sabe que cuenta con la confianza de sus padres para quedarse solo mientras ellos están afuera. Un par de horas antes, él leía un libro sobre hombres que se extravían en Marte y tienen que usar su ingenio y humor para llegar con vida a la base. El sueño lo venció en la parte en que deben cruzar un cañón rocoso, en donde encuentran un río subterráneo. Duerme en la habitación de arriba.

Deja la fotografía en su lugar cuando escucha un motor viniendo por la calle. Mira discretamente por la ventana y se encandila con el haz de luces. Tras un segundo, su corazón salta al ver la carrocería azul del auto, pero el modelo no es el correcto. No sabe si sentir decepción o alivio. El auto se aleja y se queda en mitad del living pensando en cuál será su próximo movimiento. Va al dormitorio principal y encuentra de nuevo al gato, dormido a los pies de la cama. Se acerca al velador del lado izquierdo y enciende la luz de la lámpara de noche. Abre el cajón y observa. Hay un folleto de una nueva máquina de afeitar, la novedad para la navidad de ese año. Y abajo está el reloj. Le resulta familiar y anacrónico. Se sienta en el borde de la cama, mientras las manos le tiemblan. Es un bonito reloj, imponente, de metal macizo que trae múltiples segunderos. Sabe que en la oscuridad los números de nácar refulgen suavemente y tiene un dispositivo cinético para recargar su batería caminando. Es el reloj de su padre.

En los viajes de ida y vuelta no puedes llevar nada contigo. Y cuando apareces en un desplazamiento temporal, quedas a tu propia suerte hasta que termina su efecto. Cuanto más lejos viajes por tu propia línea de experiencia, más imprecisa se vuelve la ciencia del salto y llega un momento en que todo se vuelve caótico. Pero para lo que necesitaba, encajaba en el rango. Su reintegro sucedió en el callejón de una población durante una madrugada. Robó un pantalón y una camisa colgados en un patio trasero. El perro se quedó mirándolo lánguidamente. Los zapatos vinieron de un basural y el dinero, de su buena memoria para recordar las apuestas. No las grandes, solo pensaba estar un par de semanas. Pero el desplazamiento lo dejó casi a un año de distancia y en otro país. En Buenos Aires, trabajó de panadero para un viejo almacenero y de guardia nocturno en una fantasmagórica morgue. Compró un boleto de bus hasta Villa Pehuenia y les pidió trabajo a unos burreros. Cruzó hacia Chile por el paso de Pino Hachado. La tercera noche, mientras Tabilo contaba una complicada historia con una china, sintió la Añoranza. “Ché, ¿qué tenés, Ernesto? Te pusiste pálido”. No respondió al nombre de inmediato, había usado tantos nombres. “Nada, Tabilo. Me parece que la pierna de cordero me cayó del orto”. El Universo tiene formas para conservar cierta unidad y todo lo que se encuentra en tránsito, vuelve pronto a su equilibrio. La Añoranza era la forma de la materia para regresar a su lugar. Un tirón en las entrañas que se va haciendo más doloroso hasta que comienzas a doblarte en el pasado|futuro y terminas en el piso de tu presente. En Santiago, encontró un arriendo barato y un puesto de medio tiempo en la cocina de un bar. Su habitación quedaba a media hora caminando de su casa de infancia.

El plan ya no le parece tan sencillo. Incluso suena descabellado, ahora que está sentado en el borde de la cama de sus padres. Aunque se lo pensó un ciento de veces. Ver la sorpresa en el rostro de su padre, contarle una historia sobre el futuro, abrazarse. Todo lo que está entre esos momentos nunca fueron abordados por él en forma satisfactoria. Jamás llegó a un acuerdo consigo mismo. Su paz mental es una ilusión que alcanzará cuando el niño que duerme en la habitación de arriba, se despierte mañana y vea a su padre. Se guarda el reloj en su chaqueta y apaga la luz y baja las escaleras. En uno de los peldaños patea una pelota de plástico que no debía estar allí. No la notó al subir, pero ahora cae un peldaño cada vez con un sonido que no sabe si es ruidoso o apagado. En un momento de pánico, piensa que debe salir ahora mismo de la casa y olvidarlo todo y dejarse llevar de vuelta a su tiempo. Mira hacia la habitación del niño y no se atreve a moverse. Si se despierta ahora y lo ve, se convertirá en un bucle de tiempo que no sabe matemáticamente cómo terminará. La pelota deja el último peldaño y rebota tres, cuatro y cinco veces hasta que se detiene contra la muralla. Espera que se encienda la luz debajo de la puerta, que se abra y aparezca el niño restregándose los ojos. Espera que la fina voz llame a su madre o padre y luego pregunte dos veces y luego grite de terror. Espera que su sangre deje de subir a su cabeza y le deje pensar con mayor claridad. Pero, finalmente, es el gato el que sale de la habitación matrimonial y baja entre sus piernas hasta encontrar la pelota. Sigue mirando la puerta de la que era su habitación, pero no pasa nada. Relaja la presión sobre el pasamanos de la escalera. Baja suavemente, con cuidado y se sienta en el sofá. Solo entonces se permite tener un pequeño momento de colapso emocional, nervioso, y solloza con una mano sobre la boca. Cierra los ojos y se reclina. El reloj de la pared indica las dos y cuarto de la madrugada.

El plan era sencillo. Salvar a sus padres de morir en un accidente vehicular la madrugada de ese día. El tiempo es tan complejo que no está claro qué pasa con las paradojas. Si simplemente se adapta y crea una nueva corriente que fluye alejándose de la original. O tu historia sigue siendo la misma, no importa cuántas veces quieras cambiarla. Su padre regresó por un motivo que ya no importa y entró a la pieza de su hijo para darle el reloj. Él siempre fue emocional cuando tomaba una copa de más. Su hijo también lo es, la emoción lo inunda cuando piensa en ellos a solas. Creció con sus tíos maternos y sus primos. Se peleó en la escuela y tuvo su primera novia a los catorce. Tuvo una perra que se llamaba Toña y generaciones de hamsters que no duraban más de dos años. Y a través de todo ese intenso viaje hacia el futuro, el reloj se mantuvo constante en la caja de sus recuerdos y, una vez que lo redescubrió a los dieciséis, ya no quiso olvidarse. Ingeniería, física, Paris y Tokio. Un doctorado en Estados Unidos y una invitación a incorporarse al Proyecto. En el Proyecto conoció a una chica y en una noche de karaoke se fueron a la cama. El test de embarazo dio positivo dos semanas después. El Proyecto luego lo eyectó treinta y tres años en lo profundo del pasado. Mareado por el vértigo temporal vomitó una bilis amarilla. El plan era sencillo, pero la cadena de eventos que lo había traído fue tan retorcida que a la luz de esa madrugada su bilis le pareció espesa y oscura.

Son veinte para las tres de la madrugada. Sueña. Con el primer día que vino a su casa. Está en la acera de enfrente y se ve a sí mismo jugando con Pancho. Hacen carreteras en el suelo del jardín para hacer pasar los convoyes de tanques plásticos y carritos de bombero hechos en China. Desde atrás, su padre le pregunta si puede ayudarle y da un salto. Se da la vuelta y enfrenta su gesto penetrante y desconfiado. No lo vio venir, fue una idiotez llegar hasta acá a plena luz del día. Y ni siquiera simulando pasar por delante, sino que plantarse como un sicópata al otro lado de la calle. Pero no pudo evitarlo, su corazón saltaba. Su padre le repite la pregunta con más intensidad. “En nada, ché. Solo ando medio perdido, llegué hoy día a Santiago y ando buscando esta dirección.” Le sonríe y le pasa la dirección del departamento que arrendó a pocas cuadras. Su padre toma el papel y lo mira, pero no pierde la cautela. “¿Argentino, eh?”. “Sí, de Entre Ríos”. Al hombre se le ilumina la cara. Ya han estado allá de vacaciones. Dos veces en un balneario a orillas del río Gualeguay. Es un truco sucio que funciona. “Bonito lugar”. “Hermoso, ni se imagina”. Su padre se relaja y apunta calle abajo: “Siga caminando unas cuatro cuadras hasta la avenida Los Pajaritos y doble a la izquierda. No estoy seguro, pero deben ser una ocho o diez cuadras”. “Muchas gracias”. Y antes de alejarse, extiende la mano. Su padre la estrecha y siente una corriente de veinte mil voltios fluyendo entre ambos. “Para servirle”, dice él y atraviesa la calle, abre la reja y se mete en la casa, mientras los niños siguen jugando.

Se despierta sin saber en donde está, con una sensación de alarma y extiende las manos para agarrar algo que solo vive en la oscuridad. ¿Cuánto tiempo se quedó dormido? Mira el reloj de pared que da las tres y cinco de la madrugada. Un auto se ha estacionado afuera. Se espabila y se prepara, las manos le tiemblan. No puede evitar respirar arrítmicamente. Mete la mano en el bolsillo de la chaqueta y encuentra el reloj macizo y real, es una fuerza que lo ayudará a enfrentar lo que viene. En Meyrin tuvo una discusión con un físico que le aseguraba que el tiempo era inflexible. El físico escribió un centenar de ecuaciones en su pizarra que aseguraba que hiciera lo que hiciera, el tiempo conservaba su forma. Se lo quedó mirando un momento y luego se fue. Trabajó un mes sobre la teoría del físico hasta descubrir un pequeño error. Por supuesto, el físico no se lo agradeció, pero no lo había hecho por él. Lo que él necesitaba no era rigurosidad, sino esperanza. Pero, ¿y ahora? No estaba seguro. El pequeño error tal vez no influía, pero nunca volvió a saber del físico para preguntarle. Los resultados del Proyecto tampoco fueron concluyentes porque las desviaciones incluidas en el flujo temporal finalmente estaban ya contenidas. Enviaron pequeños objetos cincuenta, cien años en el pasado, pero pocos sobrevivieron. Una fotografía moderna estaba en los cimientos del mismo edificio. Una cápsula del tiempo fue rescatada del fondo del Támesis. Bastaba con saber en donde buscar porque era un circuito cerrado. Conocías de antemano que iba a estar allí como en un juego adivina-qué-hace-tu-mano-derecha. Llegaron a un callejón sin salida porque para obtener resultados dimensionables debían hacer algo radical y nadie estuvo dispuesto a evitar la Primera Guerra Mundial. Pero quizás algo pequeño, personal. Su propia historia era perfecta. Se ofreció como voluntario para ser el primero en generar una gran paradoja que tal vez lo destruyera a él y también al Proyecto. No le interesó la discusión posterior sobre el método de medición de la paradoja porque sabía de antemano que era un rompecabezas. La noche de karaoke fue su despedida. Despertó al lado de Jean, asistenta ejecutiva de uno de los gerentes del Proyecto. Pelirroja, más alta y delgada, con una rosa tatuada en el dorso de su mano izquierda. La última semana hablaron sobre el niño, ella no abortaría y no le importaba su opinión. Ella argumentó que él no volvería y que era como si ya no existiera. Él no tuvo mucho qué defender. Aún no saltaba, pero la paradoja había ocurrido. Dejaría un niño detrás, preguntándose quién fue su padre.

Suda y siente una punzada suave en el pecho. Si el tiempo no permite paradojas, entonces algo le pasará. ¿La policía del tiempo? ¿Alguien en traje cromado saldrá de un portal, le disparará y arrastrará su cuerpo adentro? ¿O será más sencillo como desaparecer en el momento antes que su padre entre? Una fuerte punzada en el estómago lo inclina. Y luego pasa lentamente. Respira mejor. Son las tres y cinco. Se quiere incorporar porque es el momento de hacerlo, pero primero escucha una llave en la cerradura y entra una figura. Se queda mirando a su padre fijamente en la oscuridad, petrificado. Papá entra tambaleando y hablando por teléfono celular. Se detiene un segundo en el umbral y luego camina directo a la cocina. Tropieza con una silla y se ríe, alguien en el otro lado de la línea le da instrucciones. No, no lo encuentro, Marta, dice y sigue buscando. En el sofá, la fuerza de gravedad lo aplasta, le impide acercarse a su padre. Se siente detrás de una pecera desde donde el exterior parece tan extraño que no tiene nada que ver con él. Esto no está ocurriendo, le sucede a otro y él es solo el espectador. ¿Pero por qué su cuerpo parece una cuerda de guitarra? Esa sensación tan familiar que es el miedo y que lo ha acompañado desde la infancia, desde que sus padres desaparecieron de su vida. ¡Lo encontré!, dice el hombre del celular, vuelvo al auto y nos vamos de nuevo a la fiesta. Sale de la cocina con una botella de champaña, cruza el living y choca con el umbral y vuelve a reír. Su padre, siempre tan alegre con unas copas de más. La puerta se cierra y escucha el ruido del motor alejándose. Son las tres y diez de la madrugada.

Jamás llegó a acercarse a las escaleras.

Suda. Dolor de cabeza. Temblor de piernas. Y en todo ese caos, no entiende qué ha ocurrido. ¿Cuántos pasados pueden existir? ¿A cuántos pasados se puede volver? Y aún no sabe si el tiempo es inflexible. Otra punzada en el estómago, tiene que salir de la casa y volver a su departamento y pensar. Pensar en qué dirá cuando vuelva al Proyecto. En que no es posible demostrar nada porque todos los resultados apuntan a bucles cerrados. Entonces como ahora, sus padres están muertos en el mismo accidente y el reloj. El reloj. El reloj. El reloj. Su cuerpo deja de quejarse, en su cabeza ha encajado una idea. Se levanta del sofá y sube las escaleras ya sin querer ser invisible. Se debilita a cada paso. Se detiene ante la habitación del niño y saca el reloj. Abre la puerta y adentro la oscuridad parcial le da la sensación de estar mirando kilómetros de abismo. El futuro es un abismo, caer durante años, buscando una explicación para un solo momento sublime entre él y el hombre que nunca subió a verle. Sobrevivir no fue una ventaja y se permite un pensamiento sombrío: ¿es suicidio matar a un niño; pensó lo mismo su otro yo, treinta y tres años atrás en su pasado, pero se acobardó? Su vida era un bucle cerrado porque así lo ordena el universo. Hasta hoy, porque ya no teme a las paradojas. Son las tres con catorce minutos de la madrugada.

Hace frío en la calle. O es el sudor que se hiela en su piel. El dolor en su estómago se incrementa y quiere ir a un hospital. Pero sigue caminando calle abajo automáticamente. No hay nadie para verlo marchar como borracho y solo un perro le ladra en una de las casas. Siente que se desvanece de momento en momento. Atraviesa una cancha de fútbol y llega a la avenida que es un río de bestias gigantescas de acero a esa hora. Los camiones lo ignoran. Se detiene y apoya en la estructura de un basurero público. Ya no hay tiempo, le dice su cuerpo. Su mente todavía retiene la imagen azul del niño durmiendo. Él no es un asesino. Cerró la puerta y se marchó, una paradoja tan sencilla. Saca el reloj y lo mira por última vez. Lo deja caer en el basurero. No hay ningún ruido, como en un pozo que no tiene fondo. Su cabeza se despeja y siente que algo viene. Abre la boca en un gesto de dolor, se dobla sobre sí mismo. Se derrumba, pero no alcanza a tocar el suelo.


Luis Saavedra Vargas (Santiago, Chile, 1971). Fue director del fanzine de ciencia ficción chileno Fobos (1998-2004) y editor de las antologías de ciencia ficción Púlsares (2002-2004). Sus relatos han sido publicados en Años luz (Chile); la antología digital Schegge Di Futuro (Italia); y Dimension Latino (Francia); entre otros. Su cuento “Ol’fairies Bar” fue finalista en el concurso Domingo Santos 2005 (España). Es miembro fundador del Grupo Poliedro, dedicado a la literatura fantástica, y su primer libro en solitario salió en 2021 llamado Lentos Animales Interdimensionales.

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