Luis Saavedra
“Es un reloj, es tuyo”. El niño se incorporó soñoliento en la cama y
miró a su padre a su lado, en la oscuridad. “¿Y por qué? ¿Adónde vas?”.
“Volveré, es solo que quería dártelo”. “Pero es tuyo”. “Sí, ahora te lo doy y
cuando vuelva será mío otra vez”. Y el padre lo colocó alrededor de la muñeca
del niño. “Mira, se ilumina cuando no hay luz”, el rubor fantasmal de los
punteros y números marcaba las tres y cuarto de la madrugada. “¿Puedo jugar con
él un rato?”. “Ahora no, mañana. Ahora te vas a dormir de nuevo.”
La casa está en silencio y solo queda el niño que duerme en la
habitación de arriba. Afuera escucha el
motor del vehículo que se marcha calle abajo. Son casi las doce y media
en la madrugada y se dirige a la cocina. Enciende la luz y abre el
refrigerador, saca una cerveza y se sienta a la mesa para beberla. El gato
aparece y se miran largamente. El gato es negro y blanco y tiene una mancha
blanca en una de sus orejas. Finalmente, el animal se mueve y va a frotarse contra
una de sus piernas. Lo levanta y pone en el regazo. Es cálido y terso y
ronronea. Le acaricia debajo de la barbilla y el gato entrecierra los ojos con
placer.
Luego de beber la cerveza, vuelve al salón comedor y
sigue esperando en la semi oscuridad. No se atreve a encender la lámpara. La
luz del alumbrado público se cuela por el follaje y luego por las cortinas para
dar un tono azuloso a la habitación. Las fotos sobre el gran televisor, las
pinturas marinas en las murallas, los muebles negros. Todo inundado por sombras
azules y otras más oscuras. Toma una foto y la lleva a la ventana. En la foto
familiar es un día de navidad junto al árbol. Están los cuatro. El padre, la
madre y los dos niños. Esta noche, la niña está con su abuela porque es muy pequeña,
y duermen en la habitación del fondo del patio. El niño ya es grande, eso es lo
que él dice. Tiene nueve años y sabe que cuenta con la confianza de sus padres
para quedarse solo mientras ellos están afuera. Un par de horas antes, él leía
un libro sobre hombres que se extravían en Marte y tienen que usar su ingenio y
humor para llegar con vida a la base. El sueño lo venció en la parte en que
deben cruzar un cañón rocoso, en donde encuentran un río subterráneo. Duerme en
la habitación de arriba.
Deja la fotografía en su lugar cuando escucha un motor
viniendo por la calle. Mira discretamente por la ventana y se encandila con el
haz de luces. Tras un segundo, su corazón salta al ver la carrocería azul del
auto, pero el modelo no es el correcto. No sabe si sentir decepción o alivio.
El auto se aleja y se queda en mitad del living pensando en cuál será su
próximo movimiento. Va al dormitorio principal y encuentra de nuevo al gato,
dormido a los pies de la cama. Se acerca al velador del lado izquierdo y
enciende la luz de la lámpara de noche. Abre el cajón y observa. Hay un folleto
de una nueva máquina de afeitar, la novedad para la navidad de ese año. Y abajo
está el reloj. Le resulta familiar y anacrónico. Se sienta en el borde de la
cama, mientras las manos le tiemblan. Es un bonito reloj, imponente, de metal
macizo que trae múltiples segunderos. Sabe que en la oscuridad los números de
nácar refulgen suavemente y tiene un dispositivo cinético para recargar su
batería caminando. Es el reloj de su padre.
En los viajes de ida y vuelta no puedes llevar nada
contigo. Y cuando apareces en un desplazamiento temporal, quedas a tu propia
suerte hasta que termina su efecto. Cuanto más lejos viajes por tu propia línea
de experiencia, más imprecisa se vuelve la ciencia del salto y llega un momento
en que todo se vuelve caótico. Pero para lo que necesitaba, encajaba en el
rango. Su reintegro sucedió en el callejón de una población durante una
madrugada. Robó un pantalón y una camisa colgados en un patio trasero. El perro
se quedó mirándolo lánguidamente. Los zapatos vinieron de un basural y el
dinero, de su buena memoria para recordar las apuestas. No las grandes, solo
pensaba estar un par de semanas. Pero el desplazamiento lo dejó casi a un año
de distancia y en otro país. En Buenos Aires, trabajó de panadero para un viejo
almacenero y de guardia nocturno en una fantasmagórica morgue. Compró un boleto
de bus hasta Villa Pehuenia y les pidió trabajo a unos burreros. Cruzó hacia
Chile por el paso de Pino Hachado. La tercera noche, mientras Tabilo contaba
una complicada historia con una china, sintió la Añoranza. “Ché, ¿qué tenés,
Ernesto? Te pusiste pálido”. No respondió al nombre de inmediato, había usado
tantos nombres. “Nada, Tabilo. Me parece que la pierna de cordero me cayó del
orto”. El Universo tiene formas para conservar cierta unidad y todo lo que se
encuentra en tránsito, vuelve pronto a su equilibrio. La Añoranza era la forma
de la materia para regresar a su lugar. Un tirón en las entrañas que se va
haciendo más doloroso hasta que comienzas a doblarte en el pasado|futuro y
terminas en el piso de tu presente. En Santiago, encontró un arriendo barato y
un puesto de medio tiempo en la cocina de un bar. Su habitación quedaba a media
hora caminando de su casa de infancia.
El plan ya no le parece tan sencillo. Incluso suena
descabellado, ahora que está sentado en el borde de la cama de sus padres.
Aunque se lo pensó un ciento de veces. Ver la sorpresa en el rostro de su
padre, contarle una historia sobre el futuro, abrazarse. Todo lo que está entre
esos momentos nunca fueron abordados por él en forma satisfactoria. Jamás llegó
a un acuerdo consigo mismo. Su paz mental es una ilusión que alcanzará cuando
el niño que duerme en la habitación de arriba, se despierte mañana y vea a su
padre. Se guarda el reloj en su chaqueta y apaga la luz y baja las escaleras.
En uno de los peldaños patea una pelota de plástico que no debía estar allí. No
la notó al subir, pero ahora cae un peldaño cada vez con un sonido que no sabe
si es ruidoso o apagado. En un momento de pánico, piensa que debe salir ahora
mismo de la casa y olvidarlo todo y dejarse llevar de vuelta a su tiempo. Mira
hacia la habitación del niño y no se atreve a moverse. Si se despierta ahora y
lo ve, se convertirá en un bucle de tiempo que no sabe matemáticamente cómo
terminará. La pelota deja el último peldaño y rebota tres, cuatro y cinco veces
hasta que se detiene contra la muralla. Espera que se encienda la luz debajo de
la puerta, que se abra y aparezca el niño restregándose los ojos. Espera que la
fina voz llame a su madre o padre y luego pregunte dos veces y luego grite de
terror. Espera que su sangre deje de subir a su cabeza y le deje pensar con
mayor claridad. Pero, finalmente, es el gato el que sale de la habitación
matrimonial y baja entre sus piernas hasta encontrar la pelota. Sigue mirando
la puerta de la que era su habitación, pero no pasa nada. Relaja la presión
sobre el pasamanos de la escalera. Baja suavemente, con cuidado y se sienta en
el sofá. Solo entonces se permite tener un pequeño momento de colapso
emocional, nervioso, y solloza con una mano sobre la boca. Cierra los ojos y se
reclina. El reloj de la pared indica las dos y cuarto de la madrugada.
El plan era sencillo. Salvar a sus padres de morir en un
accidente vehicular la madrugada de ese día. El tiempo es tan complejo que no
está claro qué pasa con las paradojas. Si simplemente se adapta y crea una
nueva corriente que fluye alejándose de la original. O tu historia sigue siendo
la misma, no importa cuántas veces quieras cambiarla. Su padre regresó por un
motivo que ya no importa y entró a la pieza de su hijo para darle el reloj. Él
siempre fue emocional cuando tomaba una copa de más. Su hijo también lo es, la
emoción lo inunda cuando piensa en ellos a solas. Creció con sus tíos maternos
y sus primos. Se peleó en la escuela y tuvo su primera novia a los catorce.
Tuvo una perra que se llamaba Toña y generaciones de hamsters que no duraban
más de dos años. Y a través de todo ese intenso viaje hacia el futuro, el reloj
se mantuvo constante en la caja de sus recuerdos y, una vez que lo redescubrió
a los dieciséis, ya no quiso olvidarse. Ingeniería, física, Paris y Tokio. Un doctorado
en Estados Unidos y una invitación a incorporarse al Proyecto. En el Proyecto
conoció a una chica y en una noche de karaoke se fueron a la cama. El test de
embarazo dio positivo dos semanas después. El Proyecto luego lo eyectó treinta
y tres años en lo profundo del pasado. Mareado por el vértigo temporal vomitó
una bilis amarilla. El plan era sencillo, pero la cadena de eventos que lo
había traído fue tan retorcida que a la luz de esa madrugada su bilis le
pareció espesa y oscura.
Son veinte para las tres de la madrugada. Sueña. Con el
primer día que vino a su casa. Está en la acera de enfrente y se ve a sí mismo
jugando con Pancho. Hacen carreteras en el suelo del jardín para hacer pasar
los convoyes de tanques plásticos y carritos de bombero hechos en China. Desde
atrás, su padre le pregunta si puede ayudarle y da un salto. Se da la vuelta y
enfrenta su gesto penetrante y desconfiado. No lo vio venir, fue una idiotez
llegar hasta acá a plena luz del día. Y ni siquiera simulando pasar por
delante, sino que plantarse como un sicópata al otro lado de la calle. Pero no
pudo evitarlo, su corazón saltaba. Su padre le repite la pregunta con más
intensidad. “En nada, ché. Solo ando medio perdido, llegué hoy día a Santiago y
ando buscando esta dirección.” Le sonríe y le pasa la dirección del
departamento que arrendó a pocas cuadras. Su padre toma el papel y lo mira,
pero no pierde la cautela. “¿Argentino, eh?”. “Sí, de Entre Ríos”. Al hombre se
le ilumina la cara. Ya han estado allá de vacaciones. Dos veces en un balneario
a orillas del río Gualeguay. Es un truco sucio que funciona. “Bonito lugar”.
“Hermoso, ni se imagina”. Su padre se relaja y apunta calle abajo: “Siga caminando
unas cuatro cuadras hasta la avenida Los Pajaritos y doble a la izquierda. No
estoy seguro, pero deben ser una ocho o diez cuadras”. “Muchas gracias”. Y
antes de alejarse, extiende la mano. Su padre la estrecha y siente una
corriente de veinte mil voltios fluyendo entre ambos. “Para servirle”, dice él
y atraviesa la calle, abre la reja y se mete en la casa, mientras los niños
siguen jugando.
Se despierta sin saber en donde está, con una sensación
de alarma y extiende las manos para agarrar algo que solo vive en la oscuridad.
¿Cuánto tiempo se quedó dormido? Mira el reloj de pared que da las tres y cinco
de la madrugada. Un auto se ha estacionado afuera. Se espabila y se prepara,
las manos le tiemblan. No puede evitar respirar arrítmicamente. Mete la mano en
el bolsillo de la chaqueta y encuentra el reloj macizo y real, es una fuerza
que lo ayudará a enfrentar lo que viene. En Meyrin tuvo una discusión con un
físico que le aseguraba que el tiempo era inflexible. El físico escribió un
centenar de ecuaciones en su pizarra que aseguraba que hiciera lo que hiciera,
el tiempo conservaba su forma. Se lo quedó mirando un momento y luego se fue.
Trabajó un mes sobre la teoría del físico hasta descubrir un pequeño error. Por
supuesto, el físico no se lo agradeció, pero no lo había hecho por él. Lo que
él necesitaba no era rigurosidad, sino esperanza. Pero, ¿y ahora? No estaba
seguro. El pequeño error tal vez no influía, pero nunca volvió a saber del
físico para preguntarle. Los resultados del Proyecto tampoco fueron
concluyentes porque las desviaciones incluidas en el flujo temporal finalmente
estaban ya contenidas. Enviaron pequeños objetos cincuenta, cien años en el
pasado, pero pocos sobrevivieron. Una fotografía moderna estaba en los
cimientos del mismo edificio. Una cápsula del tiempo fue rescatada del fondo
del Támesis. Bastaba con saber en donde buscar porque era un circuito cerrado.
Conocías de antemano que iba a estar allí como en un juego
adivina-qué-hace-tu-mano-derecha. Llegaron a un callejón sin salida porque para
obtener resultados dimensionables debían hacer algo radical y nadie estuvo
dispuesto a evitar la Primera Guerra Mundial. Pero quizás algo pequeño,
personal. Su propia historia era perfecta. Se ofreció como voluntario para ser
el primero en generar una gran paradoja que tal vez lo destruyera a él y
también al Proyecto. No le interesó la discusión posterior sobre el método de
medición de la paradoja porque sabía de antemano que era un rompecabezas. La
noche de karaoke fue su despedida. Despertó al lado de Jean, asistenta
ejecutiva de uno de los gerentes del Proyecto. Pelirroja, más alta y delgada,
con una rosa tatuada en el dorso de su mano izquierda. La última semana
hablaron sobre el niño, ella no abortaría y no le importaba su opinión. Ella
argumentó que él no volvería y que era como si ya no existiera. Él no tuvo
mucho qué defender. Aún no saltaba, pero la paradoja había ocurrido. Dejaría un
niño detrás, preguntándose quién fue su padre.
Suda y siente una punzada suave en el pecho. Si el
tiempo no permite paradojas, entonces algo le pasará. ¿La policía del tiempo?
¿Alguien en traje cromado saldrá de un portal, le disparará y arrastrará su
cuerpo adentro? ¿O será más sencillo como desaparecer en el momento antes que
su padre entre? Una fuerte punzada en el estómago lo inclina. Y luego pasa
lentamente. Respira mejor. Son las tres y cinco. Se quiere incorporar porque es
el momento de hacerlo, pero primero escucha una llave en la cerradura y entra
una figura. Se queda mirando a su padre fijamente en la oscuridad, petrificado.
Papá entra tambaleando y hablando por teléfono celular. Se detiene un segundo
en el umbral y luego camina directo a la cocina. Tropieza con una silla y se
ríe, alguien en el otro lado de la línea le da instrucciones. No, no lo
encuentro, Marta, dice y sigue buscando. En el sofá, la fuerza de gravedad lo
aplasta, le impide acercarse a su padre. Se siente detrás de una pecera desde
donde el exterior parece tan extraño que no tiene nada que ver con él. Esto no
está ocurriendo, le sucede a otro y él es solo el espectador. ¿Pero por qué su
cuerpo parece una cuerda de guitarra? Esa sensación tan familiar que es el
miedo y que lo ha acompañado desde la infancia, desde que sus padres
desaparecieron de su vida. ¡Lo encontré!, dice el hombre del celular, vuelvo al
auto y nos vamos de nuevo a la fiesta. Sale de la cocina con una botella de
champaña, cruza el living y choca con el umbral y vuelve a reír. Su padre,
siempre tan alegre con unas copas de más. La puerta se cierra y escucha el
ruido del motor alejándose. Son las tres y diez de la madrugada.
Jamás llegó a acercarse a las escaleras.
Suda. Dolor de cabeza. Temblor de piernas. Y en todo ese
caos, no entiende qué ha ocurrido. ¿Cuántos pasados pueden existir? ¿A cuántos
pasados se puede volver? Y aún no sabe si el tiempo es inflexible. Otra punzada
en el estómago, tiene que salir de la casa y volver a su departamento y pensar.
Pensar en qué dirá cuando vuelva al Proyecto. En que no es posible demostrar
nada porque todos los resultados apuntan a bucles cerrados. Entonces como
ahora, sus padres están muertos en el mismo accidente y el reloj. El reloj. El
reloj. El reloj. Su cuerpo deja de quejarse, en su cabeza ha encajado una idea.
Se levanta del sofá y sube las escaleras ya sin querer ser invisible. Se
debilita a cada paso. Se detiene ante la habitación del niño y saca el reloj.
Abre la puerta y adentro la oscuridad parcial le da la sensación de estar
mirando kilómetros de abismo. El futuro es un abismo, caer durante años,
buscando una explicación para un solo momento sublime entre él y el hombre que
nunca subió a verle. Sobrevivir no fue una ventaja y se permite un pensamiento
sombrío: ¿es suicidio matar a un niño; pensó lo mismo su otro yo, treinta y
tres años atrás en su pasado, pero se acobardó? Su vida era un bucle cerrado
porque así lo ordena el universo. Hasta hoy, porque ya no teme a las paradojas.
Son las tres con catorce minutos de la madrugada.
Hace frío en la calle. O es el sudor que se hiela en su
piel. El dolor en su estómago se incrementa y quiere ir a un hospital. Pero
sigue caminando calle abajo automáticamente. No hay nadie para verlo marchar
como borracho y solo un perro le ladra en una de las casas. Siente que se
desvanece de momento en momento. Atraviesa una cancha de fútbol y llega a la
avenida que es un río de bestias gigantescas de acero a esa hora. Los camiones
lo ignoran. Se detiene y apoya en la estructura de un basurero público. Ya no
hay tiempo, le dice su cuerpo. Su mente todavía retiene la imagen azul del niño
durmiendo. Él no es un asesino. Cerró la puerta y se marchó, una paradoja tan
sencilla. Saca el reloj y lo mira por última vez. Lo deja caer en el basurero.
No hay ningún ruido, como en un pozo que no tiene fondo. Su cabeza se despeja y
siente que algo viene. Abre la boca en un gesto de dolor, se dobla sobre sí
mismo. Se derrumba, pero no alcanza a tocar el suelo.

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