Petra Coret
Con una irritación
cada vez mayor, contemplaba a la negra criatura zumbadora que estaba sobre su
cabeza, en la ventana. Trepaba sin cesar. ¿Por qué hacían eso esos bichos? De
vez en cuando levantaba vuelo y volvía a golpearse obstinadamente contra el
cristal. Animal estúpido. La ventana contigua, por la que había entrado, para
colmo, estaba abierta. No le costaría nada salir por allí. Regresar al lugar al
que pertenecía. Bicho asqueroso.
Moira sabía por experiencia que no
podía alcanzarlo. Incluso ahora, de puntillas sobre la silla tambaleante, le
resultaba imposible atrapar, aplastar y matar a aquella repugnante alimaña. Ni
siquiera si saltaba. Cuánto detestaba a esos bichos.
Últimamente había muchas otras
cosas que la irritaban. La silla sobre la que estaba, por ejemplo. Su silla
favorita. Prácticamente destrozada por el mal comportamiento de alguien. En el
pasado había permanecido sentada allí durante horas, contemplando el exterior a
través de una de las tres ventanas altas y alargadas de la torre. Cuando se
ponía de pie sobre la silla, como ahora, alcanzaba a ver el jardín de hierbas
situado al fondo del patio amurallado.
Cuando el Maestro todavía estaba
sano, no hacía tanto tiempo, disfrutaba trabajando allí. Quitaba las malas
hierbas, regaba, plantaba y cosechaba. A veces ella lo acompañaba. Había un
lugar sobre el muro bajo donde le gustaba sentarse a tomar sol. Mientras
trabajaba, él le hablaba de toda clase de cosas. A ella le encantaba el sonido
de su voz.
Pero desde la llegada del nuevo
aprendiz todo había empezado a salir mal. Para comenzar, no entendía por qué el
Maestro había aceptado a otro discípulo. El Maestro lo sabía. Había intentado
explicárselo. Sentía que se aproximaba su final y alguien tendría que
sucederlo. Le preocupaba quién cuidaría de ella cuando él ya no estuviera.
¡Pfff! Ella no necesitaba tantos
cuidados. Podía arreglárselas perfectamente sola. Naturalmente, no sería tan
agradable y tendría que acostumbrarse, pero, en principio, no necesitaba
a nadie.
Y también estaba la guerra. Una
guerra estúpida entre personas estúpidas. A veces oía los cañonazos en la
distancia. Parecían acercarse cada vez más. Por fortuna, la torre estaba
protegida. El Maestro se ocupaba de ello. Él y su medallón.
Ahí iba otra vez aquel condenado
bicho. ¡Zum, zum! ¡Pum, pum! Maldita criatura descerebrada.
Igual que el aprendiz. ¿Cómo se le
había ocurrido al Maestro aceptar precisamente a ese? Un joven larguirucho y
lleno de granos, con la nariz siempre húmeda, que aspiraba los mocos
ruidosamente a cada momento. Era viscoso. Eso era. No le agradaba. Si al menos
hubiera sido alguien como Leon, que era verdaderamente amable. Y respetuoso. O
como Aline, que comprendía que Moira era más importante que ella. Pero ¿ese
Ricardo?
Ella estaba presente cuando visitó
la torre acompañado por su padre. El barón Radolfo. ¿O era Rudolfo? ¿Ludolfo?
Bueno, algo parecido. En cualquier caso, se creía muy importante. Vestía
prendas confeccionadas con telas costosas y uno de esos ridículos cuellos
redondos de encaje. Y usaba mucho perfume. Apestaba. A pesar del perfume, no
gracias a él. ¿Cuándo se habría bañado por última vez? Debía de haber sido años
atrás. Su hijo no era mucho mejor.
El moscardón trepó un poco más. Por
un instante pareció que encontraría la ventana abierta. Fue una falsa alarma.
¿Por qué pensaba ese animal que, si repetía siempre lo mismo, obtendría un
resultado diferente? Aunque, bien pensado, la mayoría de las personas eran
exactamente iguales. Y si al menos escucharan… Hablaban muchísimo, pero
escuchar… No, eso no. Y eso era precisamente lo que tampoco hacía Ricardo.
Tenía talento. Moira lo admitía. El
Maestro también lo había visto. Pero el talento por sí solo no era suficiente.
Debía practicar. Y seguir las instrucciones. Obedecer. No, el talento por sí
solo no convertía a nadie en mago. Y todavía era demasiado pronto para los
grandes hechizos que tanto deseaba dominar.
A diferencia del nuevo aprendiz de
hechicero, Moira conocía el orden correcto de las cosas para alcanzar el nivel
de un Maestro como el suyo. Después de todo, había estado a su lado durante la
formación de los diez u once discípulos anteriores. Uno había sido enviado de
regreso a su casa porque no poseía las condiciones necesarias. Otro se había
marchado por voluntad propia. Ninguno de los dos había sido tan obstinado,
perezoso y arrogante como Ricardo.
¿Qué se creía? Convertirse en mago
llevaba años. Se necesitaban concentración, dedicación, inteligencia y
humildad. Sí, sobre todo esto último. Un aprendiz de hechicero debía comprender
todo lo que todavía ignoraba y dedicar tiempo y esfuerzo a aprender a aprender.
¡Practicar! ¡Practicar! ¡Practicar!
Y escuchar al Maestro. No hacer lo que hacía Ricardo.
Aquella misma mañana había
preparado el desayuno. Apenas era capaz de hacer eso. Para Moira había dejado
un cuenco de leche y, a su lado, un plato con los restos del pollo del día
anterior. ¡Leche! ¿Acaso no había oído nada de lo que había dicho el Maestro?
Moira no bebía leche. La enfermaba. Ni siquiera le gustaba. Frunció la nariz al
recordarlo.
En ese momento la cocina estaba
vacía. Nadie podía verla. Por lo tanto, dirigió un hechizo sencillo hacia el
cuenco. Magia simple, que fluyó directamente desde su cerebro, atravesó el éter
y alcanzó la leche.
El cuenco emitió una luz verde.
Verde como sus ojos. Olfateó la leche una vez y luego otra, pero ni siquiera su
agudo olfato pudo detectar veneno. Sin embargo, según el hechizo, estaba allí.
Y, lo que era aún peor, también estaba en el pollo.
Después de lanzar un segundo
encantamiento sobre la leche y el pollo para depositar la sustancia venenosa en
algún lugar donde no pudiera causar daño, corrió hacia la habitación del
Maestro. La puerta estaba cerrada con llave. Eso ya era extraño, pero no
existía ninguna cerradura en la torre capaz de detenerla. Después de todo, la
torre la conocía.
El Maestro dormía en la cama. Junto
a él estaba la papilla que Ricardo había calentado. Al lado había una cuchara.
Moira repitió su sencillo hechizo y descubrió el mismo veneno en la papilla.
Más débil, mucho más débil, pero estaba allí. La cuchara se encontraba limpia y
no había sido utilizada.
¿El Maestro habría descubierto el
veneno por sí mismo? ¿O estaba demasiado débil para comer sin ayuda? Moira
decidió que, desde ese momento, siempre estaría presente cuando Ricardo le
llevara comida. También hizo desaparecer la papilla y, recurriendo a su
memoria, conjuró en el cuenco un aromático caldo de pollo. Aline le había
enseñado a prepararlo y le había dicho que era un plato excelente para las
personas enfermas. No es que el Maestro tuviera gripe ni nada semejante.
Principalmente, era viejo.
Probó un poco del caldo. Sabroso,
con especias, pero no demasiado fuerte. Lanzó otro hechizo sencillo para
mantenerlo caliente hasta que el Maestro lo bebiera y un tercero para impedir
que alguien añadiera algo. La magia despertó parcialmente al Maestro. Él le
sonrió con los ojos entrecerrados y le acarició la cabeza. Después volvió a
dormirse.
¡Por fin! La estúpida mosca había
dejado de zumbar. Ahora estaba posada sobre la ventana, limpiándose la cabeza
con las patas delanteras. Todavía demasiado arriba para alcanzarla. A menos que
saltara. Era arriesgado. Pero mientras tensaba los músculos vio aquello que
había estado esperando.
Abajo caminaba aquel mentiroso y
holgazán. Se dirigía hacia la puerta del jardín. El sirviente que le llevaba
todos los días una cesta con comida había llegado justo a tiempo.
En teoría, Ricardo era responsable
de las comidas. Sin embargo, cocinar no era uno de sus puntos fuertes. Peor
aún: lo consideraba indigno. Preparar la comida le parecía humillante, a pesar
de que él mismo había prometido cumplir todas las tareas correspondientes a su
posición de aprendiz.
Naturalmente, el Maestro sabía
cocinar. Y Moira también era capaz de preparar algo comestible. Pero lo que el
estúpido aprendiz no comprendía era que el arte de la cocina y el arte de la
magia estaban estrechamente relacionados. Se aprendía a cocinar mediante la
práctica, siguiendo fielmente una receta y ejecutando paso por paso aquello que
estaba indicado. Lo mismo ocurría con la magia. Si no se hacían las cosas en el
orden correcto o no se añadían los ingredientes en las cantidades adecuadas, se
emprendía el camino hacia el desastre. Solo más adelante, cuando se comprendía
el mecanismo, se conocían los matices y se había practicado lo suficiente, era
posible apartarse de la receta. Todo requería tiempo.
A menos que uno fuera un genio, y
Ricardo definitivamente no lo era.
Con ese pensamiento, Moira saltó de
la silla y corrió tan deprisa como pudo hacia la habitación del aprendiz. No
disponía de mucho tiempo. Subió velozmente, de tres escalones por vez, y se
detuvo de golpe ante la puerta. La magia que recorría todo su ser rozó con suma
delicadeza la madera.
Olfateó. La puerta no solo estaba
cerrada con llave —eso ya lo esperaba—, sino que también tenía una trampa
mágica. Una trampa desagradable, concebida para matar. Que realmente fuera
capaz de hacerlo era discutible. Estaba construida con bastante torpeza.
Moira fijó sus ojos mágicos en la
pared contigua a la puerta. Una gran sonrisa apareció en su rostro. Ricardo
había cometido el mismo error que tantos otros. Había protegido la puerta, pero
no la pared. Por lo tanto, Moira pronunció mentalmente una pequeña Palabra y
atravesó el muro.
Ordenar. Otra tarea que el aprendiz
no dominaba. La habitación era un desastre. La ropa permanecía arrugada en el
suelo, exactamente donde se la había quitado, mezclada con toda clase de
basura. Su sensible olfato protestó. Moira se recordó que no había ido allí por
eso. Y que no disponía de mucho tiempo. Sus intensos ojos verdes examinaron
cuidadosamente la habitación.
¡Allí! Debajo de la cama. El
Maestro se habría enfurecido si hubiera sabido lo que había allí. Y de qué
manera lo habían dejado. Era uno de sus libros de magia. A juzgar por su
aspecto, uno que el imprudente Ricardo no tendría autorización para leer hasta
mucho tiempo después. Lo había empujado brutalmente debajo de la cama, de modo
que las páginas habían quedado arrugadas. Si el Maestro no estuviera tan
enfermo… aquello significaría el final de su aprendizaje.
Pero ¿qué había estado leyendo
aquel alfeñique? Por fortuna, Moira era pequeña y esbelta y veía perfectamente
en la oscuridad, de modo que se deslizó debajo de la cama.
Alisó la página con cuidado.
Mediante la magia, naturalmente; sabía que no debía tocarla. Mmm…
Una Palabra inexistente en el
lenguaje humano cuyo significado era “combustión total instantánea”. ¿Por qué
le interesaba eso a aquel bárbaro? Era un hechizo que incluso el Maestro
prefería no utilizar. Solo lo hacía cuando no existía ninguna alternativa. Un
encantamiento espantoso. Era necesario conocerlo únicamente para poder
neutralizarlo. En este caso, haciendo que el hechizo se volviera contra quien
lo pronunciaba. Así funcionaba.
Y Ricardo, según la opinión no
demasiado modesta de Moira, era absolutamente incapaz de utilizarlo. Aunque
podía comprender por qué deseaba tanto aprenderlo. Con aquella guerra
desarrollándose en el exterior… Sin embargo, el Maestro expulsaría inmediatamente
de la torre a aquel desgraciado si se enteraba. Si no estuviera enfermo. Era
demasiado peligroso.
En cualquier caso, se trataba de un
libro de hechizos muy poderosos. Más adelante se encontraba el encantamiento
que ella misma había leído por accidente en una ocasión. El Maestro no sabía
nada de eso. No es que hubiera querido engañarlo; por entonces estaba sentada
en el alféizar mientras él hojeaba el libro. Ella tenía muy buena memoria.
Además, la ilustración situada junto al hechizo era graciosa. Pero no podía
quedarse allí mucho tiempo.
Salió de debajo de la cama
polvorienta, atravesó la pared y se deslizó entre las sombras hacia la planta
baja, justo cuando aquel sujeto viscoso subía ruidosamente por la escalera.
Después de descender unos escalones, se detuvo.
Un momento. Algo no encajaba. Si el
sirviente había traído la cena, ¿no debería estar abajo aquel parásito? Allí
era donde debía llevar la comida. Entonces, ¿por qué subía? Incluso había
pasado de largo ante su propia habitación. ¿Qué había más arriba?
¡El Maestro!
Moira giró de inmediato y corrió a
toda velocidad hacia la habitación del Maestro. No aminoró el paso ante la
puerta cerrada, sino que la atravesó directamente. Pasó disparada entre las
piernas del aprendiz y saltó sobre la cama del Maestro.
—¡Animal estúpido! —gritó Ricardo—.
¿Cómo entraste? ¡La puerta está cerrada con llave!
Moira no respondió. Sus ojos se
concentraron en la mano derecha del aprendiz y en la piedra que sostenía con
fuerza. Siseó. Gruñó. Interpuso todo su cuerpo, aunque no fuera demasiado
grande, entre su Maestro y el atacante.
—¿Realmente crees que puedes
proteger a ese viejo? ¡Rastrera!
¡El rastrero eres tú! Pero
Ricardo no la oía. Naturalmente que no. A diferencia de los demás aprendices,
carecía de la capacidad de comprenderla. Eso debería haber sido una advertencia
para el Maestro.
—¡Apártate y déjame acercarme! Él
es demasiado viejo y débil. Y, además, demasiado cobarde. Alguien tendrá que
hacerlo en su lugar. Pero no puedo hacerlo solo; necesito ese medallón. Si no
quiere o no puede ayudarnos, tendrá que hacerlo otra persona. ¿Es que no lo
comprendes?
Eso era demasiado. Nadie llamaba
cobarde al Maestro. Era mayor que Ricardo, mayor que todos los habitantes de
aquel país. Que casi todos. Moira también lo conocía desde hacía mucho tiempo.
Y por esa razón comprendía perfectamente por qué el Maestro no había
intervenido en aquella guerra absurda. Una guerra entre dos hermanos. Ahora
entendía por qué el barón había ofrecido como aprendiz a su hijo menor.
El duque, su cuñado, había
solicitado la ayuda del hechicero. Cuando este se negó, porque no quería
agravar la guerra añadiéndole magia, habían ideado aquel plan. El medallón
amplificaba la magia y ayudaba a concentrarla. En ese momento protegía la torre
y la pequeña aldea circundante mediante una cantidad mínima de poder mágico.
Pero, como el miserable aprendiz no
aprendía con suficiente rapidez y no tenía autorización para practicar
encantamientos que pudieran resultar útiles en una batalla, habían decidido que
sencillamente robaría el medallón. Entonces podría hacerlo todo y, quién sabía,
quizá se volviera rico y famoso. Y poderoso.
Ricardo, el Gran Héroe. Archimago
de los Cinco Ríos. Bien podría suceder.
Por fortuna para él, el Maestro
había enfermado. Por desgracia para él, ella había descubierto el veneno y lo
había neutralizado. ¡Los envenenadores eran repugnantes!
Moira intentó parecer tan grande
como fuera posible. No permitiría que le hiciera daño al Maestro. Detrás de
ella, este se movió. Los gritos debían de haberlo despertado. Sintió su mano
sobre el hombro. Algo frío alrededor del cuello.
El gruñido que brotaba de su
garganta se volvió más fuerte y amenazador. Cambió. Ella cambió. Ya era
negra. Ya tenía dientes afilados y garras largas y agudas. El hechizo del libro
adquirió forma en su mente. Moira creció. Nunca había podido emplear un
encantamiento tan poderoso. Lo conocía y lo comprendía, pero jamás había
poseído semejante fuerza mágica. Todos sus sentidos funcionaban ahora con una
intensidad extraordinaria.
Ricardo retrocedió. La piedra
mortal estuvo a punto de caer de su mano. Moira sabía ahora qué era: magia
oscura. Comprada con sangre. Exactamente la clase de magia que el Maestro
detestaba. Solo podía utilizarse una vez. Y provocaba adicción. Ese era el problema.
Quien recurría una vez a esa clase de magia tenía que usar más. Tenía
que hacerlo. El Maestro practicaba magia blanca.
—¡Bestia infernal! —gritó el joven
al ver la nueva forma de Moira.
Se humedeció los labios y pronunció
una Palabra. O, al menos, lo intentó. Moira saltó de la cama con un movimiento
fluido y cayó sobre el muchacho traidor. Sus dientes se hundieron profundamente
en su cuello y sus garras le desgarraron el vientre. Esta vez la piedra cayó al
suelo.
Moira, convertida en una pantera
negra, continuó mordiéndolo hasta que Ricardo dejó de moverse. Este abrió los
ojos una vez más y su boca formó las primeras sílabas de la Palabra que había
encontrado en el libro de su habitación. Moira pensó casi automáticamente en el
contrahechizo.
Las dos corrientes de magia
chocaron. Cada una luchaba por dominar a la otra. Moira opuso todo su ser a la
furia y el odio del aprendiz. Él se resistió. Durante un instante pareció que
habían llegado a un punto muerto. Pero la gata apoyaba las patas sobre la
piedra desnuda de la torre, y esta acudió en su ayuda.
En pocos minutos la habitación se
llenó de luz, una luminosidad cegadora que atravesó a Moira y se proyectó
contra Ricardo. Se enroscó alrededor de su cuerpo como una cadena irrompible y
penetró en su boca abierta. Ricardo se incendió. Unas llamas blancas lo
envolvieron y de su garganta escapó un último grito sin palabras antes de que
se deshiciera en cenizas.
Moira se lamió cuidadosamente las
patas y se limpió el pelaje. Poco a poco recuperó la forma que siempre había
tenido.
La de una elegante gata negra.
El Maestro susurró su nombre. Su
voz sonaba temblorosa. Con dos saltos, Moira regresó a la cama. Algo frío y
pesado colgaba de su cuello. El medallón. Se acostó para permitir que el
Maestro se lo quitara.
—No, querida Moira. Mi fiel Moira.
Me ha mantenido con vida durante bastante tiempo. Ha llegado el momento, el
momento de partir. Quisiera… Ay, quisiera haber encontrado a alguien que
pudiera cuidar de ti.
Cerró los ojos por un instante.
No importa. Puedo cuidar
perfectamente de mí misma. Soy más fuerte de lo que crees.
—Y más inteligente —suspiró el
Maestro—. Tú comprendiste hace mucho tiempo lo que yo no quería saber. Lo
lamento.
No es necesario. Custodiaré esta
torre hasta que llegue alguien digno de los tesoros que guarda.
—Lo sé.
El pecho del anciano subió y bajó
unas cuantas veces más.
—Te quiero…
Después, silencio.
Moira apoyó la frente contra la de
él.
Adiós, Maestro.
Más tarde.
Una columna de humo negro se
elevaba verticalmente desde el patio de la torre.
En el escalón situado junto a la
puerta del jardín, una gata de pelaje intensamente negro se lamía para
limpiarse. La columna de jinetes se detuvo por un momento frente a la torre. Un
hombre vestido con uniforme rojo comenzó a apuntar al animal con su mosquete.
El hombre que cabalgaba a su lado lo sujetó del brazo.
—Los gatos negros traen mala suerte
—protestó el tirador.
—Matarlos trae todavía más mala
suerte —respondió el otro.
Ya no era joven y vestía una túnica
con una larga capa. Desmontó con cansancio. Había sido un día muy largo.
—¿Todo está bien, Moira? —preguntó.
La gata levantó la cabeza. El
hombre de la túnica se sobresaltó al ver el medallón que relucía alrededor de
su cuello. Para él, y solo para él, irradiaba una luz sobrenatural. Aunque ella
también debía de verla, pensó.
El Maestro ha muerto, Leon.
Había tristeza en su “voz”.
—Lo lamento. ¿Puedo hacer algo?
No. Custodiaré la torre hasta
que llegue un nuevo Maestro.
—Comprendo. Hasta entonces, Moira.
Será una tarea solitaria.
Moira asintió.
Leon, el mago, volvió a montar y
ordenó a la columna que continuara la marcha.
Moira se quedó sola.
Como siempre.
Petra Coret es una escritora
neerlandesa que nació en Rijswijk (Países Bajos Meridionales) y reside en Zoetermeer.
La autora dice de sí misma: Siempre me han interesado los idiomas, la historia
y las historias que la gente cuenta sobre el mundo que les rodea. Esto me llevó
a obtener una maestría en lengua y cultura griega y latina antiguas, y a
escribir mis propias historias. Estas historias sobre mundos extraordinarios y
gente común, o viceversa, se publican desde hace unos dos años. Y, si de mí
depende, se publicarán más en los próximos años.

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