martes, 18 de agosto de 2026

RASTRERO

Petra Coret

 

Con una irritación cada vez mayor, contemplaba a la negra criatura zumbadora que estaba sobre su cabeza, en la ventana. Trepaba sin cesar. ¿Por qué hacían eso esos bichos? De vez en cuando levantaba vuelo y volvía a golpearse obstinadamente contra el cristal. Animal estúpido. La ventana contigua, por la que había entrado, para colmo, estaba abierta. No le costaría nada salir por allí. Regresar al lugar al que pertenecía. Bicho asqueroso.

Moira sabía por experiencia que no podía alcanzarlo. Incluso ahora, de puntillas sobre la silla tambaleante, le resultaba imposible atrapar, aplastar y matar a aquella repugnante alimaña. Ni siquiera si saltaba. Cuánto detestaba a esos bichos.

Últimamente había muchas otras cosas que la irritaban. La silla sobre la que estaba, por ejemplo. Su silla favorita. Prácticamente destrozada por el mal comportamiento de alguien. En el pasado había permanecido sentada allí durante horas, contemplando el exterior a través de una de las tres ventanas altas y alargadas de la torre. Cuando se ponía de pie sobre la silla, como ahora, alcanzaba a ver el jardín de hierbas situado al fondo del patio amurallado.

Cuando el Maestro todavía estaba sano, no hacía tanto tiempo, disfrutaba trabajando allí. Quitaba las malas hierbas, regaba, plantaba y cosechaba. A veces ella lo acompañaba. Había un lugar sobre el muro bajo donde le gustaba sentarse a tomar sol. Mientras trabajaba, él le hablaba de toda clase de cosas. A ella le encantaba el sonido de su voz.

Pero desde la llegada del nuevo aprendiz todo había empezado a salir mal. Para comenzar, no entendía por qué el Maestro había aceptado a otro discípulo. El Maestro lo sabía. Había intentado explicárselo. Sentía que se aproximaba su final y alguien tendría que sucederlo. Le preocupaba quién cuidaría de ella cuando él ya no estuviera.

¡Pfff! Ella no necesitaba tantos cuidados. Podía arreglárselas perfectamente sola. Naturalmente, no sería tan agradable y tendría que acostumbrarse, pero, en principio, no necesitaba a nadie.

Y también estaba la guerra. Una guerra estúpida entre personas estúpidas. A veces oía los cañonazos en la distancia. Parecían acercarse cada vez más. Por fortuna, la torre estaba protegida. El Maestro se ocupaba de ello. Él y su medallón.

Ahí iba otra vez aquel condenado bicho. ¡Zum, zum! ¡Pum, pum! Maldita criatura descerebrada.

Igual que el aprendiz. ¿Cómo se le había ocurrido al Maestro aceptar precisamente a ese? Un joven larguirucho y lleno de granos, con la nariz siempre húmeda, que aspiraba los mocos ruidosamente a cada momento. Era viscoso. Eso era. No le agradaba. Si al menos hubiera sido alguien como Leon, que era verdaderamente amable. Y respetuoso. O como Aline, que comprendía que Moira era más importante que ella. Pero ¿ese Ricardo?

Ella estaba presente cuando visitó la torre acompañado por su padre. El barón Radolfo. ¿O era Rudolfo? ¿Ludolfo? Bueno, algo parecido. En cualquier caso, se creía muy importante. Vestía prendas confeccionadas con telas costosas y uno de esos ridículos cuellos redondos de encaje. Y usaba mucho perfume. Apestaba. A pesar del perfume, no gracias a él. ¿Cuándo se habría bañado por última vez? Debía de haber sido años atrás. Su hijo no era mucho mejor.

El moscardón trepó un poco más. Por un instante pareció que encontraría la ventana abierta. Fue una falsa alarma. ¿Por qué pensaba ese animal que, si repetía siempre lo mismo, obtendría un resultado diferente? Aunque, bien pensado, la mayoría de las personas eran exactamente iguales. Y si al menos escucharan… Hablaban muchísimo, pero escuchar… No, eso no. Y eso era precisamente lo que tampoco hacía Ricardo.

Tenía talento. Moira lo admitía. El Maestro también lo había visto. Pero el talento por sí solo no era suficiente. Debía practicar. Y seguir las instrucciones. Obedecer. No, el talento por sí solo no convertía a nadie en mago. Y todavía era demasiado pronto para los grandes hechizos que tanto deseaba dominar.

A diferencia del nuevo aprendiz de hechicero, Moira conocía el orden correcto de las cosas para alcanzar el nivel de un Maestro como el suyo. Después de todo, había estado a su lado durante la formación de los diez u once discípulos anteriores. Uno había sido enviado de regreso a su casa porque no poseía las condiciones necesarias. Otro se había marchado por voluntad propia. Ninguno de los dos había sido tan obstinado, perezoso y arrogante como Ricardo.

¿Qué se creía? Convertirse en mago llevaba años. Se necesitaban concentración, dedicación, inteligencia y humildad. Sí, sobre todo esto último. Un aprendiz de hechicero debía comprender todo lo que todavía ignoraba y dedicar tiempo y esfuerzo a aprender a aprender.

¡Practicar! ¡Practicar! ¡Practicar! Y escuchar al Maestro. No hacer lo que hacía Ricardo.

Aquella misma mañana había preparado el desayuno. Apenas era capaz de hacer eso. Para Moira había dejado un cuenco de leche y, a su lado, un plato con los restos del pollo del día anterior. ¡Leche! ¿Acaso no había oído nada de lo que había dicho el Maestro? Moira no bebía leche. La enfermaba. Ni siquiera le gustaba. Frunció la nariz al recordarlo.

En ese momento la cocina estaba vacía. Nadie podía verla. Por lo tanto, dirigió un hechizo sencillo hacia el cuenco. Magia simple, que fluyó directamente desde su cerebro, atravesó el éter y alcanzó la leche.

El cuenco emitió una luz verde. Verde como sus ojos. Olfateó la leche una vez y luego otra, pero ni siquiera su agudo olfato pudo detectar veneno. Sin embargo, según el hechizo, estaba allí. Y, lo que era aún peor, también estaba en el pollo.

Después de lanzar un segundo encantamiento sobre la leche y el pollo para depositar la sustancia venenosa en algún lugar donde no pudiera causar daño, corrió hacia la habitación del Maestro. La puerta estaba cerrada con llave. Eso ya era extraño, pero no existía ninguna cerradura en la torre capaz de detenerla. Después de todo, la torre la conocía.

El Maestro dormía en la cama. Junto a él estaba la papilla que Ricardo había calentado. Al lado había una cuchara. Moira repitió su sencillo hechizo y descubrió el mismo veneno en la papilla. Más débil, mucho más débil, pero estaba allí. La cuchara se encontraba limpia y no había sido utilizada.

¿El Maestro habría descubierto el veneno por sí mismo? ¿O estaba demasiado débil para comer sin ayuda? Moira decidió que, desde ese momento, siempre estaría presente cuando Ricardo le llevara comida. También hizo desaparecer la papilla y, recurriendo a su memoria, conjuró en el cuenco un aromático caldo de pollo. Aline le había enseñado a prepararlo y le había dicho que era un plato excelente para las personas enfermas. No es que el Maestro tuviera gripe ni nada semejante. Principalmente, era viejo.

Probó un poco del caldo. Sabroso, con especias, pero no demasiado fuerte. Lanzó otro hechizo sencillo para mantenerlo caliente hasta que el Maestro lo bebiera y un tercero para impedir que alguien añadiera algo. La magia despertó parcialmente al Maestro. Él le sonrió con los ojos entrecerrados y le acarició la cabeza. Después volvió a dormirse.

¡Por fin! La estúpida mosca había dejado de zumbar. Ahora estaba posada sobre la ventana, limpiándose la cabeza con las patas delanteras. Todavía demasiado arriba para alcanzarla. A menos que saltara. Era arriesgado. Pero mientras tensaba los músculos vio aquello que había estado esperando.

Abajo caminaba aquel mentiroso y holgazán. Se dirigía hacia la puerta del jardín. El sirviente que le llevaba todos los días una cesta con comida había llegado justo a tiempo.

En teoría, Ricardo era responsable de las comidas. Sin embargo, cocinar no era uno de sus puntos fuertes. Peor aún: lo consideraba indigno. Preparar la comida le parecía humillante, a pesar de que él mismo había prometido cumplir todas las tareas correspondientes a su posición de aprendiz.

Naturalmente, el Maestro sabía cocinar. Y Moira también era capaz de preparar algo comestible. Pero lo que el estúpido aprendiz no comprendía era que el arte de la cocina y el arte de la magia estaban estrechamente relacionados. Se aprendía a cocinar mediante la práctica, siguiendo fielmente una receta y ejecutando paso por paso aquello que estaba indicado. Lo mismo ocurría con la magia. Si no se hacían las cosas en el orden correcto o no se añadían los ingredientes en las cantidades adecuadas, se emprendía el camino hacia el desastre. Solo más adelante, cuando se comprendía el mecanismo, se conocían los matices y se había practicado lo suficiente, era posible apartarse de la receta. Todo requería tiempo.

A menos que uno fuera un genio, y Ricardo definitivamente no lo era.

Con ese pensamiento, Moira saltó de la silla y corrió tan deprisa como pudo hacia la habitación del aprendiz. No disponía de mucho tiempo. Subió velozmente, de tres escalones por vez, y se detuvo de golpe ante la puerta. La magia que recorría todo su ser rozó con suma delicadeza la madera.

Olfateó. La puerta no solo estaba cerrada con llave —eso ya lo esperaba—, sino que también tenía una trampa mágica. Una trampa desagradable, concebida para matar. Que realmente fuera capaz de hacerlo era discutible. Estaba construida con bastante torpeza.

Moira fijó sus ojos mágicos en la pared contigua a la puerta. Una gran sonrisa apareció en su rostro. Ricardo había cometido el mismo error que tantos otros. Había protegido la puerta, pero no la pared. Por lo tanto, Moira pronunció mentalmente una pequeña Palabra y atravesó el muro.

Ordenar. Otra tarea que el aprendiz no dominaba. La habitación era un desastre. La ropa permanecía arrugada en el suelo, exactamente donde se la había quitado, mezclada con toda clase de basura. Su sensible olfato protestó. Moira se recordó que no había ido allí por eso. Y que no disponía de mucho tiempo. Sus intensos ojos verdes examinaron cuidadosamente la habitación.

¡Allí! Debajo de la cama. El Maestro se habría enfurecido si hubiera sabido lo que había allí. Y de qué manera lo habían dejado. Era uno de sus libros de magia. A juzgar por su aspecto, uno que el imprudente Ricardo no tendría autorización para leer hasta mucho tiempo después. Lo había empujado brutalmente debajo de la cama, de modo que las páginas habían quedado arrugadas. Si el Maestro no estuviera tan enfermo… aquello significaría el final de su aprendizaje.

Pero ¿qué había estado leyendo aquel alfeñique? Por fortuna, Moira era pequeña y esbelta y veía perfectamente en la oscuridad, de modo que se deslizó debajo de la cama.

Alisó la página con cuidado. Mediante la magia, naturalmente; sabía que no debía tocarla. Mmm…

Una Palabra inexistente en el lenguaje humano cuyo significado era “combustión total instantánea”. ¿Por qué le interesaba eso a aquel bárbaro? Era un hechizo que incluso el Maestro prefería no utilizar. Solo lo hacía cuando no existía ninguna alternativa. Un encantamiento espantoso. Era necesario conocerlo únicamente para poder neutralizarlo. En este caso, haciendo que el hechizo se volviera contra quien lo pronunciaba. Así funcionaba.

Y Ricardo, según la opinión no demasiado modesta de Moira, era absolutamente incapaz de utilizarlo. Aunque podía comprender por qué deseaba tanto aprenderlo. Con aquella guerra desarrollándose en el exterior… Sin embargo, el Maestro expulsaría inmediatamente de la torre a aquel desgraciado si se enteraba. Si no estuviera enfermo. Era demasiado peligroso.

En cualquier caso, se trataba de un libro de hechizos muy poderosos. Más adelante se encontraba el encantamiento que ella misma había leído por accidente en una ocasión. El Maestro no sabía nada de eso. No es que hubiera querido engañarlo; por entonces estaba sentada en el alféizar mientras él hojeaba el libro. Ella tenía muy buena memoria. Además, la ilustración situada junto al hechizo era graciosa. Pero no podía quedarse allí mucho tiempo.

Salió de debajo de la cama polvorienta, atravesó la pared y se deslizó entre las sombras hacia la planta baja, justo cuando aquel sujeto viscoso subía ruidosamente por la escalera. Después de descender unos escalones, se detuvo.

Un momento. Algo no encajaba. Si el sirviente había traído la cena, ¿no debería estar abajo aquel parásito? Allí era donde debía llevar la comida. Entonces, ¿por qué subía? Incluso había pasado de largo ante su propia habitación. ¿Qué había más arriba?

¡El Maestro!

Moira giró de inmediato y corrió a toda velocidad hacia la habitación del Maestro. No aminoró el paso ante la puerta cerrada, sino que la atravesó directamente. Pasó disparada entre las piernas del aprendiz y saltó sobre la cama del Maestro.

—¡Animal estúpido! —gritó Ricardo—. ¿Cómo entraste? ¡La puerta está cerrada con llave!

Moira no respondió. Sus ojos se concentraron en la mano derecha del aprendiz y en la piedra que sostenía con fuerza. Siseó. Gruñó. Interpuso todo su cuerpo, aunque no fuera demasiado grande, entre su Maestro y el atacante.

—¿Realmente crees que puedes proteger a ese viejo? ¡Rastrera!

¡El rastrero eres tú! Pero Ricardo no la oía. Naturalmente que no. A diferencia de los demás aprendices, carecía de la capacidad de comprenderla. Eso debería haber sido una advertencia para el Maestro.

—¡Apártate y déjame acercarme! Él es demasiado viejo y débil. Y, además, demasiado cobarde. Alguien tendrá que hacerlo en su lugar. Pero no puedo hacerlo solo; necesito ese medallón. Si no quiere o no puede ayudarnos, tendrá que hacerlo otra persona. ¿Es que no lo comprendes?

Eso era demasiado. Nadie llamaba cobarde al Maestro. Era mayor que Ricardo, mayor que todos los habitantes de aquel país. Que casi todos. Moira también lo conocía desde hacía mucho tiempo. Y por esa razón comprendía perfectamente por qué el Maestro no había intervenido en aquella guerra absurda. Una guerra entre dos hermanos. Ahora entendía por qué el barón había ofrecido como aprendiz a su hijo menor.

El duque, su cuñado, había solicitado la ayuda del hechicero. Cuando este se negó, porque no quería agravar la guerra añadiéndole magia, habían ideado aquel plan. El medallón amplificaba la magia y ayudaba a concentrarla. En ese momento protegía la torre y la pequeña aldea circundante mediante una cantidad mínima de poder mágico.

Pero, como el miserable aprendiz no aprendía con suficiente rapidez y no tenía autorización para practicar encantamientos que pudieran resultar útiles en una batalla, habían decidido que sencillamente robaría el medallón. Entonces podría hacerlo todo y, quién sabía, quizá se volviera rico y famoso. Y poderoso.

Ricardo, el Gran Héroe. Archimago de los Cinco Ríos. Bien podría suceder.

Por fortuna para él, el Maestro había enfermado. Por desgracia para él, ella había descubierto el veneno y lo había neutralizado. ¡Los envenenadores eran repugnantes!

Moira intentó parecer tan grande como fuera posible. No permitiría que le hiciera daño al Maestro. Detrás de ella, este se movió. Los gritos debían de haberlo despertado. Sintió su mano sobre el hombro. Algo frío alrededor del cuello.

El gruñido que brotaba de su garganta se volvió más fuerte y amenazador. Cambió. Ella cambió. Ya era negra. Ya tenía dientes afilados y garras largas y agudas. El hechizo del libro adquirió forma en su mente. Moira creció. Nunca había podido emplear un encantamiento tan poderoso. Lo conocía y lo comprendía, pero jamás había poseído semejante fuerza mágica. Todos sus sentidos funcionaban ahora con una intensidad extraordinaria.

Ricardo retrocedió. La piedra mortal estuvo a punto de caer de su mano. Moira sabía ahora qué era: magia oscura. Comprada con sangre. Exactamente la clase de magia que el Maestro detestaba. Solo podía utilizarse una vez. Y provocaba adicción. Ese era el problema. Quien recurría una vez a esa clase de magia tenía que usar más. Tenía que hacerlo. El Maestro practicaba magia blanca.

—¡Bestia infernal! —gritó el joven al ver la nueva forma de Moira.

Se humedeció los labios y pronunció una Palabra. O, al menos, lo intentó. Moira saltó de la cama con un movimiento fluido y cayó sobre el muchacho traidor. Sus dientes se hundieron profundamente en su cuello y sus garras le desgarraron el vientre. Esta vez la piedra cayó al suelo.

Moira, convertida en una pantera negra, continuó mordiéndolo hasta que Ricardo dejó de moverse. Este abrió los ojos una vez más y su boca formó las primeras sílabas de la Palabra que había encontrado en el libro de su habitación. Moira pensó casi automáticamente en el contrahechizo.

Las dos corrientes de magia chocaron. Cada una luchaba por dominar a la otra. Moira opuso todo su ser a la furia y el odio del aprendiz. Él se resistió. Durante un instante pareció que habían llegado a un punto muerto. Pero la gata apoyaba las patas sobre la piedra desnuda de la torre, y esta acudió en su ayuda.

En pocos minutos la habitación se llenó de luz, una luminosidad cegadora que atravesó a Moira y se proyectó contra Ricardo. Se enroscó alrededor de su cuerpo como una cadena irrompible y penetró en su boca abierta. Ricardo se incendió. Unas llamas blancas lo envolvieron y de su garganta escapó un último grito sin palabras antes de que se deshiciera en cenizas.

Moira se lamió cuidadosamente las patas y se limpió el pelaje. Poco a poco recuperó la forma que siempre había tenido.

La de una elegante gata negra.

El Maestro susurró su nombre. Su voz sonaba temblorosa. Con dos saltos, Moira regresó a la cama. Algo frío y pesado colgaba de su cuello. El medallón. Se acostó para permitir que el Maestro se lo quitara.

—No, querida Moira. Mi fiel Moira. Me ha mantenido con vida durante bastante tiempo. Ha llegado el momento, el momento de partir. Quisiera… Ay, quisiera haber encontrado a alguien que pudiera cuidar de ti.

Cerró los ojos por un instante.

No importa. Puedo cuidar perfectamente de mí misma. Soy más fuerte de lo que crees.

—Y más inteligente —suspiró el Maestro—. Tú comprendiste hace mucho tiempo lo que yo no quería saber. Lo lamento.

No es necesario. Custodiaré esta torre hasta que llegue alguien digno de los tesoros que guarda.

—Lo sé.

El pecho del anciano subió y bajó unas cuantas veces más.

—Te quiero…

Después, silencio.

Moira apoyó la frente contra la de él.

Adiós, Maestro.

 

Más tarde.

Una columna de humo negro se elevaba verticalmente desde el patio de la torre.

En el escalón situado junto a la puerta del jardín, una gata de pelaje intensamente negro se lamía para limpiarse. La columna de jinetes se detuvo por un momento frente a la torre. Un hombre vestido con uniforme rojo comenzó a apuntar al animal con su mosquete. El hombre que cabalgaba a su lado lo sujetó del brazo.

—Los gatos negros traen mala suerte —protestó el tirador.

—Matarlos trae todavía más mala suerte —respondió el otro.

Ya no era joven y vestía una túnica con una larga capa. Desmontó con cansancio. Había sido un día muy largo.

—¿Todo está bien, Moira? —preguntó.

La gata levantó la cabeza. El hombre de la túnica se sobresaltó al ver el medallón que relucía alrededor de su cuello. Para él, y solo para él, irradiaba una luz sobrenatural. Aunque ella también debía de verla, pensó.

El Maestro ha muerto, Leon.

Había tristeza en su “voz”.

—Lo lamento. ¿Puedo hacer algo?

No. Custodiaré la torre hasta que llegue un nuevo Maestro.

—Comprendo. Hasta entonces, Moira. Será una tarea solitaria.

Moira asintió.

Leon, el mago, volvió a montar y ordenó a la columna que continuara la marcha.

Moira se quedó sola.

Como siempre. 

Petra Coret es una escritora neerlandesa que nació en Rijswijk (Países Bajos Meridionales) y reside en Zoetermeer. La autora dice de sí misma: Siempre me han interesado los idiomas, la historia y las historias que la gente cuenta sobre el mundo que les rodea. Esto me llevó a obtener una maestría en lengua y cultura griega y latina antiguas, y a escribir mis propias historias. Estas historias sobre mundos extraordinarios y gente común, o viceversa, se publican desde hace unos dos años. Y, si de mí depende, se publicarán más en los próximos años.

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