lunes, 18 de mayo de 2026

HANNA, EL ÁNGEL

Rodica Bretin

 

Alix me miró, luego al cielo despejado, salpicado de estrellas. Era de noche y, desde las murallas almenadas, la isla parecía un barco navegando mar adentro.

—Muéstramelo.

Extendí las manos hacia ella, con los dedos separados, como si empujara una barrera invisible, que se volvió más delgada y desapareció por completo cuando Alix apoyó sus palmas contra las mías.

De pronto, tuve la sensación aguda de alguien que despierta de un coma profundo. Imágenes, sonidos y olores explotaron a mi alrededor, como si estuviera en medio de un deslumbrante espectáculo de fuegos artificiales. Podía oír la luz de las estrellas y cada una sonaba diferente, como los instrumentos de una orquesta interpretando la sinfonía del cielo. Distinguía la vibración de un púlsar, el estruendo en cascada de un agujero negro, seguido por la obertura in crescendo de la explosión de una supernova. Podía ver a través del mar hasta las profundidades recorridas por tiburones, ballenas, delfines y pulpos y, más abajo aún, en el abismo acuático donde extrañas siluetas se deslizaban entre los corales, criaturas antediluvianas arrastraban la cola por la arena en la que cohortes de cangrejos marchaban en formación, preparándose para el Día D en que invadirían las playas del mundo. Percibía el olor de los cigarrillos de marihuana que fumaban dos pescadores en algún bote a kilómetros de distancia, el aroma de la resina de pino en un bosque al noroeste, el hedor de neumáticos quemados de un camión donde un muchacho y una muchacha hacían el amor, ella por primera vez, él…

¿Y Alix? ¿Desde cuándo se había vuelto translúcida, como una estatua de cristal? Podía ver sus huesos y músculos, arterias y venas donde la sangre latía en armonía con los ritmos eternos de la naturaleza. Escuché el latido… ¿de dos corazones?

Alix apartó las manos y mi universo volvió a ser como antes, una copia pálida y desvaída, una representación en blanco y negro de lo que Alix vivía, momento a momento. Alix, que… no era del todo humana. Algunos la llamarían diosa mortal, ¡pero no sabían nada! Desde afuera parecía siempre satisfecha consigo misma y con quienes la rodeaban, irradiando equilibrio y serena aceptación, un oasis de calma en un desierto de locura.

Alix oyó mi pensamiento.

—No exactamente —me contradijo sin levantar la voz—. Hubo un tiempo en que yo era igual que tú.

—¿Quieres decir siempre enfadada por cualquier cosa o por cualquiera?

Sonrió, pero sus ojos siguieron fijos en un pasado sombrío.

—Es difícil no saber quién eres, pero es aún más difícil no saber qué eres. Hasta los nueve años pensé que era normal. Nunca conocí a mis padres, pero eso no tenía nada de extraordinario; en aquellos días muchos niños de Estocolmo, Copenhague y Oslo terminaban como yo, abandonados, mendigando en las calles, dependiendo de la misericordia de los extraños. ¿Recuerdas a la niña de las cerillas, que murió congelada en la nieve mientras los ricos y sus familias celebraban la Navidad? ¿Un cuento que conmovió y despertó la sensibilidad de generaciones de lectores o un hecho real registrado por Hans Christian Andersen con dramático realismo? Yo tuve más suerte que la mayoría. Terminé en un orfanato parroquial. Tenía un techo sobre mi cabeza, una cama con un colchón relleno de paja, una manta viscosa y un lugar en la mesa común, donde el manjar cotidiano era un guiso de nabos. Todo estaba racionado. Cuando la ropa nos quedaba pequeña, nos daban otra igual de remendada y gastada. En cuanto a los zapatos, no teníamos. Debíamos estar agradecidas por las sobras, los harapos, un trozo de pan mohoso y una manzana carcomida por gusanos, porque no nos echaban afuera, a la ventisca. Éramos una carga sobre los hombros del personal del orfanato, de la cocinera que todos los días debía enfrentarse a una difícil decisión: ¿papas hervidas o al horno? Sufríamos hambre, frío, estábamos sucias y harapientas, pero podía ser peor… y oíamos aquello hasta que las otras huérfanas y yo empezamos a creerlo.

—Pero no Hanna.

—Hanna era mi amiga, la muchacha de cabello dorado y ojos de un azul tan pálido que parecían dos ópalos. Hanna hablaba poco y solo conmigo, pero no porque fuera tímida, silenciosa o retraída. Hanna creía que era un ángel. Sus padres celestiales se habían visto obligados a dejarla atrás, pero no la habían abandonado. Mañana, o dentro de un año, regresarían para llevársela con ellos. A veces podía oírlos llamándola por su nombre, diciéndole que no perdiera la paciencia ni la esperanza. Se habían marchado por un tiempo, pero…

—¿Adónde fueron? —le pregunté un día.

—La noche siguiente nos escabullimos por la ventana del ático del dormitorio y nos quedamos juntas contemplando el cielo estrellado desde el tejado. “¡Allí!”, dijo ella. Me mostró un destello igual a miles y miles de otros. Pero para Hanna aquella estrella era un faro, iluminando el camino de regreso a casa. Y desde entonces salíamos al tejado cada noche en que el cielo estaba despejado. Una vez me susurró otro secreto al oído. “Me han brotado alas invisibles. Si las abro, podría elevarme por encima de las casas, de los árboles.” ¿Y yo? le pregunté. “No te dejaré, Alix”, me respondió. Cuando mis padres vengan por mí, nos iremos juntas. Cuarenta niñas vivíamos en el dormitorio del ático. Una de ellas, nunca supe cuál, le informó a la supervisora sobre nuestras escapadas nocturnas. En el orfanato todo era escaso y estaba racionado: la comida, el calor, la cera de las velas… todo excepto los castigos. Durante casi dos días nos obligaron a permanecer arrodilladas sobre cáscaras trituradas de nuez. Luego nos dieron cepillos, jabón y cubos de agua para limpiar la sangre de las tablas del suelo. Pero el verdadero castigo aún estaba por llegar. La directora había llamado a un herrero para colocar barrotes de hierro en las ventanas del ático. Y la noche anterior a que el dormitorio se convirtiera en una prisión, Hanna se acercó a mi cama y puso un dedo sobre mis labios. No pronunció una sola palabra, pero comprendí su pensamiento. Aquellos eran nuestros últimos momentos de libertad. ¿Por qué desperdiciarlos? En el cielo, la negrura que cubría las estrellas comenzaba a disiparse. Antes había llovido y el tejado estaba mojado y resbaladizo. ¿Pero qué importaba? Hanna tenía alas, las estrellas parpadeaban entre las nubes desgarradas, pronto el firmamento estaría despejado y sería todo nuestro. Cuando las tejas resbalaron bajo mis pies, Hanna me sujetó de los brazos tratando de detenerme, pero no funcionó. Ambas nos precipitamos por encima del desagüe y caímos catorce metros hasta el patio pavimentado con granito. Desperté en la enfermería del orfanato. El médico me dijo que Hanna había quedado destrozada y había muerto al instante. Era una mentira cruel y me negué a creerla. ¡Hanna había volado! Había abierto las alas y flotaba en algún lugar sobre la ciudad. Pero ¿por qué me había dejado allí? Tal vez me dejó atrás porque todos mis huesos estaban rotos. Nadie en el orfanato creía que sobreviviría hasta la mañana, y esperaron y esperaron. Al amanecer aún no había dado mi último aliento y por la tarde pedí un vaso de agua.

—¿Había ocurrido un milagro?

—El médico me miró horrorizado y asustado, como si yo fuera un ternero de tres cabezas… ¿y qué? Hanna había escapado; volvería para llevarme lejos de él, de todos ellos. Aquella noche la fiebre descendió, pude mantenerme en pie y me levanté de la cama. El baño estaba al otro extremo del corredor y casi había llegado cuando percibí un olor extraño, como flores marchitas. Abrí una puerta, luego otra. En la tercera habitación encontré a Hanna, cubierta con una sábana manchada de óxido. Pero era sangre. La arranqué y contemplé el cuerpo destrozado y el rostro desfigurado de mi amiga. Había sido una niña que soñaba ser una criatura alada; ahora no era más que un cadáver anónimo que el orfanato estaba a punto de vender a la Clínica Real como material de estudio para estudiantes de medicina. Y en cuanto a mí, ¿era un ángel, un demonio, una abominación? Me trasladaron del dormitorio común a un armario en el sótano, pasándome la comida por una rendija de la puerta, como si tuviera lepra, peste o alguna otra enfermedad contagiosa. La directora había llamado a un exorcista y el médico informó a sus colegas anatomistas que prepararan la mesa y los instrumentos de disección, aunque no antes de realizar algunos experimentos científicos. ¿Era resistente al agua helada, al fuego o al ácido sulfúrico? ¿Podrían conservarme en formaldehído? Me llamaban la niña de huesos de goma, que había caído de un tejado y se había levantado sin un rasguño. Así nacen las leyendas urbanas. ¿Era afortunada o hija del diablo? Nunca llegaron a averiguarlo. El tercer día después del accidente que me trajo aquella fama indeseada, escapé del orfanato, dejando atrás la ciudad y luego Suecia. No permanecí más de un par de días en un mismo lugar, todavía huyendo aunque nadie me persiguiera, sin más equipaje que mis recuerdos. Hasta conocerte, Hanna había sido mi única amiga.

—Una muchacha que pensaba que era un ángel y otra que se imaginaba humana —dije—. Ambas estaban equivocadas y tenían razón al mismo tiempo. Pero al final, después de tantos caminos recorridos, ¿descubriste quién eres, qué eres?

Alix inclinó la cabeza hacia un lado y me observó bajo las pestañas.

—Al final… ¿es realmente tan importante?


Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

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