Rodica Bretin
Alix me miró, luego
al cielo despejado, salpicado de estrellas. Era de noche y, desde las murallas
almenadas, la isla parecía un barco navegando mar adentro.
—Muéstramelo.
Extendí las manos hacia ella, con
los dedos separados, como si empujara una barrera invisible, que se volvió más
delgada y desapareció por completo cuando Alix apoyó sus palmas contra las
mías.
De pronto, tuve la sensación aguda
de alguien que despierta de un coma profundo. Imágenes, sonidos y olores
explotaron a mi alrededor, como si estuviera en medio de un deslumbrante
espectáculo de fuegos artificiales. Podía oír la luz de las estrellas y cada
una sonaba diferente, como los instrumentos de una orquesta interpretando la
sinfonía del cielo. Distinguía la vibración de un púlsar, el estruendo en
cascada de un agujero negro, seguido por la obertura in crescendo de la
explosión de una supernova. Podía ver a través del mar hasta las profundidades
recorridas por tiburones, ballenas, delfines y pulpos y, más abajo aún, en el
abismo acuático donde extrañas siluetas se deslizaban entre los corales, criaturas
antediluvianas arrastraban la cola por la arena en la que cohortes de cangrejos
marchaban en formación, preparándose para el Día D en que invadirían las playas
del mundo. Percibía el olor de los cigarrillos de marihuana que fumaban dos
pescadores en algún bote a kilómetros de distancia, el aroma de la resina de
pino en un bosque al noroeste, el hedor de neumáticos quemados de un camión
donde un muchacho y una muchacha hacían el amor, ella por primera vez, él…
¿Y Alix? ¿Desde cuándo se había
vuelto translúcida, como una estatua de cristal? Podía ver sus huesos y
músculos, arterias y venas donde la sangre latía en armonía con los ritmos
eternos de la naturaleza. Escuché el latido… ¿de dos corazones?
Alix apartó las manos y mi universo
volvió a ser como antes, una copia pálida y desvaída, una representación en
blanco y negro de lo que Alix vivía, momento a momento. Alix, que… no era del
todo humana. Algunos la llamarían diosa mortal, ¡pero no sabían nada! Desde
afuera parecía siempre satisfecha consigo misma y con quienes la rodeaban,
irradiando equilibrio y serena aceptación, un oasis de calma en un desierto de
locura.
Alix oyó mi pensamiento.
—No exactamente —me contradijo sin
levantar la voz—. Hubo un tiempo en que yo era igual que tú.
—¿Quieres decir siempre enfadada
por cualquier cosa o por cualquiera?
Sonrió, pero sus ojos siguieron
fijos en un pasado sombrío.
—Es difícil no saber quién eres,
pero es aún más difícil no saber qué eres. Hasta los nueve años pensé que era
normal. Nunca conocí a mis padres, pero eso no tenía nada de extraordinario; en
aquellos días muchos niños de Estocolmo, Copenhague y Oslo terminaban como yo,
abandonados, mendigando en las calles, dependiendo de la misericordia de los
extraños. ¿Recuerdas a la niña de las cerillas, que murió congelada en la nieve
mientras los ricos y sus familias celebraban la Navidad? ¿Un cuento que
conmovió y despertó la sensibilidad de generaciones de lectores o un hecho real
registrado por Hans Christian Andersen con dramático realismo? Yo tuve más
suerte que la mayoría. Terminé en un orfanato parroquial. Tenía un techo sobre
mi cabeza, una cama con un colchón relleno de paja, una manta viscosa y un
lugar en la mesa común, donde el manjar cotidiano era un guiso de nabos. Todo
estaba racionado. Cuando la ropa nos quedaba pequeña, nos daban otra igual de
remendada y gastada. En cuanto a los zapatos, no teníamos. Debíamos estar
agradecidas por las sobras, los harapos, un trozo de pan mohoso y una manzana
carcomida por gusanos, porque no nos echaban afuera, a la ventisca. Éramos una
carga sobre los hombros del personal del orfanato, de la cocinera que todos los
días debía enfrentarse a una difícil decisión: ¿papas hervidas o al horno?
Sufríamos hambre, frío, estábamos sucias y harapientas, pero podía ser peor… y
oíamos aquello hasta que las otras huérfanas y yo empezamos a creerlo.
—Pero no Hanna.
—Hanna era mi amiga, la muchacha de
cabello dorado y ojos de un azul tan pálido que parecían dos ópalos. Hanna
hablaba poco y solo conmigo, pero no porque fuera tímida, silenciosa o
retraída. Hanna creía que era un ángel. Sus padres celestiales se habían visto
obligados a dejarla atrás, pero no la habían abandonado. Mañana, o dentro de un
año, regresarían para llevársela con ellos. A veces podía oírlos llamándola por
su nombre, diciéndole que no perdiera la paciencia ni la esperanza. Se habían
marchado por un tiempo, pero…
—¿Adónde fueron? —le pregunté un
día.
—La noche siguiente nos
escabullimos por la ventana del ático del dormitorio y nos quedamos juntas
contemplando el cielo estrellado desde el tejado. “¡Allí!”, dijo ella. Me
mostró un destello igual a miles y miles de otros. Pero para Hanna aquella
estrella era un faro, iluminando el camino de regreso a casa. Y desde entonces
salíamos al tejado cada noche en que el cielo estaba despejado. Una vez me
susurró otro secreto al oído. “Me han brotado alas invisibles. Si las abro,
podría elevarme por encima de las casas, de los árboles.” ¿Y yo? le pregunté. “No
te dejaré, Alix”, me respondió. Cuando mis padres vengan por mí, nos iremos
juntas. Cuarenta niñas vivíamos en el dormitorio del ático. Una de ellas, nunca
supe cuál, le informó a la supervisora sobre nuestras escapadas nocturnas. En
el orfanato todo era escaso y estaba racionado: la comida, el calor, la cera de
las velas… todo excepto los castigos. Durante casi dos días nos obligaron a
permanecer arrodilladas sobre cáscaras trituradas de nuez. Luego nos dieron
cepillos, jabón y cubos de agua para limpiar la sangre de las tablas del suelo.
Pero el verdadero castigo aún estaba por llegar. La directora había llamado a
un herrero para colocar barrotes de hierro en las ventanas del ático. Y la
noche anterior a que el dormitorio se convirtiera en una prisión, Hanna se
acercó a mi cama y puso un dedo sobre mis labios. No pronunció una sola
palabra, pero comprendí su pensamiento. Aquellos eran nuestros últimos momentos
de libertad. ¿Por qué desperdiciarlos? En el cielo, la negrura que cubría las
estrellas comenzaba a disiparse. Antes había llovido y el tejado estaba mojado
y resbaladizo. ¿Pero qué importaba? Hanna tenía alas, las estrellas parpadeaban
entre las nubes desgarradas, pronto el firmamento estaría despejado y sería
todo nuestro. Cuando las tejas resbalaron bajo mis pies, Hanna me sujetó de los
brazos tratando de detenerme, pero no funcionó. Ambas nos precipitamos por
encima del desagüe y caímos catorce metros hasta el patio pavimentado con
granito. Desperté en la enfermería del orfanato. El médico me dijo que Hanna
había quedado destrozada y había muerto al instante. Era una mentira cruel y me
negué a creerla. ¡Hanna había volado! Había abierto las alas y flotaba en algún
lugar sobre la ciudad. Pero ¿por qué me había dejado allí? Tal vez me dejó
atrás porque todos mis huesos estaban rotos. Nadie en el orfanato creía que
sobreviviría hasta la mañana, y esperaron y esperaron. Al amanecer aún no había
dado mi último aliento y por la tarde pedí un vaso de agua.
—¿Había ocurrido un milagro?
—El médico me miró horrorizado y
asustado, como si yo fuera un ternero de tres cabezas… ¿y qué? Hanna había
escapado; volvería para llevarme lejos de él, de todos ellos. Aquella noche la
fiebre descendió, pude mantenerme en pie y me levanté de la cama. El baño
estaba al otro extremo del corredor y casi había llegado cuando percibí un olor
extraño, como flores marchitas. Abrí una puerta, luego otra. En la tercera
habitación encontré a Hanna, cubierta con una sábana manchada de óxido. Pero
era sangre. La arranqué y contemplé el cuerpo destrozado y el rostro
desfigurado de mi amiga. Había sido una niña que soñaba ser una criatura alada;
ahora no era más que un cadáver anónimo que el orfanato estaba a punto de
vender a la Clínica Real como material de estudio para estudiantes de medicina.
Y en cuanto a mí, ¿era un ángel, un demonio, una abominación? Me trasladaron
del dormitorio común a un armario en el sótano, pasándome la comida por una
rendija de la puerta, como si tuviera lepra, peste o alguna otra enfermedad
contagiosa. La directora había llamado a un exorcista y el médico informó a sus
colegas anatomistas que prepararan la mesa y los instrumentos de disección,
aunque no antes de realizar algunos experimentos científicos. ¿Era resistente
al agua helada, al fuego o al ácido sulfúrico? ¿Podrían conservarme en
formaldehído? Me llamaban la niña de huesos de goma, que había caído de un
tejado y se había levantado sin un rasguño. Así nacen las leyendas urbanas.
¿Era afortunada o hija del diablo? Nunca llegaron a averiguarlo. El tercer día
después del accidente que me trajo aquella fama indeseada, escapé del orfanato,
dejando atrás la ciudad y luego Suecia. No permanecí más de un par de días en
un mismo lugar, todavía huyendo aunque nadie me persiguiera, sin más equipaje
que mis recuerdos. Hasta conocerte, Hanna había sido mi única amiga.
—Una muchacha que pensaba que era
un ángel y otra que se imaginaba humana —dije—. Ambas estaban equivocadas y
tenían razón al mismo tiempo. Pero al final, después de tantos caminos
recorridos, ¿descubriste quién eres, qué eres?
Alix inclinó la cabeza hacia un
lado y me observó bajo las pestañas.
—Al final… ¿es realmente tan
importante?

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