lunes, 18 de mayo de 2026

DURAK

Anatoly Belilovsky

 

—Es peligroso, este hielo —dijo el ruso.

La gran masa congelada se acercaba lentamente, mientras el camarero luchaba por empujar el carrito a través del umbral de la sala de cartas.

—Estoy de acuerdo —dijo el neoyorquino.

Barajó un mazo de cartas con bastante desgano.

—Parece que está a punto de provocarle una hernia a nuestro camarero.

—Yo solo quería suficiente para poner en mi brandy —dijo el texano—. ¿Por qué trajo el bloque entero?

—La White Star Line se enorgullece mucho de su servicio —dijo el camarero.

—En el Titanic no hacen nada en pequeño —dijo el neoyorquino—. Al menos no en primera clase.

El camarero descargó el picahielo con un golpe experto. Fragmentos de hielo cayeron brillando sobre el plato. El camarero los dejó caer dentro del vaso del texano.

—El peligro ahora mismo —dijo el inglés— es que entre un francés. Estaría perfectamente en su derecho de dispararle por este sacrilegio. Hielo en el armagnac…

—Es solo brandy —dijo el texano—. Usted no es francés, ¿verdad, muchacho?

—No, señor —respondió el camarero.

—Tiene un acento raro —dijo el texano—. ¿De dónde es?

—De Transilvania, señor —dijo el camarero.

—Anginas —dijo el ruso—. El frío puede enfermar la garganta y uno muere de anginas. Eso pasó con su George Washington. Murió de anginas.

El ruso hizo una pausa.

—En diciembre. Cuando hace frío.

—Murió por las sangrías —dijo el neoyorquino.

—¿En América usan sangrías? —preguntó el ruso—. En Rusia usamos sanguijuelas. Nadie muere por sanguijuelas. ¿Qué usan en Inglaterra?

—Transilvanos —dijo el inglés.

—¿Qué? —preguntó el ruso.

—¿Desean algo más? —preguntó el camarero.

—No —dijo el ruso—. ¿Transilvanos como sanguijuelas?

—Vampiros —dijo el inglés.

—Ah —dijo el ruso—. Del libro del señor Stoker. Es divertido.

—¿Leyó Drácula? —preguntó el neoyorquino.

—Leo todos los libros ingleses —dijo el ruso—. Sherlock Houses. Capitanes valientes. Máquina de los tiempos.

—¡H. G. Wells! —exclamó el inglés—. ¡Le gusta Wells!

—Leo a Wells —dijo el ruso—. No me gusta Wells.

—Yo tampoco soporto a Wells. Maldito socialista —dijo el texano.

—A mí me gustó bastante La guerra de los mundos —dijo el neoyorquino—. Al final, cuando los invasores mueren de influenza…

—¿Desean que traiga más hielo? —preguntó el camarero.

—Tenemos de sobra —dijo el texano—. Lo que escribió Wells… son puras tonterías. Eso no puede pasar.

—¿Por qué no? —preguntó el inglés.

—Primero que nada, allá en el rancho, si tiene vacas enfermas, las mantiene alejadas de las sanas, pero los pavos y las gallinas estarán perfectamente. La idea de que los marcianos agarren peste bovina cuando las cabras no la agarran… bueno, eso es ridículo.

—Es cierto —dijo el neoyorquino.

—Y en segundo lugar —dijo el texano—, no hay nada en Marte. Si hubiera algo allí, habrían dejado algo visible. Estoy seguro de que el señor Lowell habría visto ciudades, no solo canales, si existieran marcianos como los del libro.

—Ahora no hay nada alrededor del Caspio —dijo el ruso—. Y todos venimos de allí.

—¿Más armagnac, quizás? —sugirió el camarero.

—Tenemos suficiente armagnac —dijo el neoyorquino—. ¿Qué es eso del Caspio?

—Eso es un mar, ¿verdad? —preguntó el texano.

—Creo que se refiere a la hipótesis póntica sobre la urheimat indoeuropea —dijo el inglés.

—¿Le importaría hablar en inglés? —dijo el texano.

—¿Podría traerles un nuevo mazo de cartas? —preguntó el camarero—. No han terminado su partida de bridge.

—Estoy harto del bridge —dijo el neoyorquino—. Me aburro hasta la muerte. Nunca pasa nada en el Titanic.

—¿De qué se está quejando? —preguntó el texano—. La comida es perfecta, la orquesta es de primera. Y el servicio…

Hizo un gesto hacia el camarero.

—Habla por sí solo.

—El Titanic —dijo el camarero— recibió el mejor personal cuidadosamente seleccionado de toda la White Star Line, de la cual me enorgullece formar parte. ¿Quizás podría traer queso o sorbete?

—¿Ven a lo que me refiero? —dijo el neoyorquino—. No puedo quejarme de nada aquí. Quiero volver a casa. En Nueva York puedo quejarme. Me pone nervioso no hacerlo. No veo la hora de bajarme de este maldito barco.

—Qué lenguaje —dijo el inglés.

—Lomonósov escribió sobre lenguaje —dijo el ruso—. Dva siempre es dos, tri siempre es tres, kot siempre es gato, en eslavo y germánico y en hindustaní. Todos idiomas parecidos, todos vienen de la estepa. Ahora no hay nada allí.

—Interesante —dijo el inglés—. Creo que entiendo lo que quiere decir.

—Es como juego ruso de cartas —dijo el ruso—. Se llama Durak.

—Durak… ¿No es la palabra rusa para “tonto”? —preguntó el neoyorquino—. Uno la oye mucho caminando por el Lower East Side.

El ruso asintió.

—“Durak” también es el perdedor en el juego.

Desde el rincón de la sala, el camarero observaba con enorme interés.

—¿Cigarros? —preguntó—. ¿Desean que les traiga cigarros?

—Si no le importa, no queremos cigarros —dijo el inglés—. Me gustaría aprender este… Durak.

El ruso tomó las cartas y miró alrededor.

—¿Tengo permiso? —preguntó.

Los otros asintieron.

El ruso repartió rápidamente seis cartas para él y el inglés. Dio vuelta la decimotercera carta; era la jota de diamantes. El resto del mazo lo dejó boca abajo junto a la carta descubierta.

—Esta carta —dijo señalando la jota— nos dice cuál es el triunfo. Los triunfos funcionan igual que en bridge: una carta más alta vence a una más baja, pero solo dentro de su palo, y cualquier triunfo vence a cualquier otra carta excepto a un triunfo más alto. Ahora ataco.

Puso un siete de tréboles boca arriba.

—Creo que entiendo —dijo el inglés.

Lo cubrió con un diez de tréboles.

—Ahora —dijo el ruso— solo puedo continuar atacando con cartas del mismo valor que ya están sobre mesa: dieces y sietes.

Puso un siete de corazones.

—Por supuesto, fue buena idea empezar con carta que tenía en pareja…

El inglés puso un seis de diamantes.

—Ahora sabemos lo que no tiene —comentó el texano—. Si tuviera un corazón más alto que siete, lo habría jugado.

—Exactamente —dijo el ruso—. Y por suerte para mí…

Puso un seis de corazones.

El inglés levantó la vista.

—No tengo corazones y no tengo más diamantes. ¿Y ahora?

—Ahora las recoge. Son sus cartas ahora —dijo el ruso—. Yo me quedo con tres cartas, así que tomo tres del mazo.

Tomó tres cartas.

—Ahora vuelvo a tener seis y, como gané esta mano, ataco otra vez.

Puso una jota de espadas.

El inglés respondió con un as de espadas.

—Ahora puede atacar con una jota o un as, ¿correcto?

—Correcto —dijo el ruso—. Sin embargo, pensé que podría tener reina o rey y entonces continuaría. Pero así como está, terminé. Esto va al descarte.

Colocó las dos cartas sobre la mesa formando una nueva pila y tomó una carta del mazo de reserva.

—Ahora usted ataca.

El inglés empezó con un siete de corazones.

—Recuperando lo mío, ¿no? —dijo el ruso, cubriéndolo con una reina de corazones.

El inglés continuó con un siete de tréboles.

El ruso cubrió con una jota.

—Si hubiera tenido esto en la mano anterior… —dijo—. Pero la acabo de sacar ahora mismo.

Cubrió el siete con una reina de espadas.

—Tengo carta más baja —dijo— pero es bueno limitar opciones del oponente, ¿no? ¿Tiene algo para atacar?

El inglés negó con la cabeza.

—No más sietes, ni jotas, ni reinas.

El ruso reunió las cartas de la mesa.

—Defensa exitosa —dijo mientras las ponía en el descarte—. Ahora necesito tres, pero espero por usted, ya que defendió. Usted tiene…

—Cinco —dijo el inglés—. Entonces tomo una, ¿verdad?

El ruso asintió. El inglés tomó una carta, seguido por el ruso.

—¿Pudín Waldorf? —sugirió el camarero.

—¿Quiere dejar ya de preguntar? —dijo el neoyorquino—. Bien, ¿por dónde íbamos?

—Una carta, hacen seis, y es mi turno de atacar —dijo el inglés—. Hasta ahora parece un gran juego.

—¿En qué es mejor que el bridge? —preguntó el texano.

—Se parece más a una guerra real —dijo el inglés—. Las fuerzas usadas en una batalla siguen allí para la siguiente… aunque no necesariamente del mismo lado. Y supongo que las alianzas no son permanentes, como sí lo son en el bridge.

—Sí, aliados —dijo el ruso—. Más tarde les mostraré Durak con mucha gente, ya verán… se puede cambiar de aliados en mitad de mano.

—Las guerras napoleónicas —dijo el inglés—. O la Guerra de los Treinta Años. O las guerras de los sucesores de Alejandro.

—Tenemos pastel Napoleón —dijo el camarero—. Es muy bueno.

—No queremos pastel —dijo el texano—. Ahora, ¿cuál es el objetivo del juego?

—Es —dijo el ruso— quedarse sin cartas cuando se acaba mazo de reserva.

—Eso es un poco raro —dijo el neoyorquino—. En la vida real, ¿cómo se gana quedándose sin nada?

El ruso sonrió.

—¿Qué idiomas hablamos, además de inglés? Yo hablo ruso, francés y polaco.

—Algo de panyabí, en mi caso —dijo el inglés—. De mis días en el ejército.

—Español —dijo el texano.

—Alemán —dijo el neoyorquino.

—¿Pastel alemán de chocolate? —preguntó el camarero.

—Estoy lleno como un cerdo —dijo el texano—. Ese bistec con hígado picado… Y… ah, sí. ¿Qué tienen en común todos esos idiomas?

—Son lenguas indoeuropeas —dijo el inglés—. Originadas probablemente en las estepas al norte del mar Caspio, en su propio país.

—¿Alguna vez estuvo allí? —preguntó el ruso.

—¿Duraznos en gelatina de Chartreuse? —preguntó el camarero.

El texano negó con la cabeza, muy parecido a un caballo espantando una mosca molesta.

—¿Por qué sigue interrumpiendo? Apenas se puede mantener una conversación con todas estas interrupciones. ¿Qué fue lo último? Ah, sí. No, nunca he estado en su país.

—Créame, señor —continuó el ruso—, ahora no hay nada ni nadie allí.

—Interesante idea —dijo el neoyorquino.

—¿Y qué tiene eso que ver con el señor Wells?

—¿Empezaría juego de Durak atacando con as o triunfo? —preguntó el ruso.

—No —dijo el neoyorquino—. Porque entonces el oponente podría usarlo contra usted más adelante en la partida. Como en…

—Los cipayos tenían nuestros rifles cuando se rebelaron —dijo el inglés.

—Y Washington fue entrenado por los británicos —dijo el neoyorquino—. Y los japoneses pasaron de juncos a acorazados en cuarenta años después de la visita del señor Perry.

—Tenemos excelentes éclairs de chocolate y vainilla —dijo el camarero.

—Tienen excelentes acorazados en la marina japonesa —dijo el ruso—. Yo los vi. En Tsushima.

Sacudió la cabeza.

—El Pacífico no es un buen lugar para estar en bote salvavidas. Un bote salvavidas nunca es un buen lugar para estar.

—Entonces es improbable que los marcianos atacaran con armamento demasiado avanzado —dijo el inglés—. Rayos calóricos o algo parecido.

—No si son inteligentes —dijo el neoyorquino—. Ahora bien, si tomamos el libro del señor Stoker…

—¡Vampiros marcianos! —exclamó el inglés—. ¡Los muertos vivientes de otro mundo!

—Me alegra que alguien esté encontrándole sentido a todo esto —dijo el texano—. ¿Le importaría explicarlo?

—Descartemos, digamos, la fantasiosa idea de que quien es mordido se convierte en vampiro —dijo el inglés—. Conservemos la larga expectativa de vida y las peculiares necesidades alimenticias. Y consideremos la curiosa inmunidad del vampiro al espejo y al daguerrotipo. Tenemos entonces una raza de seres invisibles –o simplemente muy pequeños– capaces de proyectar su apariencia y su voz directamente en nuestra mente mediante poder mesmerista, y de levitar gracias a algún otro medio científico. Podrían haber caminado entre nosotros desde antes de la época de Vlad Tepes. Desde antes de Gilgamesh, de hecho. Y nosotros jamás lo habríamos sabido.

—¿Helado? —preguntó el camarero—. Vainilla francesa…

—El frío enferma, produce anginas o tuberculosis —dijo el ruso, frotándose la garganta—. Marte es como la tundra siberiana: frío, vacío, mal clima. Buen lugar del cual huir. Leí sobre José de Acosta, él pensaba que indios escaparon a América desde Siberia. No queda nada en la tundra. No queda nada en Marte.

—Supongo que eso significa que uno de nosotros podría ser un vampiro marciano —dijo el texano—. ¿No es así, muchacho?

Agregó esto último haciendo un gesto al camarero.

—La White Star Line jamás permitiría —dijo el camarero— que una persona de carácter dudoso abordara uno de sus barcos.

Lentamente, casi imperceptiblemente, retrocedió alejándose de la mesa.

—Fácil averiguarlo —dijo el neoyorquino.

Sacó una cigarrera pulida.

—Aquí estoy yo —dijo, sentándose cerca del ruso— y aquí está usted. Dos reflejos.

Luego le entregó la cigarrera al texano.

—Y aquí estamos nosotros dos —dijo el texano inclinándose hacia el inglés—. ¡Camarero! Venga aquí, muchacho. Le toca a usted.

—En un momento, señor —dijo el camarero desde la puerta.

—Vuelva aquí. Quiero ver su cara en el espejo —gritó el texano—. ¿Adónde va, muchacho?

—A un asunto de suma importancia, señor —dijo el camarero—. Debo traer más hielo.

Y se apresuró a salir.

—Todavía hay un bloque entero sobre la mesa —dijo el neoyorquino—. ¿Qué piensa traer, un iceberg?

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

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HANNA, EL ÁNGEL