Anatoly Belilovsky
—Es peligroso, este
hielo —dijo el ruso.
La gran masa congelada se acercaba
lentamente, mientras el camarero luchaba por empujar el carrito a través del
umbral de la sala de cartas.
—Estoy de acuerdo —dijo el
neoyorquino.
Barajó un mazo de cartas con
bastante desgano.
—Parece que está a punto de
provocarle una hernia a nuestro camarero.
—Yo solo quería suficiente para
poner en mi brandy —dijo el texano—. ¿Por qué trajo el bloque entero?
—La White Star Line se enorgullece
mucho de su servicio —dijo el camarero.
—En el Titanic no hacen nada en
pequeño —dijo el neoyorquino—. Al menos no en primera clase.
El camarero descargó el picahielo
con un golpe experto. Fragmentos de hielo cayeron brillando sobre el plato. El
camarero los dejó caer dentro del vaso del texano.
—El peligro ahora mismo —dijo el
inglés— es que entre un francés. Estaría perfectamente en su derecho de
dispararle por este sacrilegio. Hielo en el armagnac…
—Es solo brandy —dijo el texano—.
Usted no es francés, ¿verdad, muchacho?
—No, señor —respondió el camarero.
—Tiene un acento raro —dijo el
texano—. ¿De dónde es?
—De Transilvania, señor —dijo el
camarero.
—Anginas —dijo el ruso—. El frío
puede enfermar la garganta y uno muere de anginas. Eso pasó con su George
Washington. Murió de anginas.
El ruso hizo una pausa.
—En diciembre. Cuando hace frío.
—Murió por las sangrías —dijo el
neoyorquino.
—¿En América usan sangrías?
—preguntó el ruso—. En Rusia usamos sanguijuelas. Nadie muere por sanguijuelas.
¿Qué usan en Inglaterra?
—Transilvanos —dijo el inglés.
—¿Qué? —preguntó el ruso.
—¿Desean algo más? —preguntó el
camarero.
—No —dijo el ruso—. ¿Transilvanos
como sanguijuelas?
—Vampiros —dijo el inglés.
—Ah —dijo el ruso—. Del libro del
señor Stoker. Es divertido.
—¿Leyó Drácula? —preguntó el
neoyorquino.
—Leo todos los libros ingleses
—dijo el ruso—. Sherlock Houses. Capitanes valientes. Máquina de los tiempos.
—¡H. G. Wells! —exclamó el inglés—.
¡Le gusta Wells!
—Leo a Wells —dijo el ruso—. No me
gusta Wells.
—Yo tampoco soporto a Wells.
Maldito socialista —dijo el texano.
—A mí me gustó bastante La
guerra de los mundos —dijo el neoyorquino—. Al final, cuando los invasores
mueren de influenza…
—¿Desean que traiga más hielo?
—preguntó el camarero.
—Tenemos de sobra —dijo el texano—.
Lo que escribió Wells… son puras tonterías. Eso no puede pasar.
—¿Por qué no? —preguntó el inglés.
—Primero que nada, allá en el
rancho, si tiene vacas enfermas, las mantiene alejadas de las sanas, pero los
pavos y las gallinas estarán perfectamente. La idea de que los marcianos
agarren peste bovina cuando las cabras no la agarran… bueno, eso es ridículo.
—Es cierto —dijo el neoyorquino.
—Y en segundo lugar —dijo el
texano—, no hay nada en Marte. Si hubiera algo allí, habrían dejado algo
visible. Estoy seguro de que el señor Lowell habría visto ciudades, no solo
canales, si existieran marcianos como los del libro.
—Ahora no hay nada alrededor del
Caspio —dijo el ruso—. Y todos venimos de allí.
—¿Más armagnac, quizás? —sugirió el
camarero.
—Tenemos suficiente armagnac —dijo
el neoyorquino—. ¿Qué es eso del Caspio?
—Eso es un mar, ¿verdad? —preguntó
el texano.
—Creo que se refiere a la hipótesis
póntica sobre la urheimat indoeuropea —dijo el inglés.
—¿Le importaría hablar en inglés?
—dijo el texano.
—¿Podría traerles un nuevo mazo de
cartas? —preguntó el camarero—. No han terminado su partida de bridge.
—Estoy harto del bridge —dijo el
neoyorquino—. Me aburro hasta la muerte. Nunca pasa nada en el Titanic.
—¿De qué se está quejando?
—preguntó el texano—. La comida es perfecta, la orquesta es de primera. Y el
servicio…
Hizo un gesto hacia el camarero.
—Habla por sí solo.
—El Titanic —dijo el camarero—
recibió el mejor personal cuidadosamente seleccionado de toda la White Star
Line, de la cual me enorgullece formar parte. ¿Quizás podría traer queso o
sorbete?
—¿Ven a lo que me refiero? —dijo el
neoyorquino—. No puedo quejarme de nada aquí. Quiero volver a casa. En Nueva
York puedo quejarme. Me pone nervioso no hacerlo. No veo la hora de bajarme de
este maldito barco.
—Qué lenguaje —dijo el inglés.
—Lomonósov escribió sobre lenguaje
—dijo el ruso—. Dva siempre es dos, tri siempre es tres, kot
siempre es gato, en eslavo y germánico y en hindustaní. Todos idiomas
parecidos, todos vienen de la estepa. Ahora no hay nada allí.
—Interesante —dijo el inglés—. Creo
que entiendo lo que quiere decir.
—Es como juego ruso de cartas —dijo
el ruso—. Se llama Durak.
—Durak… ¿No es la palabra rusa para
“tonto”? —preguntó el neoyorquino—. Uno la oye mucho caminando por el Lower
East Side.
El ruso asintió.
—“Durak” también es el perdedor en
el juego.
Desde el rincón de la sala, el
camarero observaba con enorme interés.
—¿Cigarros? —preguntó—. ¿Desean que
les traiga cigarros?
—Si no le importa, no queremos
cigarros —dijo el inglés—. Me gustaría aprender este… Durak.
El ruso tomó las cartas y miró
alrededor.
—¿Tengo permiso? —preguntó.
Los otros asintieron.
El ruso repartió rápidamente seis
cartas para él y el inglés. Dio vuelta la decimotercera carta; era la jota de
diamantes. El resto del mazo lo dejó boca abajo junto a la carta descubierta.
—Esta carta —dijo señalando la
jota— nos dice cuál es el triunfo. Los triunfos funcionan igual que en bridge:
una carta más alta vence a una más baja, pero solo dentro de su palo, y
cualquier triunfo vence a cualquier otra carta excepto a un triunfo más alto.
Ahora ataco.
Puso un siete de tréboles boca
arriba.
—Creo que entiendo —dijo el inglés.
Lo cubrió con un diez de tréboles.
—Ahora —dijo el ruso— solo puedo
continuar atacando con cartas del mismo valor que ya están sobre mesa: dieces y
sietes.
Puso un siete de corazones.
—Por supuesto, fue buena idea
empezar con carta que tenía en pareja…
El inglés puso un seis de
diamantes.
—Ahora sabemos lo que no tiene
—comentó el texano—. Si tuviera un corazón más alto que siete, lo habría
jugado.
—Exactamente —dijo el ruso—. Y por
suerte para mí…
Puso un seis de corazones.
El inglés levantó la vista.
—No tengo corazones y no tengo más
diamantes. ¿Y ahora?
—Ahora las recoge. Son sus cartas
ahora —dijo el ruso—. Yo me quedo con tres cartas, así que tomo tres del mazo.
Tomó tres cartas.
—Ahora vuelvo a tener seis y, como
gané esta mano, ataco otra vez.
Puso una jota de espadas.
El inglés respondió con un as de
espadas.
—Ahora puede atacar con una jota o
un as, ¿correcto?
—Correcto —dijo el ruso—. Sin
embargo, pensé que podría tener reina o rey y entonces continuaría. Pero así
como está, terminé. Esto va al descarte.
Colocó las dos cartas sobre la mesa
formando una nueva pila y tomó una carta del mazo de reserva.
—Ahora usted ataca.
El inglés empezó con un siete de
corazones.
—Recuperando lo mío, ¿no? —dijo el
ruso, cubriéndolo con una reina de corazones.
El inglés continuó con un siete de
tréboles.
El ruso cubrió con una jota.
—Si hubiera tenido esto en la mano
anterior… —dijo—. Pero la acabo de sacar ahora mismo.
Cubrió el siete con una reina de
espadas.
—Tengo carta más baja —dijo— pero
es bueno limitar opciones del oponente, ¿no? ¿Tiene algo para atacar?
El inglés negó con la cabeza.
—No más sietes, ni jotas, ni
reinas.
El ruso reunió las cartas de la
mesa.
—Defensa exitosa —dijo mientras las
ponía en el descarte—. Ahora necesito tres, pero espero por usted, ya que
defendió. Usted tiene…
—Cinco —dijo el inglés—. Entonces
tomo una, ¿verdad?
El ruso asintió. El inglés tomó una
carta, seguido por el ruso.
—¿Pudín Waldorf? —sugirió el
camarero.
—¿Quiere dejar ya de preguntar?
—dijo el neoyorquino—. Bien, ¿por dónde íbamos?
—Una carta, hacen seis, y es mi
turno de atacar —dijo el inglés—. Hasta ahora parece un gran juego.
—¿En qué es mejor que el bridge?
—preguntó el texano.
—Se parece más a una guerra real
—dijo el inglés—. Las fuerzas usadas en una batalla siguen allí para la
siguiente… aunque no necesariamente del mismo lado. Y supongo que las alianzas
no son permanentes, como sí lo son en el bridge.
—Sí, aliados —dijo el ruso—. Más
tarde les mostraré Durak con mucha gente, ya verán… se puede cambiar de aliados
en mitad de mano.
—Las guerras napoleónicas —dijo el
inglés—. O la Guerra de los Treinta Años. O las guerras de los sucesores de
Alejandro.
—Tenemos pastel Napoleón —dijo el
camarero—. Es muy bueno.
—No queremos pastel —dijo el
texano—. Ahora, ¿cuál es el objetivo del juego?
—Es —dijo el ruso— quedarse sin
cartas cuando se acaba mazo de reserva.
—Eso es un poco raro —dijo el
neoyorquino—. En la vida real, ¿cómo se gana quedándose sin nada?
El ruso sonrió.
—¿Qué idiomas hablamos, además de
inglés? Yo hablo ruso, francés y polaco.
—Algo de panyabí, en mi caso —dijo
el inglés—. De mis días en el ejército.
—Español —dijo el texano.
—Alemán —dijo el neoyorquino.
—¿Pastel alemán de chocolate?
—preguntó el camarero.
—Estoy lleno como un cerdo —dijo el
texano—. Ese bistec con hígado picado… Y… ah, sí. ¿Qué tienen en común todos
esos idiomas?
—Son lenguas indoeuropeas —dijo el
inglés—. Originadas probablemente en las estepas al norte del mar Caspio, en su
propio país.
—¿Alguna vez estuvo allí? —preguntó
el ruso.
—¿Duraznos en gelatina de
Chartreuse? —preguntó el camarero.
El texano negó con la cabeza, muy
parecido a un caballo espantando una mosca molesta.
—¿Por qué sigue interrumpiendo?
Apenas se puede mantener una conversación con todas estas interrupciones. ¿Qué
fue lo último? Ah, sí. No, nunca he estado en su país.
—Créame, señor —continuó el ruso—,
ahora no hay nada ni nadie allí.
—Interesante idea —dijo el
neoyorquino.
—¿Y qué tiene eso que ver con el
señor Wells?
—¿Empezaría juego de Durak atacando
con as o triunfo? —preguntó el ruso.
—No —dijo el neoyorquino—. Porque
entonces el oponente podría usarlo contra usted más adelante en la partida.
Como en…
—Los cipayos tenían nuestros rifles
cuando se rebelaron —dijo el inglés.
—Y Washington fue entrenado por los
británicos —dijo el neoyorquino—. Y los japoneses pasaron de juncos a
acorazados en cuarenta años después de la visita del señor Perry.
—Tenemos excelentes éclairs de
chocolate y vainilla —dijo el camarero.
—Tienen excelentes acorazados en la
marina japonesa —dijo el ruso—. Yo los vi. En Tsushima.
Sacudió la cabeza.
—El Pacífico no es un buen lugar
para estar en bote salvavidas. Un bote salvavidas nunca es un buen lugar para
estar.
—Entonces es improbable que los
marcianos atacaran con armamento demasiado avanzado —dijo el inglés—. Rayos
calóricos o algo parecido.
—No si son inteligentes —dijo el
neoyorquino—. Ahora bien, si tomamos el libro del señor Stoker…
—¡Vampiros marcianos! —exclamó el
inglés—. ¡Los muertos vivientes de otro mundo!
—Me alegra que alguien esté
encontrándole sentido a todo esto —dijo el texano—. ¿Le importaría explicarlo?
—Descartemos, digamos, la
fantasiosa idea de que quien es mordido se convierte en vampiro —dijo el
inglés—. Conservemos la larga expectativa de vida y las peculiares necesidades
alimenticias. Y consideremos la curiosa inmunidad del vampiro al espejo y al
daguerrotipo. Tenemos entonces una raza de seres invisibles –o simplemente muy
pequeños– capaces de proyectar su apariencia y su voz directamente en nuestra
mente mediante poder mesmerista, y de levitar gracias a algún otro medio
científico. Podrían haber caminado entre nosotros desde antes de la época de
Vlad Tepes. Desde antes de Gilgamesh, de hecho. Y nosotros jamás lo habríamos
sabido.
—¿Helado? —preguntó el camarero—.
Vainilla francesa…
—El frío enferma, produce anginas o
tuberculosis —dijo el ruso, frotándose la garganta—. Marte es como la tundra
siberiana: frío, vacío, mal clima. Buen lugar del cual huir. Leí sobre José de
Acosta, él pensaba que indios escaparon a América desde Siberia. No queda nada
en la tundra. No queda nada en Marte.
—Supongo que eso significa que uno
de nosotros podría ser un vampiro marciano —dijo el texano—. ¿No es así,
muchacho?
Agregó esto último haciendo un
gesto al camarero.
—La White Star Line jamás
permitiría —dijo el camarero— que una persona de carácter dudoso abordara uno
de sus barcos.
Lentamente, casi
imperceptiblemente, retrocedió alejándose de la mesa.
—Fácil averiguarlo —dijo el
neoyorquino.
Sacó una cigarrera pulida.
—Aquí estoy yo —dijo, sentándose
cerca del ruso— y aquí está usted. Dos reflejos.
Luego le entregó la cigarrera al
texano.
—Y aquí estamos nosotros dos —dijo
el texano inclinándose hacia el inglés—. ¡Camarero! Venga aquí, muchacho. Le
toca a usted.
—En un momento, señor —dijo el
camarero desde la puerta.
—Vuelva aquí. Quiero ver su cara en
el espejo —gritó el texano—. ¿Adónde va, muchacho?
—A un asunto de suma importancia,
señor —dijo el camarero—. Debo traer más hielo.
Y se apresuró a salir.
—Todavía hay un bloque entero sobre
la mesa —dijo el neoyorquino—. ¿Qué piensa traer, un iceberg?

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