lunes, 20 de julio de 2026

PROBLEMA

Ruben De Baerdemaeker

 

Para Frank Roger

 

Todos los domingos voy a visitar al escritor. Es un poco mayor y hace ya tiempo que está jubilado, pero su mente sigue tan lúcida como siempre, su sentido del humor continúa siendo igual de seco y el brillo de sus ojos conserva un aire casi juvenil. Escribir mantiene joven a la gente, o al menos mantiene viva esa ilusión. Tomamos café, hablamos de libros y jugamos una partida de ajedrez. Casi siempre gana él; a veces me deja ganar, tanto en la conversación como sobre el tablero.

—Sirve tú el café —dice, mientras pone sobre la mesa unas galletas especiadas.

Tiene un hermoso juego de piezas grandes de madera, agradables y pesadas al tacto, pero el tablero, plegable, es de cartón recubierto de plástico. Alguna vez pensé en regalarle un tablero de madera, pero sospecho que prefiere ese de plástico porque ocupa poco espacio y cabe perfectamente en el aparador.

La primera vez que jugamos al ajedrez –hace ya unos años– la partida duró casi tres horas. Sospecho que tardaba tanto en cada movimiento para ir adormeciéndome poco a poco. Y lo consiguió bastante bien. A pesar del café, me fui sintiendo cada vez más somnoliento y empecé a hacer jugadas cada vez más torpes, hasta que de pronto me encontré en jaque mate.

—No es muy frecuente dar mate con un caballo —dijo, muy satisfecho de sí mismo.

Menos mal, pensé. Si hubiéramos llevado aquella partida hasta un final prolongado, no habría llegado a casa antes de la medianoche.

La semana siguiente llevé un reloj de ajedrez, de esos antiguos que hay que dar cuerda y que empiezan a hacer tic-tac en cuanto se ponen en marcha. En los últimos minutos, la aguja levanta una pequeña bandera metálica; cuando tu bandera cae, pierdes la partida. Lo observó con desconfianza.

—¿Para qué íbamos a usar una cosa así?

—Hace que todo sea más auténtico. Mucho más profesional.

Ese argumento bastó. Los escritores suelen ser bastante competitivos. Él también.

Puse media hora para cada uno, y desde entonces nunca hemos cambiado ese tiempo. Él siempre consume más minutos que yo, pero sigue ganando. A veces queda apurado por el reloj, pero su bandera nunca ha caído.

Le tiembla la mano cuando mueve una pieza. Lleva siendo así desde hace mucho; de hecho, creo que siempre fue así. Pero el temblor se ha vuelto más intenso y, cuanto más se internan sus piezas en mi mitad del tablero, más le cuesta levantarlas sin derribar otras.

—Caballo a c2 —dice, y soy yo quien ejecuta la jugada.

—Buena jugada —comento.

No responde. Apenas asiente con un leve movimiento de cabeza.

La semana pasada el tablero no estaba sobre la mesa. Solo el reloj de ajedrez, junto a las galletas.

—¿Esta semana no tiene ganas de jugar?

—Claro que sí —respondió el escritor—. Pero vamos a hacerlo un poco más difícil. e2-e4.

Pulsó el reloj. Lo miré con expresión interrogante, pero él había cerrado los ojos y descansaba reclinado en la silla.

—e7-e6 —dije, y pulsé el reloj.

—La Defensa Francesa. Otra vez la Francesa. Ya deberías saber que eso nunca termina bien para ti. d2-d4.

Después de cinco jugadas ya no estaba seguro de qué peón ocupaba qué casilla ni de si había desarrollado ya mi caballo. Dos movimientos más tarde hice la primera jugada imposible. No llevábamos ni diez minutos cuando propuso tablas. Tal vez sintió compasión por mí; o, más probablemente, se le había agotado la paciencia.

Hoy fui a visitar al escritor. Tomamos café y hablamos de libros. Sobre la mesa, el reloj de ajedrez descansaba de manera casi amenazadora junto a las galletas.

—¿Te apetece una partida? —preguntó.

—Sí, claro. ¿Saco otra vez el tablero?

—No hace falta —respondió, mirándome fijamente.

Puso su mano sobre la mía. No temblaba.

—Cierra los ojos. Usa tu imaginación. Es suficiente.

No entendía qué quería decir. Cerré los ojos. Levantó mi mano de la mesa y la colocó sobre el lugar donde, más o menos, debía de estar el reloj de ajedrez.

—Empieza. Tú llevas las blancas.

Soltó mi mano y pulsé el reloj. Empezó a sonar el tic-tac.

—Buena jugada —dijo—. Es algo diferente.

Lo oí pulsar el reloj. Me tocaba mover. Pensé mucho más profundamente de lo que lo habría hecho en una partida normal. Pulsé el reloj.

—Ajá... —murmuró—. Nada mal.

Y así seguimos jugando. Creo que fue una partida magnífica. No sé dónde estaban las piezas, pero se sentía bien. Comprendí que no se trataba del juego. Nunca se trata del juego.

Pulsé el reloj.

Él.

Yo.

El tic-tac del reloj de ajedrez perforaba el vacío entre los dos. Sin un reloj, una partida así podría durar eternamente.

—Me rindo —dije.

—Haces muy bien —respondió—. Esta ya no puedes ganarla.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

PROBLEMA