Ruben De Baerdemaeker
Para Frank Roger
Todos los domingos
voy a visitar al escritor. Es un poco mayor y hace ya tiempo que está jubilado,
pero su mente sigue tan lúcida como siempre, su sentido del humor continúa
siendo igual de seco y el brillo de sus ojos conserva un aire casi juvenil.
Escribir mantiene joven a la gente, o al menos mantiene viva esa ilusión.
Tomamos café, hablamos de libros y jugamos una partida de ajedrez. Casi siempre
gana él; a veces me deja ganar, tanto en la conversación como sobre el tablero.
—Sirve tú el café —dice, mientras
pone sobre la mesa unas galletas especiadas.
Tiene un hermoso juego de piezas
grandes de madera, agradables y pesadas al tacto, pero el tablero, plegable, es
de cartón recubierto de plástico. Alguna vez pensé en regalarle un tablero de
madera, pero sospecho que prefiere ese de plástico porque ocupa poco espacio y
cabe perfectamente en el aparador.
La primera vez que jugamos al
ajedrez –hace ya unos años– la partida duró casi tres horas. Sospecho que
tardaba tanto en cada movimiento para ir adormeciéndome poco a poco. Y lo
consiguió bastante bien. A pesar del café, me fui sintiendo cada vez más
somnoliento y empecé a hacer jugadas cada vez más torpes, hasta que de pronto
me encontré en jaque mate.
—No es muy frecuente dar mate con
un caballo —dijo, muy satisfecho de sí mismo.
Menos mal, pensé. Si hubiéramos
llevado aquella partida hasta un final prolongado, no habría llegado a casa
antes de la medianoche.
La semana siguiente llevé un reloj
de ajedrez, de esos antiguos que hay que dar cuerda y que empiezan a hacer
tic-tac en cuanto se ponen en marcha. En los últimos minutos, la aguja levanta
una pequeña bandera metálica; cuando tu bandera cae, pierdes la partida. Lo
observó con desconfianza.
—¿Para qué íbamos a usar una cosa
así?
—Hace que todo sea más auténtico.
Mucho más profesional.
Ese argumento bastó. Los escritores
suelen ser bastante competitivos. Él también.
Puse media hora para cada uno, y
desde entonces nunca hemos cambiado ese tiempo. Él siempre consume más minutos
que yo, pero sigue ganando. A veces queda apurado por el reloj, pero su bandera
nunca ha caído.
Le tiembla la mano cuando mueve una
pieza. Lleva siendo así desde hace mucho; de hecho, creo que siempre fue así.
Pero el temblor se ha vuelto más intenso y, cuanto más se internan sus piezas
en mi mitad del tablero, más le cuesta levantarlas sin derribar otras.
—Caballo a c2 —dice, y soy yo quien
ejecuta la jugada.
—Buena jugada —comento.
No responde. Apenas asiente con un
leve movimiento de cabeza.
La semana pasada el tablero no
estaba sobre la mesa. Solo el reloj de ajedrez, junto a las galletas.
—¿Esta semana no tiene ganas de
jugar?
—Claro que sí —respondió el
escritor—. Pero vamos a hacerlo un poco más difícil. e2-e4.
Pulsó el reloj. Lo miré con
expresión interrogante, pero él había cerrado los ojos y descansaba reclinado
en la silla.
—e7-e6 —dije, y pulsé el reloj.
—La Defensa Francesa. Otra vez la
Francesa. Ya deberías saber que eso nunca termina bien para ti. d2-d4.
Después de cinco jugadas ya no
estaba seguro de qué peón ocupaba qué casilla ni de si había desarrollado ya mi
caballo. Dos movimientos más tarde hice la primera jugada imposible. No
llevábamos ni diez minutos cuando propuso tablas. Tal vez sintió compasión por
mí; o, más probablemente, se le había agotado la paciencia.
Hoy fui a visitar al escritor.
Tomamos café y hablamos de libros. Sobre la mesa, el reloj de ajedrez
descansaba de manera casi amenazadora junto a las galletas.
—¿Te apetece una partida?
—preguntó.
—Sí, claro. ¿Saco otra vez el
tablero?
—No hace falta —respondió,
mirándome fijamente.
Puso su mano sobre la mía. No
temblaba.
—Cierra los ojos. Usa tu
imaginación. Es suficiente.
No entendía qué quería decir. Cerré
los ojos. Levantó mi mano de la mesa y la colocó sobre el lugar donde, más o
menos, debía de estar el reloj de ajedrez.
—Empieza. Tú llevas las blancas.
Soltó mi mano y pulsé el reloj.
Empezó a sonar el tic-tac.
—Buena jugada —dijo—. Es algo
diferente.
Lo oí pulsar el reloj. Me tocaba
mover. Pensé mucho más profundamente de lo que lo habría hecho en una partida
normal. Pulsé el reloj.
—Ajá... —murmuró—. Nada mal.
Y así seguimos jugando. Creo que
fue una partida magnífica. No sé dónde estaban las piezas, pero se sentía bien.
Comprendí que no se trataba del juego. Nunca se trata del juego.
Pulsé el reloj.
Él.
Yo.
El tic-tac del reloj de ajedrez
perforaba el vacío entre los dos. Sin un reloj, una partida así podría durar
eternamente.
—Me rindo —dije.
—Haces muy bien —respondió—. Esta ya no puedes ganarla.

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