sábado, 31 de enero de 2026

EL SECRETO DE LA PUERTA PLATEADA

Tomislav Takac

Cuatro figuras sombrías avanzaban lentamente por el castillo abandonado, dejando huellas en la gruesa capa de polvo sobre el suelo de piedra, intacto desde hacía siglos.

El líder del grupo caminaba al frente: un valiente caballero, el poeta Lurien, de cabello rubio y rizado y un fino bigote. Tenía voz de ángel. Vestía una armadura plateada, con protecciones para las rodillas y las pantorrillas. Bajo la armadura llevaba una túnica nueva, de un hermoso verde oliva, tejida con hilos de plata y oro. La vaina vacía de su espada estaba adornada con piedras semipreciosas y ornamentos de bronce y plata con forma de aves canoras y estrellas, que colgaban de su cinturón. En la mano derecha sostenía con destreza una espada de acero de alta calidad, recubierta de plata. En la cabeza llevaba un sombrero curioso, adornado con las plumas de un ave muy colorida. Era un regalo de su querida Merlisa, la única mujer del grupo, que caminaba con cautela justo detrás de Lurien.

—¡Lurien, querido! ¿Cuánto tiempo más vamos a vagar por esta ruina helada? —dijo Merlisa, visiblemente aburrida.

—No te preocupes, palomita mía. Siempre estás a salvo conmigo, ¡aunque aparezca algún monstruo!

—¿De verdad crees que ese palillo plateado puede hacer algo? —dijo Derdon, el tercer miembro del grupo, un mago de ochenta y dos años.

Aunque a primera vista pudiera parecerlo, no era el más viejo. Ese título pertenecía al cuarto y último integrante: Anton, el gólem. Tenía el aspecto de un joven de unos veinte años, pero contaba con varios siglos de existencia; ni él mismo conocía su edad exacta. Sus extraños ojos púrpura, inhumanos, y su piel de arcilla –similar al tacto humano, pero dura como el acero– lo delataban.

—¿Dudas de mi destreza con la espada, anciano? —le dijo Lurien a Derdon.

—¿Dudar? ¡Ja! ¡Niego que la tengas en absoluto, maldito troll engreído! ¿Y dónde está esa condenada puerta? ¿La encontraremos antes de que estire la pata?

—Si no fueras un viejo débil, te retaría a duelo por haber mancillado mi honor frente a esta hermosa dama, cuya belleza no tiene parangón en todo el continente —dijo Lurien, furioso.

—¿En el continente? —se preguntó Merlisa—. Lurien, querido, ¿no me dijiste hace dos días, mientras yacíamos en la cama viendo el amanecer, que yo era la mujer más bella del mundo?

—¡Oh, cómo pude olvidarlo! Por supuesto que lo eres, amada mía. ¡Ni siquiera las diosas del cielo pueden compararse contigo! —se justificó Lurien.

Derdon comenzó a reír, lo que irritó tanto a Lurien como a su amada.

—¿De qué te ríes, viejo necio? ¿Qué tiene tanta gracia? —se ofendió Merlisa.

Anton observaba en silencio, aunque con evidente interés.

—Bueno… no diría que seas la más bella —dijo el mago—. No me malinterpretes: eres muy hermosa. Pero hay muchas más bellas todavía, como la princesa élfica Erlirla, la de cabellos plateados.

—¡¿Cómo puedes decir que esa mocosa es más hermosa que yo?! ¡¿Más hermosa que yo?! —Merlisa intentó agarrar al mago por la barbilla y patearlo en la entrepierna, pero su amado la detuvo, tomándola suavemente de los brazos y calmándola con un beso en la mejilla.

Ella se tranquilizó un poco, pero el viejo mago volvió a burlarse, sacándole la lengua como un niño.

—¡Por los dioses, Derdon! ¿Cuántos años tienes: ochenta u ocho? No te comportas como alguien de tu edad. ¡Discúlpate con la joven! —intentó mediar Lurien.

—¿Disculparme? ¿Con ella? ¡Ja! ¿Y qué decías de mi edad? ¿Debería quejarme todo el tiempo de mis achaques o soltar peroratas llenas de sabiduría solo porque entré en la novena década? ¡No soy estúpido! Me estoy muriendo, jovencito. ¡Busquemos esa maldita puerta! Espero que sea la entrada a un enorme tesoro lleno de oro; de lo contrario, estaré muy decepcionado y furioso por haberme traído a esta ruina polvorienta a escuchar el cacareo de tu palomita: “¡tráeme esto, cómprame aquello!”. ¿Crees que me casé una sola vez en la vida por casualidad? ¡Para conservar al menos un resto de sentido común!

—Eres una cabra testaruda y chauvinista —replicó Lurien—. Pero un trato es un trato. Encontremos la puerta, abrimos el cofre del tesoro, lo dividimos en partes iguales y cada cual sigue su camino. Me fastidias, pero cumpliré el acuerdo. ¿Está bien?

—Está bien… ejem, ¿y dónde está exactamente esa puerta y qué fue lo que te dijo ese medio elfo borracho? —preguntó Derdon, suspicaz.

—En el nivel más bajo de Ulder Zur, cuyas ruinas estamos recorriendo ahora —explicó Lurien.

—¿Y por qué no la puso en un lugar más accesible? ¿En el segundo piso, por ejemplo? ¿O en la planta baja? —gruñó Derdon.

—¿Querías que construyeran el castillo a tu gusto? Ya basta de estorbar con tus quejas… ¡Ahí está! ¡Al fondo del pasillo!

Todos vieron de pronto la puerta plateada del tesoro. Era imposible no advertirla: medía más de tres metros de alto y más de un metro de ancho. Además, era lo único que no había sucumbido al paso del tiempo: no tenía ni una mancha de óxido, solo una fina capa de polvo.

El pasillo que conducía a la puerta estaba decorado con pinturas casi podridas en marcos dorados y restos de banderas y tapices antaño hermosos. Pero la decoración más aterradora estaba en el suelo: docenas de esqueletos con armaduras y túnicas ya deshechas o corroídas. Algunos se abrazaban en la muerte; otros se habían atravesado mutuamente con espadas.

El grupo intentó ignorar la escena, mientras un sudor helado les recorría la espalda. Anton, por supuesto, no sentía miedo, pero sí tristeza: aquellas personas habían llegado hasta la puerta y, en lugar de cooperar, se habían peleado por tonterías.

Lurien se acercó y examinó la puerta con atención. No tenía adornos. Solo una manija redonda, sin cerradura ni ojo de llave, y una inscripción en un idioma que desconocía.

—Derdon, no puedo leer esto. ¿Sabes qué dice?

—Ah… sí. Dialecto élfico antiguo, de las estribaciones de las Montañas Grises. Pocos lo conocen. Veamos… dice: “Ningún hombre puede… abrir esta puerta”.

Merlisa sonrió con malicia.

—¿Ningún hombre? ¡Perfecto! Adelante, querido. Además, estás protegido por el medallón del Bosque de Bronce. Nadie puede hacerte daño.

Lurien tomó la manija antes de que el mago pudiera reaccionar, le sonrió a Merlisa… y al instante siguiente la puerta se activó, reduciéndolo a un montón de cenizas y huesos. El medallón se derritió como manteca sobre hierro al rojo vivo. La espada conservó su forma, pero la plata se desprendió de ella.

El grupo quedó atónito. Merlisa fue la primera en hablar:

—¡No! ¡Mi querido Luri! Bueno… siempre me queda Arlin.

—¿Arlin? ¿Quién es…? —murmuró Derdon—. ¿No te da pena esta criatura?

—Un poco… pero nada que una o dos toneladas de oro no curen. Ahora apártate, viejo. Tú mismo leíste la inscripción: esta puerta necesita el toque de una mujer. Los hombres no sirven para nada.

Justo antes de que tomara la manija, Anton leyó la inscripción por curiosidad… y notó el error en la traducción. Pero ya era tarde.

—¡Espere, señorita, la traducción no es…!

Merlisa no escuchó. Al instante siguiente se convirtió en cenizas, huesos calcinados y joyas medio derretidas.

—¿Qué quieres decir con que no era correcta? ¿Y por qué no la detuviste? —preguntó Derdon.

—La traducción era correcta, salvo por una palabra —dijo Anton—. No dice “varón”, sino “humano”. “Ningún ser humano puede abrir esta puerta”. Ni hombre ni mujer. Ese es el sentido exacto.

—Las mujeres son difíciles de entender —concluyó sabiamente el mago—. ¿Y ahora cómo la abrimos?

—Lo intentaré yo —dijo Anton—. Soy un gólem.

Tomó la manija. Nada ocurrió. Tras un gran esfuerzo, logró abrir la puerta.

Dentro no había oro ni joyas. Solo una vela púrpura ardiendo desde hacía siglos y una mesa con un pergamino.

Anton lo leyó:

“Querido ladrón o aventurero: felicidades por comprender el mensaje de la puerta. Eso demuestra que eres una persona instruida. El tesoro que buscas se encuentra en otro castillo. Mucha suerte en tu búsqueda”.

Ambos rieron largamente.

—Enterremos a esos dos necios —dijo Derdon al fin—. Fueron nuestros compañeros.

Y así lo hicieron, antes de marcharse hacia la taberna, mientras el sol se ponía tras Ulder Zur.

Tomislav Takač nació en 1988 en la ciudad de Subotica, Serbia. Desde pequeño, le fascinó todo lo extraño y con el tiempo se convirtió en una especie de enciclopedia andante. Empezó a escribir novelas y relatos hace cinco años y no ha parado desde entonces. Actualmente trabaja en una fábrica de calcetines para mujer.

 

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