Vladimir Koultyguine
Empezamos por el
rostro. Esa es la parte que más interesa. El resto ni siquiera es necesario. El
diseño de la nariz, la arquitectura de las orejas con todo lo intrincado del
oído: todo eso debe tratarse con la mayor precisión posible, con perjuicio
lamentable de otras partes no menos importantes del organismo. Muchos jóvenes
diseñadores tienen la costumbre de jactarse de la capacidad recién adquirida de
saber diseñar rostros con rasgos variados, después de tanto practicar con las manos
y los pies. Aquí sucede lo contrario: siempre se empieza por la cara, y pocos
son los que saben algo –o casi nada– de las piernas, por ejemplo.
El rostro es lo que se ve,
dicen. El rostro es lo que ve, decimos.
Aquella tarde el trabajo había
ido bien. Mejor de lo normal. La segunda encomienda. Andrés, en la mesa con sus
lápices, miraba fijamente el cráneo frente a él, con el cerebro aun pulsando.
Iván, delante del ordenador, comparaba cálculos y modelaba previsiones. Y yo
pensaba qué escalpelo elegir para hacer los primeros cortes.
Abajo, en el pasillo, esperaba
Yannick. El pobrecito siempre había creído que era chófer de una empresa de
material médico. Pues, en cierto sentido, así era…
Fue el primero en morir, junto
con una anciana que, al abrir la puerta de su apartamento, lanzó una mirada a
los cuatro hombres enmascarados y por eso recibió una de las primeras balas.
Pero el cuerpo que vimos primero fue el de Yannick: los canallas se escudaron
detrás de él al entrar en la sala. Yo me salvé por el simple y estúpido hecho
de estar sentado en el cuarto de baño. Después de matar al resto, se marcharon
corriendo. Oí el silbido de los neumáticos, presumiblemente de su coche, una
furgoneta, supongo. No se habían tomado el trabajo de averiguar cuántos éramos.
Tuve que recomponer fuerzas apresuradamente para salir antes de que me vieran.
Luego, en casa, cambiarme de ropa y marcharme definitivamente, llevando solo lo
indispensable.
Fue recién en el tren, rumbo a
ninguna parte, cuando tomé conciencia del miedo.
Diario de Román
Lorongo 10.09.20**
Hace una semana me
trasladé a este barrio de Moscú, no muy lejos del centro (para quien disfruta
caminar), y bastante cerca de un parque que se transforma en bosque. Un lugar
perfecto para correr de madrugada. Las grandes carreteras, plaga universal de
esta ciudad, apenas se oyen aquí. Y hay un sitio –solo un punto, un cuadrado de
tres metros por tres en medio de un claro, cercado por tres robles– donde ni
siquiera llega un sonido externo. Lo comprobé: estuve en cada punto del bosque
y siempre se oían ruidos de la gran ciudad. Al final encontré mi lugar de
meditación.
Desde el principio hubo obras. Un
vecino me dijo que habían empezado el año pasado, pero no veo a nadie
trabajando. Más que un barrio dormitorio, es un cantero de obras. Obras de
dormitorio, diría. Muy bien. Llevo meses sin dormir bien. Que se hagan obras en
este dormitorio que es el mío.
Notas de Andrés
Jomirovsky
Durante un año vino
a la consulta un paciente poco común. Inicialmente llegó quejándose de una
sensación “extraña” debajo de la rodilla. No podía indicar el lugar preciso:
decía que la sensación “viajaba”, describiendo un círculo bajo la rodilla, a
veces descendiendo hasta el tobillo. La percibía sobre todo en la parte
delantera, aunque a veces también hormigueaba una zona de la pantorrilla. La
palpación resultó inútil; los exámenes de rutina tampoco aportaron información
relevante. Decía que no le dolía, que era solo un simple hormigueo, pero
llevaba ya mes y medio y no cesaba. Destacaba –lo repetía en cada visita– que
tampoco desaparecía por la noche.
No estaría escribiendo esto ahora
si no fuera por la desaparición súbita del paciente, que no acudió a la última
cita programada la semana pasada y cortó todo contacto. La clínica no logró
localizarlo para cobrar la consulta no realizada. Y yo tengo una sensación
extraña… no tan extraña como la suya, supongo: la impresión de que su
desaparición encierra una importancia que no consigo identificar.
Con el tiempo empecé a sospechar
que quizá todo fuera una simulación. No me parecía algo “mental”: en la cabeza
lo tenía todo en orden, sin brotes ni confusiones. A veces comentaba lo extraño
que debía parecer su caso; recordó incluso el ejemplo clásico de los insectos
en la caja de fósforos, asegurándome que no pretendía presentarse con un
delirio de parasitosis. (He tenido experiencias así).
Lo que hacíamos eran ejercicios
físicos para la pierna. Al principio sugerí que se trataba de una pérdida de
sensibilidad; debía ser así, al menos en parte. No había cambios de coloración
ni otras alteraciones visibles. Tratamos la sensibilidad, los nervios. Pensaba,
al verlo esforzarse sin resultado, que realmente tenía problemas, el pobre.
Nunca supe a qué se dedicaba. Al
preguntarle, obtenía respuestas ambiguas, ni afirmativas ni negativas. Algo me
llamó la atención: en algunas ocasiones, después de decir algo, lo repetía de
inmediato de forma más simple. Como si hablara para alguien incapaz de
comprender un lenguaje más sofisticado o profesional, que era el suyo y el mío.
¿Sería profesor universitario o de escuela? ¿Química o matemáticas? “Y ahora
veamos los enlaces covalentes del carbono desde el punto de vista del álgebra
booleana”. ¿Tiene sentido lo que acabo de escribir?
Diario de Egor
Svigomierski 20.09.20**
Llegué a casa
alrededor de las nueve y media. Apenas recuerdo el resto del día; este maldito
trabajo me quita las ganas de pensar. En las últimas dos horas estuve furioso.
¡Los documentos! ¡Las firmas! Y para colmo, Serguéi encontró un error en los
cálculos: los revisábamos todos y resulta que el cerdo tenía un problema con el
monitor, una línea de píxeles que le parecía un número añadido.
Esto de llevar un diario ya empieza
mal. El psicólogo es buena gente, pero no sé si es posible arreglarlo todo solo
hablando y tomando notas.
Emoción del día: frustración,
furia, vacío.
Vale. Tengo que intentarlo.
21.09.20**
No he dormido nada.
El dolor en la rodilla. No. Me. Deja. Dormir. Pensé que ya lo había superado,
pero el médico insiste con sus comprimidos ¡y nada! Ni siquiera me dijo qué es.
Esos médicos, con sus palabrotas de alto voltaje.
Una mujer me sonrió. Por primera
vez en años, pude hablar sin freno con el otro sexo.
23.10.20**
Mis sueños empiezan
a inquietarme. No los recuerdo, pero al despertar siento que no he sido yo. Y
por la noche, al ir al baño, con las luces encendidas como en el sueño, capto
imágenes que no pueden estar ahí. NO PUEDEN ESTAR.
7.1.20**
NO PUEDE SER. Y por
la noche, la fiesta. Un brillo. Una superficie, ¿cómo describirla? Lama. Todo
lama. Un círculo de lama. ¡No, círculo no! Un… un no-sé-qué hexaedro de lama. Y
yo –no en el centro, no– en la periferia, con esa ansia de volver al fondo. Y
ese fondo… ¡tan de estiércol!
15.1.20**
He obtenido lo que
esperaba: un aumento de sueldo.
El dolor de la rodilla persiste,
pero no he vuelto al médico. Debí hacerlo. No tengo fuerzas.
Notas de Andrés
Jomirovsky 20.10.20*
No vi nada de eso
antes de aquello.
Nota encontrada
en el suelo del hospital n.º **
Lo he visto. ¡Lo he
visto! ¿Qué hará que pueda desverlo?
Diario de Román
Lorongo 10.09.20**
Preguntan si es
todo o nada. No sé por qué, pero preguntan en portugués. Tudo es todo. Tienen
una palabra esencial para el todo. Todo, tudo.
¿Y aquel rostro que fabricábamos?
Notas de Andrés
Jomirovsky
Hay algo que no me
deja en paz. Si aquel hombre, Egor, experimenta movimientos espontáneos sin
darse cuenta y dice que le duele, ¿por qué no he podido detectar la fuente del
dolor?
…
Han pasado algunos meses. Terapia,
ejercicio, todo eso. El dolor se vuelve más profundo, dice, y parece
sinceramente incapaz de localizarlo. A veces en la rótula, a veces debajo de la
rodilla, y en los últimos días llega hasta la pelvis. Y esos movimientos…
cuando habla, sacude bruscamente la pierna izquierda; al caminar, parece querer
arrodillarse sobre ella. Prescribí un examen neurológico. Espero que aparezca.
…
Apareció. Después del examen.
…
Creo que es hora de contratar a un
detective privado. No lo haré, claro. Pero el caso me interesa tanto que –Hipócrates
me perdone– voy a seguirlo yo mismo.
Notas de Román
Lorongo 23.12.20**
En los últimos
días, un hombre me persigue. Me resulta conocido, pero no logro recordarlo. Lo
vi en algún lugar, eso es seguro… ¿Será uno de aquellos sicarios?
…
A veces no recuerdo cómo ni dónde
me acosté. Trato de no beber demasiado –eso ayuda–, pero la resaca se acumula.
¿Quién soy? ¿Dónde estoy?
…
Ahora me doy cuenta de algo que
hice. Tal vez no haya manera de revertirlo. No hay vuelta atrás. Sabes –me
hablo a mí mismo, creo–: he tenido y sigo teniendo este sueño: un gran hoyo en
la tierra, todo deshecho, todo en ruinas, armaduras colgando. No se ve el
fondo, pero no puedo llamarlo abismo. ¿Ese abismo soy yo? Y de pronto voy en el
tranvía, bordeando el hoyo, y la próxima parada es ***. Recuerdo el nombre,
pero no lo escribiré aquí, por miedo a que puedan descubrirme. El tranvía se
detiene y todos me miran. No me ven; no pueden verme, no pueden ver: ¡no tienen
ojos! Y si me muevo un micrómetro, se lanzarán sobre mí. Lo veo con extrema
claridad. Y estamos al borde del abismo –de mi abismo– de mí-abismo.
…
Hoy me han encontrado.
Notas de Román
Lorongo
Lo acompañé hasta
su casa. No me hizo caso… hasta el momento en que… No puedo describirlo. Ni
siquiera podía imaginar que sería tan fácil.
Notas de Andrés
Jomirovsky
¿Qué quiere de mí
este médico loco? Me persigue desde hace semanas… Mejor leer un poco antes de
dormir. Pero, carajo, no me deja en paz. ¿Y si todavía está ahí? ¡Está! Ni
siquiera se esconde. ¡Qué cabrón! Tengo que cambiar de médi…
Y así debía
terminar. Solo teníamos un ejemplo.
Pues… para quien lo lea, hay
esperanza. El prototipo se quebró. Yo me quebré. No supieron evitar el uso de
armas. Con mis últimas fuerzas escribo este mensaje. No importa dónde ni cómo
lo encuentres. Lo esencial es que el prototipo se quiebre. Si no hay nadie…
La lamia me ha roído el hueso.
Uno solo. Y con eso me rendí. Ella, probablemente, ha escapado. Sin llegar al
rostro que habíamos construido. Sin llegar a la primera parte que hicimos para
ella.
Vladimir Koultyguine nació en 1987 en
Moscú. Es periodista, conforme a su diploma universitario, pero trabaja también
como traductor de varios idiomas como español, portugués, francés, inglés y
polaco. En 2010, terminó la facultad de Periodismo de la Universidad de Moscú;
en 2011, estudió en la Universidad de São Paulo, Brasil, y en 2013, defendió la
tesis de Ph.D. en Moscú sobre el modernismo brasileño, con traducciones. Le
encantan los pequeños y grandes misterios de este mundo, los que nos aguardan.
O no. Y esto, cree, es una de las principales misiones de la literatura: buscar
y resolver o revelar misterios. Actualmente reside en Gdansk, Polonia.

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