Carlos María Federici
No aguardé a una invocación
formal. Esos melindres los dejé de lado cuatro siglos atrás... Bastó un
análisis global de valores, la estimación –a ojo de buen cubero– en base a
cocientes de integridad, justipreciación de nociones de
deber-antepuesto-a-gratificaciones, etcétera. En fin, lo de costumbre... desde
que en todo ha terminado por imponerse el dichoso método científico.
—¡Aquí estoy, Zoltan! —anuncié.
Es posible que me
haya excedido un poquitín en cuanto al ángulo dramático; pero juzgué que Zoltan
Melatián era lo suficientemente vulgar como para impresionarse con la nube de
humo verdusco y el olor azufroso...
Mi sombra se
proyectaba, gigantesca, sobre las paredes, empequeñeciendo al hombrecito
semicalvo y paliducho, que casi se echó de hinojos cuando me vio.
—¡Santo D...!
—Por favor —le
atajé—, ¡cuidado con lo que dices! ¡No te imaginas qué efecto me causa por
regla general ese (¡ugh!) nombre que estuviste a punto de...!
Siempre resulta:
esta confesión de la propia debilidad rompe el hielo y abona el terreno para un
diálogo más fluido. Al verlo reponerse, me preparé para la segunda fase.
—¿Eres... de verdad?
—musitó Zoltan—. ¿O el pato trufado de la cena...?
Solté
una breve carcajada.
—Te aseguro que tu digestión se está operando en forma
irreprochable —le dije—. ¡Y me consta que no eres bebedor! Así que... ¡la
deducción resulta obvia!
Aún estaba pálido, pero ya aparentaba
sentirse algo más dueño de sí. Retrocedió hasta hundirse en un sillón, sin
dejar de mirarme con ojos desorbitados, y asintió repetidas veces con la
cabeza.
—Eres... real,
entonces —murmuró—. ¿Pero por qué...?
Anduve unos pasos
por la habitación –una salita decorada a base de muebles baratos y escaso buen
gusto– y giré de súbito, para enfrentarlo, entre un ampuloso vuelo de mi capa
escarlata.
—¿Que por qué vine,
Zoltan? ¡Vaya una pregunta! ¿No quisiste tú que yo viniese, acaso? ¿No deseas
algo de mí?
El delgado cuello de
él se retorcía, a causa de sus esfuerzos por seguirme con la vista. Algunas
gotas redondas brillaron en su frente.
—Yo no deseo nada...
—sólo atinó a farfullar, sumido en la blandura de su butaca—. ¡Te has
equivocado!
Sonreí
interiormente. Elevé mis hirsutas cejas y fruncí los labios por debajo del fino
bigote puntiagudo, en tanto paseaba la vista en torno.
—Vives bastante bien
—reconocí—. Es posible que nada te haga falta, ni... ¡Pero qué veo! ¡Bonito
aparato de televisión ese que tienes ahí, Zoltan! —y señalé uno ubicado frente
al sillón donde él se acurrucaba—. ¿Puedo...? —insinué.
Sin darle tiempo a
oponerse, con sólo un floreo de mi diestra, puse a andar el receptor, por
supuesto que sin pararme en minucias tales como interruptores o enchufes.
Como luces
maravillosas —condescendí
a pensar—. Igual que amalgamas excelsas de curvas y ritmo, de seda y de
jazmín...
No eran obra mía, lo
confieso, aunque el efecto que provocaban en Zoltan sí lo era, en gran parte...
Se hacían llamar "Las Sílfides de Joe", y habría resultado afán
imposible el pretender determinar cuál sobrepujaba a cuál en encanto y seducción
femenil. ¡Casi llegué a compadecer al pobre individuo!
—¡Vaya un quinteto
de preciosidades! ¿Eh, Zoltan?
El aire, bombeado
con violencia por sus magros sí que agitados pulmones, literalmente rugía al
brotarle por las narices. Se transfiguraba, el hombre... La imagen, claro, era
tan multicolor y realista como únicamente mi intervención podía obtenerla.
—Sería magnífico
contemplar a estas... sílfides en vivo, ¿no lo crees, Zoltan? —mi
sugestión reptó como áspid susurrante hacia sus ávidos oídos.
Y en un santiamén, a
mi influjo, el hechicero grupo se emancipó de la prisión de los rayos catódicos
y brincó para posarse en el piso de la sala..., con la misma levedad de copos
de algodón imbuidos de mágica animación.
Zoltan se echó para
atrás, los ojos convertidos en dos protuberancias gelatinosas de terror.
—¿Qué
dia...
—¡Zoltan...! —lo amonesté,
meneando el índice.
Las gráciles figuras
crecieron, se hincharon sus formas espléndidas, las torneadas piernas se
alargaron como deleitables telescopios, y suculentas redondeces a tamaño
natural serpentearon al compás de un ritmo caribeño.
El hombrecillo era
una estatua iconófaga: se le saltaban las pupilas angurrientas, pero su
respiración parecía haberse detenido, aunque la nuez, desbocada, casi le
rasgaba la piel de la garganta.
Sería sólo cuestión
de minutos, pensé, y Zoltan ya no controlaría las manos... En el instante en
que las alargó (trémulas y sudorosas), las cinco bellezas se disolvieron con un
¡blip! instantáneo. La pantalla del televisor retomó a su gris
pasividad.
—Lo siento mucho, Zoltan —me
excusé—. ¡Fue apenas un truquito!.. ¡Ohh! —añadí, afectando
sorpresa—. ¡Deduzco de tu expresión que no estás nada contento! Bueno,
bueno... ¿Qué sería menester, pues, para complacerte? ¡Porque tenía entendido
que nada necesitabas!
Estaba
maduro; bien lo sabía yo. Aguardé un poco más.
—¡Ayú-da-me! —barbotó él.
—¡De manera, Zoltan, que sí
necesitas algo, después de todo!
Los tipos como Melatián no hablan gran
cosa. De ordinario, suelen limitarse a un vocabulario apenas rudimentariamente
utilitario: saludos, nombres de comidas y calles, frases hechas... Pero cuando
sufren un sacudón al estilo del que yo acababa de propinarle a Zoltan, al
sentirse en el filo de una experiencia jamás soñada, algún resorte oculto se
libera en ellos, y se toman elocuentes... casi rebuscadamente líricos.
—¡Que si necesito
algo!... —Zoltan
se abalanzó sobre mí, uniendo ambas manos ante mis ojos, con dedos febrilmente
entrelazados—. ¡Ay, es mucho más que eso! Es... sed inextinguible,
hambre voraz, es... un deseo punzante y enloquecedor, como un prurito del
corazón... ¡No me explico cómo he podido resistirlo tanto sin volverme loco, al
cabo de todos estos meses! ¡No puedo seguir así! Vaya, si daría incluso...
—¿...Tu alma?
—lancé, con la misma flameante rapidez con que la salamandra proyecta su
elástica lengua.
—¡Sí! ¡Hasta eso lo daría con
gusto..., por conseguir lo que anhelo! Tú... ¿p-puedes proporcionármelo?
Levanté la mano. Interiormente, reía a
más y mejor.
—¡No nos precipitemos! —dije—.
Veo que conoces mi precio, y eso me agrada... Nunca lo cambié, en todos estos
siglos. ¡Pero has de ser más preciso en tu petición! Imagino que se relaciona
con "Las Sílfides" tu deseo... ¡Ah, tengo razón! Veamos... ¿Es que
por ventura te has prendado de alguna de ellas? ¿Cuáles han sido los encantos
que han mellado tu núbil corazón? ¿El oro del cabello de Rita? ¿La cereza
madura que Gloria tiene por boca? ¿Ese par de...?
Su excitación lo
llevó a aferrarme por la capa; incluso cometió la indignidad de sacudirme. Pero
hasta eso consentí, en aras del buen fin (desde mi punto de vista, por
supuesto) a que todo habría de conducir irremisiblemente.
—¡Ese caudal áureo que enmarca el
rostro de Rita —clamó Zoltan—, tiene que ser mío! ¡La boca jugosa
y fresca de Gloria ha de pertenecerme también! ¡Y no pegaré un ojo hasta tanto
no posea las tersas manos de Marly, y las piernas interminables de Ginny, y los
ojos de Lilia, más verdes y hondos que el océano! ¡Todo eso me es harto más
precioso que el mismo oxígeno vital..., más codiciable que todos los tesoros de
esta Tierra... infinitamente más necesario que mi misma bienaventuranza!
¡Llévate mi alma, sí, a la hora de mi muerte, una y mil veces! ¡Pero dame ahora
mismo lo que acabo de pedir, Satanás! ¡Si es verdad que lo puedes, dámelooo! —y
finalizó en un alarido.
—Una gota de sangre de tus venas —indiqué,
ritualmente—, y el pacto quedará sellado por toda la Eternidad... ¡Tu sangre,
Zoltan!
Loco de codicia, se
abrió él mismo una vena, a fuerza de mordiscos. El líquido rojo y caliente
goteó con suavidad sobre el trozo de pergamino que jamás omito llevar conmigo.
—¡Ahora cumple tu parte! —demandó—.
¡Ya, ya mismo!
—Si es tu deseo, ¡sea!
Y moví ambas manos a
un tiempo (las ganchudas uñas negras dibujando arabescos en el ámbito
enrarecido, la capa formando pliegues de pesadas ondas carmesíes alrededor de
mis velludos antebrazos); y del fondo de mi garganta partieron antiguas y
espantosas frases. Se agrietó el Universo, un sector del Caos se entrelazó a la
urdimbre de la vida... y ello ocurrió.
—¡EEE-AARRGGGHHHHHH!
El grito resultó
escalofriante, y aún más por el matiz de lastimado estupor que se agitaba en
sus profundidades. No me preocupó: en ningún momento había afirmado yo que el
procedimiento sería indoloro, ¿verdad?
Por entre los poros
del cráneo de Zoltan Melatián, hebras doradas y ardientes se abrieron paso,
como finísimas lombrices de esplendoroso fulgor. Retorcidos hilos escarlata
brotaban en cada punto de irrupción, al violarse penosamente la integridad de
carne y piel.
—Ya son tuyos los cabellos de
Rita —constaté.
—¡UGGHHH-AYYYRRRRRGGGHHHHH!
Sus labios estallaron en una erupción
rojinegra, las abultadas curvas de la boca se contorsionaron en espasmos de
sufrimiento, hasta formar un adorable arco de Cupido... rezumante de sangre
cálida.
—La boca de Gloria.
—¡GNNN-NNAUUUGGGHHHRRRR! ¡AAUUHHHOHYYGHHHAAYYY!
—Las manos de Marly —proseguí—.
Las piernas de Ginny.
Avanzó en mi
dirección, grotesco, indescriptible, chorreando sangre a borbotones y dando
trancos sobre tacones aguja de quince centímetros. No veía: las delicadas
manecitas de Marly ascendieron hasta estrujar su martirizada cabeza.
—¡NO-NO-NOOAAAARRRRGGHHHHHAUUUNNNGGHHH!
Realmente, aquello
tenía que ser insufrible; pero no había forma de evitárselo si en verdad se
trataba de complacer al individuo en todo... Un par de glóbulos gelatinosos
voló por los aires, para golpear luego contra el piso, con sordo rumor. En las
órbitas de Zoltan, entre torrentes granate y bermellón, dos esmeraldas vivas
ocuparon su sitio.
—Con los ojos de Lilia —declaré—,
he completado mí parte del convenio.
Gimiendo y sollozando, sin
oírme, dio ciegas vueltas sobre sí; luego se movió, dando tumbos, a través del
cuarto. Comprendí que el último acto estaba próximo.
—¡¿QUÉ HAS HECHO DE MÍ, MALDITO?! —profirió.
—Satisfice los deseos que me formulaste —repuse—. No me
responsabilices ahora por las consecuencias.
Y
fue entonces que se materializaron: cinco espectros mutilados..., de voces
absurdamente melodiosas.
—¡Devuélveme mis manos, Zoltan!
—¡Me robaste la boca!...
—¡Quiero mis piernas, Zoltan!
—¡Mis cabellos de oro!
—¡Los ojos que me quitaste!
—¡¡Nooooo!!
Pero los entes
vengadores cayeron sobre él, inexorables. En contados instantes quedó hecho
trizas sobre un charco espeso y rojo... no sin que un débil vestigio de vida
palpitase en sus restos, obstinado, amorfo...
—Ahora, Zoltan
—reclamé—, ¡entrégame tu alma!
Carlos María Federici nació en
Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado
“El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con
Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino.
Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado
un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como
novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros),
donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año
siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente
destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y
Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después
el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard
Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del
exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y
Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a
publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El
umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones
de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en
1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora
al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y
el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery
Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.

Muy bueno. Felicitaciones
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