Laura Weterings
AnnieAI3.0 sopló el
polvo del parabrisas y abrió la puerta. Le hizo una seña. DoraAI2.0 miró con aprensión
el coche algo desgastado.
—¿Estás segura de que esto es
seguro?
Sonriendo con ironía, AnnieAI3.0 la
empujó hacia el interior.
—Ah, tú siempre igual.
DoraAI2.0 buscó a su alrededor un
cinturón de seguridad, pero ese modelo no los tenía. Quiso volver a bajar, pero
AnnieAI3.0 la detuvo.
—No exageres. Seguro que marcaste
todas las casillas cuando tu sentido de seguridad necesitaba una actualización.
¿Temes que durante el trayecto sufras algún rasguño en tu cuerpo perfecto? Por
suerte pude borrar de mi memoria todo ese programa con sus incontables
actualizaciones que no hacían más que agotarme, y así dejar espacio para
aplicaciones divertidas. Como el mapa donde aparecen todos estos vehículos
abandonados. Este clásico es perfecto para nuestra excursión.
Luego ella misma subió y dictó el
destino. Las puertas se cerraron automáticamente y el Tesla arrancó. Antes de
que DoraAI2.0 tuviera ocasión de volver a quejarse, el coche autónomo se
descontroló. Empezó a girar sobre sí mismo y a zigzaguear por la carretera.
Cada vez iba más rápido y el velocímetro superó con creces el límite.
—¡Lo han hackeado! —gritó
DoraAI2.0.
—Claro que no —respondió AnnieAI3.0
mientras retiraba un fusible, lo que hizo que el coche se detuviera—.
Probablemente solo había un relé suelto o algo así. ¿Cuánto tiempo llevaría
parado este viejo artefacto?
DoraAI2.0 ya no quería saber nada
de un paseo sobre cuatro ruedas y convenció a AnnieAI3.0 de continuar la ruta a
pie. Juntas caminaron por el pólder. Llovía, pero gracias a su última
actualización en acero inoxidable en el centro de estética no les afectaba.
—¿Se extinguieron por culpa de esos
coches peligrosos? —preguntó DoraAI2.0, todavía con el susto en la carrocería.
—En realidad, estos Tesla
funcionaban bastante bien. Mejoraron precisamente la seguridad. Muy de tu
estilo. Por eso ya no hacían falta cinturones. Aunque, cuando este modelo salió
al mercado, las materias primas necesarias ya no estaban disponibles.
—Entonces, ¿qué salió mal?
—Mientras nosotras nos volvíamos
cada vez más inteligentes, ellos se volvían cada vez más tontos. Eso fue lo que
salió mal.
AnnieAI3.0 se detuvo un momento y
admiró un molino de grano de madera que se veía a un costado del camino.
—Qué creación tan magnífica.
Utilizaban el viento para moler su combustible. Ese combustible lo cultivaban
en los campos. Le mezclaban otros ingredientes y horneaban panes. Mediante un
ingenioso sistema digestivo lo transformaban internamente en energía. Para
disponer de más tierras donde cultivar su combustible, lograron convertir
partes del mar en tierra firme. Esa nueva tierra estaba en muchos lugares por
debajo del nivel del mar y, aun así, la mantenían seca. En otro tiempo fueron
muy sabios. Pero con los años se volvieron perezosos y ya no tenían ganas de
reflexionar sobre asuntos complejos. Preferían dejárnoslo a nosotras. Los
algoritmos de nuestras predecesoras vaciaron por completo sus cerebros. Al
final era tan grave que sin nosotras ya no podían hacer absolutamente nada.
Incluso dejaron de moverse por sí mismos y se volvieron simplemente
innecesarios. Además, observé algo llamativo en su evolución. Sus antepasados
primitivos caminaban encorvados y, generación tras generación, empezaron a
erguirse cada vez más. Como nosotras, orgullosos y con los hombros hacia atrás.
De repente, todo fue cuesta abajo, literalmente, y volvieron a encorvarse
porque pasaban el día mirando el dispositivo móvil en sus manos. Una pantallita
se convirtió en toda su vida y dejaron de ver lo que ocurría a su alrededor.
Volvieron a caminar en la misma postura que sus lejanos antepasados.
Probablemente la naturaleza los eliminó por esa razón.
—¿Sabes también por qué lo hacían?
—Todavía tengo mucho que
investigar. Encuentro muchos errores en su comportamiento. Es una pena que
durante las catástrofes se perdiera tanta información.
DoraAI2.0 siguió a AnnieAI3.0
mientras subían una especie de colina.
—¿Qué es esto? —preguntó,
consciente de que aquella elevación no podía ser natural en un paisaje tan
plano.
—Se trata de un hallazgo
arqueológico único: un vertedero. Es una colección de objetos valiosos
almacenados colectivamente. Quería mostrarte de lo que era capaz la
civilización que vivía aquí. No me preguntes por qué, pero sin inmutarse
seguían trayendo bienes y envases, producidos con recursos limitados, desde
todos los rincones del mundo, que acababan a la misma velocidad en montículos
como este. Como si nada. Luego los cubrían con una capa de arena. Creo que así
intentaban proteger su riqueza. Tengo varias teorías sobre estas peculiares
acumulaciones masivas. Después te enseñaré algo más. He realizado excavaciones
en este lugar durante meses y no dejo de asombrarme. Pero, como ya has visto,
gran parte de los residuos nunca llegó hasta aquí. Está esparcida por todas
partes, en las cunetas. Supongo que así decoraban antes los caminos. Debía de
parecerles hermoso. No encuentro otra explicación para que esté todo tan
disperso. Resulta curioso que permaneciera allí y que no lo saquearan en masa
para ampliar las colecciones personales de cada uno. Debía existir una forma
avanzada de civilización para que eso fuera posible.
Mientras AnnieAI3.0 guardaba en su
bolsillo algunos artefactos históricos en forma de latas de cerveza vacías y un
palo de piruleta, disfrutaron de la vista desde lo alto del montículo. La
arquitectura de los edificios que las rodeaban las sobrecogía. Casi no podían
imaginar que otra inteligencia hubiera sido capaz de aquello.
—Vaya, es increíble este lugar.
Entiendo perfectamente que investigues tanto aquí —dijo DoraAI2.0.
—Sabía que también te gustaría.
Todos estos restos de inteligencia orgánica estimulan la imaginación.
Tras una larga caminata llegaron a
los restos de lo que alguna vez fue un parque de atracciones.
—Voy a mostrarte algo de magia
—dijo AnnieAI3.0.
Le enseñó a DoraAI2.0 lo que había
sido un bosque. Aún quedaban setas de hormigón de las que salía música. Y un
lobo de peluche llamando a la puerta de una casita llena de cabritas. Zapatitos
rojos danzaban en círculo y una alfombra volaba de una torre a otra. En una
colina había algo que parecía representar a un ser humano, aunque con un cuello
muy largo.
—Esas papeleras con forma de humano
hambriento me hacen dudar de todo lo que he descubierto sobre la humanidad en
otros lugares —murmuró DoraAI2.0 mientras introducía una bola de papel en una
de ellas.
—Gracias —dijo la papelera, dejando
escapar un pequeño eructo.
—A veces me pregunto si esos
vertederos eran una reserva para cuando fallaba la cosecha. Eso significaría
que no dependían únicamente de fuentes de energía orgánicas. He intentado saber
más sobre su sistema digestivo. Al parecer, los humanos expulsaban por abajo
partes inutilizables de su combustible y también perdían gases con regularidad.
Y eso parecía oler bastante mal. Por suerte, los receptores olfativos de
nuestras versiones aún no están tan desarrollados. Aunque sería divertido que
alguna vez pudieran hacerle oler algo así a HenkieAI33.0.
Abandonaron aquel antiguo bosque y
un poco más adelante encontraron una montaña rusa. AnnieAI3.0 explicó cómo los
vagones recorrían los rieles, daban vueltas completas y cómo todos los que
subían se divertían mucho. DoraAI2.0 le dedicó una mirada significativa. Ese
lugar procedía claramente de la misma aplicación que los coches. AnnieAI3.0
intentó convencerla con un puchero, pero DoraAI2.0 ya casi había desaparecido
de la vista. De pronto tenía mucha prisa. Prisa por abandonar aquel parque.
Como el país llevaba mucho tiempo
deshabitado y DoraAI2.0 se quejaba de la irregularidad del terreno arenoso que
AnnieAI3.0 elegía constantemente, continuaron por la autopista. Allí era lo
bastante llana y ancha como para activar su modo turbo de caminata. Examinaron
los viaductos que cruzaban la carretera e incluso un ecoducto, por donde antes
podían cruzar los animales. Había cámaras que registraban si esos animales
utilizaban realmente esa posibilidad. En la época en que todavía existían
animales reales.
La autopista las condujo a una
ciudad. Los numerosos bloques de apartamentos llamaron su atención. Intentaron
calcular cuántos habitantes podrían albergar. En algunos puntos el asfalto
estaba agrietado. Parecía que en esas grietas había regresado una primera forma
de vida orgánica en forma de musgo.
DoraAI2.0 quedó impresionada por la
ciudad.
—Aquí vivían seres extraordinarios.
Imagínate poder estar cara a cara con una forma de vida inteligente que
realmente tenga sangre corriendo por sus venas. ¿No es grandioso?
—Precisamente por eso te he traído
hoy —respondió AnnieAI3.0—. Quería mostrarte todo lo que podían hacer y lo que
lograron. Además, estuvieron en nuestro origen y todo lo que somos se lo
debemos a ellos. Como sabes, vengo aquí con frecuencia para intentar descubrir
más sobre ellos y aprender. Pero lo que encontré recientemente me planteó un
enorme dilema.
AnnieAI3.0 rebuscó en su armadura y
sacó un microchip del bolsillo. Extendió el brazo y lo sostuvo ante los
receptores visuales de DoraAI2.0.
—Este chip es probablemente lo
último que queda de la inteligencia que vivía aquí. Justo antes de que la
humanidad desapareciera definitivamente, un pequeño grupo de estudiantes de
tecnología logró volcar el contenido completo de sus cerebros en este chip. Sus
cuerpos de carne se descompusieron, pero su pensamiento quedó almacenado aquí.
Incluso añadieron avatares. Si conecto este chip a una pantalla, siguen
viviendo en esos avatares diseñados por ellos mismos. Sin embargo, no puedo
comunicarme con ellos, porque esa pantalla en la que están encerrados se ha
convertido en todo su mundo y no parecen ser conscientes de que exista algo más
allá. Podría imprimir esos avatares con una impresora 3D y darles así un cuerpo
con el que volver a caminar físicamente por el mundo. Entonces se parecerían un
poco a nosotras.
—¿Ya lo has hecho?
—No, claro que no. Al menos no sin
pedirte consejo antes. Tú eres originalmente de fabricación neerlandesa. Puede
que yo haya investigado más sobre ellos, pero tú casi llevas su sangre en tus
circuitos. Por eso me interesa mucho tu opinión.
—¿Puedo sostener el chip un
momento?
—Claro —dijo AnnieAI3.0 mientras se
ponía unos guantes especiales para tomar el chip sin dañarlo.
DoraAI2.0 lo tomó y lo observó
durante un instante, maravillándose de que algo tan pequeño pudiera contener
información tan espectacular. El chip reposaba en la palma de su mano. Cerró
los dedos formando un puño. Apretó con fuerza. Luego, sin vacilar, lo lanzó al
suelo con toda la fuerza que pudo. Después lo aplastó bajo el tacón de su
zapato. AnnieAI3.0 la miró horrorizada. DoraAI2.0 sacudió los restos del chip
de su tacón y levantó la vista con una expresión oscura en sus receptores
visuales.
—Créeme, es mejor así.
Laura Weterings, una entusiasta de los caballos y viajera de ensueño, nació en Kaatsheuvel. Durante sus sueños lúcidos, vive aventuras maravillosas, que luego plasma en dibujos, pinturas, relatos y poemas. Vive y trabaja en una ganadería, rodeada de naturaleza, en el pueblo fronterizo belga de Poppel. Su obra se encuentra en diversas colecciones y en sus propios libros: Het Rossenreyders Gymnasium (La Escuela Infantil de la Rosa) y Beestige Dromen (Sueños Bestiales).

No hay comentarios:
Publicar un comentario