Szabolcs Benedek
La vio por primera
vez hace más de veinticinco años. Un cuarto de siglo es mucho tiempo, no solo
en la vida de una persona, sino también en la del mundo. Hoy en día ya no se ve
con buenos ojos –y hay que añadir, con razón– decir que lo primero que le llamó
la atención de la muchacha fue, ante todo, su aspecto: largo cabello oscuro y
lacio, rostro redondo, mirada cautivadora, labios carnosos, pechos firmes y
llenos, estatura mediana, cintura no demasiado delgada, pero tampoco gruesa.
Claro que entonces él también era joven, buscaba y perseguía los placeres de la
vida; además, en realidad no sabía con exactitud qué era lo que lo había
atrapado en ella, más allá de que la había visto varias veces en poco tiempo.
No mucho antes se había mudado al
campo, a un pueblo cercano a la ciudad; tras el divorcio no le había quedado
dinero para un automóvil y cada día iba al trabajo en autobús. La muchacha
siempre se sentaba en el último asiento, con la cabeza inclinada hacia delante,
sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda, como si no prestara atención a sus
miradas nada disimuladas. Su curiosidad por ella se intensificó cuando, pocos
días después de su primer encuentro, volvió a verla, esta vez en una de las
calles más transitadas, avanzando con porte rígido hacia el centro de la
ciudad. A partir de entonces empezó a cruzarse con ella con regularidad: unas
veces en el autobús, otras en los alrededores de la estación, otras en
distintos puntos de la ciudad.
No logró averiguar de dónde venía
la muchacha: cuando él subía al autobús, ella ya estaba sentada, y a la vuelta –porque
también entonces viajaban con frecuencia en la misma línea– seguía más allá de
la parada donde él bajaba. Eso sería perfectamente normal; después de todo,
quizá vivían en la misma zona, tal vez la muchacha se desplazaba desde el
pueblo vecino, o desde alguno más lejano. Sin embargo, después de que él se
mudó de nuevo a la ciudad, tras un tiempo sin verla, comenzaron otra vez a
cruzarse con regularidad. En realidad, la expresión no es exacta: nunca
intercambiaron ni una sola palabra. La muchacha ni siquiera parecía dignarse a
mirarlo; simplemente seguía adelante con aquella característica inclinación de
la cabeza y su postura erguida, mientras con el paso de los años ni una sola
parte de su cuerpo parecía ceder. Más aún: en su rostro, que seguía siendo
redondo, no aparecían arrugas, y alrededor de su cintura –a diferencia de la de
él– no se acumulaban kilos. Era como si el tiempo no tuviera efecto sobre ella.
Empezó a encontrar todo aquello
verdaderamente extraño cuando la muchacha –en realidad ya no debería llamarla
así, al fin y al cabo habían pasado décadas, pero aun así seguía pensando en
ella de ese modo– comenzó a aparecer en los momentos y lugares más inesperados.
Por ejemplo, si salía de casa al amanecer, volvía a encontrársela no muy lejos
de la parada de metro. Sin embargo, según recordaba, en otros tiempos el
autobús en el que viajaban desde la periferia siempre llegaba más tarde. En
otras ocasiones se encontraban al anochecer: él regresaba a casa desde el
metro, mientras que la muchacha caminaba hacia los suburbios, aunque para
entonces la estación de autobuses ya había sido trasladada y las líneas
llegaban y partían desde otro lugar. También era un fenómeno recurrente que siempre
se cruzaran cuando había poca gente en la calle, o ninguna. A veces pensaba que
podría detenerla y hablarle, pero hoy en día cualquier cosa puede tomarse como
acoso. Además, ¿qué podría decirle, qué podría preguntarle? ¿Por qué había permanecido
en su vida durante veinticinco años? Tal vez sería más sencillo seguirla y ver
adónde iba. Pero nunca logró decidirse a hacerlo. Aunque más de una vez jugó
con la idea, también le venía a la mente que quizá descubriría algo que hubiera
sido mejor no saber. Por ejemplo, que ese famoso Matrix existe y que, como se
menciona en la película, la muchacha es un error de software.
Pasaron semanas o meses cuando de
pronto se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que no se cruzaba con ella. Claro
que otras cosas lo mantenían bastante ocupado. Por ejemplo, la respiración que
cada vez le costaba más, el cansancio, la lentitud de sus movimientos. Los
resultados médicos no prometían nada bueno, y el médico también negó con la
cabeza, pensativo. Entonces se le ocurrió que le gustaría ver a la muchacha una
vez más. Tal vez esta vez por fin le hablaría. O al menos seguiría su rastro.
Averiguaría de dónde venía. Y, más aún, adónde iba. Y él iría con ella, con
perseverancia, sin retroceder, hasta el fin de los tiempos y del mundo. Hasta
donde alcance el hilo de su vida.
Szabolcs Benedek es un escritor
húngaro nacido en Budapest en 1973. Escribe novelas, relatos y ensayos. Ha
publicado más de 30 libros. Su obra se caracteriza por su gran variedad,
incluyendo novelas históricas y relatos ambientados en la actualidad, así como
relatos de ciencia ficción.

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