Oscar De Los Ríos
No
puedo definir dónde me encuentro, tampoco puedo recordar cómo llegué. Por más que
abro los ojos no veo; por más que corro no llego a ningún lado, el espacio parece
desplazarse conmigo; no hay suelo, pero no caigo ni floto. La noción de tiempo
y espacio carece de lógica. Aun así me siento cómodo, cuidado, protegido; es
como volver a estar en el útero materno. ¿Será esto la muerte? ¿Naceré a una nueva
forma de vida? ¿Qué pasará con todo lo que fui? Tal vez la vida se sienta de
alguna forma después de la muerte, como la sensación de miembro fantasma; mejor
dicho de cuerpo fantasma.
Han pasado diez años desde que, mi mentor
y amigo, el doctor Andrés Kepler, antropólogo, se ha introducido de manera
voluntaria, provisto de sensores, en donde él cree que se introdujo (y de lo
que a mí me convenció, para secundarlo en su investigación). Hace treinta millones
de años ingresó por primera vez un antepasado de homo sapiens y quedó atrapado
en una suspensión temporal siendo, durante su estadía, como una pupa de insecto
antes de la metamorfosis, para luego pasar al estado de imago y al fin salir al
mundo exterior; al completar su ciclo, como un ser completamente evolucionado, que
al no encontrar una semejante con quien reproducirse, inseminó a hembras
salvajes en el primer estadio evolutivo, dejando una descendencia híbrida que
continuó su ciclo de reproducción, (evolucionando e involucionando a un mismo
tiempo, según de donde se lo mire), hasta la aparición del hombre. Llegó a esta
conclusión luego de dar con un cráneo de un homorevolución (como llamó a este
ser mucho más evolucionado que el ser humano actual), de treinta millones de
años de antigüedad. Redefiniendo la teoría evolutiva de Darwin, infirió que la
humanidad es una degeneración del verdadero estadio evolutivo que debemos
alcanzar.
Luego de recorrer durante cinco años el
África central, en la zona donde encontró el cráneo de homorevolución, a la que
denominó “Alfa-Omega”, dio con la tribu Nontuhaaí. Tras convivir con ellos un
año, recogió una leyenda que pasó de generación en generación desde tiempos
ancestrales. La misma cuenta que existe una cueva muy adentro de la montaña, en
la que no pueden ingresar ni el viento, ni los rayos de luna o de sol; en la
cual descansa el espíritu que creó el mundo y que, solo cuando el hombre entre
en esta zona, estará completo. Luego de oír el relato del brujo de la tribu, en
las palabras del traductor que lo acompañaba, empezó a sentir una especie de
júbilo. La historia, lejos de parecerle inverosímil, venía a reforzar su teoría,
cuya tesis sostiene que: “En el centro mismo de Alfa-Omega existe lo que
denominó un “Ojo del Tiempo”, en donde se manifiesta una desaceleración
temporal, partiendo del futuro más lejano y, en forma simultánea, se produce una
aceleración desde el origen de los tiempos, hacia el presente. Resultando de
esto una tensión constante de ondas armónicas temporales, que hacen que, quien
entre en ella, pueda evolucionar a su mayor estadio debido a que el futuro y el
pasado avanzarán hacia él”. Tal distorsión temporal convertiría en obsoletos nuestros
más precisos sensores y cronómetros al punto de que no solo no podrían medir o
registrar este fenómeno, sino tan siquiera detectarlo. Para probar su teoría, luego
de recorrer con guías nativos el territorio Nontuhaaí, trazó un mapa de la zona
ubicando su centro. Se dirigió a ese lugar hallando la entrada a una cueva. A
pesar del nerviosismo y la euforia, por dar con el sitio que buscaba hacía
tantos años, tuvo la suficiente cordura como para no penetrar en la misma y
solo introdujo la mano hasta la muñeca, de manera que el reloj de pulsera
quedara dentro. Al retirarla, tras calcular que había pasado un par de minutos,
comprobó que el reloj no había registrado el tiempo transcurrido en la zona Alfa-Omega.
Repitió el experimento metiendo y sacando la mano rápidamente y el reloj
adelantó dos minutos. “En este lugar existe una pulsión de fuerzas, que mantienen
circulando el flujo temporal, pensó… sorprendiéndose a sí mismo al pensar que
tal vez el tiempo podía ser una partícula. “Y, al adentrarnos en la cueva, este
fenómeno se seguiría manifestando cada vez con más fuerza, hasta encontrar el
equilibrio en su centro”. Este razonamiento lo llevó a tomar una decisión que
cambiaría su vida para siempre: debía llegar hasta el Ojo del Tiempo, en el
centro mismo de la cueva, aunque en ello le fuera la vida. Sin decir una
palabra a los nativos que lo acompañaban, volvieron a la aldea y a la semana
partió rumbo a la Argentina. Ya regresaría con el equipo adecuado.
Apenas arribo al país me contactó, para
ponerme al tanto de las nuevas buenas. Únicamente a mí me confió sus
propósitos, agregando que temía que lo encerraran por loco; se había puesto un
tanto paranoico. Recuerdo el día en que lo hizo.
—Me resulta imposible vivir en esta
incertidumbre, Héctor —me dijo luego de ponerme al tanto de su proyecto y de
cómo lo había elaborado—. Ingresaré en el Ojo del tiempo y tú me secundarás
desde el exterior. Tu misión será la de crear los dispositivos que permitan
monitorear mis funciones corporales y mi actividad cerebral mientras me halle
en la cueva. Si no llegaras a registrar datos de los monitoreos se puede deber
a una de dos razones: a que estoy muerto o a que estoy en lo cierto y el tiempo
no corre allí de la misma manera en que lo hace en nuestro hábitat. Debes
prometérmelo, aunque me creas en peligro, no ingresarás a la zona Alfa-Omega,
sino que esperarás, estoy seguro de que en algún momento lograré mandarte
alguna señal. Estamos tan inmersos en el devenir temporal, en la sucesión de hechos
determinados por un lógico devenir: pasado-presente-futuro, que no hemos podido
percibir que las arenas del tiempo avanzan en ambos sentidos. Por otro lado, si
logro mandar un impulso cerebral desde el interior de Alfa-Omega al mundo, el
pasado, el presente y el futuro se fusionaran y el tiempo como lo conocemos
dejará de existir. —Yo lo escuchaba en un estado que oscilaba entre el asombro
y la admiración—. Te he elegido para que me secundes —continuó con voz trémula—,
porque desde el primer día en que nos conocimos, durante la conferencia que diste,
en la facultad de Ciencias Exactas de La Plata, sobre “Diferencia entre nanoparches
sensitivos y nanoparches intuitivos, y su relación con la Tecno-Matemática-Cuántica
en la transmisión de datos”, supe que eras el indicado. Además, al conocer mi
trabajo sobre el Ojo del Tiempo, has manifestado, en más de una ocasión, que
seguirías mis pasos adónde fuera que estos te lleven.
Utilizando de manera clandestina el
laboratorio de la facultad, meses después, durante la prueba de los Nano chips
corporales, pudimos determinar, en simulaciones virtuales (nos fue imposible
reproducir las condiciones temporales de la cueva), que para captar un pulso
cerebral desde el exterior necesitábamos una longitud de onda que se moviera a
una velocidad próxima o superior a la de la luz, para romper la barrera
atemporal del Ojo del Tiempo. Así, si se producía algún cambio, podríamos
enviarlo a mi computador. De ninguna manera yo podía ingresar para verificar el
estado de los sensores; de hacerlo quedaríamos los dos suspendidos en el
tiempo. El principal problema al que nos enfrentábamos era que el cuerpo y el
cerebro humano eran demasiado lentos en registrar un cambio en sus funciones. De
nada nos servía que lográramos que los nanosensores tuvieran una velocidad de
procesamiento de datos cercana a la de la luz. Debido a esto realizamos cientos
de ensayos virtuales que fueron un fracaso, hasta que en uno de ellos observé,
al desprenderse un sensor del cuerpo, que este logro enviar un dato que no
pudimos decodificar, pues no era una variación corporal. Este accidente me
llevó a investigar las ondas de energía que se manifiestan alrededor del cuerpo
humano, conocidas como Aura. A Partir de esta nueva rama que se abrió en la
investigación me dediqué hasta la obsesión a diseñar un algoritmo que usaríamos
para la transferencia de datos desde los parches que llevaría Andrés, no ya en
el cuerpo, bajo la piel, sino alrededor de este. Los microsensores
reaccionarían a cualquier tipo de cambio en el estado del cerebro, enviando los
datos a partir de las variaciones producidas en el Aura. Al hacer las primeras
pruebas nos encontramos con el hecho de que, este
barrunto áurico, se manifestaría a través de la variación de partículas (iones
positivos y negativos), presentes en los neutrones que conforman el campo
energético de cada persona; a los que llamé Auféris. A través de ellos logré
que el cuerpo liberara nano-porciones de energía. A los que tienen carga
negativa les atribuí un efecto de proyección temporal con tendencia al futuro y,
a los de carga positiva un efecto de proyección temporal con tendencia al
pasado. Estos iones van a una velocidad superior a la de la luz y, por esto,
registraríamos un cambio en las funciones corporales y principalmente en las
neuronales, en el momento mismo de producirse. Haciendo un escaneo constante
del cerebro, y un mapa neuronal, pude diseñar un algoritmo que relaciona, la
variación energética en el campo áurico con el área del cerebro donde se va a
manifestar el cambio. Tomando esto en una relación recíprocamente inversa,
podría extraer y decodificar un pensamiento, en función de la variación
producida en el aura humana. ¡Al fin estábamos listos!
Como ya manifesté antes, han pasado diez
años y no estoy seguro de cuánto tiempo transcurrirá antes de que Andrés pueda
abandonar la zona Alfa-Omega; tampoco si lo hará en el futuro o, tal vez, en el
pasado. Paradójicamente, a pesar de haber realizado complejos cálculos
matemáticos y de física cuántica (las ecuaciones que utilicé respondían tanto a
valores positivos como negativos), me es imposible determinar si el cambio
evolutivo que debería estar sufriendo se halla en sus orígenes o en su etapa
final. De lo que sí estoy seguro es de poder extraer los registros, si se
producen variaciones, y enviarlos alrededor del mundo a cualquier dispositivo
inteligente, utilizando los agujeros negros de internet. De esta manera podría
infiltrar un virus, a través del tráfico perdido de la web, el cual contendría una
dirección IP que se guardaría en la memoria del ordenador y, a una hora
programada, redireccionaría a los navegadores al sitio web adonde enviaría el
mensaje. Desde el momento en que Andrés entró al ojo del tiempo, pusimos al
mundo en un conteo regresivo y, en algún momento, la
aceleración-desaceleración-temporal, que sufre esa zona, podría alcanzar nuestro
presente, y los cambios en el planeta serán tan grandes que el tiempo dejará de
correr hasta casi desaparecer como noción que perciben nuestros sentidos y la
humanidad pasará a una etapa de crisálida, de la cuál surgirá evolucionada. En
mis manos queda la decisión de crear una forma de vida de vida que nuestros
sentidos actuales no pueden describir, ni comprender.
El momento crucial ha llegado, he recibido la señal tan largamente esperada y la he transmitido a todo tipo de aparato electrónico que esté conectado a internet. En las pantallas de los dispositivos lo último que algunos pueden leer es: “Mañana es hoy y hoy es ayer”. Por todo el mundo se produce un impulso áurico-crono-magnético que sumerge a la humanidad en un punto de fusión temporal, a partir del cual pasado y futuro comienzan a alejarse para instaurar el presente. Un presente que llegará dentro de millones de años y del cual surgiremos evolucionados en una forma de vida, que tal vez nunca comprenda lo que fue antes de salir de la crisálida.

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