lunes, 2 de marzo de 2026

EL LABERINTO ESTRECHO

Cristian Carstoiu

 

Se dice que, cuando morimos, nuestras almas viajan hacia el Laberinto Estrecho, donde se decide su destino eterno. Suena a fábula, destinada a mantenernos en el camino recto, pero el hombre con ropas andrajosas que caminaba a mi lado por el bazar abarrotado de Baia de Oțel juraba que era cierto.

—El Hostigador, él es quien arrebaña las almas —me dijo con voz temblorosa—. Te azotará con relámpagos hasta que corras tan rápido que tus pies apenas toquen el suelo.

El hombre, que se había negado a decirme su nombre, me desgranaba la historia de su vida. De algún modo había logrado escapar del ojo vigilante del Hostigador, para luego huir del Laberinto. Al principio había parecido una conversación más, pero poco a poco se convirtió en una súplica por su propia vida. Al final volvió a su tema favorito, el Hostigador.

—Tiene un gran libro con todos los nombres de los muertos —dijo—. No sé si el mío sigue allí después de que escapé, pero de cualquier forma estoy huyendo. No quiero que note que mi nombre falta y venga a buscarme.

Inesperadamente, el aire se cargó de electricidad estática. A pesar del cielo despejado, se vio un relámpago. Y, de pronto, el hombre desapareció de mi lado.

Así comenzó todo.

El bazar de Baia de Oțel nunca duerme por completo. Incluso al amanecer, cuando el sol asoma detrás de las torres altas y el aire huele a ozono, el mercado palpita de vida. La gente viene aquí a intercambiar todo aquello que no puede comprarse en ningún otro lugar: relojes de arena cuya contenido fluye hacia atrás, reliquias que susurran himnos cuando las sostienes en la palma, jaulas de vidrio que contienen relámpagos cautivos. La ciudad misma es una paradoja, construida tanto sobre circuitos como sobre superstición. Los sacerdotes llevan máscaras de cromo, los mendigos adivinan el futuro en códigos, y los callejones vibran con plegarias disfrazadas de transmisiones.

Yo estaba allí solo para deambular. Mi ocupación, si puede llamarse así, es recolectar historias. Escribo los mitos olvidados de la ciudad, los rumores que se aferran a las torres como hiedra salvaje. Pero nunca había oído una como la de aquel hombre.

Se me había acercado mientras yo observaba el contenido de un puesto de insectos metálicos que tic-tacaban como relojes. La voz del sujeto crujió como papel arrugado.

—Eres de los que escriben historias, ¿verdad? —me preguntó, con los ojos clavados en la pluma que llevaba sujeta a la muñeca.

—Escribo, es cierto —respondí—. Pero no sobre fantasmas, por lo general.

Sonrió, mostrando los dientes torcidos.

—¿Fantasmas? No, no. Soy carne. Al menos eso creo.

Entonces comenzó a hablarme del Laberinto.

Al principio pensé que estaba borracho o aquejado por alguna fiebre. Sus ropas eran jirones remendados con fibras que brillaban tenuemente, como si estuvieran vivas. Tenía la piel pálida, como solo la he visto en quienes han permanecido demasiado tiempo en los niveles inferiores, donde no penetra el sol. Sin embargo, cuando hablaba, había en su voz una convicción cruda y temblorosa, pero indudablemente auténtica.

—El Laberinto no es como dicen los predicadores —susurró, acercándose hasta casi rozarme el oído—. Dicen que es solo una prueba, un lugar donde el alma se demuestra a sí misma. Pero no es un sitio de juicio, es solo un lugar de clasificación. El Hostigador no mira si eres bueno o malo. Solo quiere que avances, que los corredores no se obstruyan. —Rio entonces, sin alegría—. Lo he visto, ¿sabes? He visto el látigo en su mano. Luz que corta. Empuja a los lentos hasta que arden.

—Entonces, ¿cómo escapaste? —le pregunté.

Sus ojos se movían de izquierda a derecha. El bazar estaba lleno de gente: comerciantes, peregrinos, mercenarios. Sin embargo, nadie parecía notarlo. Pasaban junto a nosotros como si fuéramos niebla.

—No fue por mérito mío —dijo—. El Laberinto se agrietó por un instante, creo que la tormenta lo partió. Tal vez el Hostigador parpadeó. Tal vez la corriente falló. Solo sé que corrí, y el Laberinto se derrumbó detrás de mí como si nunca hubiera existido.

Se frotó las muñecas como si aún sintiera el peso de cadenas invisibles.

—Desperté en los subterráneos inferiores, junto a las tuberías. Nadie me vio salir. Habrán pensado que era solo una rata de alcantarilla. Pero yo sé la verdad. No debería estar aquí.

El aire a nuestro alrededor vibraba levemente, y sentí cómo el vello de mis brazos se erizaba. Una carga eléctrica, como antes de una tormenta.

—Dices que el Hostigador tiene un libro —dije, forzando una calma que no me pertenecía—. ¿Qué hay escrito en él?

—Nombres —susurró—. Cada nombre que ha existido alguna vez. Probablemente también el tuyo. Los revisa cada amanecer, marca quién ha cruzado al otro lado. Si falta un nombre, sale a buscarlo. He visto lo que ocurre cuando encuentra a uno escondido. El Laberinto crea un nuevo corredor, y el mundo pierde a una persona. —Se detuvo y se humedeció los labios—. Por eso me muevo siempre. Nunca duermo en el mismo lugar. Y tú, no te mires demasiado en los espejos. No dejes que el relámpago te toque.

—¿Espejos? —pregunté, incrédulo.

—El Hostigador se mueve a través de los reflejos. La luz es su puerta. ¿Has visto alguna vez tu rostro temblar en el vidrio cuando no hay viento? Ese es el momento en el que él observa. —Su voz descendió hasta convertirse en un susurro apenas audible—. A veces no espera a que mueras como es debido. A veces simplemente…

Chasqueó los dedos y entre ellos apareció una chispa azulada, viva.

Reí sin ganas.

—¿Cuentas esta historia a menudo?

—Nunca dos veces —respondió—. Nunca a los mismos oídos.

El bullicio del bazar pareció desvanecerse, sustituido por un zumbido de baja frecuencia. Los insectos metálicos del puesto contiguo comenzaron a moverse al unísono, sus alas vibrando como si un viento invisible los rozara. Sentí un sabor metálico en la boca.

—Quizá deberías descansar —le dije—. Tienes mal aspecto.

Negó con violencia.

—No puedo. El descanso es el momento en que te atrapa. —Luego me tomó del brazo. Su mano estaba fría, anormalmente fría, como una moneda olvidada en la nieve. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con reflejos de tormenta—. Me crees, ¿verdad?

Quise responder que sí, aunque fuera para tranquilizarlo, pero algo en mi garganta se negó a pronunciar la palabra.

—Creo que tú lo crees.

Rio de nuevo, más bajo.

—Es suficiente.

Un niño pasó corriendo junto a nosotros, persiguiendo un juguete flotante que se balanceaba como un globo de vidrio vivo. El juguete golpeó la pierna del hombre y se rompió sin emitir sonido alguno. El niño se detuvo, confundido. Su madre lo reprendió, tirando de su mano, pero noté lo extraño: ninguno de los dos parecía ver al hombre en absoluto.

Se volvió hacia mí, frunciendo el ceño.

—¿Ves? No pueden. No hasta que el Hostigador termine conmigo.

Quise preguntar más, pero el zumbido en el aire se intensificó. En algún lugar sobre nosotros, las antenas de las torres chisporroteaban con relámpagos débiles, aunque el cielo seguía despejado. El olor a ozono se hizo más fuerte. La voz del hombre casi se extinguió.

—Está cerca.

Giré la cabeza instintivamente, examinando la multitud. Pero solo veía comerciantes pregonando sus mercancías, telas relucientes y la pulsación lenta de las holo-lámparas.

—¿Quién está cerca? —pregunté.

No respondió. Comenzó a retroceder, con los ojos fijos en el oeste, donde el cielo sobre las torres de la ciudad se oscurecía con inusual rapidez. Las sombras se alargaron. Un silencio ominoso se extendió por el bazar, el tipo de silencio que hace que incluso el más incrédulo susurre una oración.

Entonces llegó el latigazo. Una sola línea de relámpago cegador cortó el aire, sin que la siguiera trueno alguno. Un olor agrio, como de caucho derretido y aire rancio, me llenó las fosas nasales.

Cuando mi vista se aclaró, el hombre había desaparecido.

Solo una leve marca de quemadura quedó en el suelo donde había estado, encorvada en los bordes como papel antiguo.

No podía dejarlo así. La historia debería haber terminado con la desaparición de un loco. Sin embargo, sus palabras se me habían adherido como hollín.

El Laberinto Estrecho. El Hostigador. El libro de los nombres.

Durante dos días vagué por los archivos en busca de alguna mención del Laberinto. No encontré nada. Ni en las escrituras de los sacerdotes de vidrio, ni en los códices prohibidos de las bibliotecas inferiores, ni en la red oscura donde los muertos intercambian recuerdos como monedas. Y, sin embargo, dondequiera que mirara, algo cambiaba. Los expedientes desaparecían de los estantes en el momento en que los tocaba. Las luces parpadeaban cuando susurraba el nombre del Hostigador. Una vez, un dron de mantenimiento se detuvo en el aire y me habló con una voz que no le pertenecía.

—Corre más rápido —dijo, con el tono de una radio interferida—. Está detrás.

Luego cayó, y su carcasa estalló en chispas inofensivas.

Aquella noche la lluvia regresó, pero parecía provenir no de las nubes, sino de las torres. Vapor condensado brotaba de los altos tubos de hormigón, brillando mientras caía, como si el cielo llorara luz. Toda la ciudad vibraba con una frecuencia profunda, de duelo.

Salí de nuevo a las calles, incapaz de descansar. Pensé que quizá el bazar me ofrecería respuestas, o tal vez solo quería ver un lugar vivo para convencerme de que aún existía cierta normalidad. Baia de Oțel es otro mundo por la noche. Los puestos están cerrados, las pasarelas apenas iluminadas, y en el aire persiste débilmente el olor de aceites aromáticos e incienso.

Algo me esperaba.

No puedo decir cómo lo supe. El aire mismo parecía contener la respiración. La sensación de electricidad estática regresó, más intensa, trepando por mi piel como escarcha. Los charcos a mis pies comenzaron a agitarse, aunque no soplaba viento alguno. Miré mi reflejo en uno de ellos: una figura temblorosa, coronada por un halo azul pálido apenas visible.

Entonces una voz habló, no con sonido, sino a través de la corriente que llenaba la calle. El aire olía a metal.

—Has escrito su nombre.

Me quedé paralizado.

—¿Quién eres? —logré balbucear.

—Has escrito su nombre y, al escribirlo, lo has recordado. Así se ensancha el Laberinto.

Una forma se delineó en la oscuridad. Más alto que un hombre, su cuerpo estaba hecho de una red de luz cambiante. En lugar de rostro tenía una superficie espejada en la que se reflejaba un corredor interminable de muros pálidos que se extendían hasta el infinito.

El Hostigador.

No huí. Una parte de mí, quizá la parte insensata que se llama a sí misma el narrador, quería verlo.

La mano de la figura se alzó. Entre sus dedos se enroscaba un filamento de relámpago, vivo y susurrante. No era un arma, pero sabía que podía aniquilarme.

—Te llevaste a alguien que debía pasar al otro lado —dije—. Solo tenía miedo. ¿Por qué me persigues ahora?

El rostro-espejo se inclinó, contemplando. La luz que lo componía se intensificó hasta mostrar formas en movimiento: personas corriendo en silencio por el Laberinto, en filas interminables.

—El miedo ralentiza la corriente —dijo la voz—. Y la demora trae degradación. El Laberinto debe fluir.

Tragué saliva.

—¿Y qué soy yo para ti?

—Has escuchado. —Se acercó. Los reflejos en su superficie se multiplicaron hasta que vi mi propia imagen entre los corredores—. Al narrarlo, entraste en el flujo. El Laberinto recuerda a los narradores.

Sentí algo retorcerse en mi pecho, como un hilo tensado alrededor del corazón. El zumbido de la ciudad creció hasta convertirse en un estruendo.

—No pertenezco allí —respondí—. Estoy vivo.

—Vivo… Una palabra para un trabajo inconcluso.

El látigo de luz cruzó el aire una vez, sin golpearme, solo trazando una línea en el suelo. El asfalto brilló rojo y blanco donde fue tocado y luego se enfrió, formando un patrón de corredores interconectados. La imagen del propio Laberinto.

—Camina —dijo.

—No quiero.

—Entonces correrás.

El mundo se estremeció como en una convulsión. Los relámpagos estallaban rítmicamente desde las torres, como si cosieran el cielo a la calle. El ruido no era trueno, sino voces: millones hablando a la vez, demasiadas y demasiado rápido para comprenderlas. Caí de rodillas, cubriéndome los oídos, pero el sonido estaba dentro de mí. A través del resplandor que atravesaba mis párpados cerrados vi innumerables figuras como el Hostigador, cada una reuniendo corrientes de luz en portales invisibles.

En medio de la tormenta, sonó una segunda voz, delgada y desesperada.

—¡No dejes que me lleve!

El hombre andrajoso estaba allí, cojeando en una calle lateral, con ojos de demente. Sus ropas humeaban y su cuerpo era semitransparente, como si solo una parte de él hubiera cruzado el umbral.

—¡Huye! —me gritó—. ¡No puede llevarnos a los dos si uno logra escapar!

El Hostigador se volvió hacia él. El látigo se alzó, vivo con fuego blanco.

No sé por qué me moví. Quizá por compasión, quizá por la necesidad de demostrar que aún poseía la capacidad de elegir. Lo tomé del brazo y tiré de él hacia mí. Por un instante su carne se sintió sólida, luego dejó de serlo. Mi mano atravesó humo. Sus ojos se encontraron con los míos, llenos de una tristeza más profunda que cualquier súplica.

—Demasiado lento —alcanzó a susurrar.

El látigo de luz descendió. Un destello efímero acompañado de un chasquido, y desapareció por completo. Ni siquiera quedó ceniza. Solo un tenue olor a plástico quemado y ozono.

Luego la tormenta se replegó como absorbida por el cielo y el silencio volvió.

—El flujo ha sido restablecido —dijo la voz.

Me observó durante largo tiempo, como si me pesara y midiera. Entonces el espejo de su rostro onduló, y en él vi cómo se pasaba una página de un libro inmenso, con pergamino negro como hollín y líneas de fuego blanco escribiendo nombres más rápido de lo que el ojo podía seguir.

Una línea se detuvo a la mitad. Mi nombre. Mitad escrito, mitad borrado.

—Tu lugar permanece incierto —dijo el Hostigador—. Continúa caminando, narrador. Cuando te detengas, el Laberinto te encontrará.

Y con eso se disolvió. La luz de su cuerpo se apagó como niebla dispersada por el sol.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, en la calle vacía. Cuando me moví de nuevo, el amanecer ya cubría la ciudad con luz de oro y cobre. La ciudad parecía más luminosa y, al mismo tiempo, más frágil. La gente iba y venía con prisa, ignorando las marcas de quemadura que dibujaban patrones laberínticos a sus pies.

Regresé a casa en silencio. Al llegar al apartamento, encontré un trozo de papel bajo la puerta. Viejo, quemado en los bordes, con textura de hojas secas. En él, con letras de luz que se desvanecían mientras leía, estaba escrito mi nombre, mitad presente, mitad desaparecido.

Lo levanté hacia la ventana, a la luz. El papel comenzó a desmoronarse, convirtiéndose en un polvo fino que olía a ozono. Observé cómo dejaba en mi palma una marca apenas visible, en forma de laberinto.

Desde entonces intento escribir lo ocurrido. Pero cada vez que lo hago las palabras se desvanecen. Los dispositivos fallan. Las páginas se oscurecen. Sin embargo, la historia exige ser contada, porque así mantengo el movimiento.

Por la noche, cuando el cielo parpadea con relámpagos mudos, a veces distingo un reflejo que no me pertenece. Me observa, paciente, eléctrico, esperando que me detenga demasiado tiempo.

Quizá el hombre tenía razón cuando decía que el Hostigador guarda un libro con todos nuestros nombres y lo revisa cada amanecer. Quizá el Laberinto Estrecho no sea un lugar de muerte, sino de memoria, y nosotros, los que recordamos, seamos sus errantes.

No lo sé. Solo sé que esa vibración grave nunca abandonó mis huesos y que, cuando camino por el bazar, los espejos tiemblan a mi paso.

Si alguna vez encuentras un trozo de papel con tu nombre, medio quemado y aún tibio, no lo pienses. Arrúgalo, escóndelo, sigue caminando, porque en algún lugar, en el silencio entre el relámpago y el trueno, algo cuenta los pasos que das. Y cuando te detengas, el mundo hará lo mismo.

Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso. 

 

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