Fernando Sorrentino
1
Todo llega en esta vida: también llegó el momento en que Marina me dijo:
—Quiero que conozcas a mis padres.
2
De esto hará una década: sucedió una húmeda tarde de febrero, cerca de la estación Acassuso, a la sombra de unos eucaliptos mecidos por un viento que traía el olor de distantes lluvias. Sin embargo, hoy no puedo recordar el rostro de Marina.
Sé, sin duda alguna, que era hermosa: es cierto que yo
estaba enamorado de ella. Pero insisto: era hermosa; no cabe discusión sobre
este punto. ¿Qué más, qué más puedo recuperar de Marina? Era alta, era morena,
era risueña, era irresponsable, era simple, ignorante e infinitamente querible.
¿Me recordará ahora con tanta pobreza como yo a ella? ¡Y pensar cuántas veces
nos dijimos que estábamos hechos el uno para la otra!
3
Andábamos alrededor de los veinticinco años. En aquella época todo me salía bien. No conocía la desdicha y, si la había conocido alguna vez, ya estaba olvidada. Tenía una ingenua visión optimista del universo. Confiaba en la honestidad de los gobiernos, en los ascensos que obtendría en mi empleo, en la finalización de mis estudios, en la dignidad de los hombres. Vivía en el mejor de los mundos posibles.
Sin que los entorpecieran sino ligeros y previsibles
obstáculos, todos mis proyectos se encarrilaban por el curso que yo les había
asignado. Mi proyecto era casarme con Marina en un plazo no mayor de un año. Y
no tenía el más pequeño motivo para dudar de que, en efecto, antes de un año me
casaría con Marina.
Y, como todo llega en esta vida, también llegó el
momento en que Marina me dijo:
—Quiero que conozcas a mis padres.
4
La señora Stella Maris, la madre, constituía una versión madura de Marina (que, en realidad, se llamaba, cacofónicamente, Marina Ondina). Calculé que así sería Marina dentro de dos décadas, cuando fuéramos, a nuestro turno, padres de una muchacha, que llevaría nombres de rima menos intensa: tal fue el objetivo de largo plazo que me formulé al saludarla. Queda entendido, pues, que la señora Stella Maris era una alta, morena, risueña y elegante dama de cuarenta y cinco años.
Pero el padre de Marina resultó el hombre más horrible
que he logrado conocer. Se conformaba en una estatura reducida. Esto no es
grave. Nadie debe inferir que era un enano: no era sino una persona de talla
breve. Lo inadmisible era que la cabeza sola le usurpaba más de la mitad de su
altura. ¡Y qué cabeza, Dios mío! El primer rasgo que me atrajo (o, más bien, me
repelió) fue su color, un color impropio de una piel. Parecía un tornasol entre
rosado y negro, con todos los matices intermedios, tan sensible a las luces,
que me obligaba a parpadear cuando me encandilaba con sus resplandores. Al
mismo tiempo, se advertía que esa piel era húmeda y era lícito suponerla –aunque
no la toqué– viscosa. Cabello no tenía y barba tampoco, y era evidente que no
los había tenido nunca: hasta tal punto la simple observación demostraba que
ningún pelo podía germinar en aquella cabeza. La parte superior amenazaba con
ser una rotunda esfera, pero se frustraba en un hemisferio perfecto, pues, a
partir de lo que sería la línea del ecuador (más o menos a la altura de las
inexistentes orejas), la cabeza se transformaba en una columna cilíndrica,
hasta perderse, sin admitir la transición de un cuello, entre los pliegues de
una especie de túnica amarilla, de tela de toalla, que lo cubría hasta los pies
sin que pudiera encontrarse el ensanchamiento correspondiente a los hombros. Es
decir, el padre de Marina conservaba el mismo diámetro desde la cúspide hasta los
cimientos. Era un monolito con la cumbre redondeada, al que alguien hubiera
envuelto hasta la mitad con un toallón amarillo. Unos pocos centímetros por
sobre la toga se hallaba la boca, o sea una hendidura móvil y desdentada,
flexible y córnea a la vez, que se contraía hasta desaparecer o se dilataba
tanto, que, extendiéndose sus comisuras hasta la nuca, transmitía la sensación
de que el señor Octavio fuera un degollado cuya cabeza, descansando sobre una
mínima base no alcanzada por un verdugo negligente, podría venirse
estrepitosamente al suelo con que sólo la más famélica de las moscas se posara
sobre ella. Carecía de orejas y de nariz: esos lugares se mostraban tan lisos y
pulidos como la calva; nada, ni una cicatriz, ni una arruga, ni una marquita. Los
ojos eran dos: descomunales, redondos, sanguinolentos, sin cejas, sin pestañas,
sin blancos, sin pupilas, sin movimiento, sin expresión.
5
—Octavio está a régimen —aclaró la señora Stella Maris al advertir que yo miraba la fuente destinada a su marido.
La señora Stella Maris, Marina y yo comíamos alimentos
–digamos– corrientes. La fuente del señor Octavio, en cambio, se nos mostraba
como una suerte de antología de la fauna marítima. El brusco hedor de
pescadería prorrumpió en mis narices hasta lo profundo, hasta los ojos,
haciéndome lagrimear. Fuente tras fuente de peces, moluscos y crustáceos sin
cocinar eran agotadas rápida y vorazmente por mi futuro suegro. A ojo calculé
que había ingerido no menos de cinco kilos de aquellos animalejos multicolores.
Creí distinguir calamares, camarones, ostras, cangrejos, caracoles, medusas,
mejillones, almejas, estrellas y erizos de mar, corales, esponjas, aguavivas,
peces irreconocibles.
—Octavio está a régimen —ratificó la señora Stella
Maris hacia el final de la comida—. ¿Vamos al living para tomar el café?
Le cedí el paso al señor Octavio y observé su modo de
caminar. Lo hacía irregularmente, ora dando un paso muy veloz, ora otro
lentísimo, sin que hubiera, por otra parte, esa alternancia de uno a uno que
podría indicar una cojera corriente. Su andar recordaba el de un automóvil
cuyas ruedas fueran: una, triangular; otra, oblonga; otra, redonda, y la
cuarta, ovalada. La toga amarilla lo cubría por completo, con excepción de la
cabeza: es decir, cubría la mitad inferior de su altura. Las manos estaban envueltas
en las mangas, que terminaban en un nudo. El ruedo de la toga era generoso y se
arrastraba por el suelo a manera de vestido de novia.
La señora Stella Maris depositó una bandeja con
pocillos de café sobre una labrada mesita octogonal, flanqueada por dos
sillones. En uno nos sentamos Marina y yo; frente a nosotros, mesa por medio,
el señor Octavio y su esposa. Pude entonces observar otro detalle, que, durante
la cena, me había pasado inadvertido. Cuando el señor Octavio hablaba, en la
sección del cilindro cubierta por la túnica se producían unos movimientos
reflejos, como si invisibles brazos acompañasen con ademanes las partes más salientes
del discurso. Daba la idea de que el cuerpo del señor Octavio se hallase en
ebullición: tan violentas y frecuentes eran las burbujas amarillas que formaba
la toga.
El señor Octavio era locuaz, con una irrefrenable
tendencia a monopolizar la conversación. Hablaba y hablaba y hablaba. Yo ni lo
oía. Pensaba: "¿Pero es posible que este hombre monstruoso haya engendrado
a Marina, a mi encantadora, bella y angelical Marina?". De repente, pensé
que, en su juventud, la señora Stella Maris le había sido infiel a su marido y
que Marina era fruto de esos amores ilícitos. En seguida, llevado de este
pensamiento, me encontré lanzándole a la señora Stella Maris cómplices miradas
de solidaridad –por suerte, no las advirtió–, como dándole a entender que yo
había descubierto su secreto, pero que no la delataría. Al contrario, al
contrario: aprobaba sin reservas su hazaña, aprobaba todo, menos que ese
gárrulo vestiglo parlante fuera el padre de mi Marina.
Una pregunta dirigida a mí me volvió a la realidad. La
conversación había decaído en el tema de las enfermedades. La señora Stella
Maris se lanzó con entusiasmo a desarrollar este asunto, en el que se sentía
cómoda.
—Estás como el pez en el agua —acotó el señor Octavio.
Ella sonrió con orgullo y siguió adelante. Tenía, en
este aspecto, un magnífico currículum: operaciones, fracturas, infartos,
afecciones hepáticas, trastornos nerviosos... Yo, como soy tímido, había
guardado hasta entonces un silencio excesivo. Marina me instó con una mirada a
intervenir en la plática. Con humildad, aduje ciertos accesos de asma que me
hostigaban de tanto en tanto.
—Para el asma —dijo el señor Octavio, con su voz llena
de burbujas—, nada mejor que el mar. El mar es mucho mejor que cualquiera de
esas porquerías que recetan los médicos, salvo, por supuesto, el aceite de
hígado de bacalao.
—Por favor, Octavio —le reconvino su esposa—, no digas
eso, que una vez en Mar del Plata me agarré un resfrío que me duró como dos
meses.
—¿Ves? —sentenció el señor Octavio—. El pez por la
boca muere. Recordá que ese famoso resfrío lo pescaste aquí, a pocos kilómetros
de Buenos Aires, cuando íbamos hacia Mar del Plata, no en Mar del Plata. No hay
como el mar para la salud.
—Claro, claro —dijeron, dijimos, profusamente—; el
clima marítimo, el yodo, la arena...
—Nada mejor que el mar —repitió el señor Octavio, con
un tono de autoridad irrefutable—. Ocho días en el mar y ¡adiós asma! Si te he
visto, no me acuerdo.
—Sí, papá, sí —concedió Marina—. A vos te gusta el mar
porque sos de Acuario, pero hay gente que no congenia con... Yo, por ejemplo,
aunque soy de Piscis...
—Y —dijo la señora Stella Maris— yo soy de Cáncer, y
tampoco me gusta demasiado el mar...
—A mí —confesó Marina— el mar me pone nerviosa.
—Al contrario —repuso el señor Octavio—. Todo es
cuestión de adaptar el organismo. Una vez que te acostumbrás, vas a ver cómo el
mar te calma los nervios.
—Hablando de nervios —interrumpió la señora Stella
Maris—, el susto que nos pegamos en el avión, cuando veníamos de Río de
Janeiro...
—Yo te lo había advertido —el principio rector de la
conducta del señor Octavio era el de oponerse a cuanto allí se dijera—. Te
dije: viajá en barco. El barco es seguro, es cómodo, es barato, se siente el
olor del mar, se ven los peces... Aunque el avión tarde mucho menos, no se lo
puede comparar.
La energía con que pronunció estas palabras causó
cierta impresión, por lo que sobrevinieron unos instantes de silencio. Yo no me
sentía capaz de reanudar la conversación. En realidad, no me sentía capaz de
nada. El aspecto monstruoso del señor Octavio –aunque atenuado por cierta
paradójica simpatía que emanaba de sus imperativas opiniones–, su voz acuosa,
el olor de su dieta marítima eran fuertes argumentos que me impelían a
retirarme. Sentía la transpiración en la frente y el ahogo en el cuello de la
camisa; mis piernas, sin que las pudiera gobernar, se mecían incesantemente.
Estaba desasosegado y hasta diría que enfermo. Sólo quería irme a casa. Una
inquietante sensación proveniente de mi estómago me hacía vacilar entre el
vómito y la diarrea nerviosa.
Pero aquel terceto verborrágico era incontenible. La
señora Stella Maris y Marina, aunque siempre encontraban la inapelable
refutación del señor Octavio, no parecían fastidiadas. Se veía que ése era el
modo habitual en que transcurrían sus charlas: el señor Octavio, digno y calmo,
destruía todos los argumentos de su esposa y de su hija; ellas admitían esta
situación con naturalidad.
De nuevo advertí que se requería mi opinión. El debate
giraba en torno de cuál sería el mejor lugar para que Marina y yo pasáramos
nuestra luna de miel. Marina sugería débil y simultáneamente el campo, las
sierras de Córdoba, las provincias del norte; el señor Octavio patrocinaba con
tenacidad a Mar del Plata.
—Es más sano —dijo—, más natural. Hay mar, hay sal,
hay yodo, hay arena, hay caracoles... No hay nada mejor que el mar...
Yo estaba desfalleciente. Creí entender que Marina
argumentaba en favor de un lugar tranquilo, con pocos turistas...
—¿Querés un lugar tranquilo? —el señor Octavio era
invencible—. Ahí tenés San Clemente, Santa Clara del Mar, Santa Teresita...
¡Lugares tranquilos hay a patadas en la costa atlántica!
Haciendo un gran esfuerzo, me puse de pie y anuncié
tenuemente que me retiraría.
—¿Tan temprano? —preguntó el señor Octavio, mirando el
reloj—. Faltan todavía ocho minutos para la medianoche.
La recriminación que emanaba de estas palabras volvió
a arrojarme en el sofá. ¡Qué personalidad poderosa tenía aquel hombre tan
horrible!
Con pálida alegría, contemplé la posibilidad de que
una botella de whisky, recién llegada en brazos de la señora Stella Maris, me
reanimara en parte. De un solo trago vacié mi vaso.
—En mis tiempos —decía el señor Octavio—, cuando yo
era joven, íbamos a bailar por los cafetines del puerto de Bahía Blanca...
Me distraje un instante tratando de imaginar al señor
Octavio como bailarín.
—...a veces bailábamos toda la noche, hasta el
amanecer. En cambio, la muchachada de ahora, a las ocho de la noche ya está en
la camita, con su frazadita y su bolsita de agüita calentita... ¡Ja, ja, ja! Si
parecen nenitos del jardín de infantes...
El soliloquio del señor Octavio, agravado en su fase
final por esa serie de diminutivos injuriosos, había adquirido los
inconfundibles tintes de un ataque personal. Me puse de pie, resuelto a
retirarme de viva fuerza, si fuese necesario. Por fortuna, no fue menester
apelar a la violencia. El señor Octavio recobró sus maneras afables y, después
de tenderme la anudada manga de su toalla amarilla, dijo, con el aire
confortable de quien se apresta a rubricar una jornada perfecta:
—Bueno... —y se restregó las manos—, ahora a la cama,
con un buen libro...
Asentí con amplitud. Quería salir de aquella casa. De
permanecer allí un segundo más, creo que hubiera caído desmayado.
—Te acompaño hasta la vereda —dijo Marina.
6
Entre la casa y la vereda estaba el jardín: me golpeó como una bendición la fragancia vegetal de pinos y abetos. Respiré con hondura, procurando que el aire puro expulsara los últimos vestigios de la hediondez de pescadería. Me pareció resucitar: al instante se evaporaron las sensaciones estomacales que me habían hostigado.
—¿Viste, pobre papá? —dijo Marina.
—Sí —contesté vagamente, sin saber qué agregar.
—Él está mucho mejor —continuó Marina, tomándome de la
cintura, como quien se apresta a hacer una confidencia—. Hasta hace un año no
lo podíamos sacar de la pileta. Día y noche en la pileta. Ahora, por lo menos,
come en la mesa y duerme en la cama. Ya es un progreso, ¿no?
Dijo tantas cosas y yo sólo reparé en una, la menos
importante:
—¿Tienen pileta de natación en la casa?
—Claro, ¿nunca te lo dije? En el jardín del fondo.
Ahora no te la puedo mostrar porque la está usando papá. Todas las noches se da
un chapuzón, antes de acostarse. Así digiere mejor.
Formulé una pregunta imbécil:
—¿No se le corta la digestión?
—Al contrario: necesita agua salada. Eso sí, cuando
está en el agua, se pone muy agresivo y no reconoce a nadie. Ni a nosotras nos
reconoce. Cuando vuelve a tierra, ya viste qué bueno y simpático es...
Abrumado, sin saber qué hacer, miré el reloj. Marina
esperaba algo de mí.
—¿Y los vecinos? —pregunté—. ¿No se quejan?
—¿Por qué se van a quejar? Ruido no hay ninguno. Papá
más silencioso no puede ser. Ni siquiera se zambulle. Llega al borde de la
pileta y se deja resbalar así: shhhh...
Su mano se deslizó flojamente por mi rostro. Asustado,
di un salto hacia atrás. Marina quiso reconfortarme con una anécdota jocosa:
—Una noche estaba semisumergido, junto al borde de la
pileta. El perrito del vecino del fondo pasó el cerco de ligustrina y se acercó
a olerlo. Entonces papá sacó algunos de sus brazos y... ¡shak!
Y, con una sonrisa juguetona, Marina simuló
estrangularme. Ni siquiera me rozó: sólo hizo la mímica de extender a la vez
los brazos y las piernas hacia mí. En esta demostración, sus miembros parecían
haber adquirido singular plasticidad y fuerza. Si antes yo había dado un salto
hacia atrás, ahora volé literalmente unos tres metros. Marina se echó a reír,
divertida con mi desproporcionada reacción. Marina reía, reía, reía. Me pareció
que su boca se dilataba hasta la nuca, que la cabeza se hacía redonda y se agrandaba,
que desaparecían la nariz y las orejas, que perdía su soberbio cabello prieto,
que su piel se tornasolaba en negro y en rosado... Para no caer, me apoyé en un
árbol.
—¡Che! ¿Qué te pasa? —Marina me sacudió del brazo y yo
volví en mis cabales.
Allí estaba la misma adorable Marina de siempre. La
Marina alta, morena, risueña, irresponsable, simple, ignorante e infinitamente
querible.
—No es nada —dije, resoplando—. Me siento un poco mal.
Para concluir de reanimarme, Marina dijo:
—¿Querés venir a nadar, mañana a la mañana? Total, es
domingo. Te traés la malla y listo.
Prometí concurrir, a eso de las diez. Me despedí de
Marina como siempre: con un beso.
—Hasta mañana —dije.
7
Pero no volví.
Con súbita lucidez, antes de que el tren llegase a La
Lucila, supe todo lo que debía hacer. En los siguientes quince días fui un
torbellino de actividad febril y arreglé casi todos mis asuntos pendientes. No
atendí el teléfono y logré cambiar de domicilio y de empleo. Como suelen decir
las crónicas policiales, dejé de presentarme en los lugares que solía
frecuentar. Al cabo de un tiempo, conseguí radicarme de manera definitiva en
Santa Rosa, provincia de La Pampa: la ciudad goza de un clima muy seco y está ubicada
equidistantemente lejos, tanto del océano Atlántico como del Pacífico.
Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

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