Laura
Irene Ludueña
Vivíamos en una casa de
campo, cuando papá se fue de viaje y no regresó. Cada vez que preguntaba por
él, mamá se ponía triste, así que dejé de hacerlo, aunque nunca dejé de
pensarlo. Lo extrañaba. Cuando estaba en casa, solía revolverme el pelo y darme
un beso en la cabeza antes de salir, como si ese gesto alcanzara para mostrarme
su amor. Tiempo después fuimos a vivir con la abuela Carmen, en el pueblo. Era
una casa vieja, con un patio enorme y las baldosas rojas gastadas por los años.
En el centro había un árbol con una hamaca que —según mamá— había sido su
refugio cuando era chica. Pero lo que más me intrigaba era un pequeño retoño
que asomaba entre dos baldosas, como si intentara alcanzar al más viejo.
Un
día decidí dibujar un árbol en la pared de la piecita, con permiso de la
abuela. Tenía una caja de tizas viejas, de colores rotos. Con el rosa marqué el
tronco; con el celeste, las ramas; con el verde, unas hojas torcidas. En cada
una escribí un nombre: mamá, yo, Tomás, Julia, mi primo Leo y el bebé de la tía
Julia que estaba por llegar. Pero pronto aparecieron las dudas: ¿dónde debía
poner el nombre de mi papá? ¿Y el de la abuela, que vivía lejos? Decidí dejar
que esas hojas flotaran en el aire, como esperando que el árbol lo resolviera.
Una
noche el viento sopló tan fuerte que abrió la ventana de la piecita y entró
agua. Al día siguiente, parte del dibujo había desaparecido, borrado por la
lluvia. Me puse muy triste. Ese dibujo de tiza era mi secreto. Cada vez que
algo me alteraba –una discusión, un silencio largo, una pregunta sobre papá– me
refugiaba en la piecita y pensaba en cómo completarlo. Fue entonces cuando
decidí pintarlo, para que nada pudiera borrarlo. Le conté a la abuela y me
prometió que, ni bien cobrara, me regalaría todo lo que necesitara para
“desarrollar mi arte”.
A
los pocos días apareció con una bolsa llena de tarritos de colores con nombres
hermosos: rojo bermellón, celeste cielo, blanco tiza, rosa antiguo, verde
esmeralda, ocre dorado, marrón tierra y un azul profundo al que llamaban
medianoche. Sentí que, con esos colores, mi árbol podría vivir para siempre.
Esa misma tarde lo pinté y dibujé varias hojas encima de la que llevaba el
nombre de la abuela Carmen.
Me
fui a dormir feliz y soñé con mi árbol. Las hojas nuevas ya no estaban vacías:
una decía Elena y la otra Rufina. Cuando me levanté, lo primero que hice fue
preguntarle a la abuela si esos nombres significaban algo para ella. Recuerdo
que me miró largo rato y luego su rostro pareció iluminarse al decir:
—Tu
bisabuela se llamaba Elena. Crio sola a sus hijos en un rancho de adobe. Nadie
la ayudó, pero ella plantó un duraznero que todavía da frutos.
—¿Y
Rufina?
—Rufina
fue su hermana. La que nunca se casó, pero cuidó a todos los demás.
A
partir de ese día empecé a buscar historias viejas, como quien sigue raíces
bajo tierra. Descubrí que mi familia siempre había sido un bosque revuelto:
madres solas, segundas oportunidades, amores que no entraban en los retratos.
Me gustaba pensar que cada uno de nosotros era una rama que se atrevía a crecer
hacia otro lado. Mientras tanto, el pequeño retoño del patio había roto las
baldosas y crecido, algo inclinado, pero fuerte y sano.
—Como
crecen ustedes —decía la abuela con una sonrisa dulce, refiriéndose a mi
hermano y a todos sus nietos.
Lo
más lindo era que, en cada acontecimiento importante, pintaba nuevas hojas en
el árbol de la piecita. Sentía que ese árbol llevaba la memoria de todas
nuestras vidas. A veces me quedaba mirando las hojas sin nombre que había
dibujado alguna vez y me preguntaba ¿serán los nombres de los que vinieron
antes o de los que vendrán después?
Hoy ya no están ni la abuela ni mamá, pero la tía Julia todavía vive allí. Me gusta ver que conserva en la piecita el dibujo de mi niñez y en el patio los dos árboles que lo inspiraron. ¡Son tan parecidos y tan diferentes! Creo que las familias son así: no se parecen al tronco, sino a las raíces invisibles que se buscan bajo la tierra. Y, aunque nadie elija hacia dónde crecer, todas las ramas terminan buscando el sol.
Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

No hay comentarios:
Publicar un comentario