Southeast Jones
—¡Es medianoche!
—anunció Georges—. ¡Les deseo a todos un buen y alegre fin del mundo!
—¿Cuántos llevamos? —se burló
Prune—. ¿Diez, quince?
—Unos veinte —respondí—. Llevamos
haciendo nuestra fiestecita casi treinta años, ¿recuerdas la primera?
—¡2012, la profecía maya!
—intervino Nicky.
—¡Eso! Todavía estamos esperando
—se carcajeó Georges—. Ya no recuerdo bien quién tuvo esa idea descabellada;
¡se armó un revuelo enorme con esas famosas predicciones! Éramos muchos más en
esa época.
—Quince o dieciséis, creo; ¡una
barbacoa monstruosa! Cada uno de los que estábamos presentes había traído sus
botellas, hacíamos tanto escándalo que la policía intervino cuatro… no, cinco
veces.
—Y al final acabaron rodando debajo
de la mesa con la mayoría de nosotros —dijo Prune, vaciando su vaso—; también
hay que decir que cargamos bien el ponche. Entornó la nariz:
—Por cierto, este está un poco
demasiado suave. ¿Dijiste unos veinte?
—Sí. Entre los anuncios de
catástrofes mayores, las caídas de asteroides, los supervolcanes y todas esas
profecías más o menos religiosas, no debo de estar muy lejos de la cuenta. Aun
así, me asusté de verdad durante la crisis con Corea del Norte; si China no se
hubiera echado atrás en el último momento, seguramente ya no estaríamos aquí
bromeando.
—Sí, fuerte —retomó Prune,
pinchando una aceituna—, nadie estaba tranquilo; hubo una ola tremenda de
suicidios. ¿Soy la única a la que se le pasó por la cabeza?
Pasó un ángel. Recuerdo que
habíamos tocado el tema, pero ella era la única que había preparado un cóctel
de medicamentos “por si acaso”. Cuando, hacia las cuatro de la madrugada,
supimos que los norcoreanos habían destruido sus misiles, se echó a llorar. Yo
también estuve tentado; quizá a los ojos de algunos podríamos pasar por
cobardes, pero cualquiera que haya visto los documentales sobre los
supervivientes del holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki tiene que admitir
que es mejor morir de inmediato que agonizar lentamente, consumido por la
radiación. ¡Seis misiles de cabezas múltiples! Sentí un escalofrío
retrospectivo y levanté la mano con timidez. Prune no dijo nada, Nicky me miró
con los ojos muy abiertos, como si no lo creyera, mientras Georges nos llenaba
los vasos con una cara imposible.
—¿Fue esa la única vez que lo
creímos, hasta el punto de cometer lo irreparable? —retomé.
—En el treinta, tal vez —murmuró
Georges—, cuando lograron crear el primer agujero negro; también hubo un buen
pánico, ¡hicieron falta casi diez horas para que se evaporara!
—Supuestamente todo estaba bajo
control, sí, claro. Igual evacuaron la zona alrededor del LHC en un radio de
ciento cincuenta kilómetros. A veces me pregunto cuántas veces, en realidad,
nos hemos salvado por los pelos. Prune, tú que eres periodista, ¿qué dices?
—Digo que, sin duda, seríamos los
últimos en enterarnos, y que si hubiera siquiera una mínima posibilidad de que
algunos sobrevivieran, pueden estar seguros de que nosotros no estaríamos entre
ellos. Esta conversación me aburre, se está poniendo lúgubre. ¿Y si volvemos a
nuestras tonterías?
—Si quisiéramos —insistí—,
podríamos reunirnos varias veces al año; no pasan tres meses sin que algún
imbécil anuncie el fin del mundo, pero bueno, ¡hay que elegir! Hoy les propongo
un Armagedón, con regreso de Cristo y todo el asunto, y también un enjambre de
micrometeoritos en el que se escondería una roca muy, muy grande… elijan, ¡las
apuestas están abiertas! Ahora, no sé ustedes, pero yo tengo hambre.
Pasamos a la mesa y Georges sirvió;
el tono era ahora más ligero. Un poco achispada, Nicky picoteaba; aun así, nos
ayudó a acabar con tres botellas de rosado: ¡ya dormiremos mañana! La lotería
nos había convertido en gente acomodada y todos habíamos dejado de trabajar
cinco años antes; al fin y al cabo, estábamos casi jubilados. La vida era
bella; casi cada día era un día de fiesta y pensábamos aprovechar cada uno de
ellos. Por supuesto, nadie creía que el fin del mundo fuera hoy, y aun si lo
fuera, ¿no era más agradable pasar las últimas horas entre amigos?
Prune y Georges, Nicky y yo: era lo
mismo; nos habíamos casado el mismo día y habíamos sido testigos el uno del
otro. De todos modos, una amistad de casi cuarenta años impone respeto. Nos
reuníamos tan a menudo que podían habernos tomado por familia. 2012 había sido
la primera vez; el mundo siguió girando, no siempre muy derecho, pero ahí
estábamos todavía, juntos, en lo bueno y en lo malo. Siempre pensé que no sería
Dios, ni la naturaleza, ni siquiera un asteroide cercano a la Tierra lo que
causaría nuestra desaparición, sino el hombre y su locura. No importaba el
medio: el fuego nuclear, la guerra bacteriológica o, más probablemente, la
destrucción de nuestro entorno. La máquina estaba en marcha y nada podría
detenerla. Solo teníamos un deseo: no estar ya aquí cuando ocurriera.
—¿Entonces ya elegiste?
—¿Perdón? Discúlpame, Georges,
estaba pensando —dije sonriendo—. Me inclinaría por los meteoros. ¿Y ustedes?
—Igual todos. Encendí la estufa,
empieza a refrescar. Prune hizo vino caliente, ¿quieres?
—Preferiría café si queda; si no,
servirá. ¿Dónde están las chicas?
Me señaló las tumbonas con la
cabeza y sonreí: Nicky dormitaba, mientras Prune tarareaba con los ojos
cerrados, escuchando sus eternas canciones de amor en su MP6. Instalamos el
telescopio; el cielo estaba despejado: si tenía que pasar algo, no debíamos perdérnoslo.
Nos acomodamos y brindamos con nuestras tazas de vino caliente. Las paredes de
la estufa brillaban débilmente; estábamos a gusto. Nicky dormía ya a pierna
suelta; aproveché para aceptar el puro que me ofrecía Georges, porque ella no
soportaba que yo fumara.
La noche estaba tranquila: ni
rastro de una estrella fugaz. ¿Dónde estaba ese maldito enjambre? Para matar el
aburrimiento tomé algunas fotos de la Luna. Hacia las cuatro de la mañana
empecé a pensar en despertar a todos –Georges y Prune habían terminado por
dormitar– cuando algo cambió. Fue muy sutil: flotaba en el aire como un perfume
de rosas. Luego llegó la música, una melodía de acentos hermosos y trágicos,
que parecía venir de todas partes y de ninguna a la vez, y que iba en aumento.
Me estremecí: al olor de rosas se le acababa de sumar un aroma punzante que me
hizo fruncir la nariz; solo necesité unos segundos para identificarlo: era olor
a ozono.
Tuve un presentimiento
desagradable: iba a ocurrir algo. Aún dudaba en despertar a los demás por algo
que quizá no fuera más que un efecto de mi imaginación nublada por el alcohol.
Prune abrió los ojos de pronto y decidió por mí. Nadie decía nada; estábamos
divididos entre el miedo y la incredulidad. La música –indudablemente la de una
gran orquesta– era ahora lo bastante potente como para haber despertado a otras
personas. Se encendían luces en la mayoría de las casas de nuestros pocos
vecinos; algunos ya estaban en sus jardines.
Algo cruzó de repente el cielo y se
detuvo bruscamente en mitad de su trayectoria; me lancé hacia el telescopio.
Aparecieron otros objetos, desfilando en filas apretadas y regulares, demasiado
regulares para que el fenómeno pudiera calificarse de natural. El extraño
desfile duró casi dos horas y se detuvo tan bruscamente como había empezado.
Las cosas del cielo parecían gigantescas. ¿Naves espaciales? La música era
ensordecedora, y el olor a rosas estaba ya en el límite de lo soportable. Me
pareció oír también risas y fragmentos de conversaciones, y esas palabras que
no comprendía resonaban en mi cabeza, cargadas de una amenaza terrible e
indecible.
De pronto se hizo el silencio y el
cielo se entreabrió, mientras unas manos inmensas empezaban a recoger los
árboles, las casas y los coches, y a nuestro alrededor el mundo se desvanecía.
Nos quedamos allí, paralizados de estupor, mientras los utileros desmontaban el
decorado y diez mil millones de voces aullaban de terror.
Southeast Jones es el seudónimo literario del escritor
Paul Demoulin. Nació en Lieja, Bélgica en 1957. En 2003, ganó el Premio del
Jurado y el Premio de los Lectores en el concurso de novela policíaca convocado
por el municipio de Seraing en el marco del «Año Simenon» con «Jour gras», un
relato humorístico sobre el canibalismo rural. Actualmente es vicepresidente de
la asociación «Les Artistes Fous Associés», así como coantólogo y miembro del
comité editorial de Éditions des Artistes Fous. Ha publicado, entre otras obras, Rétrocession (2008), Émancipation, Clic, Contrat (2012), Jonas, Notre-Dame des opossums (2013), Grand
Veille (2013), Denis Noodle et le
sexe (2014), Jour gras (2014), Trip (2014), Il sera une fois... (2016), Un coup vite fait! (2022) y Chairs (2022).

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