Adnadin Jašarević
—Si matas una
serpiente en tu casa, has matado tu suerte. Cada casa tiene su serpiente
protectora, y cada hombre tiene también su serpiente homónima. Por eso no hay
que matar serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte…
—murmura la abuela Vida. Hace rodar las palabras por su boca desdentada como
piedras en un arroyo.
El fuego en el hogar chisporrotea
junto a sus pies y, al alzarse ella, agitando los brazos, proyecta sombras
extrañas y danzantes por la choza, como si siguieran el ritmo de su relato. A
su alrededor, al alcance de la mano, los niños se han sentado; de vez en cuando
levantan las manos hacia los ojos, como asustados, o se tapan los oídos… Pero
no huyen: la atracción mágica del horror es irresistible…
Mi Gala está tendida en el lecho.
Su respiración suave apenas se oye… Así es ella por lo general… Demasiado
callada… Una mujer casi invisible… A veces me parece que solo yo la noto, nadie
más.
Escucho su respiración, como un
viento leve de primavera, que se mezcla con la historia de la abuela Vida. Y
afilo la espada. El áspero sonido del metal, como debe de ser la voz en la
muerte, se cuela entre las sílabas, entre dos alientos, como si se dispusiera a
partir en dos a la gran serpiente del cuento, como si estuviera a punto de
cortar para siempre el tenue hilo de la suerte.
—¡Algunas se transforman en
dragones, vuelan sobre la aldea y escupen fuego! —grita la abuela, y los niños
chillan de miedo—. Las dragonas son malignas, criaturas del invierno… Odian a
los hombres, sobre todo…
La espada silba contra la piedra de
afilar. Miro afuera, a través de los párpados entreabiertos: la nieve cae como
si quisiera enterrarnos por encima de los techos… Un temblor recorre a Svebor.
Morana gobierna el mundo allá afuera, fuera de ese pequeño círculo de calor
junto al hogar. Pálida, se inclina sobre colinas y campos cubiertos de
ventisqueros y hielo. Es cierto: la muerte es blanca. Dondequiera que pisa,
todo lo que toca o mira muere.
—El dragón es una serpiente
terrible: en lagos o abismos acecha a los hombres y los devora. Si cae en
tierra firme, se hace pedazos; si cae en el agua, permanece vivo. La cabeza del
dragón es de serpiente, y puede tener siete. Sus dientes son más grandes que
los de un rastrillo, sus patas como las de un oso y sus alas de águila, solo
que mucho más grandes y sin plumas. Es más largo que una casa y tan fuerte que
puede mover montañas. Las mujeres pueden tener hijos con un dragón. Duerme con
los ojos abiertos, y solo lo mata la planta de valeriana.
En el filo de la espada brillan las
llamas como si cobraran vida, bailan, giran en círculo… Se agrupan en signos
extraños y se dispersan: letras incomprensibles, en una lengua desconocida,
como si quisieran decirle algo. Sonríe. No debe contárselo a la abuela Vida.
Ella diría que son las Parcas hablándole. No se calmaría hasta recitar los
versos del destino… Pero Svebor solo cree en el destino que forja con su
espada; no necesita esas profecías de vieja.
Toc. Toc.
La abuela calla. Ni una palabra.
Toc. Toc.
Algún visitante que pide entrar en
la habitación…
Toc. Toc.
Un visitante tardío que quizá busca
refugio.
Los niños se aferran a las faldas
de la abuela.
Ya no llaman. Afuera, solo hay silencio.
Cuando reúno algo de valor, avanzo
hacia la puerta con la espada por delante. ¿Podría ser un extranjero? ¿Un
viajero perdido o un espíritu helado del invierno?
Tres golpes sordos sacuden la
puerta: se alza como si fuera a saltar hacia nosotros, dentro de la choza…
—¡No abras! —grita la abuela—. ¡Nos
congelará el alma!
¡Vieja! Levanto el cerrojo. Empujo
la puerta con el pie, y se abre de par en par: al suelo de la choza rueda un
bulto de trapos. Detrás, el aliento de Morana, la mordedura helada…
—¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Mata al
demonio! —chilla la vieja desdentada.
Cierro la puerta. Pateo el bulto en
el suelo, y este gime con una voz aguda de mujer.
—No me golpees, Svebor…
—¿Quién eres? Habla —la pincho
ligeramente con la punta de la espada.
—¡Ah! ¡No! Soy Zorana, de Pribjegi
—su voz se deshiela, alta, nerviosa…
—¿Ah, sí? ¿Y qué haces tan lejos?
Con este tiempo ni los perros vagan…
—Los de Pribjegi son bestias. Allí
crece la prole no deseada —grazna la anciana, ominosa como un cuervo.
—Yo… estoy helada… —un rostro sucio
asoma entre los trapos.
La arrastro hasta el fuego,
tomándola por el cuello como a un cachorro. Es ligera, piel y huesos. La abuela
se ha retirado a las sombras, murmurando un conjuro. Y la mujer –Zorana, dijo–
se frota los pies junto a las llamas, con dedos diminutos como patas de araña.
Los niños la miran con curiosidad, sin miedo.
Le doy hidromiel en un cuenco. Y
ella bebe a tragos de los que ni los hombres se avergonzarían.
—Esta tierra no tiene señor, mujer.
¡Di para qué has venido!
—Yo… Mi Dabiša se fue a la tierra
salvaje.
—A la Tierra Desierta…
—Así es…
—¿Esta noche?
—Sí, de pronto… Camina descalzo por
la nieve como si el frío no le afectara…
—¿Por qué no lo detuviste?
—Lo intenté. Lo agarré de los
brazos, de las piernas… Grité… Pero él ni una palabra, ni una mirada…
—¿Y así se fue?
—Se fue, señor…
—¿Y por qué viniste a mí?
—No hay hombres en Pribjegi. Todos
se han escondido, nadie que te lleve al hogar para calentarte…
—Así son todos ustedes, mujer.
—Como dices, señor.
Así… La mujer baja la cabeza. Evita
su mirada. Tiembla… No le importa Dabiša. Nariz rota… Sombras azules en el
rostro… No tiene futuro en Pribjegi… Huyó antes de que la chusma descubriera
que la choza estaba sin dueño. Sabe bien lo que le harían. Probablemente peor
de lo que puede imaginar…
—¿Quién es, Svebor…? —Gala levanta
la cabeza, aún pesada de sueño… Flota fuera de las sombras, como si fuera solo
una cabeza sin cuerpo… Sus ojos oscuros como carbones y profundos como la
noche…
—Nadie, mujer, nadie —no miente,
porque esa miserable no era nadie…
—Ah, bien… —dice soñolienta… La
cabeza se balancea y se retira, como hundiéndose en olas oscuras.
No le importa Pribjegi. Ojalá todos
se perdieran en la Tierra Desierta. Pero los suyos también se van. Hace diez
amaneceres, Živan. Días después, su amigo Ostoja… Dos dedos… Solo falta uno
más. Svebor levanta el índice. Lo mira como preguntándose quién será el que
complete la cuenta.
—Tú, Nadie… Puedes dormir aquí,
junto al hogar…
—Gracias, señor…
La mujer se acuesta en las cenizas,
encogida como una perra.
Svebor envía a los niños con su
madre, al amplio lecho. Miran aún con curiosidad por encima del costado de Gala
hasta que les amenaza con el dedo. La abuela se ha dormido sentada en el
taburete, apoyada en la pared, roncando… Entonces, cuando siente que todos
respiran demasiado profundamente para estar despiertos, se levanta hacia la
despensa… Un trozo de pan, queso y carne… Deja el cuenco junto a la cabeza de
la mujer. Come, come como si la hubieran tenido hambrienta durante años…
Echa un leño al fuego para
avivarlo.
Luego toma la espada. El chirrido
del metal y la piedra de afilar se mezcla con los ronquidos de los durmientes…
La noche se ha
retirado a sus refugios secretos y profundos… Desde el lomo del caballo negro,
Svebor contempla el paisaje pálido y sin caminos.
La Tierra Desierta.
En ella nada crece, nada vivo
camina.
Y sin embargo… como hechizados, sus
compañeros encontraron el camino hasta aquí donde no hay camino alguno.
—Dime, mujer, ¿hasta dónde seguiste
a tu marido?
—No mucho más allá… —murmura la
mujer, montada en un pequeño caballo de montaña.
Svebor le ha atado las riendas a
los antebrazos. De otro modo, quién sabe… incluso el dócil Rudan la habría
tirado al suelo… Nunca había montado.
—¿A dónde fue?
—A esa cima solitaria… —señala con
la mano una colina que se alza sobre la llanura como un dedo amenazador.
—¿Allí?
—Miré atrás varias veces, señor.
Fue allí…
—Bien… Vete si quieres… —dice y
espolea el caballo.
Claro que ella regresó hacia
Bornik… No se volvió. ¿Quién esperaría que esa desdichada buscara a su marido
perdido…? No en la Tierra Desierta.
Conduce el caballo al trote hacia
el Dedo. Por este camino fueron, entonces… El último, Ostoja… La locura lo tomó
a plena luz del día, en la plaza.
Aquella fría mañana bebía hidromiel
y se quejaba de que Radivoj la rebajaba con agua. El viejo comerciante no se
dejó perturbar, aunque todos los presentes se burlaban de Ostoja. Decían que
era el más ruidoso, el más fuerte, que bebía a tragos de los que pocos podían
presumir… Cuando de pronto enmudeció. Se quedó rígido. Sus ojos fijos en la
lejanía, ciegos para los cercanos… Aunque le hablaban, no respondía, como si
estuviera sordo. Permaneció así hasta que el sol tocó el tejado de la casa de
Dažbog. Inmóvil como el ídolo de nuestro dios tallado en el marco de la puerta.
Así lo encontré. Estaba a punto de ordenar que lo llevaran a casa cuando Ostoja
despertó, dio un paso, luego otro, al principio inseguro, y después,
envalentonado, bajó corriendo por la colina. Lo llamamos en vano; pasó entre
nosotros como entre desconocidos.
Confundido, pensé que Ostoja había
enloquecido o que alguien le había lanzado un hechizo. Lo seguí y le hice
tropezar. Siete hombres hicieron falta para sujetarlo, tanto se resistía,
incluso arrastrándose a cuatro patas hacia donde fuera que iba. Tal vez al
mismo lugar que Živan. Su madre dijo que se había comportado de forma extraña
la noche anterior, igual que Ostoja hoy, recordó Svebor. Y él se fue a la
Tierra Desierta.
Ordené que lo ataran en la casa de
Dažbog.
Era terrible ver el rostro del
amigo transformarse ante los ojos: la boca encogida aullando en silencio, los
ojos en blanco, negros como plumas de cuervo. En la penumbra del templo parecía
algo incorrecto. Ni la gracia de Dios ni la del hombre estaban con él… El sudor
le corría por las mejillas, la barba, el cuello… Y los músculos tensos, de modo
que las ligaduras se le clavaban formando una red roja de dolor. Nadie supo qué
lo llamaba, porque nadie oía ese llamado salvo él… Lo dejé al anochecer bajo guardia,
cuando vi que no quería ni agua ni comida ni hidromiel. Nada más podía hacer.
Pero ahora tendrá que hacerlo:
aquel dedo de piedra se alza sobre él, cada vez más alto, cada vez más
amenazante… Como si quisiera caer desde el cielo sobre el jinete y empujarlo
bajo la nieve y la tierra helada. Svebor sacude la cabeza, tratando de alejar
los pensamientos sombríos.
Espolea el caballo, porque el sol
desciende.
Morana se acerca en silencio, como
un cazador… Con su mordedura helada perfora la vena… Congela el corazón…
Arranca el alma del vientre con dedos que son cuchillas… Es tan silenciosa…
Pero así debe ser… Nada bajo el cielo es más silencioso que la muerte…
Un punto negro en el desierto
blanco, extendido hasta el fin del mundo…
Creerías que es un ave si volara
por el cielo…
Llega al Dedo desde el este, y
hacia él, desde el oeste, avanza una larga sombra oscura…
Svebor deja el
caballo atrás. La pendiente se ha conjurado contra él: no le deja pasar.
Trepa cuesta arriba, a veces a
cuatro patas, buscando apoyo en la ladera helada con los dedos ensangrentados;
otras veces corre, salta, para librarse de las llanuras temblorosas que
amenazan con deslizarse en avalancha… Ahora está seguro de que va hacia donde
debe. Como si una voz interior misteriosa le dijera: ven… le indica por dónde
ir… dónde están los pasos ocultos en ese desierto… Es una voz agradable,
cálida, y la sigue con gusto: en una voz así, que recuerda a un lecho blando,
no se duda…
A veces le parece ver a su Gala
mirándolo en silencio a los ojos, con esos ojos como lagos de montaña,
profundos, oscuros, intactos… Y en la sombra de esa visión se desliza una
melodía suave, como el crepitar de las llamas, el crujido de una rama quemada
por dentro, el rumor del humo en la chimenea…
Svebor escala la pendiente helada
lleno de la fuerza de la melodía…
Nada puede detenerlo: ni las oendientes
congeladas, ni los ventisqueros infranqueables y los precipicios, ni el frío
que congela la sangre. Sube hasta la roca desnuda, hasta el mismo Dedo. Una
piedra tan fría que ni la nieve ni el hielo se adhieren a ella. Avanza por la
base palpando en busca de un paso, sabiendo que debe de estar allí, abierto
solo para los elegidos…
La voz mueve los labios de su Gala
y le dice que él es ese, el elegido.
Él sabe que lo es.
Se hunde hasta las rodillas en la
nieve, pero no se detiene. No desfallece. Paso a paso, ayudándose con las
manos… Y entonces todo se derrumba; hundido hasta el cuello en la nieve, en un
torbellino blanco desaparece… Blanco. Oscuridad.
Oscuridad.
Blanco.
Abre los ojos hacia un techo alto
envuelto en sombras.
Parpadea.
Mueve brazos y piernas, dedos: no
se ha roto nada. Está tumbado sobre un montón de nieve que se ha desplomado con
él en la cueva; Svebor comprende que ese alud lo salvó. Se sienta. Mira
alrededor con cuidado. Está en el centro de un pequeño círculo de luz, y
alrededor la oscuridad se ahonda tanto que no ve nada que le indique el camino.
Y la música suave que suena como el
fuego en el hogar ha vuelto. Llama.
Llama irresistiblemente, como una
madre que atrae al niño con pasteles de miel, o una mujer, con las piernas
alzadas, que invita al marido a la cama.
Por eso Svebor se levanta, aunque
dolorido, y entra en la oscuridad con la mano derecha extendida y la espada
desenvainada.
Avanza tambaleándose por un túnel
estrecho, húmedo, tan oscuro que no debería ver nada, pero de algún modo, por
magia, por voluntad divina, ve todo el tiempo los ojos de Gala, oscuros como el
cielo del atardecer…
Ya no sabe adónde va ni por qué…
Pero debe seguir adelante, porque la melodía, suave y aguda al mismo tiempo,
como su espada, así lo ordena.
El fuego canta en su cabeza. El
fuego en los ojos de Gala. Y siente el calor… un calor que ningún herrero ha
encendido… Lo alcanza; oleadas de calor lo envuelven, allí adelante, hacia
donde lo llevan sus pies…
No está seguro de si es ilusión o
realidad esa luz que crece, paso a paso…
Una luz atrayente como un abrazo.
El abrazo de Gala…
La tenue melodía se fortalece…
crece… los chasquidos de las llamas cantan más fuerte, se avivan…
Ven…
¡Voy! ¡Voy!
Svebor irrumpe desde el corredor
en… no ve adónde, porque la luz lo ciega… Como el alba tras una larga
oscuridad…
Parpadea…
La voz suave rueda sobre un
chirrido como de espada en la piedra…
Aprieta la empuñadura. La espada…
¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde?
Svebor, por fin viniste a mí…
—Yo… ¿quién es? —empieza a
distinguir reflejos rojizos y dorados a su alrededor.
Donde te ha traído tu deseo,
Svebor…
—¡Deja los enigmas! —responde con
dureza—. ¿Qué lugar es este? —da un paso. El crujido bajo el pie, tan parecido
al sonido de huesos que se rompen, le envía un escalofrío por la espalda.
El lugar no importa, ni dónde ni
cuándo… Yo le doy sentido… Yo y tu deseo…
Su vista se aclara lo suficiente
para ver cómo los destellos dorados y púrpuras juegan en las escamas de un
dragón tendido. Está estirado como en reposo; solo la cabeza, en el largo
cuello, se mece sobre los hombros, hacia él.
Podría decir que yo soy tu deseo
final… el cumplimiento de tu propósito… Ven a mí… querido…
Confundido, mira fijamente los dos
ojos ardientes, ojos de serpiente, tan parecidos a los de Gala… Y esa voz es
como la suya, suave como muslos en la oscuridad, plena como pechos maduros…
Ven… Te he esperado tanto…
demasiado…
—Gala… —susurra…
Silencio… El dragón tiembla… gira
la cabeza… las alas se alzan y caen… otra vez…
Como si los rasgos del cráneo de
serpiente se mezclaran con los del rostro de su mujer… le parece… como si fuera
el mismo rostro… ¡Imposible!
—¿Gala? ¿Qué sucede? —da un paso más
con la punta de la espada al frente… y otro más—. ¿Quién eres?
La melodía que golpeaba suavemente
su sien se enfurece y empieza a martillear como para romperlo por dentro.
¡Soy Gala, maldito hombre! ¡Gala!
¡Gala! ¡Maldito! ¿De dónde has sacado mi nombre?
La cueva tiembla; casi pierde el
equilibrio. El sudor le corre desde la cabeza por la espalda en ríos. Da un
paso adelante, hasta el vientre expuesto de la bestia.
…no hay que matar serpientes, para
no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte…
Svebor empuja la espada… entre las
escamas… La sangre negra fluye siseando…
…cada hombre tiene su serpiente
homónima…
—Gala… —murmura… empuja la espada
más hondo…
Por eso no hay que matar
serpientes, para no matar sin querer la tuya y, con ella, tu suerte…
La dragona lo mira a los ojos. Esos
grandes ojos mágicos son los ojos de Gala… llenos de angustia, de silencio, de
resignación o de miedo…
Soy… Gala… Mátame, hombre… Maldito…
La espada penetra hasta la
empuñadura; la sangre negra le cubre la mano…
Mátanos, Svebor… Mátanos… Mata a tu
Gala… Nunca tendrás suerte… nun… ca… tú… ooooooo…
El largo cuello se extiende… la
cabeza se sacude, espuma… la cola azota la cueva intentando alcanzarlo…
—¿Gala?
Silencio…
Mudez…
Ni una palabra más…
Nunca más…
Solo eso y nada más…

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