Nataša Milić
—«La simbiosis del virus
despojado de falta de
propósito
y del hombre liberado de
limitaciones
gobernaría la naturaleza
a la que ambos sirven solo
como abono».
Prof.
Dr. Frederick Lieberman, Rabia
La primera muerte
se recuerda. La segunda o la séptima ya importan menos.
La primera víctima del contagio es
como de nuestra propia sangre. Sabemos su nombre, su edad y su sexo. Estamos
seguros de quién fue, de dónde partió y por qué llegó, qué hacía exactamente cuándo
enfermó. Su agonía se nos imprime en el alma. La vivimos, la registramos y la
transmitimos de generación en generación, para que viva eternamente a través de
nuestro miedo.
Anđelija Nedeljković, de Grčka
Mala, llevó el bacilo de la peste a los habitantes de Irig en una alfombra. El
comerciante Ibrahim Hoti se contagió de viruela durante una peregrinación por
Oriente. Un anciano de rostro deformado, sin documentos y sin conciencia, se
preparaba para entregar a los belgradenses una nueva dolencia, enigmática y
terrible como su portador. Paciente cero. Si es que realmente lo era. Y si esta
monstruosidad era de verdad algo nuevo.
La doctora Margita Ras, en diez
años de trabajo en el Hospital de Enfermedades Infecciosas, no había visto nada
semejante. El haz de mucosidad sanguinolenta y huesos sobre la camilla gemía en
silencio, se retorcía y arqueaba, utilizando sus últimas fuerzas para cubrirse
los ojos con manos monstruosamente hinchadas. Enloquecido por el dolor,
probablemente sordo y ciego a todo lo que lo rodeaba, no podía soportar el
único estímulo que le llegaba de este mundo. La luz.
La doctora apagó los tubos
fluorescentes centrales, bajó las persianas y dejó solo la pantalla del
portátil encendida junto a la lámpara tenue del escritorio.
—Lo correcto —le dijo el camillero
Ratko, que había traído al enfermo—. No es cosa para mirar, el pobre, y el
resplandor le afecta mucho. ¡Cómo se resistía en el aeropuerto!
—¿Lo trajeron del aeropuerto? ¿En
qué avión llegó?
—No tenemos idea. Parece que vino
directo del Infierno, aunque en ese caso supongo que no volaría… —Ratko
sonrió—. Tal vez usaría el metro… si lo tuviéramos.
—¿Quién sabe, doctora? —intervino
el otro camillero, un corpulento hombre de Dorćol con los dientes separados—.
Este estuvo horas muriéndose en la Terminal 2. En Belgrado todos caen del
cielo.
También él tenía ganas de bromear.
El trabajo duro exige buen ánimo. Margita comprendía la necesidad del personal
sanitario de buscar motivo de risa en todo. Se había acostumbrado al humor
negro y ella misma sabía bromear con rudeza. Aun así, no aprobaba la ligereza
ante enfermedades extrañas como la que tenían delante.
—¿Siguieron las medidas? —preguntó
con sequedad.
—Claro —respondieron al unísono,
con tal seguridad que ella supo que mentían.
Su mirada se detuvo en el guante
rasgado de Ratko.
—Lávense bien las manos y… tengan
cuidado.
Quiso que se quedaran un poco más
en la consulta o al menos cerca, en el recinto hospitalario, pero no tenía
derecho ni razón racional para retenerlos. El turno terminaría pronto. No podía
impedirles que regresaran a sus casas, a sus familias. Por calles, tranvías y
autobuses. Por panaderías y tiendas. Entre vecinos y amigos. Sintió un frío
descender por su columna. No podía detenerlos, aunque tenía el impulso de
cerrar la puerta con llave y tragarse la llave. Y aun si lo hiciera… ¿qué
pasaría con los trabajadores del aeropuerto? ¿Con los demás pasajeros? ¿Quién
sabe cuántos habían estado en contacto con aquello?
Eso, fuera lo que fuera… quizá no
era contagioso. Sin embargo, el estremecimiento en sus entrañas y el malestar
en el borde mismo de la conciencia le decían que tenía razones para temer. La
administración del aeropuerto había aislado y remitido correctamente al
enfermo. Pero esa misma administración, como los dos camilleros imprudentes, no
había hecho nada respecto a la protección personal. Como si las epidemias
fueran el argumento de malas películas y la muerte una desgracia que no afecta
a los directivos de compañías aéreas.
Ratko y el hombre de Dorćol se
marcharon, y la doctora Margita permaneció sentada varios minutos más, con los
brazos cruzados sobre el pecho, deliberando qué hacer.
El paciente era aterrador, aunque
no débil. El camillero le había dicho que llevaba horas “muriéndose” en el
aeropuerto. Enviaría muestras al laboratorio; eso no era difícil. Lo difícil
era intentar tratarlo. Multitud de síntomas que podían corresponder a una
decena de enfermedades distintas, y ella solo tenía derecho a un intento.
Jugaría a la ruleta médica. Rojo o negro, veneno o medicamento, vida o… Al fin
y al cabo debía darle algo. No se quedaría con los brazos cruzados.
Escucharía el espasmo bajo sus
costillas y haría primero lo más importante.
Llamó al aeropuerto. Tras una
conversación breve pero extremadamente agotadora, consiguió que nadie
abandonara las terminales hasta que llegara la respuesta del laboratorio.
En su propia clínica tuvo menos
suerte. La mayoría de los médicos de guardia ya se habían ido.
Bajo el efecto del sedante el
enfermo se relajó un poco. Extendió los brazos a lo largo del cuerpo y parecía
dormir. Estaba en el umbral del sueño eterno, probablemente. O, menos probable
aún, en camino a la recuperación. El reposo inducido podía resultar valioso… al
menos para el observador. El rostro dormido ya no estaba hinchado ni rojo
brillante como cuando lo trajeron. Parecía mucho más humano.
—He hecho lo mejor posible —se
animó Margita, aunque el cambio inexplicablemente rápido del paciente la
inquietaba.
—Hay que esperar, esperar al
laboratorio. No tengo otra opción.
La piel del enfermo adquiría
gradualmente un tono rosado saludable. Los espasmos dolorosos habían cesado
hacía tiempo y tampoco quedaba la rigidez cadavérica inicial.
—Duerme. ¿Quizá sueña? Como dijo
Hamlet, ahí está el nudo.
Sonrió, y luego se reprendió por la
broma de mal gusto. Apagó la lámpara y el portátil, levantó la persiana y dejó
entrar en la consulta el gris día belgradense.
Ratko entró en su
panadería favorita junto a la estación de tren, aunque no tenía hambre. Pidió burek,
siempre fresco y famoso, que esa mañana le pareció apenas más sabroso que
cartón grasiento. Se comió un cuarto de la bandeja a la fuerza, regando cada
bocado desabrido con abundante yogur. La fuerza entra por la boca, y él se
sentía destrozado. Demasiado cansado para irse a dormir, incapaz de hacer otra
cosa. Como si fuera su primera guardia nocturna. Y normalmente a esa hora
llevaba a su hijo al jardín de infancia. Por suerte el pequeño estaba ahora en
el pueblo, con su abuela.
Se tambaleó hasta el parque y casi
cayó sobre un banco donde estaban sentadas unas estudiantes de secundaria. Se
apartaron al verlo acercarse. Ratko abrió la boca para preguntar de qué tenían
miedo, pero en lugar de palabras de su garganta salió un sonido extraño,
informe.
El dolor en el abdomen se hacía más
fuerte, se extendía hacia el pecho como un incendio. Rápido, demasiado rápido.
¿Nadie oía su grito? Aullaba con
todas sus fuerzas, pedía ayuda, y la gente solo pasaba de largo. Sus pasos,
conversaciones, sirenas… Todo se fundía en el llamado de una gran carraca que
nunca se detiene. Se taparía los oídos, pero el sol venenoso de la mañana lo
obligaba a proteger sus párpados con las manos. Y aun así, por más que se
cubría, sentía cómo los rayos se filtraban entre sus pestañas, penetraban en
las órbitas, abrasaban conciencia e inconsciencia, y su alma se derretía en un
océano de lava blanca. Allí, en el corazón del dolor, encontró a un joven
hermosísimo de ojos resplandecientes. Este le habló y Ratko, por encima de todo
el estruendo, oyó claramente la voz.
—Levántate y sígueme.
Por imposible que pareciera la
exigencia, el camillero encontró en sí mismo fuerzas para obedecer. En un
instante se halló de rodillas ante el hermoso, que le tendía la mano.
El hombre de Dorćol
enfermó antes que Ratko. Lo asaltaron punzadas violentas en el vientre y se
desplomó aún dentro del recinto hospitalario. Fue retenido para tratamiento
pero, antes del ingreso formal y de ser trasladado a una cama, permaneció un
momento en la sala del personal médico. Allí, ante las enfermeras que iniciaban
el turno matutino, sufrió una transformación espantosa. Sus ojos se hundieron,
los rasgos del rostro se disolvieron. Tenía llagas rojas inflamadas en lugar de
mejillas, de modo que la doctora Margita solo pudo reconocerlo por su
complexión y sus dientes separados.
Nuevos pacientes, una azafata y dos
mecánicos de aviación, no estaban en mejor estado cuando los trajeron. Además
de ellos, la furgoneta del aeropuerto entregó en urgencias a un hipocondríaco
parlanchín sin síntomas claros y a varios enfermos silenciosos pero gravemente
debilitados en tránsito.
Se hablaba de un virus transmitido
por el aire. Y en efecto, parecía que el simple hecho de respirar cerca de los
enfermos suponía un riesgo. El temor se vio reforzado por casos “de la ciudad”,
en los que no era posible determinar cómo se habían contagiado.
Gran parte del personal del
Hospital de Infecciosas llevaba viseras o mascarillas dobles. Se ponían dos
pares de guantes. Precaución digna de elogio, aunque en su mayoría inútil. El
paso a la condición de enfermo se producía con velocidad inaudita y entonces
seguía una transformación fulminante: erupciones, hinchazones y dolor
insoportable, tras el cual llegaban agotamiento extremo o coma.
La doctora Margita probó todo lo
que sabía. La bola de su ruleta giró muchas veces hasta la noche, pero no hubo
premio. El tratamiento terminó reduciéndose a administrar sedantes y vigilar
cuerpos doloridos, sin conciencia y sin forma humana.
Sin embargo, nadie había muerto
aún, ni siquiera el primer paciente del aeropuerto. Yacía en la oscuridad,
inmóvil como una gran larva. Dormido y estable. Indudablemente vivo. E
incomparablemente más hermoso que cuando lo trajeron Dorćolac y Ratko. Su estado
dejó un rastro de esperanza en Margita, incluso después del informe del
laboratorio.
—Virus —le confirmó su colega—.
Desconocido para mí.
Claro. Solo un virus puede devastar
así su entorno.
—¿Qué quieres decir con
desconocido?
—Prácticamente todos esos pequeños
miserables, bajo ciertas circunstancias, desencadenan procesos inflamatorios en
el sistema nervioso central. El rompecabezas encaja, solo que…
—¿Solo que qué?
—Su estructura es distinta de todos
los del grupo al que, condicionalmente hablando, pertenece.
—¿Mutante?
—Probablemente. Y además… no sé
cómo decirlo, Margo, para que me tomes en serio… Es extraño… si es que algo en
la naturaleza puede serlo. Tiene forma de letra A mayúscula.
—Mira, nos muestra su inicial.
—Eso parece.
—Nada llevará nuestro nombre
—canturreó—. Qué lástima.
—No bromeo. Parece una A que un
calígrafo hubiera escrito en algún pergamino. ¿Y el tratamiento?
—No avanza. Nada ayuda. Y se
propaga como si no fuera a amanecer mañana.
Amanecerá sin nosotros, pensó
Margita. Nos exterminará y luego morirá él mismo, destino de todos los virus.
Tampoco este se apartará del camino que le trazó la ironía divina.
—Yo decretaría aislamiento… hasta
nuevo aviso. ¿Qué otra cosa podemos?
—Me temo que ya ni siquiera eso…
Al ser humano le cuesta reconocer
su ruina en una criatura tan pequeña que no puede verse a simple vista. Y la
broma es aún más cruel desde el punto de vista del virus. El ser más activo del
universo existe solo mientras siembra muerte; vive para matar y, al quitar la
vida, corre hacia su propia autodestrucción. El virus, carente de razón, no
puede comprender su destino, mientras que el hombre, capaz de relacionar causas
y consecuencias, rehúye comprenderlo y prefiere soluciones irracionales.
El director del hospital pasó buena
parte del día redactando declaraciones, mensajes y explicaciones que al
anochecer quedó claro que no serían leídos, porque no habría quien los leyera.
Todos se referían al contagio y al cierre del aeropuerto de Belgrado. Esfuerzo
inútil. Incluso mirar la pantalla del portátil le causaba dolor.
Ignoró las insistentes llamadas de
la colega Ras. Esa mañana la había reprendido, aunque hubiera actuado
correctamente. Su exigencia de impedir que se abandonara la capital era lo
mínimo y probablemente lo único que podía hacerse. Pero ¡explícaselo a los mezquinos
políticos y a los apestosos magnates! ¡Ordena a personas acostumbradas a oír
solo su propia voz que respeten restricciones! Demuestra a todos los grandes y
pequeños egoístas que son irrelevantes para la supervivencia de la especie.
Los enfermos caen en las calles. Y
todos los que aún están en pie buscan cómo huir. Si es posible, con alas. ¡Pues
no podrán! Abadón, el ángel de la destrucción, sobrevuela la ciudad. El virus A
aletea con alas invisibles. Belgrado es ahora suyo y hay que reconocerle el
poder.
Tomó el teléfono para confirmar al
director ejecutivo del aeropuerto la prohibición de despegues, pero un dolor en
las entrañas lo atravesó. En lo profundo, en el núcleo mismo de su ser, en un
lugar oculto e inaccesible, ardía desde hacía horas un fuego blanco. Ahora la
llama resplandeciente se elevó.
El hombre tropezó. Dejó caer el
auricular y no oyó cómo una voz femenina alterada le comunicaba por el altavoz
que el director ejecutivo no podía ponerse al teléfono porque se sentía muy
mal.
Las persianas
antiguas no dejaban pasar ni un rayo de conciencia en la consulta de Margita.
Las bajó al ver que el día se retiraba. Detrás de las persianas era más fácil
creer que el mundo aún existía.
Estaba sola. La única despierta
entre los durmientes, la última chispa de conciencia. Los demás se habían
rendido, y pronto también a ella le fallarían las fuerzas. Llevaba dos días sin
pegar los ojos. La fatiga, la enfermedad o la miseria terminarían ganando.
Aún con la lámpara de escritorio encendida
estaba demasiado oscuro. Extendió la mano para encender la luz central, pero
unos dedos desconocidos se adelantaron. El interruptor estaba destruido,
arrancado de la pared.
—¡Déjalo! —el siseo suave recordaba
la voz de Ratko.
Percibió un movimiento en el fondo
de la habitación, donde la oscuridad era más densa.
—¿Quién eres? ¡Sal!
—Primero cubre la lámpara.
—¿Y entonces? No veo nada.
La sombra se movió y tomó la forma
de un hombre alto, de figura extraordinariamente armoniosa. Margita no le veía
el rostro, pero la manera en que inclinó la cabeza sugería algo conocido.
—¿Ratko?
—Así nos llamaban —confirmó la
sombra.
—¿Y ahora?
—Los nombres no son necesarios.
La voz, a diferencia de la postura,
era repulsiva y ajena. Sonaba como el estertor de un moribundo. Se perdía en el
silencio sordo de la consulta, se hundía en la oscuridad, opaca y sin color, de
modo que Margita no estaba segura de oír palabras pronunciadas o simplemente de
sentir lo que se le comunicaba.
Se levantó y dio un paso hacia la
salida, donde había más luz. Quizá desde otro ángulo lograra ver a su
interlocutor. Se apoyó en la puerta, incluso la entreabrió un poco, pero la
sombra permaneció profunda e impenetrable. Parecía que la figura negra emitía
oscuridad, que la generaba y la llevaba consigo. El rostro siguió oculto y el
torso resultaba extrañísimo. Por un instante le pareció ver espalda en ambos
lados.
—¿Quién eres… qué demonios eres?
El nuevo ángulo no reveló la
identidad de la sombra, pero el rayo del pasillo cayó sobre la cama auxiliar,
precisamente aquella donde había dejado al primer enfermo. El lecho estaba
vacío.
—¿Cómo te levantaste?
—Extiéndeme la mano y tú también te
levantarás.
Margita retrocedió con repugnancia,
indecisa entre huir de inmediato por la puerta o refugiarse bajo el círculo
seguro de la lámpara.
—Te alzarás con fuerza y salud.
—Estoy sana —respondió, solo para
ganar tiempo—. Estoy bastante bien así.
—No puedes estar bien —gorgoteó la
sombra—. Ustedes fueron creados débiles… mortales, perecederos, en esencia, una
mercancía defectuosa. Se engañan creyendo que es consecuencia de un castigo,
como si alguien se entretuviera haciendo justicia a un gusano que hoy es y
mañana no. ¿Educan acaso a las lombrices? Incluso si fuera posible mejorarla
mediante instrucción, no habría tiempo suficiente. La evolución, una mejora
esencial del ser humano, ese es el único camino. Transformación o muerte. El
desenlace natural contra el que tú, querida doctora, luchas con tanta
obstinación… To die, to
sleep –to sleep, perchance to dream– ay, there’s the rub, for in this sleep of
death what dreams may come… Todo es en vano. ¿Lo sabes, Margo?
¿Cómo lo sabía? ¿Podía leer
pensamientos? ¿Sabía que acababa de decidir huir, salir a la incertidumbre de
la ciudad devastada, pero solo después de usar la lámpara? La oportunidad
estaba ante ella; no tendría otra mejor.
—El dolor pasa, rápido, en un
instante. Un parpadeo, inconmensurablemente breve en la eternidad. No temas.
—No temo… ¡nunca lo he hecho!
Con un movimiento brusco, Margita
Ras tomó la lámpara, la alzó como una antorcha y la dirigió hacia el lugar de
donde provenía la voz. ¡Le mostraría al engendro oscuro!
En el fondo de la habitación no
había nadie. Miró alrededor, primero rápida y aterrorizada, luego más despacio
y con extremo cuidado. Dejó que la luz iluminara cada rincón de la consulta,
pero no vio la figura negra sin rostro, como si se hubiera retirado para
siempre a la oscuridad. La voz gorgoteante ya no le hablaba. No le quedó más
que, acurrucada junto a la lámpara, esperar el amanecer. Si alguna vez
amanecía.
Las viejas persianas estaban
dañadas. Los ojos cansados pero aún vigilantes de la doctora Margita vieron
cómo por las tablillas carcomidas se filtraba el primer rayo de sol.
La doctora se enderezó y siguió su
camino: comprobar si había supervivientes a quienes pudiera servir su ayuda.
De las últimas víctimas de una
epidemia rara vez se habla. En general se sabe poco de ellas. No tanto por
negligencia hacia los muertos como por la necesidad egoísta de que la vida
continúe a través de quienes no han sido arrebatados. A menudo se oye que la
última muerte en realidad no existe. No es verdad, pero tampoco es mentira. Las
plagas cesan y regresan. En forma conocida o nueva. Mientras haya virus en el
mundo perecedero de los mortales. Y alas inaudibles sobre nosotros.
Nataša Milić nació en Belgrado, Serbia, donde vive y trabaja. Es autora del libro de relatos Zaustavljeni sat, publicado en 2021. Ha publicado poemas y relatos, principalmente de fantasía, en numerosas colecciones y revistas. Sus relatos se han traducido al inglés, polaco y rumano.

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