Sonia Chocrón
No llores por la leche
derramada. Lo decía mi madre, que en paz descanse.
Pero no lloro
por la leche derramada. Ni por el agua derramada, porque no las hay.
Lloro por el pobre
chico.
Lo vi por
primera vez una tarde, en Sarría. Me habían pasado el dato de un carretero de
camiones cisterna, cumplidor y económico. Pero el hombre no tenía teléfono. Así
que fui en persona a rogarle un poco agua para poder limpiar los inodoros de mi
casa.
Desde que el
suministro de la ciudad colapsó, la vida se había transformado en un ir y venir
con recipientes vacíos de aquí para allá, de aquí para allá. Incansablemente,
colectando agua para sobrevivir.
Todas las
mañanas revisábamos las plumas de cada baño para corroborar que el milagro no había
llegado. Y salíamos a resolver de la manera que fuera.
Un día de
esos lo vi. Estaba junto con otros en el callejón. Podría decir que en un
callejón sin salida. Pero aunque es una metáfora que le viene al dedillo, no
quiero hacer metáforas. Quiero ceñirme a la realidad, como si mis palabras
fueran una fotografía.
Literales.
Estaba
drogándose en el angostillo, junto con otros chicos más, que como él, no
pasaban de los quince años. Tal vez siete, una sola niña; y todos mustios como
unas plantas jóvenes y marchitas
“No tenemos
agua otra vez” me dijo mi hija. Y salimos a buscar al chofer del camión
cisterna en su esquina maldita, la calleja de los niños.
Estaban allí,
los niños, observándonos, como si fuéramos animales extraños, de otra raza,
ajenos a las jaulas de su propio zoológico.
Cataron a mi hija,
de la misma edad. La vieron límpida, inocente, con su uniforme de escuela. Y
luego se miraron entre sí. Se percataron de que estaban sucios, que no asistían
a ninguna escuela, que tampoco habían tenido jamás un uniforme color azul. Y en
suma, que eran distintos.
Así que él se
me acercó. O se acercó a mi hija, no lo sé.
Supe del
miedo.
Sé que
temblamos las dos y sin decirlo, quisimos huir sin el agua, sin el camión
cisterna. Pero no lo hicimos.
—¿Busca a
Fisher? —me preguntó. Y me di cuenta de que su mirada era absoluta. Nos había
radiografiado en segundos con los ojos de un anciano vivido.
Asentí.
Fisher se
llamaba el chófer del camión. Era un hombre joven, que venía del campo y que
había desertado de la vida militar. Me recordaba a mi padre porque usaba una
boina de tela y porque tenía los ojos claros, transparentes y nobles.
—Pero Fisher no
está. Fue a llenar el tanque de un edificio —remató el niño.
Asentí de
nuevo, lista para salir corriendo de regreso a nuestro auto, con mi hija de la
mano.
Súbitamente
recordé los inodoros. Los platos sucios. La sed y el calor. Porque además era
verano, sin agua, y demasiados grados centígrados a la sombra.
—Y ¿cuándo
vuelve? —quiso saber mi hija, como si el peligro no fuera su asunto. Como si no
estuviéramos solas, en una calle ciega, rodeada de niños de la calle viajando
por el espacio sideral.
—Si me regala
algo, le mando al alemán a su casa apenas llegue —nos dijo con sus ojos
minúsculos y encarnados. Era un ratón famélico.
¿Algo? ¿Qué
era algo? ¿Dinero? ¿Droga? ¿Una casa, una escuela, una familia?
—Yo soy
Antonio, pero me llaman Muela porque como mucho —nos dijo luego—. Y tengo
hambre.
Abrí mi
monedero y le di un billete mientras mi hija me veía hacer. Como todos los
otros niños sucios que seguían cada movimiento mío como si yo fuera una
película.
Regresamos al
auto, asustadas.
Antonio
guardó el billete en el bolsillo de su pantalón desvencijado y sonrió. Regresó
con la pandilla a compartir una inyectadora. Lo vi por el espejo retrovisor del
auto, cuando ya íbamos camino a la avenida, sanas y salvas.
Fisher llegó
a las seis de la tarde. Nos dijo que el Muela había hecho la encomienda y se
había asegurado de que parte de su carga nos alcanzara.
No llenamos
el aljibe, pero con el surtido, pudimos lavar las ollas, darnos un baño frugal
de agua helada y asear la casa.
No era mucho.
Cuatro días
después no quedaba nada. Ni una gota. Cuatro días después tampoco recibimos el
milagro del agua en nuestra casa.
La vida se
trastoca cuando no hay agua. No hay horarios, no hay rutinas. No hay paz.
Pienso ahora
que cuando mi entorno está seco, me parezco un poco a Antonio y su pandilla
cuando les falta su dosis. Me exaspero, me vuelvo loca. Soy capaz de mendigar,
de suplicar, de regresar a la calle donde el peligro es ley para abandonarme a
la limosna de Fisher, a la caridad de Fisher y su camión cisterna.
Y lo hago, lo
vuelvo a hacer porque estoy desesperada. No llevo a mi hija, quiero salvarla de
lo feo. Voy sola esta vez, como una adicta al borde del colapso.
Y Fisher que
no está. Que está dormido. Que se emborrachó el día anterior y hoy no sirve
para nada.
Sólo Antonio
y los otros niños siguen allí, como si el mundo fuera esa calle. Como si ya no
existieran otros rincones para guarecerse, como si ellos y los gatos callejeros
no tuvieran el valor de escapar de allí.
—Se lo vuelvo
a mandar, a Fisher, en cuanto aparezca. ¿A que el otro día llenó su tanque? ¿A
que sí? —dijo Antonio risueño.
—Sí —contesté.
Y luego
hicimos silencio los dos. Todos callamos. Los niños, los gatos sin dueño, y yo.
—¿No vas a la
escuela? —Le hice esa pregunta estúpida y obvia porque no se me ocurría otra.
—¿Para qué?
No sirve de nada
—¿Cómo que no
sirve de nada?
—Voy a pelar
gajo joven, esto no es de gratis
Y me enseñó
su antebrazo lleno de puntos de sangre, de pinchazos. De inyectadoras anónimas.
—Entonces
déjalo. Deja esa porquería —Y le hablé como una madre. Como una mamá tonta, tan
clase media y aterciopelada.
Me miró
fijamente como si quisiera inocularme sus certezas.
Los demás
críos se rieron de mí. Y Antonio hizo lo propio.
Entonces
volví a darle un billete, esta vez a conciencia, a sabiendas de que lo estaba
ayudando a matarse.
Esa tarde, no
lo tomó agradecido. Me lo arrebató con rabia y se fue corriendo a su esquina,
con los otros chicos.
Fisher no
apareció ese día. Ni al día siguiente. Ni los días que siguieron.
Esa semana
nos duchamos en la casa de familiares cercanos y lejanos y compadres y amigos.
Nos apañamos
comiendo y bebiendo en nuestro comedor de lujo, en platos y vasos plásticos, decorados
con figurillas de una Barbie playera; remembranza de las antiguas piñatas de mi
hija. Y logramos conseguir cinco botellones de agua potable para bajar la
cadena de los excusados.
El calor era
inclemente. Era otro enemigo igual o mayor que la sequía. Como el colapso de
los embalses y la estulticia oficial.
Cuando ya nos
daba vergüenza mendigar más agua de los amigos con suerte, no tuve más remedio
que volver al callejón. Mi hija se quedó en casa haciendo deberes con Lana del
Rey como fondo musical.
Le pagaría a
Fisher buen dinero. Ofrecería más que los demás.
Estaba allí
con sus ojos verdes, herencia de un lejanísimo pasado teutón. No estaba
dormido, no estaba borracho, no había salido a llevar agua a ningún edificio.
Me prometió
un cisterna repleto para aquella misma tarde. Y me sentí aliviada porque iba a
rescatar nuestras vidas por cinco o seis días más.
Con ese pacto
sellado, no podía marcharme sin ver a Antonio o a Muela o como se llamara. Sin
compadecerme de él nuevamente.
Me acerqué a
la calle ciega y los gatos realengos huyeron de mí.
El hedor de
la inmundicia y del orín me asaltó como un vago recuerdo de mi propia casa. El
sol se incrustó con saña en los techos de zinc del pasadizo, y su brillo
inclemente perforó mis ojos durante varios segundos.
Caminé encandilada
hasta la esquina, divisé la pandilla, las jeringas, y unos perros sarnosos y
sus moscas en eterna siesta. Los niños como una madeja entrelazada, sobre la
tierra hirviendo, recostados de una pared. Comida vieja y putrefacta regada en
la tierra. Granos de arroz verde. Huesos de pollo secos. Envases plásticos
llenos de gusanos. El sopor del mediodía sofocándolo todo.
Pero Antonio
no estaba allí.
Había sí un
chaval nuevo que parecía desnutrido y que imitaba los modos de los otros, era
obvio que quería encajar en la cuadrilla.
No fue fácil
obtener respuestas. Aquel era el reino de la somnolencia. Era el imperio de los
niños dormidos, drogados, sudando.
—¿Y Antonio?
Alguien, no sé
bien si chico o chica, irguió la cabeza.
—No está—
masculló.
—¿Y cuándo
viene?
—Si le va a regalar
algo, démelo a mi —dijo otro chiquillo medio dormido
—¿Pero y
Antonio?
—No molestes,
vieja. El Muela no vuelve más.
Hacía calor.
Mucho calor.
Sonia
Chocrón nació en Caracas, Venezuela, en 1961. Es licenciada
en comunicación social. Poeta, narradora. Guionista. Publicada por editoriales como
Alfaguara, Bruguera, Monteávila. 1988 llega por concurso al Taller “El
argumento de ficción” de Gabriel García Márquez en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. De allí, viaja a México invitada por el premio Nobel para
fundar el “Escritorio Cinematográfico Gabriel García Márquez” donde coescribe guiones
para la televisión y el cine. Ha publicado La dama oscura,
Sábanas negras, Las mujeres de Houdini, Usted,
La virgen del baño turco y otros cuentos falaces y Falsas apariencias.
Su trabajo le ha merecido premios y
reconocimientos. Apareció en antologías poéticas, narrativas y críticas. Ha
sido publicada y traducida en revistas académicas especializadas en literatura
(narrativa y poesía).

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