Cristian Carstoiu
Mirando atrás en el
tiempo, no creo que yo estuviera destinado a caminar junto a Kaelen Dain. Pocos
lo habrían estado, de hecho. Cuando lo vi por primera vez, estaba solo al borde
de las Dunas de Cristal, allí donde la luz se quiebra y el aire vibra de recuerdos.
El viento llevaba susurros –de esos que llegan antes de las tormentas o de las
revelaciones– y él los escuchaba como si hablaran en una lengua que era el
único que recordaba.
Los adhari dicen que nació bajo un
cielo silencioso, cuando ambas lunas se habían ocultado detrás de las montañas
que rodeaban Zerathul. Algunos lo consideraban un hereje, pero, según otros,
era el guardián de la llama olvidada. Yo lo he llamado de varias maneras en mis
notas: errante, profeta, o incluso loco. De algún modo, ninguno de esos nombres
es incorrecto.
Me enviaron a registrar su viaje,
aunque nadie me dijo por qué. Tal vez creyeron que el acto de escribir lo
anclaría a este mundo. O quizá esperaban que, cuando al fin se encontrara con
los poderes invisibles que en otro tiempo quebraron a nuestro pueblo, quedara alguien
para recordar lo que sucedió.
El sonido de la
arena roja que cruje bajo mis botas se armoniza con los estallidos del cielo
tormentoso sobre las llanuras desiertas de las alturas de Zerath. Cada paso se
hunde en el polvo color cobre, que palpita débilmente bajo los relámpagos, como
brasas avivadas en un hogar invisible. El aire huele a hierro y a lluvia
lejana, aunque las tormentas casi nunca llegan al interior del continente.
A mi lado se arrastra un shoplâk de
piel escamosa, marcada por el mismo tono rojo oxidado que la tierra. Sobre él
va montado Kaelen Dain. Su estatura es baja para un adhari, más bien esbelto
que imponente, pero hay una fuerza serena en la forma en que sostiene su
bastón: un largo artefacto metálico que centellea como un relámpago cautivo,
danzando sobre bobinas alineadas como cuentas.
Yo no soy más que el cronista,
enviado por la Academia de Mar’Keth para documentar sus actos. Pasé años
registrando las grandes potencias de esta era –los amos de las bestias de Yul,
los sacerdotes de las brasas de Ghaal, los escultores de sueños de las Islas
Despiertas–, pero nunca había visto a un hombre hablar con el propio cielo.
—Debo admitirlo —grito por encima
del viento—, tu dominio de las tormentas no tiene igual.
—Mi pueblo ha estudiado el arte de
la tormenta durante generaciones —dice, sin mirar atrás—. Cuando expulsaron a
los adhari nómadas del desierto alto de sus tierras, solo las tormentas nos
recibieron. Entendimos sus humores. Aprendimos sus voces.
La gente suele interesarse más por
el clima cuando debe vivir en medio de sus caprichos. Un relámpago desgarra el
horizonte, seguido de un viento tan violento que levanta un muro de arena. Me
cubro el rostro, pero los granos se me clavan en la piel como agujas. Kaelen
Dain no parpadea. La tormenta gira a su alrededor –literalmente a su alrededor–
como si lo protegiera una esfera invisible.
—No fui yo quien hizo esto —dice,
riendo—. A veces el tiempo puede ser juguetón. Pero no te preocupes. Si se
hubiera enfurecido contigo, lo sabrías.
Otra ráfaga me abre la mochila y
desparrama los papeles. El viento arranca mis notas sobre las Crónicas de las
Regiones Exteriores y las hace rodar sobre las dunas. Maldigo y corro tras
ellas, hundiendo las botas en la arena cambiante.
Kaelen Dain no espera. Detiene a la
criatura, y su voz resuena a través de la tormenta.
—Yo buscaría refugio, cronista. Se
acerca una tormenta.
Apenas alcanzo la sombra de una
ruina cuando el vendaval estalla con toda su fuerza. El viento aúlla y el cielo
se tiñe como sangre seca. Los relámpagos bailan sobre la llanura como
serpientes vivas. La ruina antigua pudo haber sido una torre de vigilancia de
un imperio olvidado, con la cima caída desde hacía siglos, y las piedras
gastadas, medio enterradas en la arena roja.
Kaelen Dain se queda en la entrada,
con el bastón de relámpagos clavado en el suelo. Su shoplâk estornuda y enrosca
la cola como protección.
—Te mueves más lento que el trueno
—dice.
—No estoy hecho para este terreno —replico
mientras consigo esbozar una sonrisa forzada—. Pero espero que mi pluma se
mueva lo bastante rápido como para compensarlo.
—Una pluma. Ja… El arma de la
memoria.
Dentro, la ruina huele a polvo
viejo y a ozono. Acampamos bajo un arco derrumbado. Kaelen Dain saca de su
mochila un trozo de metal que parece parte de un mecanismo antiguo. Lo clava en
la arena y, tras hacerlo girar, noto que empieza a vibrar. Pequeñas chispas
saltan entre las crestas, formando un fuego azul tenue, sin humo.
—El fuego de la tormenta —dice, con
un gesto breve—. Se alimenta del propio aire.
Tomo notas a toda prisa.
—¿Cómo… lo atrapas? ¿Cómo lo
controlas?
Se encoge de hombros.
—No se atrapa el relámpago. Se lo
invita. Se le da forma. Es un ser vivo, no un sirviente.
Un relámpago atraviesa el techo
roto. Por un instante, veo su rostro iluminado: cicatrices profundas en la
frente, sellos tatuados en las mejillas. Cada línea parece palpitar con
suavidad.
—Mi padre intentó controlarlo —dice
en voz baja—. Creía que la tormenta podía domarse. Pero la tormenta lo
destruyó.
Afuera, el trueno retumba como un
tambor gigantesco. Cuando el viento se calma, Kaelen Dain se arrodilla y
susurra palabras en lengua adhari, quizás una oración, o una invocación secreta.
La arena vibra débilmente bajo mis palmas.
—¿Qué haces? —pregunto.
Responde sin abrir los ojos.
—Escucho. La tormenta habla incluso
cuando duerme. Recuerda a quienes la respetan.
Esa noche, acostado en la ruina,
juraría que yo también la oigo: un susurro eléctrico y grave que se desliza
entre las dunas como un suspiro.
Por la mañana, la
tormenta se ha retirado y deja la llanura extrañamente silenciosa. Las dunas
han cambiado: colinas enteras parecen haber sido desplazadas durante la noche.
En algunos lugares, el relámpago ha fundido la arena en crestas oscuras y
vítreas, brillantes como espejos.
Kaelen Dain vuelve a montar a su
criatura.
—Estamos cerca —dice.
—¿Cerca de qué? —pregunto.
—De los Ojos de Zerath. El corazón
de la tormenta.
Atravesamos cañones tallados por el
viento. Las paredes muestran vetas de vidrio verde, liso como metal fundido.
Comprendo que no fue el agua quien lo moldeó, sino el relámpago. Al mediodía
cruzamos una cresta donde enormes costillas metálicas emergen de la arena. La
tormenta ha enterrado a medias una ciudad antigua, y el silbido del viento
entre las vigas huecas suena como un coro.
—¿Qué es este lugar? —pregunto.
—El Cementerio de las Máquinas
—responde Kaelen Dain—. Hace mucho tiempo, los Antiguos intentaron construir
una ciudad que absorbiera el cielo. Forjaron torres capaces de sorber el
relámpago. Pero se volvieron codiciosos. La tormenta los derribó, y su ciudad
quedó sepultada bajo las dunas.
Toca con reverencia una de las
costillas de hierro.
—Se llamaba Voln-Rek, la Ciudad de
Cristal y Trueno.
El aire vibra aquí con suavidad,
como una carga eléctrica antes de una tormenta. Cada vello de mis brazos se
eriza. Mi pluma tiembla cuando intento escribir.
Kaelen Dain se vuelve hacia mí.
—Ten cuidado dónde pisas. La arena
recuerda la muerte.
A medida que avanzamos, veo restos
de estatuas: una mano colosal aquí, un rostro medio enterrado allá. Todo está
fundido, como atrapado en medio de la destrucción. El paisaje no parece
embrujado por fantasmas, sino por energía: ecos de una inteligencia que creyó
poder dominar el cielo. Y quizá, pienso, Kaelen Dain intenta lo mismo.
Al caer la tarde
subimos una cresta y lo vemos: un cráter inmenso que brilla débilmente,
emitiendo una luz azulada. Los relámpagos golpean sin cesar un pilar negro en
el centro; las descargas son atraídas como polillas a la llama. La energía que
ondula en el aire alrededor del cráter es casi palpable.
—Aquí está —dice Kaelen Dain—. La
Espira de la Tormenta. Mis antepasados vinieron aquí a aprender. Se fueron
quebrados y ciegos. Yo haré lo que ellos no pudieron.
Su voz es serena, pero sus ojos
centellean entre el asombro y la locura.
Descendemos al cráter. La tierra
vibra bajo nosotros, viva, con pulsaciones intensas. Kaelen Dain baja del
shoplâk y clava su bastón. Saltan chispas entre él y la espira.
—La espira no es metal —dice—. Está
viva. La tormenta la usa como corazón. Si puedo hablar con ella, quizá
repararemos lo que se rompió entre el cielo y la tierra.
Comienza su cántico en adhariano, palabras
que no entiendo, pero que hacen que el aire se espese. Un relámpago se
desprende hacia él y golpea el bastón; otro, su pecho. El hombre se tambalea,
pero no cae.
—¡Kaelen Dain! —grito—. ¡Vas a
morir!
No responde. Los relámpagos se
reúnen, girando en torno a él en una esfera de luz pura. Sus tatuajes arden en
blanco. Su voz asciende hasta convertirse en un grito devorado por el trueno.
Y entonces, algo cambia. El
relámpago deja de golpearlo. Gira a su alrededor, orbitándolo. Levanta el
bastón y la tormenta se curva siguiendo su gesto. La propia espira empieza a
resplandecer; aparecen líneas de escritura antigua a lo largo de su superficie.
Me doy cuenta de que coinciden con los signos de la piel de Kaelen Dain.
El rugido del viento que aúlla me
produce un dolor agudo en los oídos, que se hunde hasta el cerebro. El dolor se
transforma en visiones que me inundan la mente: la ciudad de Voln-Rek viva,
torres bebiendo energía de las nubes y calles brillando con pequeñas tormentas
cautivas. Luego el cielo se oscurece, relámpagos blancos desgarran la negrura,
las torres estallan, y sobre la ciudad llueve vidrio fundido. Los
supervivientes huyen hacia las dunas. Son los nómadas adhari cargando
fragmentos del antiguo oficio.
Y en el centro de todo, una figura –ni
humana ni adhari– hecha de energía pura, observando en silencio. Cuando
parpadeo, veo a Kaelen Dain allí donde estaba la criatura, con el bastón
alzado, como un faro de llama blanca.
El relámpago se apacigua. El aire
se vuelve pesado y quieto. Kaelen Dain baja el bastón, respirando con
dificultad. El resplandor azul de la espira se atenúa hasta quedar reducido a
un brillo tenue. Se vuelve hacia mí; sus ojos centellean débilmente, y su voz
es más bien un murmullo que me vibra en el pecho.
—La tormenta no es mi enemiga
—dice—. Es mi maestra. Lo recuerda todo: traición, compasión, equilibrio. Mi
pueblo creyó que era ira. Pero solo era dolor. —Hace un gesto a su alrededor, y
añade—: Este mundo estuvo, en otro tiempo, unido a los cielos. Los Antiguos
rompieron ese vínculo. Yo lo he restaurado.
No comprendo del todo sus palabras.
Tal vez nadie llegue a comprenderlas jamás. Pero las anoto, cada sílaba, cada
gesto, con toda la precisión que me permite la mano temblorosa.
Luego alza el bastón de nuevo y lo
suelta. El artefacto se eleva en el aire, girando lentamente. El relámpago se
enrosca a su alrededor como una cinta.
—¿Volverás? —pregunto.
—La tormenta no se queda. Se mueve.
Yo debo hacer lo mismo.
Sonríe apenas y, con eso, el suelo
bajo sus pies empieza a brillar. Un torbellino de luz blanca azulada lo
envuelve, y cuando se desvanece, él ya no está. Solo queda el bastón, flotando
un instante y luego cayendo despacio en la arena, inerte.
Horas después, el viento se calma.
Sobre las dunas vuelve a caer el silencio. Me encuentro solo al borde del
cráter, mirando el bastón medio clavado en la arena. Vibra débilmente cuando lo
toco. El aire sobre él chisporrotea con una electricidad inofensiva. Lo he
registrado todo: el viaje, la tormenta, la ruina, la espira, sus últimas
palabras. Dibujo runas, describo los patrones de luz, el sabor del ozono, el
calor del relámpago casi suficiente para derretir mi capa. Cuando cierro el
diario, me doy cuenta de que mis manos aún tiemblan. Kaelen Dain ha
desaparecido… o quizá se convirtió en aquello que buscaba. Nunca intervengo en
las cosas que registro. Esa es la primera regla del cronista. Sin embargo,
cuando dejo el cráter y miro atrás, siento el peso de lo que he vivido.
El cielo sobre
Zerath es diferente ahora. Las tormentas siguen llegando, pero ya no desgarran
el desierto. Traen lluvia. Las dunas están más oscuras, húmedas. La vida
reaparece, cautelosa, en la inmensidad.
Las tribus adhari que recorren
estas llanuras hablan de él no como de un hombre, sino como de una presencia en
el viento: el Amo de la Tormenta de Zerath, que camina con el trueno y lo guía
hacia donde no hará daño.
Algunas historias no necesitan un
final. Solo necesitan un testigo. Leo (¿por cuántas veces ya?) la última
página, donde escribí:
«Mucho antes del exilio, cuando las
estrellas aún cantaban a la humanidad, existió un pueblo que buscó enlazar la
propia luz. Se llamaban Adharim, del antiguo vocablo Adhar, que significa
“encender” o “lo que arde en lo invisible”. Pero la luz que encendieron se
volvió demasiado poderosa. Sus ciudades brillaban como soles, y sus mentes
alcanzaron lo que no debía ser alcanzado. Por esa osadía, las fuerzas antiguas
los expulsaron más allá de las tierras conocidas, hacia las soledades
silenciosas de Zerath, un reino donde la luz se quiebra y el recuerdo se
escurre en la arena. Allí, bajo cielos que temblaban en auroras fragmentadas,
los Adharim perduraron. Se despojaron de sus títulos y se volvieron simplemente
Adhari: “los encendidos”, “los que aún arden”. Pasaron generaciones. Su exilio
se convirtió en su juramento. Aprendieron a leer el pulso de Zerath, a extraer
su poder no de las estrellas, sino de la vibración profunda del mundo. Se dice
que cada adhari lleva en la sangre una chispa de la luz detenida: un brillo
apenas visible en los ojos cuando pronuncian la lengua antigua, un susurro que
mueve las arenas cuando sueñan. En las altas llanuras de Zerath, el cielo y la
tierra volvieron a hablar. Un solo hombre escuchó lo suficiente para oír su voz
verdadera. Y cuando lo hizo, se convirtió en su eco.»
Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso.

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