miércoles, 21 de enero de 2026

EL TESTIGO DEL TREN

Laura Irene Ludueña

 

El departamento era muy acogedor, pequeño, sí, con una fila de cuadros convencionales y estantes con libros de Kipling y O. Henry que un día le compró a un vendedor de ojos azules, y que leía de vez en cuando. Y había varias sillas que hacían juego, aunque ninguna era cómoda, y una lámpara con la pantalla rosa y pájaros negros estampados, y una atmósfera más bien sofocante, rosa por todas partes. Había cosas bonitas: cosas bonitas que implacablemente se rechazaban entre sí, fruto de un gusto de segunda mano, impaciente, ejercido en los ratos perdidos. Lo peor de todo era un cuadro inmenso, con marco de roble de Passaic, un paisaje visto desde un tren. Era, en conjunto, un intento desquiciado, estrafalariamente lujoso y paupérrimo, de conseguir una habitación agradable. Pero lo más llamativo era ese cuadro que dominaba la pared de la sala de estar con su presencia imponente. Se trataba de un paisaje borroso, capturado desde la ventanilla de un tren en movimiento. Los colores se mezclaban en una danza abstracta, como si el paisaje se desdibujara para ocultar un hombre y una mujer que fijaban la vista en el observador. Cada vez que entraba a la habitación, sentía una sensación de incomodidad al mirarlo. No entendía por qué, pero el cuadro tenía algo que, aunque intentara ignorarlo, llamaba mi atención de una u otra manera. Busqué la firma del autor, eran sólo dos iniciales I.A.

Decidí abordar el tema con mi amigo Augusto que era quien me había prestado el lugar, su ex departamento de soltero. Siempre lo había descripto con tanto amor que cuando me lo ofreció, no dudé ni un minuto en que sería lindo y cómodo. Solía decir que de vez en cuando le gustaba aislarse allí para leer a sus autores favoritos.  Si bien no era mucho el tiempo que pensaba permanecer en la ciudad, acepté el ofrecimiento sin dudar. Pero ese cuadro me molestaba. Decidí decírselo diplomáticamente y esa misma noche lo llamé por teléfono. Luego de hablar sobre temas intrascendentes y comentar brevemente cómo iba mi investigación, le pregunté sin tanta diplomacia.

—Disculpa Augusto, quería preguntarte si podrías retirar el cuadro grande que hay en la sala.

—¿Y por qué habría de hacerlo? —contestó Augusto luego de una pausa de silencio con sonido de incredulidad.

—No sé, hay algo en él que me hace sentir incómoda —dije sabiendo que mi respuesta sonaría tonta.

—Uno de estos días envío a alguien que lo retire —respondió no muy convencido luego de una carcajada.

Al día siguiente salí temprano hacia el archivo del diario local para continuar la investigación que estaba llevando a cabo. Mientras hojeaba un diario de cincuenta años atrás, un artículo llamó mi atención. Hablaba de un asesinato que había ocurrido en el bosque y que alguien había observado desde la ventanilla de un tren.  ¿Acaso el testigo era el mismo artista de la pintura? Intrigada por la posibilidad de una conexión entre el cuadro del departamento y el misterioso asesinato en el bosque, decidí investigar el hecho. Charlé con la encargada del archivo quien me contó que la bibliotecaria del municipio sabía bien la historia. Hacía ya unos años que se había jubilado, pero me facilitó una dirección. Se trataba de un viejo caserón al borde del bosque. De la plática                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               surgió que el pintor Idel Amenabar, había vivido allí. Generosamente me permitió acceder al desván donde, entre trastos acumulados encontré un diario personal en el que se relataba en detalle la fatídica noche del asesinato. El pintor había sido testigo del hecho desde la ventanilla del tren que llegaba a la ciudad. Pero lo más sorprendente fue descubrir que él mismo Idel Amenabar era el autor del artículo en el periódico del siglo pasado.

Según el diario personal, el crimen había sido cometido por alguien influyente, uno de esos sujetos que tienen poder para manipular la justicia. Atormentado por lo que había visto, el pintor plasmó su experiencia en la pintura y, años más tarde, había decidido revelar la verdad en un artículo que escribió con un seudónimo, pero al que nadie prestó atención. Quizás el asesino no estaba dispuesto a permitir que su secreto saliera a la luz, y había hecho todo lo posible para silenciar la voz del artista, pensé. Sin embargo, el artículo había sobrevivido al paso del tiempo, esperando pacientemente a que alguien lo descubriera. Con el misterio resuelto, cerré el diario con manos temblorosas ¿qué haría ahora con esta verdad recién revelada?

Invité a Augusto a tomar un café y le relaté mi descubrimiento.

Principio del formulario

Recuerdo que vi este cuadro en una pequeña galería mientras paseaba por el centro de la ciudad. Llamó mi atención cómo el artista logró capturar la sensación de movimiento y la fugacidad del paisaje desde la ventana de un tren —dijo pensativo después de escucharme y con la vista fija en el cuadro.

Lo miré con sorpresa. No había considerado que Augusto supiera algo de arte como para hacer tal interpretación. Pero la vida es una sorpresa. Entendí que lo que me impresionaba del cuadro era un mensaje silencioso del autor para que fuera descubierta la verdad sobre el asesinato del que había sido testigo.

Comencé a mirar la pintura desde otra perspectiva. La mezcla de colores ya no me parecía caótica, sino que la percibía como si fuera un movimiento, permanencia y cambio.

Revelaría la historia y aunque tarde, buscaría que se haga justicia. Así se lo dije a Augusto, pero cual no fue mi sorpresa cuando cerró la charla muy a lo O. Henry para afirmar:

—No harás nada de eso. El asesino era mi padre.

 Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

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