Laura Irene Ludueña
El
departamento era muy acogedor, pequeño, sí, con una fila de cuadros
convencionales y estantes con libros de Kipling y O.
Henry que un día le compró a un vendedor de ojos azules, y que leía de vez
en cuando. Y había varias sillas que hacían juego, aunque ninguna era cómoda, y
una lámpara con la pantalla rosa y pájaros negros estampados, y una atmósfera
más bien sofocante, rosa por todas partes. Había cosas
bonitas: cosas bonitas que implacablemente se rechazaban entre sí, fruto de un
gusto de segunda mano, impaciente, ejercido en los ratos perdidos. Lo peor de
todo era un cuadro inmenso, con marco de roble de Passaic, un paisaje visto
desde un tren. Era, en conjunto, un intento desquiciado, estrafalariamente
lujoso y paupérrimo, de conseguir una habitación agradable. Pero lo más
llamativo era ese cuadro que dominaba la pared de la sala de estar con su
presencia imponente. Se trataba de un paisaje borroso, capturado desde la
ventanilla de un tren en movimiento. Los colores se mezclaban en una danza
abstracta, como si el paisaje se desdibujara para ocultar un hombre y una mujer
que fijaban la vista en el observador. Cada vez que entraba a la habitación, sentía
una sensación de incomodidad al mirarlo. No entendía por qué, pero el cuadro
tenía algo que, aunque intentara ignorarlo, llamaba mi atención de una u otra
manera. Busqué la firma del autor, eran sólo dos iniciales I.A.
Decidí abordar el tema con mi amigo
Augusto que era quien me había prestado el lugar, su ex departamento de
soltero. Siempre lo había descripto con tanto amor que cuando me lo ofreció, no
dudé ni un minuto en que sería lindo y cómodo. Solía decir que de vez en cuando
le gustaba aislarse allí para leer a sus autores favoritos. Si bien no era mucho el tiempo que pensaba
permanecer en la ciudad, acepté el ofrecimiento sin dudar. Pero ese cuadro me
molestaba. Decidí decírselo diplomáticamente y esa misma noche lo llamé por
teléfono. Luego de hablar sobre temas intrascendentes y comentar brevemente
cómo iba mi investigación, le pregunté sin tanta diplomacia.
—Disculpa Augusto, quería preguntarte si
podrías retirar el cuadro grande que hay en la sala.
—¿Y por qué habría de hacerlo? —contestó Augusto
luego de una pausa de silencio con sonido de incredulidad.
—No sé, hay algo en él que me hace sentir
incómoda —dije sabiendo que mi respuesta sonaría tonta.
—Uno de estos días envío a alguien que lo
retire —respondió no muy convencido luego de una carcajada.
Al día siguiente salí temprano hacia el
archivo del diario local para continuar la investigación que estaba llevando a
cabo. Mientras hojeaba un diario de cincuenta años atrás, un artículo llamó mi
atención. Hablaba de un asesinato que había ocurrido en el bosque y que alguien
había observado desde la ventanilla de un tren. ¿Acaso el testigo era el mismo artista de la
pintura? Intrigada por la posibilidad de una conexión entre el cuadro del
departamento y el misterioso asesinato en el bosque, decidí investigar el hecho.
Charlé con la encargada del archivo quien me contó que la bibliotecaria del
municipio sabía bien la historia. Hacía ya unos años que se había jubilado,
pero me facilitó una dirección. Se trataba de un viejo caserón al borde del
bosque. De la plática
surgió que el pintor Idel Amenabar, había
vivido allí. Generosamente me permitió acceder al desván donde, entre trastos
acumulados encontré un diario personal en el que se relataba en detalle la
fatídica noche del asesinato. El pintor había sido testigo del hecho desde la
ventanilla del tren que llegaba a la ciudad. Pero lo más sorprendente fue
descubrir que él mismo Idel Amenabar era el autor del artículo en el periódico
del siglo pasado.
Según el diario personal, el crimen había
sido cometido por alguien influyente, uno de esos sujetos que tienen poder para
manipular la justicia. Atormentado por lo que había visto, el pintor plasmó su
experiencia en la pintura y, años más tarde, había decidido revelar la verdad
en un artículo que escribió con un seudónimo, pero al que nadie prestó atención.
Quizás el asesino no estaba dispuesto a permitir que su secreto saliera a la
luz, y había hecho todo lo posible para silenciar la voz del artista, pensé.
Sin embargo, el artículo había sobrevivido al paso del tiempo, esperando
pacientemente a que alguien lo descubriera. Con el misterio resuelto, cerré el
diario con manos temblorosas ¿qué haría ahora con esta verdad recién revelada?
Invité a Augusto a tomar un café y le
relaté mi descubrimiento.
—
Recuerdo que vi este cuadro en una pequeña
galería mientras paseaba por el centro de la ciudad. Llamó mi atención cómo el
artista logró capturar la sensación de movimiento y la fugacidad del paisaje
desde la ventana de un tren —dijo pensativo después de escucharme y con la
vista fija en el cuadro.
Lo miré con sorpresa. No había considerado
que Augusto supiera algo de arte como para hacer tal interpretación. Pero la
vida es una sorpresa. Entendí que lo que me impresionaba del cuadro era un
mensaje silencioso del autor para que fuera descubierta la verdad sobre el
asesinato del que había sido testigo.
Comencé a mirar la pintura desde otra
perspectiva. La mezcla de colores ya no me parecía caótica, sino que la percibía
como si fuera un movimiento, permanencia y cambio.
Revelaría la historia y aunque tarde,
buscaría que se haga justicia. Así se lo dije a Augusto, pero cual no fue mi
sorpresa cuando cerró la charla muy a lo O. Henry para afirmar:
—No harás nada de eso. El asesino era mi
padre.
Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

No hay comentarios:
Publicar un comentario