Elia Giovanni Babsia
Kyros enferma de
repente: tiene fiebre muy alta. El médico que lo ha examinado no ha conseguido
determinar la causa de aquel grave malestar y le ha aconsejado internarse para
realizar más estudios. Kyros tiene apenas veinte años y siempre ha gozado de excelente
salud. Es un fumador empedernido, pero ni siquiera eso le ha impedido
destacarse en todos los deportes que ha practicado. Piensa: tal vez sean las
chicas. Entre sus compañeros de escuela y sus amigos tiene fama de ser alguien
que «liga» con facilidad y, en sus relaciones ocasionales, su única lucha ha
consistido en evitar comprometerse. ¡Tantas relaciones sin protección! Quién
sabe si alguna de ellas estaba enferma.
El hospital no es un lugar como
cualquier otro: es un sitio aparte, separado del tiempo y del espacio. La vida
transcurre afuera y uno solo puede imaginarla o, cuando está presente, es la
vida de los recuerdos. Resulta increíble la nostalgia que provoca evocar
episodios cotidianos, quizá ocurridos apenas unos días antes. Correr, reír,
discutir, incluso pelear: ahora todo parece pertenecer a otro universo, a un
mundo encantado. Los amigos que vienen a visitarlo traen consigo el aroma del
aire libre, que los envuelve como un halo. Más intenso que la fiebre, ese olor
le provoca punzadas lacerantes. Su compañía, en lugar de reconfortarlo, lo hace
sentirse todavía más solo, abandonado por todos.
Irina, la enfermera, es joven y
hermosa; sonríe mostrando una hilera de dientes blanquísimos. Las chicas le
envían mensajes continuamente y Kyros sabe muy bien cómo interpretarlos, pero
ahora tiene otras cosas en la cabeza. Es más, ya que está internado, por
precaución decide someterse a un examen general. Sus temores resultan
infundados: no tiene ninguna enfermedad venérea, pero sus pulmones están
invadidos por un tumor que ya no puede operarse. Dada su juventud, tiene muchos
proyectos; por eso le pide al médico que lo atiende que le comunique el
pronóstico de la manera más clara y directa posible. Su deseo es satisfecho de
inmediato: no le quedan más que unos pocos meses de vida.
Nunca ha creído en el más allá y
mucho menos cree ahora. Ante él solo se extiende la oscuridad de una noche
interminable. Pero el abatimiento dura apenas unos instantes; enseguida siente
nacer en su interior un poderoso deseo de revancha. Parecía haberlo recibido
todo de la vida. Creció en una familia unida y acomodada, siempre se destacó en
la escuela aunque dedicara poco tiempo al estudio. Ahora, de repente, le
arrebatan todo aquello que parecía pertenecerle. Instintivamente quisiera
destruir el mundo que lo rodea; nada ni nadie tiene derecho a sobrevivirlo.
Pero no tiene valor para hacerle daño a nadie.
No teme al dolor ni a la muerte. El
telón caerá como llega el sueño, un sueño del que no habrá despertar. Por lo
tanto, no es el final de todo lo que lo asusta, sino la razón, que parece
abandonarlo. ¿Qué sentido tiene haber venido al mundo? ¿Qué sentido tiene
obtener el título universitario un año antes que sus compañeros? ¿Qué sentido
tiene la vida, cuando todo puede apagarse de repente?
Quizá haya una esperanza. Bastaría
con poder creer. No para asegurarse un lugar en el paraíso, sino para conseguir
echar una mirada más allá de la muerte. Piensa en Medjugorje; podría ir allí
fácilmente, pero se sentiría un extraño en medio de aquella multitud
desbordante. Entonces se conecta a internet y lee los mensajes de la Virgen.
Todos son parecidos: «Ayuno, penitencia, oración. ¡Recen, recen, recen!». Pero
él no tiene fe y sus plegarias no serían más que palabras vacías.
Recuerda haber leído en alguna
parte que precisamente en Annamelis, el pueblo donde pasó su infancia, vive una
joven que hace milagros, una vidente. Annamelis es un pueblo pequeño y la
vidente tiene apenas unos años más que él; era solo una adolescente cuando
Kyros, a los seis años, se mudó con su familia. Con toda probabilidad incluso
llegó a tratarla, aunque ahora, sin duda, ella no lo reconocería.
Decide viajar a Annamelis,
pensando: «Como un salmón que nada contra la corriente para llegar al manantial
que lo vio nacer».
Esa noche sueña que conduce un
todoterreno a través de una extensión de sal, un desierto que, bajo el sol del
mediodía, resplandece con una luz cegadora. A su alrededor, el espacio es
infinito y está vacío. Hace mucho que el depósito está en reserva; el vehículo
se detendrá en cualquier momento… Dominado por la angustia, despierta; después
vuelve a dormirse y sueña que está tendido transversalmente sobre unas vías.
Llegará un tren, pero las fuerzas lo han abandonado hasta tal punto que ni
siquiera consigue levantar los párpados. Quisiera apartarse de allí, pero está
como paralizado por el cansancio y el sueño.
Durante el viaje en tren, sus
pensamientos vuelan hacia los lugares de su infancia, a los que nunca regresó.
Recuerda el mar verde azulado, la arena blanca de la playa, el sol
deslumbrante, las calles anchas, la inmensa plaza frente al edificio donde vivía…
¡Todo parece tan grande en los recuerdos, mientras que en realidad es tan
pequeño, casi un pueblo de cuento de hadas, ahora que vuelve a contemplar
aquellos mismos lugares! Los colores le parecen mucho más vivos y brillantes
que los de la ciudad donde vive, como si hubieran permanecido enterrados en su
memoria y ahora despertaran, o como los imaginaba cuando, todavía niño, le
leían cuentos.
Apenas llega a la estación, oye la
canción Ventiquattromila baci a todo volumen, procedente de un parque de
diversiones cercano. Hay carruseles, autos de choque, sillas voladoras, casetas
de tiro al blanco, olor a algodón de azúcar… Ve un grupo de personas apiñadas
alrededor de algo que queda completamente oculto a su vista. Espía a través de
los huecos que de vez en cuando se abren entre quienes están delante de él o da
pequeños saltos para intentar ver. Varios puestos, dispuestos formando un
cuadrado, están repletos de relojes, teléfonos celulares de última generación y
objetos de valor. En el centro, un hombretón empapado en sudor y de voz ronca
reparte unas bolitas numeradas. Las extrae de un recipiente que agita con ambas
manos a la altura de la cara y después las coloca sobre una superficie,
cubriéndolas con un vaso opaco. Una bolita delante de cada participante.
Kyros no tiene dificultad para
reconocer, mezclados entre la multitud, a tres o cuatro cómplices del charlatán
que fingen ser simples clientes. Alternando momentos de buena y mala suerte,
hacen comentarios en voz alta o adoptan actitudes teatrales con el único
propósito de simular continuidad en el juego y animar a los indecisos. Cuando,
por turnos, hacen una pausa para no llamar demasiado la atención, aconsejan al
vecino. Entonces el hombretón los reprende:
—¡Eh, eh, nada de soplar!
Sin duda, todo está preparado
mediante algún truco hábil: es el charlatán quien hace aparecer este o aquel
número y decide si premiar a alguien y cuándo hacerlo. Invariablemente ofrece
una cantidad superior al precio de la bolita para recuperarla, pero casi nadie
acepta el dinero. Las pocas veces que alguien cede a sus propuestas, se lleva
después la amarga sorpresa de descubrir que ha renunciado a un premio de valor
mucho mayor.
Para ganar los premios más
importantes es necesario pagar cada vez más y, uno tras otro, quienes prueban
suerte, quizá después de una pequeña ganancia inicial, se marchan derrotados y
cabizbajos.
Kyros tiene un plan. Abriéndose
paso con dificultad, y finalmente empujado por quienes lo rodean, termina cara
a cara con el hombretón. Apuesta una moneda y le ofrecen dos a cambio; acepta.
Espera un par de rondas y después repite la operación, aceptando siempre la
primera oferta. ¡Ganar es facilísimo, como un juego de niños! Cuando ha reunido
diez monedas decide que ha llegado el momento de retirarse; ¡ya ni siquiera se
divierte! Un hombre que está a su lado le pregunta si puede cambiarle un
billete de diez.
«Claro, así llevaré menos peso en
el bolsillo», piensa.
Mediante un hábil juego de manos,
el vecino, después de mostrarle el billete, lo hace desaparecer junto con las
monedas de Kyros, y este se descubre sujetando, en lugar del dinero, ¡un dedo
de la mano del otro! Está a punto de decir algo cuando comprende que el hombre
forma parte de la banda; incluso le asoma por detrás del pantalón un trozo de
cola, una cola de zorro. Pelear sería inútil porque, contra tantos, sin duda
llevaría las de perder.
—¡Hijo de puta! —exclama en voz
baja ante el hombre que ahora lo mira sonriendo.
Pero no es una protesta sino, más
bien, un comentario de admiración; ¡ahora sí reconoce a sus paisanos!
Ya es hora de buscar dónde dormir.
Como quiere alojarse cerca de la casa donde vivió, encuentra una modesta
habitación de alquiler con vistas a la misma plaza. Desde la ventana puede
contemplar su antiguo edificio. Sin embargo, las puertas son tan bajas que
tiene que agacharse, y el techo de la habitación lo obliga a mantener la cabeza
inclinada para no golpearse.
A la mañana siguiente pregunta por
Iris en la calle. ¡Es una celebridad y el pueblo es muy pequeño! La primera
persona con la que se encuentra es un anciano de barba blanca.
—¡Tu padre es un delincuente y
merece estar en la cárcel! —responde el viejo, aunque se dirige a una niña, a
la que señala con un dedo acusador.
Después pronuncia otras palabras
incomprensibles, dirigiéndose por momentos a Kyros y por momentos a la niña.
Sus palabras se transforman en una larga serie de consonantes, incluso
difíciles de pronunciar. La niña se levanta el vestido para ocultarse el rostro
y rompe a llorar. Kyros interviene en su defensa, reprende al anciano y le
advierte que no vuelva a decir esas cosas.
Más adelante ve a un muchacho junto
a una gata sarnosa que apenas se sostiene sobre sus patas. Le pregunta a él.
—¿Ves a esa señora del bastón?
Síguela y te llevará hasta ella. Pero no le preguntes nada, porque es una gata
y no habla.
En efecto, le señala a una mujer
que parece haber aparecido de la nada, mientras que la gata ya ha desaparecido.
Es una anciana vestida completamente de negro que camina con lentitud. De vez
en cuando se vuelve hacia Kyros, que la sigue impaciente, y le sonríe mostrando
dos incisivos en una boca completamente desdentada.
Iris es una muchacha hermosa. Es
morena, como todas las chicas del lugar, pero tiene los ojos azules. El
cabello, larguísimo y suelto, le cae por la espalda. No aparenta más de veinte
años. Recibe a Kyros con una amplia sonrisa y lo saluda por su nombre.
—¡Tienes mi edad! —exclama Kyros,
sorprendido—. ¿Cuántos años tenías cuando me fui del pueblo? Yo solo tenía
seis.
—Veinte.
—¡Ah, claro!
En ese momento, todo parece tener
sentido para Kyros. Su atención queda atrapada por la voz de Iris: cálida,
ronca, casi masculina. Sin embargo, no hay ninguna duda acerca de su feminidad,
realzada por sus movimientos elegantes y por las actitudes seductoras propias
de las muchachas, que él sabe reconocer perfectamente. De vez en cuando, sin
hacerlo demasiado evidente, deja entrever parte de sus largas piernas
perfectamente torneadas o acerca al rostro de Kyros sus pechos turgentes, que
asoman parcialmente de la blusa. Más que una mujer de fe, parece una artista de
espectáculo.
Un niño descalzo llega corriendo,
con lágrimas en los ojos.
—Ven, Iris, Alexis ha muerto.
Sin perder tiempo, Iris se quita
los zapatos y, tomando de la mano al recién llegado, corre hacia el lugar que
este le indica. Superada la sorpresa, Kyros se lanza tras ellos. Mientras
corre, no consigue apartar la mirada de las piernas de Iris, que quedan
parcialmente descubiertas cuando se le levanta la falda.
Llegan a una modesta vivienda al
borde de un camino polvoriento. Ya desde lejos se oyen los lamentos de las
mujeres convocadas para llorar al muerto, según las costumbres locales. Sobre
la cama yace un muchacho vestido con sus mejores ropas, inmóvil. Su rostro, de
rasgos delicados, tiene una palidez cadavérica; Kyros no consigue apartar la
mirada y, con un escalofrío, se imagina en su lugar.
—¡Despierta! —truena Iris.
El sonido de su voz, tan fuerte e
inesperado, sobresalta a Kyros.
Alexis abre los ojos como si
realmente hubiera estado durmiendo; cuando se da cuenta de que Iris está frente
a él, parece asustarse y, con un movimiento brusco, vuelve la cabeza hacia un
lado.
Las mujeres sentadas alrededor de
la cama, en lugar de tranquilizarse, redoblan sus lamentos.
Iris toma a Kyros del brazo y lo
conduce afuera.
—Ven, ¡no se puede esperar nada
bueno de esta gente ignorante y desagradecida! ¡Y pensar que alguien más tiene
que ocupar el lugar de Alexis!
—¿Ah, sí? —pregunta Kyros, todavía
aturdido por los últimos acontecimientos.
—¡Claro! ¿Cómo podría ser de otra
manera?
—Pero entonces no se muere de
verdad —continúa Kyros con un hilo de esperanza.
—¡Claro que se muere de verdad!
—exclama Iris, deteniéndose de golpe y mirándolo directamente a los ojos, como
advirtiéndole que no se burle de ella.
—En fin, te he buscado porque me
queda poco tiempo de vida y no quiero morir, no a los veinte años.
—Lo sé, lo sé.
—¡Ah, lo sabías! Pero ¿cómo es
posible que tenga que morir tan pronto? Dicen que estoy enfermo, pero no tengo
ninguna molestia; ¡nunca la he tenido!
Kyros espera en vano algún
comentario de Iris, que continúa caminando apresuradamente y en silencio.
Ante la entrada de su casa, Iris se
despide de Kyros con estas palabras:
—Ven a verme mañana, pero no por la
noche, porque vivo sola y el pueblo es pequeño. ¡Ahora vete!
Lleno de esperanza y deseoso de
expresar su gratitud, Kyros balbucea:
—Mientras tanto, gracias. También
quería decirte que eres… eres muy hermosa.
—¡Pero qué dices! —responde Iris
inmediatamente. Y luego, con una risita—. ¡A fess’ e soreta!
—Serás una santa, pero en la cama…
—comenta Kyros en voz baja.
Después se aleja aliviado; ahora su
muerte ya no le parece tan cercana, sino que la considera un acontecimiento
remoto y ni siquiera seguro. Iris velará por él, con poderes mágicos no muy
bien definidos pero indudablemente eficaces.
Decide pasar el tiempo que falta
hasta su próximo encuentro con Iris yendo al mar, donde transcurría buena parte
de los días de su infancia. Es primavera y las playas están vacías; todavía no
hay veraneantes, a pesar de que la temperatura es casi estival. Se desnuda
hasta quedar en calzoncillos y corre por la orilla. Corre de un lado a otro,
cada vez más rápido, sin sentir nunca que le falta el aire. ¿Será posible que
su enfermedad haya desaparecido de repente gracias a la presencia de Iris?
Las horas pasan rápidamente y
pronto aparece la bóveda estrellada, ante la cual renace el asombro de Kyros.
Casi había olvidado aquel espectáculo, que no volvía a contemplar desde que se
trasladó a la ciudad. Las estrellas, tan brillantes en el cielo despejado,
parecen moverse en un remolino, como en el célebre cuadro de Van Gogh. Todo le
habla de infinito, de eternidad.
A la mañana siguiente, desde muy
temprano, Kyros está en casa de Iris recordando tiempos pasados. Entonces
comprende que, cuando era pequeño, solo tenía ojos para los niños de su misma
edad. Lo mismo le ocurría a Iris, que por entonces apenas reparaba en Kyros
porque era mucho mayor que él. Sin embargo, recuerda cada detalle acerca de él
y de su familia. Sentía pasión por las fotografías, que todavía conserva en
varios álbumes. Encuentra algunas en las que Kyros aparece junto a algún
amiguito o con sus familiares. A menudo tiene algún raspón, está sucio y
descalzo; en algunas imágenes ofrece higos chumbos a los transeúntes a cambio
de una moneda o un cigarrillo. En una de ellas aparece fumando, y quizá su
vicio se remonte a entonces.
Después Iris le muestra una
fotografía de su hermana Eulalia sosteniéndolo en brazos. Eulalia era su
hermana mayor, diez años mayor que él. A menudo sustituía a su madre para
cuidar de él, el menor de los hijos, o de sus hermanos. Kyros conserva de ella un
recuerdo vago, porque murió misteriosamente cuando él tenía apenas cuatro años.
En su casa nunca se habló de las causas de su muerte y Kyros, imaginando que
habría padecido alguna enfermedad grave, jamás hizo preguntas. Sabiendo lo
travieso que era, comprende cuánto trabajo debe de haberle dado a su pobre
hermana; por eso ahora contempla su rostro durante largo rato, con cariño.
—¿Recuerdas cuando se incendió tu
casa? —pregunta Iris.
—No. ¿Cuándo ocurrió?
—¿Estás seguro de que no lo
recuerdas?
—No. Por más que lo intento, no
recuerdo nada.
—¿Recuerdas que te divertía
encender fogatas?
—Sí, eso lo recuerdo perfectamente.
El fuego siempre me ha fascinado.
—Un día, mientras estabas solo en
casa –Eulalia, que te cuidaba, había bajado un momento a la calle–, encendiste
fuego, no se sabe cómo, porque eras muy pequeño. Las llamas se extendieron
rápidamente por todo el apartamento. Eulalia, al ver el humo, subió corriendo
para salvarte, pero las llamas le cortaron el camino de regreso, así que saltó
desde el balcón contigo en brazos. Tú no sufriste ni un rasguño.
—¿Y mi hermana?
—Eulalia se golpeó la cabeza y
murió.
—¡Entonces por eso nunca me
hablaron de aquello en casa! ¡Eulalia murió para salvarme!
Kyros pronuncia esas palabras sin
experimentar ningún sentimiento de culpa, y es precisamente eso lo que lo
sorprende. Es cierto que solo era un niño, pero semejante revelación debería,
por lo menos, haberlo conmocionado. Sin embargo, no produce ningún efecto en
él; lo deja completamente indiferente.
—Perdóname, pero necesito estar
solo —dice finalmente, dejando las fotografías y saliendo de repente.
Sin embargo, su reacción le parece
enseguida una conducta hipócrita, dictada únicamente por lo que imagina que
Iris espera de él. Por el momento no se pregunta por qué le han revelado un
secreto que su familia le ocultó durante tantos años. Toda su atención está
concentrada en sí mismo, en su incomprensible indiferencia. El final inminente
que lo aguarda le parece ahora un castigo justo. Nunca ha hecho nada por los
demás. Lo único de lo que puede sentirse orgulloso hasta ahora es de sus
progresos en los estudios, pero incluso en eso ha actuado exclusivamente para
sí mismo. ¿Por qué, entonces, debería Iris salvarlo de la muerte?
Se dirige hacia el pequeño
cementerio. Solo ahora, después de tantos años, irá a visitar la tumba de su
querida hermana. Cualquier otra persona, cualquiera en su lugar, habría ido
allí como primera escala al regresar a Annamelis.
Vuelve a ver el rostro sonriente de
Eulalia, el rostro de una joven, poco más que una niña. Su segunda madre, que,
al igual que la primera, le dio la vida. Pero dentro de sí solo siente un
vacío. Es como con la fe: no siente nada, salvo indiferencia. Finalmente rompe
a llorar, pero no por compasión; llora porque se siente un miserable, un ser
inútil, un parásito.
Más tarde, mientras vaga por las
calles del pueblo, su estado de ánimo se calma gradualmente. La racionalidad
vuelve a imponerse en él. Y entonces sus pensamientos regresan a Iris. Ella le
reveló deliberadamente, con toda intención, los detalles de la muerte de
Eulalia. ¿Para hacerlo sentir culpable? Y, en ese caso, ¿por qué?
La actitud hostil de Iris le
permite ahora adoptar una conducta desinhibida que antes nunca habría
imaginado. Iris le advirtió que no fuera a visitarla tarde, por temor a los
rumores. Pero, por el contrario, podría tratarse de una invitación que él no supo
captar en aquel momento. Más allá de sus poderes mágicos, Iris ciertamente no
es una santa. Y el hecho de haberle revelado los detalles de la muerte de
Eulalia ha acrecentado en él la agresividad que exige aquel juego de roles;
ahora, más que nunca, desea poseerla con rudeza. Decide volver a visitarla esa
misma noche, después del anochecer.
Llama a la puerta. Sigue un largo
silencio; después oye el apagado arrastrar de unas pantuflas y finalmente ve
que quien abre es la anciana que ya lo había conducido hasta la casa. Su
expresión, a diferencia del día anterior, no tiene nada de amistosa.
—¿Está Iris?
La anciana se dispone a cerrar la
puerta, pero Kyros reacciona con rapidez y la abre de par en par justo en el
momento en que la mujer se desvanece. En su lugar se materializa una gata negra
que bufa amenazadoramente, con el lomo arqueado.
—¡Fuera de aquí! —exclama,
propinándole una patada.
El interior está sumido en la
oscuridad. Kyros busca inútilmente un interruptor y después llama en voz alta:
—¡Iris!
A su alrededor oye un batir de alas
que se mueven velozmente, aunque siguiendo trayectorias irregulares: ¡son
murciélagos!
En el otro extremo del amplio salón
aparece una rendija de luz que por momentos se vuelve más intensa, como si la
provocaran resplandores procedentes de una puerta entreabierta. La puerta da a
una escalera estrecha y empinada, con peldaños irregulares y resbaladizos.
—¡Iris! —llama Kyros mientras
desciende por aquel pasadizo apenas iluminado.
Está a punto de resbalar y apoya
una mano en el suelo; algo que se mueve lentamente por los escalones lo roza.
Es una serpiente, pero no es la única. Hay otras enroscadas formando círculos,
con la cabeza levantada y vuelta hacia él. Debe avanzar con cuidado para
esquivarlas y evitar que lo muerdan. Quisiera regresar, pero más abajo, todavía
lejos, hay algo que no alcanza a ver y que está ardiendo. El aire se vuelve
cada vez más pesado. Ahora hace calor y hay un olor desagradable; se percibe un
fuerte hedor a carne quemada.
Al pie de la escalera comienza un
largo corredor excavado en la roca, con paredes húmedas e irregulares. En el
suelo hay algunos charcos de un líquido pestilente que lo obligan a avanzar con
cuidado para no resbalar.
Al final del corredor se abre un
espacio enorme, cubierto por una bóveda altísima. Iris está sentada junto a la
entrada, en una silla, encorvada sobre sí misma y con las piernas separadas.
Parece haber envejecido muchísimo; ni siquiera parece la misma mujer. Tiene
profundas ojeras, la piel arrugada, el cabello áspero y los pechos caídos.
—¡Cómo has cambiado! —exclama
Kyros—. Ayer mismo eras una flor…
—¡Y tú pensabas acostarte conmigo!
—replica Iris con tono burlón—. Te había advertido que no vinieras tarde, así
que has acortado los plazos. ¡Peor para ti!
Después de una breve pausa,
continúa:
—Te presento a mis colaboradores.
Mudo de sorpresa, Kyros ve a dos
diablos que arrastran cuerpos desde un montón de cadáveres hasta la boca de un
horno. Se mueven de una manera antinatural, a tirones, como dos personajes de
las primeras películas mitológicas. Comprende que para él todo ha terminado:
Iris es la Muerte y los diablos alados, con patas de cabra, obedecen sus
órdenes. Siente el impulso de realizar un gesto heroico: abalanzarse sobre Iris
llamándola puta. Sin embargo, el deseo de seguir vivo es tan intenso que lo
impulsa a entablar una discusión para retrasar todo lo posible su último
aliento.
—Mi pronóstico es desfavorable,
pero todavía me quedan algunos meses de vida.
—Si solo fuera por eso, tu salud es
excelente; es más, repugnantemente excelente. Fui yo quien hizo que
intercambiaran tus radiografías con las de otra persona.
—¡Entonces todavía no ha llegado mi
hora!
—¡Muchacho estúpido! ¿Todavía no
has comprendido que soy yo quien decide cuándo llega la hora? Alexis murió
después de salvar a dos chicos que se estaban ahogando. Todavía está en la
cama, esperando que alguien ocupe su lugar. Y ese alguien eres tú, porque no
tienes ningún mérito. Mi trabajo ya es bastante duro. ¡No puedo seguir
permitiendo esta clase de injusticias!
—Justicia, injusticia… Ni siquiera
tú sabes lo que dices. Alexis murió por su propia causa, quizá por imprudencia,
y el hecho de que haya salvado a dos muchachos no justifica condenar a otra
persona en su lugar, sobre todo a un inocente. De acuerdo, quizá no tenga
méritos, pero tampoco tengo culpas: ¿de qué delitos se supone que debo
responder?
—¿Recuerdas a aquella chica a la
que atropelló un automóvil a pocos metros de donde caminabas? Era empleada de
un supermercado y cruzó corriendo la calle sin mirar en la dirección correcta.
Salió despedida por el aire y cayó a pocos pasos de ti, que caminabas por la
acera.
—Sí, lo recuerdo. Yo era apenas un
muchacho: ocurrió hace por lo menos cinco años.
—No reaccionaste en absoluto: ni
siquiera te detuviste. Seguiste caminando como si no hubiera ocurrido nada.
—Aquella escena fue un shock para
mí: nunca habría querido presenciarla. Es cierto, vista desde afuera, mi
reacción habrá parecido incomprensible…
—Al contrario, era perfectamente
coherente con tu indiferencia habitual. Oíste el impacto y después los gemidos
de la pobre muchacha; viste a la gente correr para ayudarla y tú no hiciste
nada. Seguiste caminando a tu ritmo habitual sin siquiera volverte.
—¡Todavía estaba conmocionado!
—Si nadie hubiera corrido a
socorrerla, la muchacha se habría quedado tendida en la calle, agonizando.
—No fue culpa mía.
—¡No sabes decir otra cosa!
Después de pronunciar esas
palabras, Iris, la Muerte, despliega un amplio manto negro que envuelve a
Kyros, como una araña que extiende su tela para atrapar a la presa. Kyros
levanta los brazos intentando liberarse, pero aquello que le ha caído encima pesa
como si fuera de plomo.
Tropezando, da algunos pasos
mientras gira sobre sí mismo. Con los ojos desorbitados busca inútilmente una
abertura en la oscuridad más absoluta. Entonces grita con todas sus fuerzas,
pero de su garganta no sale ningún sonido.
Solo ahora comprende que ya está
muerto.

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