jueves, 3 de septiembre de 2026

EL BALLET DE LAS SOMBRAS

Dora Gómez Q.

 

Las luces del escenario proyectaban haces geométricos, como si el propio espacio estuviera dividido por navajas ópticas. Cada noche, el proyector se encendía y ellos ejecutaban la coreografía.

La bailarina estaba atrapada entre el celuloide y la realidad. Si ella lograba romper la rigidez de la geometría del escenario y dar un paso en diagonal hacia la penumbra total, el bucle se rompería y sería libre, pero Jonathan hacía lo imposible con sus poses teatrales para mantenerla estática en su cuadro de luz.

 El Teatro de la Ópera de Estrasburgo estaba clausurado hacía décadas, desde el incendio de 1926. Sin embargo, cada medianoche, los generadores ocultos en el sótano cobraban vida con un zumbido eléctrico. El olor a ozono y polvo caliente no era el de una ruina, sino el de una máquina devorando electricidad.

Me colé entre los andamios oxidados, buscando el calor de los transformadores. Lo que vi en el escenario principal, me heló la sangre.

No había música. Solo el zumbido rítmico de un proyector de carbón oculto en el palco presidencial, casi como una respiración. La luz que caía sobre las tablas no dispersaba la oscuridad; la cortaba en ángulos perfectos, como cuchillas blancas sobre un fondo de tinta china.

Y en el centro de ese laberinto de líneas, ensayaban ellos: Irina y Jonathan.

Al principio pensé que eran maniquíes de cera articulados por cables tensos desde el techo, porque tenían una palidez extrema, los ojos cercados por un hollín espeso y unas pupilas dilatadas que no parpadeaban. Él estaba vestido con un frac rígido que parecía absorber la luz y se movía detrás de la bailarina sin tocarla jamás, con dedos como las garras de un insecto disecado, suspendidos a milímetros de su cuello, marcando cada uno de sus pasos con sutiles espasmos y ella que respondía al instante con sus pies, atados por cintas que le mordían la carne, y repicaban contra la madera con un crujido seco, como el de huesos rompiéndose uno a uno.

—Un milímetro a la izquierda, Irina —siseó el hombre. Su voz no venía de su boca, que permanecía inmóvil y pintada de un negro violáceo, sino desde el fondo de la fosa del escenario—. Estás ensuciando la diagonal. El cuadro debe ser perfecto.

Me oculté detrás de una columna de terciopelo podrido, conteniendo el aliento. Fue entonces cuando me di cuenta de que la coreografía no avanzaba. Repetían los mismos tres segundos una y otra vez. Ella giraba sobre su punta izquierda, abría los brazos en un ángulo exacto, miraba hacia el palco vacío con una expresión de pánico absoluto, y él congelaba sus manos sobre la cabeza de la bailarina. Luego, la luz parpadeaba, un chasquido eléctrico resonaba en el aire, y volvían a empezar exactamente en la misma posición.

Me quedé mirándolos desde la penumbra, perdí la noción del tiempo, aunque creo que fue bastante prolongado porque ya mis ojos se habían acostumbrado a la luz estroboscópica, pero mi mente empezaba a agrietarse.

 Debí dar media vuelta y huir, pero había algo en la fijeza de sus pupilas que me mantenía inmóvil.

 En un instante, durante el último parpadeo de la luz, la bailarina no miró hacia el palco. Me miró directamente a mí, a través de la oscuridad del ala oeste. Y sus labios, agrietados por el yeso, intentaron modular una palabra que el zumbido de la electricidad casi logró ahogar: «Ayuda».

El horror no llegó con un grito, sino con el silencio de mis propios pulmones. Quise dar un paso atrás. Decidí deslizar el pie derecho hacia la sombra protectora de la columna de terciopelo, pero mi bota se quedó clavada en la madera. No estaba pegada, el espacio detrás de mí había dejado de existir. Cuando miré de reojo, la penumbra del ala oeste ya no era un vacío oscuro, sino un muro sólido y negro que presionaba contra mi espalda.

La luz del proyector volvió a parpadear.

Chasquido.

Irina giró sobre su punta izquierda. Abrió los brazos. Miró hacia el palco con pánico. El hombre congeló sus manos de insecto sobre la cabeza de la joven.

Chasquido.

El ciclo terminó. Y en esa fracción de segundo en que la bombilla de carbón se extinguió para reiniciar el bucle, mi cuerpo entero dio un violento vuelco hacia el frente. Un tirón invisible, seco y magnético, me arrastró medio metro fuera de mi escondite.

Ahora estaba expuesto.

La luz blanca y cortante me dio de lleno en la cara. Un aire caliente se metió en mi nariz, quemándome la garganta Intenté gritar, pedirles que se detuvieran, pero mis cuerdas vocales solo emitieron el mismo zumbido rítmico que hacía vibrar el teatro. Mi voz ya no me pertenecía; ahora era parte del motor.

—El cuadro se expande —susurró la voz sin boca del hombre del frac. Esta vez, el eco resonó justo detrás de mis orejas—. Una nueva arista para sostener el peso de la geometría.

Chasquido.

Irina volvió a girar. Pero esta vez, sus ojos circulares no miraron al palco, ni me buscaron en la sombra. Su mirada se clavó en mi pecho. Vi las lágrimas de yeso seco romperse en sus mejillas mientras sus brazos se abrían en los malditos noventa grados.

Comprendí que su pánico ya no era por su propio cautiverio, sino por el mío. Quise mirar mis manos, pero mi cuello se había petrificado. Mis dedos comenzaron a estirarse, tensándose en ángulos antinaturales que imitaban la rigidez coreográfica de los dedos de Jonathan.

Mis pies se juntaron en una posición de ballet perfecta, los talones unidos, obligándome a mantener un equilibrio agónico. Me quedaban pocos segundos de conciencia antes de que el mecanismo borrara mi voluntad por completo. El proyector emitió un zumbido más agudo, el filamento vibró al límite, y la luz comenzó a parpadear más rápido.

El bucle de tres segundos se redujo a dos.

Luego a uno.

El tiempo se estaba comprimiendo, y yo me estaba convirtiendo en la tercera silueta del escenario.

 

Algún tiempo después, en el otoño de 1952, la linterna emitía un crujido molesto cada vez que se presionaba el gatillo, arrojando un haz de luz amarilla y mortecina sobre las butacas destrozadas del Teatro Ópera. Hacía frío, un frío húmedo que olía a madera podrida, a nidos de paloma y a abandono.

—No sé qué esperabas encontrar aquí, Oliver —susurró una voz desde la entrada. Oliver no respondió. Oliver, estudiante de arquitectura, estaba obsesionado con los teatros del pasado, y las leyendas urbanas del barrio eran demasiado tentadoras como para pasarlas por alto. Decían que el Ópera devoraba a los vagabundos que buscaban refugio en los inviernos crudos. Decían que, a veces, las ventanas tapiadas del piso superior vibraban con una extraña fluctuación eléctrica.

Oliver llegó al borde del escenario. El suelo estaba cubierto de una capa de polvo tan gruesa que parecía nieve gris. Apuntó su linterna hacia el techo, buscando el mecanismo del telón, pero el aparato falló. La bombilla titiló dos veces y se apagó por completo, sumiendo el lugar en una oscuridad total.

—¿Oliver? No tiene gracia. ¡Vámonos! —exclamó el compañero de aventura y se marchó sin esperar respuesta. Oliver abrió la boca para responder, pero el aire se volvió pesado de golpe. Un zumbido sordo empezó a vibrar bajo sus pies, ascendiendo por sus piernas como una corriente de baja intensidad.

Entonces, el proyector del palco presidencial se encendió solo, con un fogonazo blanco y geométrico que rebanó la penumbra del escenario en ángulos perfectos de luz y sombra obligándolo a dar un paso atrás por puro instinto, pero se congeló al ver lo que había aparecido en el centro del haz luminoso.

Eran tres figuras

La luz parpadeó. La bailarina abrió los brazos. El hombre del frac congeló su pose. Yo, incliné el torso en una reverencia mecánica y agónica.

Chasquido.

El bucle de un segundo se repitió. Una y otra vez. Una danza muda y frenética que no levantaba una sola mota del polvo del suelo.

Oliver sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. Quiso gritar, pero la mandíbula se le puso rígida, como si el tejido de sus mejillas se estuviera transformando en madera o cera. Intentó retroceder, pero su zapatilla derecha se hundió en el suelo, clavándose en la tarima con una firmeza magnética.

Moví apenas la mirada hacia la oscuridad donde estaba el estudiante. Con un esfuerzo que me desgarró el cuerpo, desvié el pie izquierdo unos centímetros. No hacia adelante. En diagonal. La única dirección prohibida.

El mundo produjo un ruido seco. No fue el proyector. Fue la geometría rompiéndose.

Durante una fracción de segundo vi el escenario desde afuera: vi a Irina, a Jonathan, al muchacho de los años cincuenta y al lugar vacío donde yo había estado antes.

Entonces comprendí que el espectáculo nunca perdía una figura. Sólo cambiaba de nombres.


Dora Angélica Gómez Quiroga nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1953. Es psicóloga social, técnica en gestión cultural y poeta, incursionando actualmente en la narrativa. Ha publicado el poemario Arena Negra, en la Antología Federal de poesía por la región de Cuyo Andino del Consejo Federal de Inversiones y en también en antologías “La herida Cierta” y “Vestigios”.

 

 

 

 

 

 

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