miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA CABAÑA HÚNGARA

Azher Jirjees

 

En el otoño del 2006 llegué andando hasta Hungría. Hice la travesía solo, atravesando los bosques sin rumbo hasta que se me apareció a lo lejos el espejismo de una vieja cabaña. Se trataba de una choza aislada, cerca de un establo de burros que desprendía un extraño olor a carne asada. Con lo que me restaba de ánimo me dirigí hacia allí, y fue entonces cuando a la distancia escuché un gritó: ¡Stop! Me detuve al instante y levanté las manos en señal de rendición. Una anciana enflaquecida vino hacia mí apuntándome con una escopeta de cazador. Me habló en húngaro. No entendí lo que dijo y de no ser por las pocas palabras en inglés que aprendí hace veinte años cuando iba a la escuela, posiblemente ahora no estaría contándolo. Le dije que andaba perdido y que estaba hambriento, que había huido de la muerte, y solo entonces la anciana bajó el arma y me dijo: ¡Sígueme!

   Me metió en la cabaña y me ofreció hígado de pollo machacado con manteca y avena, plato que devoré con apetito. Mis ojos no perdían detalle del lugar. Desde dentro se veía un espacio amplio. Estaba lleno de botellas de vino vacías y las paredes y el suelo olían a orín. La señora Bárbara me contaría después que se dedicaba a fabricar vino casero para vendérselo al dueño de un bar en Budapest. También me dijo que hace cincuenta años había llegado a un trato con uno de ellos respecto al vino añejo, producto que haría de ella una mujer rica. Me habló de que tenía un sótano lleno de barricas de madera y que era feliz con su trabajo. Luego me pidió que le contara mi historia.

   Yo le hice un resumen de mi vida y se le llenaron los ojos de lágrimas al saber que había huido de la guerra. Me pidió que me quedara. Los desertores son susceptibles de despertar compasión. Acepté sin dudarlo. Trabajo y cobijo, ¿qué más puede pedir un extraño? Acordamos que trabajaría siete horas en el establo y me encargaría de limpiarlo de los excrementos, a cambio, tres comidas al día a base de hígado caliente de pollo y un lugar para dormir en la cabaña. A decir verdad, no resultaba un trabajo demasiado pesado.

   Cierta noche, estando acostado, escuché un ruido en el sótano. Las barricas se agitaban violentamente. Bárbara me había prevenido de entrar en el sótano del vino, pero aquella noche ella estaba sumida en un sueño profundo, así que retiré la manta, tomé un machete y me dispuse a bajar las escaleras. Iba descalzo, andado de puntillas y mascullando por lo bajo una fórmula aprendida de mi abuela Salima. Una vez abajo encendí la lámpara de aceite y observé los barriles de vino. Estaban quietos, y no se sentía más ruido que los ronquidos de Bárbara filtrándose desde el piso de arriba. Me quedé tranquilo. Apagué la lámpara y fui subiendo las escaleras despacio. Sin embargo, un temblor procedente de una de las barricas me hizo volver para ver lo que ocurría. Encendí la lámpara de nuevo, y con ella en la mano, me metí hasta el fondo del sótano. Cada vez que daba un paso, se amplificaba la violencia de aquel temblor y así hasta que llegué al último barril. Se agitaba como un niño que estuviera sufriendo un ataque epiléptico. Puse el quinqué a un lado y agarré una barra de hierro que estaba tirada en el suelo, la encajé en la tapa de la barrica y la abrí. Saltó de allí un enano en pelotas.

¡Santo Dios!¡ Un enano en una barrica de vino! La escena me dio miedo y empecé a repetir en voz alta la fórmula y amuleto de protección, pero él me interrumpió.

   —No vale para nada.

   —¿El qué?

    —El amuleto. Olvídalo. Ya lo probamos nosotros antes y no sirvió de nada.

      Las palabras del enano me dejaron perplejo y estuve a punto de perder la razón.

   —¿Quiénes son los que hablan en su nombre?

   —No te asustes, querido. Tu destino no será muy diferente al nuestro.

   Le pregunté a qué se refería y bajó la luz del quinqué con la mano, se sentó encima del barril que estaba al lado y empezó a contarme la historia. Me dijo que en esas barricas no había vino, sino enanos macerando en orín de burro. La señora Bárbara, según su explicación, había construido aquella cabaña hace cincuenta años para dar caza a los que huían de las guerras, a los cuales metía en las barricas de madera. Cada día los alimentaba con hígado de erizos monteses machacados con aceite, que poco a poco, los iba menguando hasta convertirlos en enanos. Luego los metía en las barricas de vino, llenas de orín de burro y los vendía como bebida para los geniecillos malos. El proceso hasta que fermentaban y se convertían en alcohol podía alargarse varios años, aunque ella cobraba del señor Mark la mitad por adelantado de cada uno de los prófugos que atrapaba.

   —¿Y quién es ese tal señor Mark? —le pregunté.

   —El dueño del bar que frecuentan los genios malos —respondió antes de preguntarme él —: ¿Has tomado ya de esa comida?

   —Así es, tres veces al día, pero ella me dijo que era hígado de pollo con grasa y avena.

   —Es lo que les dice a todos, pero no es cierto. Es hígado de erizos monteses enanos.

   La historia me puso la piel de gallina. Tratando de tranquilizarme me pase la mano por el cuerpo, que aún seguía en su tamaño normal. Luego le pregunté sobre el secreto que había detrás de todo aquello, y la razón última que llevaba a una anciana a macerar a los prófugos de las guerras en orín de burro, ¡para venderlos después a los genios malos! Entonces me reveló que cuando él empezó a menguar y llegó el día en el que la señora Bárbara decidió meterlo en el barril del orín, le había preguntado eso mismo, y ella se echó a reír a carcajada limpia y le respondió con una frase: Escucha, enano, cuando la guerra estalle en este lado de la tierra, el mercado de la diversión estará en lo más alto en el otro lado.

   Para ser sinceros, no entendí que quiso decir el enano infusionado, pero de igual manera le pregunté al final por el día el que yo mismo me convertiría en vino para los demonios. Se rio de mí y dijo:

   —Oh, aún es pronto para eso, compañero, figúrate, yo hui de la guerra de Octubre y aún no he fermentado. Devuélveme al barril, haz el favor, extraño el sabor del orín de burro.

   Y así fue. Lo sumergí en el orín, encajé la tapa y seguidamente apagué la luz para volver a la cama. Por la mañana, desperté con las voces de la anciana Bárbara:

   —Salim, Salim, despierta querido, es la hora de comer.

Azher Jirjees nació en Nasirriya, Irak, en 1973 y reside actualmente en Noruega. Entre la gran cantidad de trabajos literarios publicados, muchos de ellos relatos y artículos mordaces que han visto la luz en prensa árabe, destacamos sus obras más recientes: Encima de la tierra negra (2015), El artesano de dulces (2017), y Piedra de la felicidad (2022).

 

 

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