miércoles, 2 de septiembre de 2026

DOS HOMBRES, TRES OPINIONES

Anamaria Borlan

 

Dos hombres se encuentran en una tabaquería del barrio donde viven. Se saludan cortésmente, cada uno a su manera: el primero que entró, con una sonrisa torcida en la comisura de los labios; el otro, con una mueca de fastidio. Se conocían de vista, aunque nunca habían intercambiado una palabra, pese a vivir en el mismo edificio, pero en entradas, pisos y departamentos diferentes. El primero compra una caja de fósforos mientras el segundo espera pacientemente a que quien lo precede rebusque en sus bolsillos, tosa, se suene la nariz con un pañuelo arrugado y, finalmente, coloque dos monedas sobre el mostrador con marco de caoba, bien lustrado, que encuadraba majestuosamente una placa de vidrio rayada, manchada, opacada aquí y allá por el roce de tantos codos y diversos objetos que habían pasado sobre ella a lo largo de varias décadas. El segundo cliente pide un paquete de cigarrillos sin filtro y, cuando el vendedor le responde con cierta brusquedad que no tiene la marca deseada, el hombre se enfada.

Una lluvia de insultos, improperios y maldiciones inesperadas e inútiles cae sobre el anciano sentado en una silla detrás del mostrador, quien, imperturbable, se acaricia la barba larga, espesa y desgreñada, demostrando una perfecta indiferencia ante el acceso de furia del cliente. El primero que había entrado, el que había comprado la caja de fósforos y nada más, ya casi en el umbral de la tabaquería y con intención de salir, abre la caja, saca un fósforo y lo enciende ante los ojos del hombre que discutía por el paquete de cigarrillos. Este da un salto hacia atrás para esquivar primero las chispas y luego la llama que brota de repente bajo su nariz, y se golpea la cadera contra el mostrador lateral, estrecho, de madera con refuerzos metálicos oxidados en algunos lugares.

—El fósforo de la caja es un elemento que se comporta amistosamente, por supuesto, siempre que no dejes caer la cerilla al suelo, sobre la madera o sobre los pantalones de algún payaso... —dice el primero con voz grave, casi susurrante, adoptando un aire solemne, serio, grandioso e imponente, todo al mismo tiempo. El segundo, un hombre aproximadamente de la misma edad, un poco más bajo y barrigón, exhibe también, en la medida de sus posibilidades, un aire majestuoso.

—No me hables a mí de fósforo y cerillas —gruñe con expresión contrariada, lanzando una mirada de soslayo al tabaquero que permanece callado y aburrido en su taburete detrás del mostrador.

—¿Y por qué no? ¡Hablo de lo que quiero!

—¿Al menos sabes de qué estás hablando? Déjame contarte una historia, ya que has entrado en mi tienda. En tiempos de la Antigua Roma, un poeta llamado Marcus Valerius Martialis, autor de doce libros de epigramas leídos por los emperadores Domiciano, Nerva y Trajano, menciona una sustancia llamada sulphurata, utilizada para encender fuego. Varios siglos después aparecen las varillas de azufre con las que las damas de la corte de la dinastía china Qi encendían sus pipas. Mucho más tarde aparecen en Europa unos fósforos llamados Lucifer, porque la varilla llevaba en uno de sus extremos una mezcla de azufre, clorato de potasio, azúcar y caucho, una verdadera bomba; se encendía introduciendo la punta en un pequeño frasco de ácido sulfúrico, lo cual era francamente peligroso y muy costoso. También existían los fósforos llamados Ratón Volador, es decir, los vampiros de la noche. Pero antes de que llegáramos a la civilización –bueno, a una especie de civilización, porque seguimos siendo unos salvajes–, mucho antes de que nuestros semejantes asaran carne, los hombres golpeaban dos piedras, pedernal y eslabón, con las que también prendían fuego a la pólvora. Como ves, sé mucho sobre fósforos. —El segundo cliente resopla con desaprobación y afectación fingida—. Veo que no te interesa. Al menos sé educado y escucha, tú, comprador de cigarrillos baratos y sin filtro —lo reprende el primer cliente.

—¿Qué te importa mi vida, eh?

—¡Estoy perdiendo el tiempo y la paciencia con gente como tú!

—¡Mira tú! —exclama el segundo con expresión ligeramente divertida, lanzando una mirada al anciano de barba desgreñada—. ¿Gente como yo, eh? ¿Y quién es usted para hablarme desde arriba?

—¿Eh? ¿Has dicho «eh»? ¿Te crees superior a mí?

—¡Esto sí que es bueno! ¡Por supuesto que me creo superior a ti!

—¿Por qué, si tienes la amabilidad de responderme?

—Porque soy una cabeza más alto que tú, llevo zapatos de cuero lustrados, he comprado fósforos aunque no fumo...

—¡Interesante! Parece que esos pocos años que tienes menos que yo te conceden el valor imprudente de quien, por ser más joven, se siente autorizado a insultar. El hecho de que seas una cabeza más alto que yo solo demuestra que alguien de tu familia poseía, sin saberlo, por supuesto, un conjunto de genes presentes en los cromosomas que contienen la información genética necesaria para la formación de un organismo y transmiten determinadas características hereditarias. El hecho de que lleves zapatos de cuero, y además lustrados, indica que tienes ingresos suficientes, y tu afirmación de que no eres fumador me deja completamente indiferente.

—Señor, escuchando sus magistrales palabras pronunciadas con tanta grandilocuencia, me inclino a pensar que su profesión podría ser la de profesor o la de librepensador.

—¿De dónde puedes deducir semejante profesión, como acabas de anunciar? Nada más lejos de la verdad.

—Mis disculpas. ¿Podría decirme, se lo ruego amablemente, cuál es su profesión?

—¿Tanta curiosidad tienes por conocer mi profesión? Me pregunto por qué. ¿Puedes revelarme el motivo de esa insólita petición de que te confiese a qué me dedico?

El primer cliente, con un pie en el umbral y una mano sobre el picaporte desgastado por los años, aprieta los labios y expulsa un sonoro resoplido por la nariz.

—Porque he observado, sin proponérmelo, que pediste un paquete de cigarrillos y te enfureciste porque no tenían tu marca preferida.

—¡Deducciones erróneas! Y de varias clases. Has supuesto, escuchando a escondidas mi conversación con el vendedor y sin saberlo con certeza, para quién pensaba comprar ese paquete de cigarrillos. ¿Por qué precisamente esa marca? ¿Quizá para mí? ¿Quizá para otra persona? ¿Por qué el tabaquero no tenía esa mercancía? ¿Por qué no hizo un nuevo pedido? ¿Tal vez no advirtió que justamente esa marca se había agotado? ¿Tal vez no le importó? ¿Tal vez sabía que al final compraría otra marca de cigarrillos...?

—No puedo sino darte la razón. Es cierto. He reflexionado y elaborado cierta forma de razonamiento sin una base comprobada, sin premisas que condujeran a una conclusión fundada en la lógica del juicio.

—No has reflexionado; solo oíste algunas palabras dichas al azar y después tuviste la insolencia de criticarme, de mirarme desde arriba; incluso mencionaste con elocuencia el hecho de que llevas zapatos de cuero lustrados.

—Mencioné ese detalle porque es verdad.

—Yo llevo un pañuelo en el bolsillo, pero no he mencionado ese objeto, aunque su presencia sea absolutamente real, incluso sin que yo demuestre su realidad inmediata. Como dato curioso y divertido, yo también llevo zapatos de cuero, y hasta están lustrados. Quizá no miraste lo bastante bien o no te inclinaste lo suficiente para darte cuenta. Después de todo, ¿cuál es el propósito de esta conversación? Como intuyes, o quizá incluso sea deliberado, este diálogo puede ramificarse en varias direcciones, no todas agradables ni seguras.

—¿Como una disputa filosófica?

—En pocas palabras, sí.

—¿Y en muchas?

—Nos llevaría meses, si no varios años, discutir de manera divergente acerca del tema de nuestro encuentro de hoy.

—Yo tengo tiempo. No tengo prisa por ir a ninguna parte. He entrado por primera vez en mi vida en esta tabaquería por pura curiosidad.

—¿Qué despertó tu curiosidad? ¿Existe alguna motivación empírica o fue simplemente casual?

—Sentí el impulso de explorar lugares y personas nuevos, desconocidos para mí antes de esta experiencia.

—Eso significa que tienes un fundamento subjetivo para el impulso que determinó esa acción.

—Más bien, lo confieso sinceramente, por la naturaleza de una cábala.

El primer cliente que había entrado en la tienda permanece callado durante unos instantes, como sumido en sus pensamientos.

El anciano vendedor de barba blanca y desgreñada se levanta con dificultad de su silla, da un paso hacia el mostrador y apoya ambas palmas sobre el vidrio rayado, opacado y manchado.

—Con todo respeto, estimados clientes, me veo obligado a invitarlos a trasladarse afuera, a la plaza, para que continúen allí su diálogo sobre el análisis y el debate minucioso de la nada.

—¿Ya es hora de cerrar? —pregunta sorprendido el segundo cliente.

—¿Nos echa por haber hablado de fósforos?

—No de fósforos —interviene el segundo hombre—. Hablamos, o al menos tuvimos la intención de hablar, también de la chispa producida por la cabeza de fósforo, que después se enciende, arde como las ideas y se extingue como la vida de un hombre.

—Caballeros, no deseo contrariarlos de manera desagradable, pero esta conversación me ha aburrido más allá de todo límite y, con la mano sobre mi envejecido corazón, no deseo que la nada se transforme en caos. Añadiré unas pocas palabras y después cada uno seguirá su camino; yo cerraré la puerta desde dentro. He visto en sus distinguidos rostros que experimentaron un instante de intriga, de perturbadora sorpresa, cuando pronuncié la palabra «nada». Se me ocurrió la teoría que se refiere a la Nada como la maximización de la posibilidad de lo inexistente. ¿Tengo razón?

El tabaquero desplaza la mirada de uno al otro.

—Sin ánimo de ofender, se me acaba de ocurrir una pregunta —dice el primer cliente—. Señor, ¿está usted familiarizado con... el idealismo?

—Más bien con la Ilustración —responde de inmediato.

Los dos clientes intercambian una mirada; el asombro se refleja en sus rostros.

—Si lo considera oportuno, me tomo la libertad de preguntarle cuál es su nombre.

El anciano endereza la espalda sosteniendo una gran llave en la mano, como si estuviera a punto de atacarlos.

—Mi nombre carece por completo de relevancia. Igual que los de ustedes. La razón y la experiencia son características generales de la existencia. También lo son los conceptos de espacio, tiempo y cambio, la causalidad y las leyes de la naturaleza. La materia y la mente humana mantienen un vínculo estrecho y predeterminado. Sin estas particularidades no existirían ni lo posible ni lo necesario.

—Ni el conocimiento —añade el primer cliente.

—Solo ahora hemos llegado al momento indudable, necesario y posible de revelarnos nuestros nombres —replica el anciano con tono decepcionado y casi dolorido—. Después abandonarán esta tienda y yo bajaré las persianas de la tabaquería. ¡Vayan a adorar a algún ídolo, dios o poder cósmico! Yo, el que está aquí ante ustedes, me llamo Mendelssohn. Moses Mendelssohn.

Los dos miran al hombre de barba blanca y desgreñada.

—¿Aquel Moses Mendelssohn, teólogo y filósofo?

—En persona. Ahora tengo que pedirles un gran favor. Revelen también ustedes sus nombres y a qué se dedican durante los días de la semana. Primero el primer cliente y después el segundo, en el mismo orden en que entraron.

—Me llamo Johann Christoph Friedrich Schiller. Escribo obras de teatro y, de vez en cuando, poemas.

—¿Eres aquel Schiller que escribió obras filosóficas sobre ética y estética? ¿Tomaste como modelo mi forma de síntesis, aplicando así mi pensamiento junto con el del idealista Karl Leonhard Reinhold? ¡No esperaba un encuentro semejante! Ahora te toca presentarte —dice, volviéndose hacia el segundo.

—Mi nombre es Immanuel Kant. Mis ideas sentaron las bases del sistema doctrinal del idealismo trascendental.

—¿Y a qué conclusión ha llegado, señor Kant? Le hago la misma pregunta al señor Schiller.

—Todavía pienso y reflexiono acerca de la relación entre la realidad y la realidad empírica que podemos experimentar.

—¡Fascinante! —se maravilla el dramaturgo—. Yo también sigo pensando en la naturaleza del mal, y especialmente en la cábala entendida como complot, conjura e intriga, como experiencia de la realidad.

—En conclusión, ¿cuál es la opinión de ustedes acerca del idealismo, sea trascendental o esté por encima o más allá del mundo real?

—Por ahora intento formarme una idea acerca de la cosa como materia, sobre cómo puedo penetrar con la mente más allá de la apariencia. ¿Cómo podría contemplar el espacio cósmico y explorarlo mediante el poder de mi mente? Tal vez encontrar una civilización más avanzada que la nuestra y poder preguntar acerca de la percepción de sentidos que trasciendan la realidad.

—Y yo procuro, en mis obras de teatro y en mis poemas, examinar el fundamento de la realidad como una característica independiente de la mente. El viaje espacial tendrá lugar, sin duda. Es muy posible que esa civilización más avanzada que la nuestra, de la que has hablado, posea concepciones y un conjunto de conocimientos más sofisticados y que tengamos la oportunidad de experimentar la metafísica...

—Sí, por supuesto, sería una experiencia única estudiar el ser en cuanto ser, independientemente de que sea humano o extraterrestre —se entusiasma Kant.

—¡Explorar el ámbito suprasensible más allá de nuestro mundo interior y también aquello que existe más allá del mundo exterior!

—¡Y asimismo investigar, desde un punto de vista crítico y comparativo, las condiciones del pensamiento!

—Les deseo mucha suerte. Ahora les ruego que abandonen la tienda; esta conversación sobre la nada me ha agotado. Ilusiones y ficción. Adiós.

Schiller y Kant salen. Tras ellos oyen cómo la llave gira dos veces en la cerradura.


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

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LA CABAÑA HÚNGARA