viernes, 12 de junio de 2026

ENTRE NOSOTROS

Taleb Alrefai

 

Yusuf, amigo mío:

Estás sentado solo frente al mar. El café que tienes delante ya se ha enfriado.

Contemplas las olas. Desde la distancia se empujan a sí mismas hacia la orilla. Y, en el instante en que llegan, entregan a la arena los secretos que esta esperaba.

Y entonces te tranquilizas.

 

Yo estoy sentado frente a la pantalla.

En mi despacho. Los estantes llenos de libros me rodean.

Y un silencio que me conoce y que yo conozco se posa sobre el borde de mi escritorio.

De vez en cuando me observa.

Palabra a palabra, se escriben los momentos de Yusuf.

 

Lo sé, no buscabas esto. Aún estabas sentado detrás de tu escritorio en los últimos minutos de la jornada laboral.

Llamó la directora de la oficina del presidente del consejo de administración:

—El presidente quiere verle.

Rara vez te mandaba llamar. De camino a su despacho intentaste recordar algún error o descuido que hubieras cometido.

Entraste. Saludaste. Te sentaste.

Como siempre lo habías conocido: tranquilo, reservado y enigmático. Encendió un cigarrillo. Dio una calada. Expulsó el humo.

Te miró. Como si leyera algo en tu rostro.

Tú bajaste la vista hacia tus manos.

—Señor Yusuf, es usted un empleado diligente, y tengo la intención de proponer a los señores miembros del consejo que sea el nuevo director general.

Sus palabras te sorprendieron. Una sonrisa tenue se dibujó en tu rostro, pero no dijiste nada.

Deseaste que repitiera la frase. Pero él siguió mirándote, y tú solo alcanzaste a decir:

—Es un honor para mí.

—No quiero que nadie lo sepa... —te advirtió—. Yo mismo me pondré en contacto con usted. Eso es todo.

Y dio por terminada la reunión.

Cuando regresaste a tu despacho, la habitación ya no parecía tuya.

Te quedaste de pie en el centro. Miraste el cielo lejano y no supiste dónde poner las manos. «¡director general!».

Pensaste en llamar a Lulua, tu esposa, pero recordaste la advertencia del presidente.

Te susurraste a ti mismo:

«Guardaré el secreto yo solo».

 

—Adelante, Yusuf. Me has preocupado.

—Señor Taleb, ha pasado una semana.

—Lo sé.

—Usted es el escritor de esta historia. Me eligió a mí, así que no me deje suspendido.

—Perdón, yo escribo las escenas según la experiencia de lo vivido.

—Entonces ayúdeme acelerando el ascenso.

—No puedo.

—¿Por qué?

Su pregunta me tomó por sorpresa. Mis dedos se apartaron del teclado.

—No soy como usted cree.

—¿Cómo?

Su pregunta quedó flotando frente a mí.

No sabía qué responder. Y para enviarle al menos un poco de esperanza escribí:

—Lo intentaré.

—Quiero ver adónde me llevará.

Levanté los dedos del teclado.

No escribí nada.

 

Aquella noche, en el momento en que entraste en casa, tus ojos se cruzaron con los de tu esposa, Lulua.

Sentiste que había visto aquello que no querías que viera.

—Estás cansado —dijo enseguida.

—Es un dolor de cabeza —respondiste, llevándote la mano a la sien para convencerte incluso a ti mismo.

Os sentasteis a la mesa. Comiste en silencio.

Pero tu mente y tu corazón estaban pendientes de una llamada cuyo sonido soñabas escuchar.

Volvió a mirarte, pero no dijo nada.

Bajó la cabeza hacia su plato.

Quizá lo había comprendido.

 

—Señor Taleb, han pasado dos semanas.

—Perdón, yo no controlo las fechas del consejo de administración.

—Usted es el escritor de la historia. Una sola frase y todo termina.

—No está en mis manos.

—Estoy agotado. Duermo con el teléfono debajo de la almohada. Lo llevo conmigo a todas partes. Escucho el timbre, aunque no suene.

Eché la silla un poco hacia atrás.

La pantalla estaba frente a mí, y los libros me observaban.

Él permanecía en silencio. Y yo seguía sin escribir nada.

—Señor Taleb, escriba el final.

Mis dedos permanecían inmóviles sobre el teclado.

No se movían.

Miré la pantalla.

Y tú me miraste a mí.

 

Intentaste retomar tu vida tal como era, y fracasaste.

La espera de la llamada seguía habitándote. Y también el ascenso a director general. Más de una vez comprobaste que el número del presidente estaba guardado en tu teléfono. Ayer no pudiste esperar en tu despacho. Subiste al piso superior sin un motivo claro. La secretaria te encontró y la saludaste.

Ella respondió:

—Buenos días, señor Yusuf.

No encontraste qué decir.

Entonces añadió, sorprendiéndote:

—El señor presidente viajó ayer.

Te tragaste la decepción.

No preguntaste cuándo regresaría.

Volviste a tu despacho y cerraste la puerta.

Te quedaste de pie en el centro de la habitación, igual que la primera vez.

Escuchaste el zumbido del aire acondicionado. Comenzaste a caminar contando los pasos. Y cuando te detuviste, no supiste cómo sentarte. Ni por qué seguías de pie.

 

—Señor Taleb, pongámonos de acuerdo: ya no quiero el ascenso.

—No puedes retractarte de aquello que deseaste.

—Fue usted quien sembró ese deseo en mí.

Me aparté un poco de la pantalla.

—Y tú aceptaste y desempeñaste el papel.

—Entonces escriba el final y termine la historia.

—La historia no terminará.

—¡Dios mío! —resoplaste.

Mis dedos se quedaron congelados sobre el teclado.

Miré la pantalla.

Tú no me miraste.

Solo quedamos el silencio del despacho y yo.

No hablamos.

 

Sigues sentado frente al mar.

El café se ha vuelto a enfriar.

Dejas el teléfono sobre la mesa y lo miras fijamente.

Mientras él te da la espalda.

Las olas del mar se retiran lentamente de la orilla.

Ha comenzado la marea baja.

Extiendes la mano hacia el teléfono.

Luego la retiras.

Y yo también retiro la mía.

No escribo nada.

Taleb Alrefai (Kuwait, 1958) es uno de los narradores contemporáneos más destacados del mundo árabe. Ingeniero civil por la Universidad de Kuwait y Máster en Escritura Creativa (MFA) por la Universidad de Kingston de Londres, comenzó a publicar en la década de 1970. Su obra, que abarca la novela, el cuento, el teatro y el ensayo, ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el inglés, el francés y el alemán. Entre sus novelas más reconocidas figuran El olor del mar, Al-Najdi, Habi y El secuestro del amado. En 2010 presidió el jurado del Premio Internacional de Novela Árabe (Arab Booker Prize). Es fundador y director del Foro Cultural Al Multaqa y del Premio Al Multaqa para el Cuento Árabe, dos de las iniciativas culturales más importantes de Kuwait. Asimismo, ejerce como profesor visitante de Escritura Creativa en la Universidad Americana de Kuwait. En 2002 recibió el Premio Estatal de Literatura por El olor del mar, y en 2021 fue distinguido como Personalidad Cultural del Año en la Feria Internacional del Libro de Sharjah.

 

(Kuwait, 30 de diciembre de 2025)

Traducción: Abdul Hadi Sadoun

 

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