Lewis Shiner
El Chico subió la
intensidad de la lámpara de gas de su habitación. El papel pintado de lino
rosado se seguía viendo un poco deslucido. Desde que J. L. Driskill había
inaugurado su nuevo establecimiento en diciembre del 86, el Hotel Avenue había
ido cuesta abajo.
Había un cuadro enmarcado en la
pared y el Chico llevaba una hora mirándolo. Era un grabado de un indio pawnee.
El indio tenía la cabeza afeitada, salvo una franja de cabello que corría por
el centro. Llevaba plumas en el pelo que le quedaba, y este le caía sobre la
frente.
Lo comparó con lo que veía en el
espejo. Tenía una resaca terrible por la hierba loca y el whisky sin etiqueta
de la noche anterior. Su fino cabello rubio apuntaba en todas direcciones y sus
ojos estaban casi completamente enrojecidos. Sacó su navaja de afeitar, la
asentó un par de veces contra la bota y agarró un mechón de pelo.
Qué demonios, pensó.
Resultó más difícil de lo que había
imaginado y terminó con un montón de pequeños cortes por toda la cabeza. Cuando
acabó, tomó la navaja y la utilizó para cortar la parte inferior de su
guardapolvo negro de cuero. Lo cercenó justo por debajo de la cintura. Durante
un par de segundos se preguntó por qué demonios lo estaba haciendo, se preguntó
si había perdido la razón. Luego se lo puso y volvió a mirarse al espejo, y
esta vez le gustó lo que vio.
Era exactamente lo correcto.
Había habido una
taberna en la esquina de Congress Avenue y Pecan Street prácticamente desde la
época en que Austin dejó de llamarse Waterloo y se convirtió en la capital de
Texas. Por aquellos días se llamaba Crystal Bar. Un alero rodeaba todo el
edificio y, en el lado de Pecan Street, había un anuncio pintado sobre los
ladrillos que promocionaba los cigarros de diez centavos de Tom Moore. Las
cubiertas de tela de los carruajes estacionados junto a la acera se inflaban
con la suave brisa otoñal.
Los tranvías tirados por mulas
habían desaparecido y ahora los tranvías eran eléctricos, gracias a la presa
inaugurada en mayo del año anterior. Decían que Austin era «el futuro gran
centro manufacturero del Suroeste». Era la primera gran ciudad que conocía el
Chico. Los cables eléctricos y telegráficos tendidos por todo el centro
parecían la historia del futuro impresa en bloques sobre el cielo.
El Chico llegó media hora tarde a
una cita fijada para las dos con el gerente del Crystal. El gerente se llamaba
Matthews y llevaba corbatín, cuello almidonado y un traje hecho a medida.
—¿Conoces «Grand-Father's Clock is Too Tall for the Shelf»? —preguntó
Matthews.
El Chico no se había quitado el
sombrero.
—Claro que sí.
Sacó de su estuche una guitarra
Martin de cuerdas de acero y tocó suavemente con los dedos.
—«Fue comprada en la mañana del día
en que nació / y siempre fue su tesoro y su orgullo / pero se detuvo —para
siempre— sin volver a andar / cuando murió el anciano».
Voy a vomitar, pensó el Chico.
—No tienes gran voz —dijo Matthews.
—Lo único que quiero es pasar el
sombrero —dijo el Chico—. Señor.
—Tampoco tienes gran sombrero. Está
bien, muchacho, puedes intentarlo. Pero si al público no le gusta, estás fuera.
¿Entendido?
—Sí, señor —respondió el Chico—.
Entendido.
El Chico regresó
aquella noche a las nueve. Le había comprado unas hojas de cáñamo a un muchacho
mexicano y las había fumado, pero no parecían ayudarlo con los nervios. Sentía
como si Gentleman Jim Corbett estuviera intentando abrirse paso a puñetazos desde
el interior de su pecho.
El techo debía de estar a unos
nueve metros de altura. La mitad superior de la sala era blanca por el humo de
los cigarros y la mitad inferior olía a flatulencias y cerveza derramada. Más
de la mitad de las mesas estaban ocupadas y solo quedaban un par de asientos
libres en la barra. Todos los clientes eran hombres, por supuesto. Hombres
blancos. Decían que ninguna dama se atrevía a caminar por el lado este de la
Avenida.
Nadie le prestó mucha atención, y
menos que nadie las camareras. Contó tres. Una de ellas no parecía tan vieja ni
tan gastada.
Un gordo descomunal con
sujetamangas aporreaba en un piano con la caja de resonancia rota «The Little
Old Cabin in the Lane». El Chico conocía la letra. Hablaba de los tiempos en
que «los negritos se reunían junto a la puerta / y bailaban y cantaban por las
noches». Si había algo capaz de impedir que se acobardara y regresara al hotel,
tenía que ser aquello.
Al fondo de la sala había un
escenario de madera de apenas un metro de ancho y poco más de un metro de alto.
Lo justo para que alguna cantante entrada en carnes se paseara por él
levantándose la falda por detrás. El Chico colocó sobre el escenario el último
taburete libre de la barra y apoyó junto a él el estuche de la guitarra. Subió
y se sentó. Aquello lo elevó lo suficiente para quedar justo dentro de la nube
de humo.
El pianista terminó o se rindió. En
cualquier caso, dejó de tocar y se acercó a la barra.
El Chico sacó la guitarra. Tenía
una correa con un gancho que pasaba por detrás y le permitía sostener el peso
del instrumento sobre el cuello. Era lo que llamaban una guitarra de salón, la
más grande que fabricaba C. F. Martin and Sons. Con su plectro de cobre y
aquellas cuerdas de acero sonaba tan fuerte como el regreso de Jesucristo. Aun
así, al Chico le habría gustado una caja de resonancia más grande. Habría
sonado todavía más fuerte.
Alguien en la barra dijo:
—¿Conoces «Grand-Father's Clock»?
—¿Qué tal «Ta-ra-ra-boom-de-ay»?
—gritó alguien más allá.
El hombre estaba borracho y empezó
a cantarla él mismo.
—¡No, «Grand-Father's Clock»! —dijo otro—. ¡«Grand-Father's
Clock»!
El Chico se quitó el sombrero.
Quizá no fue todo el bar el que
quedó en silencio, pero sí un círculo de unos diez o doce metros a su
alrededor. El Chico miró aquellos rostros y comprendió que había cometido un
error. Era el tipo de error que uno podía no sobrevivir.
Más de cincuenta hombres lo
observaban.
Todos llevaban sombreros de ala
estrecha, trajes oscuros y esos espesos bigotes que parecían diseñados para
ocultarles la boca por si alguna vez sonreían por accidente.
Ninguno sonreía ahora.
El Chico no vio armas.
Pero tampoco parecía que alguno de
ellos las necesitara.
Tocó una frase descendente sobre
las cuerdas graves y golpeó un mi séptima con toda la fuerza de su plectro de
cobre.
—«Rodé y di tumbos» —cantó—, «lloré
durante toda la larga noche».
Estaba tan asustado que sentía la
garganta hinchada y la voz le salió convertida en un graznido. Pero su mano
siguió moviéndose, marcando el ritmo a golpes sobre la guitarra. La locura
empezó a crecer dentro de él al escuchar aquel sonido, al tocar esa música
allí, delante de aquella gente, restregándosela por la cara quisieran o no.
—«Rodé y di tumbos, Señor» —cantó—,
«lloré durante toda la larga noche».
Saltó del taburete y marcó el
tiempo con el tacón de la bota.
—«Me desperté esta mañana y ya no
sabía distinguir el bien del mal».
Volvió a recorrer los acordes dos
veces más.
No podía quedarse quieto.
Había visto que la música provocaba
aquello en otras personas. Había convivido con ello toda su vida, trabajando
como aparcero en un condado de población negra, rodeado de familias que apenas
estaban a una generación de distancia de la esclavitud. Los había visto junto a
sus hogueras los sábados por la noche y en sus iglesias los domingos por la
mañana.
Pero era la primera vez que le
ocurría a él.
Llegó el momento de una estrofa y
estaba tan fuera de sí que solo pudo cantar:
—Na na na na... —siguiendo la
melodía. Cuando la vuelta llegó de nuevo, cantó—. «Bueno, la locomotora silba
llamando al Día del Juicio. / Oigo a ese tren silbar llamando al Día del
Juicio. / Cuando ese tren pase por aquí, se llevará todo lo que tengo».
Otra vez los acordes. Era tocar o
morir, o quizá ambas cosas. La canción descarriló rugiendo y explotó sobre un
si novena. Las últimas notas permanecieron suspendidas en el aire durante largo
rato. Había tanto silencio que el Chico podía oír cómo crujía la acera de
madera cuando alguien pasaba caminando por la calle.
—Gracias —dijo.
Uno a uno, los hombres apartaron la
vista y volvieron a hablar entre ellos.
Un hombre con traje a cuadros y
ojos azul pálido lo observó unos segundos más y luego carraspeó y escupió al
suelo.
—Gracias —repitió el Chico—. Ahora
me gustaría interpretar una canción compuesta por mí. Se llama «Hombre del
siglo veinte». Habla de cómo debemos cambiar con los tiempos y no limitarnos a
dejar que el tiempo nos deje atrás. Suena más o menos así.
Intentó atacar el primer acorde,
pero su mano derecha no se movió.
Miró hacia abajo.
Matthews la tenía agarrada.
—Fuera —dijo Matthews.
—Solo estaba empezando a animarlos
—protestó el Chico.
—Lárgate de una vez —dijo
Matthews—, o por todos los truenos del cielo, si ellos no te matan, lo haré yo
mismo.
—Supongo que eso significa que no
voy a pasar el sombrero.
Se sentó en la
acera de tablas y secó el sudor de las cuerdas de la guitarra.
Cuando levantó la vista, la
camarera que no parecía tan vieja estaba apoyada contra las puertas batientes,
observándolo.
—¿Se suponía que era algún tipo de
canción de juglares? —preguntó—. ¿Algo como los Ethiopian Serenaders?
—No —respondió el Chico—. No era
ninguna canción de juglares.
—Nunca había oído nada parecido.
—No se supone que lo hayas oído.
Las cosas que todo el mundo ha oído antes son basura. «The Little Old Cabin in
the Lane». Canciones así son las que hacen que la gente sea como es.
—¿Y cómo es la gente?
—Ignorante.
—¿Qué te pasó en el cabello?
—Me lo corté.
—¿Por qué?
—Para que fuera diferente.
—¿Y lo mismo con el abrigo?
—Exacto.
—De verdad te gustan las cosas
diferentes.
—Supongo que sí.
—¿De dónde salió tu canción?
—De mi tierra.
—¿Y dónde queda eso?
—Mississipi.
—Bueno —dijo ella—. A mí me gustó
un poco.
El Chico guardó la guitarra en el
estuche. Cerró la tapa y ajustó los cierres.
—Gracias —dijo—. ¿Quieres acostarte
conmigo?
Ella lo miró como si fuera un perro
que acabara de intentar orinarle sobre el zapato.
Hizo que las puertas batientes
chocaran con fuerza al girarse y se alejó atravesando el salón a grandes pasos.
Habían trazado
Austin como un cuadrado. Las calles con nombres de ríos texanos corrían de
norte a sur, y las que llevaban nombres de árboles, de este a oeste. El lado
sur del cuadrado bordeaba el río Colorado, por eso se llamaba Water Avenue.
También estaban West Avenue, North Avenue y East Avenue.
Al este de East Avenue comenzaba el
barrio de la población negra.
El Chico cargó su guitarra por Bois
d'Arc Street, que en Texas pronunciaban «BO-dark». Más allá de East Avenue ya
no había alumbrado público. Había bebés descalzos sentados en la calle y se
escuchaba música, aunque parecía no provenir de ningún lugar concreto. El aire
olía a grasa quemada.
Finalmente divisó una taberna y
entró. Esta vez el silencio llegó inmediatamente.
—Hijo —dijo el hombre detrás de la
barra—, creo que estás en la parte equivocada de la ciudad.
—Quiero tocar música —dijo el
Chico.
—Aquí no hay música.
—La llaman «música azul». ¿Ha oído
hablar de ella?
El hombre sonrió.
—No sabía que la música tuviera
colores. Ahora será mejor que te marches antes de cometer un error y salir
lastimado.
Volvió a su hotel
el tiempo justo para hacer el equipaje y luego se dirigió a la estación de
tren.
Se sentó en un banco y leyó un
periódico que alguien había dejado olvidado. Se llamaba The Rolling Stone.
Parecía estar lleno de artículos escritos por listillos sobre libros y
artistas. Había un relato firmado por alguien que se hacía llamar O. Henry.
El Chico no encontró nada sobre
música.
Aunque, pensándolo bien, ¿qué podía
escribirse sobre una canción como «Grand-Father's Clock» o «The Little Old
Cabin in the Lane»?
Un anciano negro empujaba una
escoba de un lado a otro, observando al Chico de vez en cuando.
—¿Esperando un tren? —preguntó
finalmente.
—Así es.
—No pasa ninguno en dos horas.
—Lo sé.
El hombre siguió barriendo.
—¿Es tu gui-tarra? —preguntó al
cabo de un rato.
—Lo es.
—¿Te importa si le echo un vistazo?
El Chico la sacó del estuche y se
la entregó.
El anciano se sentó junto a él en
el banco.
—Es hermosa, ¿verdad?
—¿Toca usted? —preguntó el Chico.
—No —dijo el anciano—. Bueno...
quizá antes. Un poco. Hace años que no toco una.
Sostenía la guitarra como si
estuviera hecha de jabón y pudiera escurrírsele de las manos si la apretaba
demasiado.
—Adelante —dijo el Chico.
El anciano negó con la cabeza e
intentó devolverle el instrumento.
El Chico no lo aceptó.
—Creo que todavía podría tocar
algo.
—¿Tú crees? —dijo el anciano—.
Bueno, tal vez.
Apoyó el pulgar derecho sobre la
cuerda mi grave y lo dejó allí.
Después de un rato colocó la mano
izquierda alrededor del mástil y presionó ligeramente las cuerdas.
—Uuuuuh —dijo—. Cuerdas de acero.
—Así es.
El anciano cerró los ojos.
La cabeza comenzó a inclinarse
hacia atrás y, por un instante, el Chico pensó que estaba borracho y a punto de
desmayarse.
Entonces el anciano sacó una navaja
del bolsillo y la colocó sobre la rodilla de sus pantalones. Aquello inquietó
al Chico. No creía que el hombre fuera a apuñalarlo para quedarse con la
guitarra. Pero tampoco veía otra razón para sacar la navaja. El anciano no
abrió la hoja. En lugar de eso, encajó el mango entre el dedo anular y el
meñique de la mano izquierda. Luego lo deslizó arriba y abajo sobre las
cuerdas. Produjo un sonido extraño, fantasmal, como el lamento de un animal
moribundo o el silbido de una locomotora que hubiera perdido la razón. Entonces
empezó a tocar.
El Chico jamás había oído nada
semejante.
Las notas aullaban, gritaban y
clamaban como si estuvieran siendo asesinadas. El anciano tocó hasta que le
sangraron los dedos y la cuerda mi aguda se rompió. Cuando terminó, permaneció
sentado unos segundos, respirando con dificultad.
Luego le devolvió la guitarra.
—Perdona por la cuerda, hijo.
—Tengo otra.
Las lágrimas corrían por el rostro
del Chico. No quería secárselas. Pensó que quizá, si las dejaba allí, el
anciano no las notaría.
—¿Dónde... dónde aprendió a hacer
eso?
—Solo es algo que descubrí por mi
cuenta. No significa nada.
—¿No significa nada? ¡Pero si es lo
más hermoso que he oído en toda mi vida!
—¿Sabes algo sobre las máquinas de
vapor?
El Chico lo miró fijamente.
Pasaron unos segundos.
—¿Qué?
—Las máquinas de vapor. Como la
locomotora en la que vas a viajar.
El Chico negó con la cabeza.
—Bueno, todas las piezas de una
máquina de vapor llevaban siglos existiendo. Estaban ahí, dispersas por todas
partes. Nadie sabía qué hacer con ellas. Y entonces, un día, cinco o seis
personas inventaron la máquina de vapor al mismo tiempo. No hay explicación
para eso. Simplemente había llegado el momento de la máquina de vapor.
—No lo entiendo —dijo el Chico—.
¿Qué intenta decirme?
El anciano se puso de pie y señaló
la guitarra.
—Solo que te espera una vida de
sufrimiento, muchacho. Porque el momento de eso todavía no ha llegado.
Poco antes del
amanecer, mientras el tren avanzaba hacia el oeste en dirección a Nuevo México,
empezó a llover. El Chico despertó al ver relámpagos cosidos sobre el cielo. Eso
le hizo pensar en los tranvías eléctricos y en las luces eléctricas. Si la
electricidad podía hacer que una lámpara brillara más, ¿por qué no podía hacer
que una guitarra sonara más fuerte? Entonces tendrían que escuchar. Volvió a
quedarse dormido.
Y soñó con guitarras eléctricas.

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