Frank Hiis
Durante dos semanas
tuve el mismo sueño todas las noches. En él, me alojaba en una enorme suite de
hotel en un paraíso mediterráneo junto al mar. Había restaurantes fantásticos
por todas partes; incluso podía pedir comida a domicilio a la playa. Disfrutaba
bebiendo Coca-Cola y comiendo alitas de pollo mientras contemplaba el mar o a
las mujeres, bellezas mediterráneas que se metían al agua o volvían a tomar el
sol. Por las noches salía a divertirme y bebía hasta el hartazgo, mientras los
hombres del lugar me vitoreaban, impresionados por mi resistencia, y antes de
que mujeres con vestidos luminosos y provocativos, y largas melenas sueltas que
agitaban mientras me dedicaban sonrisas coquetas, me invitaran a bailar.
En la vida real rara vez bebo y no
sé bailar en absoluto. Aun así, cada mañana despertaba decepcionado al darme
cuenta de que todo aquello solo había sido un sueño.
Mirándolo en retrospectiva, resulta
muy extraño que el sueño se repitiera durante tantas noches seguidas. Me daba
la sensación de despertar a un nuevo día en el sur de Europa en el mismo
instante en que me quedaba dormido.
Pero las jornadas agitadas en el
trabajo me dejaban poco tiempo para pensar en ello.
Trabajaba en una oficina diáfana. A
mi alrededor siempre había bullicio y gente corriendo justo al lado de mi
escritorio. Constantemente algún compañero necesitaba ayuda y yo empujaba mi
silla con ruedas hasta su puesto para darle instrucciones rápidas. Mi bandeja
de entrada se llenaba de mensajes más deprisa de lo que podía responderlos.
Hacía al menos una hora extra cada noche, a menudo una hora y media. De todos
modos, nadie me esperaba en casa. No tenía demasiados familiares, salvo mi
madre, que me llamaba una vez por semana, y dos hermanos que nunca llamaban. Empecé
a acostarme cada vez más temprano.
En los sueños era una persona que
se divertía más de lo que jamás me había divertido despierto. Las mujeres me
miraban como si fuera una estrella de cine. Prácticamente podía elegir entre
ellas, y eso hacía.
Una belleza local se acercó a mí en
la playa y me invitó a cenar. Después de la comida la invité al hotel. Hicimos
el amor en el balcón de la habitación mientras se ponía el sol sobre el mar.
Estaba desnuda entre mis brazos mientras yo la levantaba del suelo y ella se
aferraba a mí con brazos y piernas.
Al día siguiente estaba sentado en
la oficina sonriendo al recordar el sueño sin darme cuenta de que la corbata se
me había hundido en la taza de café. Pero apenas me había dormido aquella misma
noche cuando la mujer apareció y me dijo que estaba embarazada de mi hijo. Me
sentí inmensamente feliz y le aseguré que me quedaría con ella para criar al
niño juntos. Finalmente me acompañó al aeropuerto después de que acordáramos
que yo dejaría mi apartamento, renunciaría a mi trabajo y regresaría allí lo
antes posible.
Me desperté en el instante en que
el avión despegó.
La decepción fue mayor que nunca. Sentí
que lo había perdido todo al volver a la realidad. Pero ahí terminó el sueño.
Después de eso, cada vez que me
dormía, soñaba las mismas cosas inconexas de siempre, sin continuidad alguna,
nada que pudiera recordar más de unos minutos después de despertar.
Sin embargo, nunca olvidé aquellas
vacaciones soñadas. Suspiraba cada vez que pensaba en ellas y sentía nostalgia.
Después de algunas semanas se me
ocurrió buscar su nombre en internet. Y la encontré. Su nombre era correcto. Su
fotografía también.
Había publicado un mensaje donde
contaba que había quedado embarazada de un turista que cortó todo contacto con
ella al regresar a su país.
Aquello me asustó. No sabía qué
creer. Nunca le conté a nadie lo del sueño. Pero durante los años siguientes
descubrí que realmente había tenido un hijo y que el niño se parecía cada vez
más a mí. Con el tiempo conseguí apartarla de mis pensamientos, hasta que una
noche, varios años después, soñé que estaba otra vez en la misma suite del
hotel.
La mujer estaba afuera. Golpeaba la
puerta. Gritaba que había pagado a alguien en la recepción para que le avisara
si alguna vez regresaba. Cuando abrí, acercó su rostro furioso al mío y me
gritó que debía asumir mi responsabilidad. No pude hacer otra cosa que pedir
disculpas humildemente y prometer que la compensaría por todo el daño causado.
Fui con ella a su casa para conocer
a mi hijo.
Cocinamos juntos y pasamos toda la
noche frente al televisor, riendo y conversando, antes de terminar llorando en
brazos el uno del otro después de que el niño se hubiera acostado. Recuperé su
amor antes de irnos a dormir. Aquella misma noche me acosté a su lado. Pero ya
no logré despertar. Tras un sueño sin sueños desperté en su cama. Y así
continuó todo.
Viví con aquella nueva familia
durante más de una semana antes de descubrir, tras una búsqueda en internet,
que yo estaba muerto.
Había fallecido tranquilamente
mientras dormía la misma noche en que había aparecido allí de nuevo, y mi madre
había encontrado mi cadáver en la cama después de entrar en mi apartamento con
una llave.
Pedí prestado el teléfono de la
madre de mi hijo e intenté llamar a mi madre.
Cuando me identifiqué, gritó que se
trataba de una broma cruel, que yo era un miserable, y exigió saber quién era
realmente. Colgué sin saber qué hacer.
Al final decidí quedarme en mi
nueva vida y hablar lo menos posible sobre mi procedencia. Y aquí duermo bien
por las noches. Nos hemos casado. He conseguido trabajo vendiendo fruta en el
mercado. Los fines de semana los pasamos en la playa.
Nuestro hijo crece muy deprisa. La
vida es como unas vacaciones de ensueño que nunca terminan.
Frank Hiis (nacido en 1979) reside
en Oslo y trabaja como bibliotecario y agente literario. Ha publicado tres poemarios con Kolon forlag y
textos en Klassekampens bokmagasin, Signaler, Splittet Kjerne y
skrekklitteratur.no.

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