Silvio Sosio
La mujer avanzó y
entró. La sala de espera era austera y transmitía una sensación de frío, a
pesar de los cuadros coloridos colgados en las paredes, que reproducían
portadas de libros. Libros que, honestamente, nunca había oído mencionar,
aunque eso no tenía nada de extraño. Con una amplia sonrisa estampada en el
rostro se acercó al escritorio donde la aguardaba un empleado. A pesar de ser
pequeña y menuda, ya algo entrada en años, se movía con exuberancia.
—¿Qué desea? —preguntó el
secretario.
—He sido convocado por el editor.
Me llamo Asimov, Isaac Asimov.
El secretario observó a la
mujercita con una mueca perpleja.
—¿Usted es Asimov?
—Me dijeron que no era posible
elegir y me asignaron este cuerpo.
El secretario arqueó una ceja.
—Está bien, siéntese allí y espere
su turno.
Asimov se sentó. Al poco rato la
puerta de entrada se abrió y entró un joven de proporciones claramente
abundantes. Vestía ropa gastada, pero se comportaba como si llevara un traje de
diseñador. Habló con el secretario y fue invitado a sentarse. Se acomodó lo más
lejos posible de Asimov, lanzándole apenas una mirada de suficiencia.
De pronto la puerta del despacho se
abrió y salió un hombre de piel oscura, visiblemente alegre, que saludó al
secretario y se dirigió hacia la salida. El secretario miró a Asimov.
—Adelante, vamos, le toca a usted.
Asimov entró. Era una habitación
aún más fría y gris que la anterior. En lugar de portadas, las paredes estaban
cubiertas por estanterías llenas de carpetas. Detrás de un amplio escritorio de
madera maciza había una mujer de mediana edad que escribía en una computadora
portátil.
—Siéntese, señor Asimov —dijo sin
levantar la vista.
—Doctor.
—¿Cómo? —levantó la mirada. Era
fría como el hielo, y Asimov no pudo evitar un escalofrío al encontrarse con
ella.
—Doctor Asimov. Soy licenciado en
química.
—Sí, como quiera. Un momento y
termino.
Asimov permaneció inmóvil. Se
sentía incómodo, algo que le ocurría muy pocas veces. Se preguntó si el hecho
de haber sido encarnado en el cuerpo de una mujer debilitaba de algún modo su
personalidad, pero descartó la idea. Era un pensamiento machista, y él había
superado esas cosas, se dijo.
Finalmente la mujer dejó de
escribir.
—Bien —dijo, volviendo a mirarlo—.
Doctor Asimov, ¿sabe dónde se encuentra, cuándo se encuentra y, sobre todo, por
qué?
—Me lo explicaron a grandes rasgos
—respondió Asimov—. Estoy en el futuro, he sido traído de vuelta de la muerte
para discutir algún asunto editorial.
La mujer hizo una mueca leve.
—Más o menos. Yo soy la directora
del departamento legal de HPMD, la editorial que publica sus libros.
—Yo era publicado por Doubleday.
—HPMD significa Hachette Harper
Penguin Macmillan Doubleday. Hubo algunas fusiones. ¿Puedo continuar?
Levantó las manos.
—Por favor, adelante.
—Entonces: no está en el futuro,
sino en el presente, obviamente, el año 2076. No ha sido traído de vuelta de la
muerte. Se entrenó una inteligencia artificial utilizando todos sus escritos
para recrear su personalidad. Sin embargo, como las personalidades humanas son
más coherentes dentro de un cuerpo humano, la IA fue insertada en el cuerpo de
una persona fallecida. Solo podemos usar personas muertas desde hace menos de
veinticuatro horas, así que las opciones son limitadas, lo siento.
—No importa, es una experiencia
interesante estar en el cuerpo de una mujer.
—¿Así puede tocarse el trasero
usted mismo?
—¿Disculpe?
—¿No era usted famoso por esa manía
de manosear a todas las mujeres que conocía? Incluso escribió un manual al
respecto.
—Sí, es cierto —Asimov bajó la
mirada—. Pero me arrepentí, después de una experiencia directa. Una vez Alfred
Bester me abrazó; lo hizo con afecto, pero yo me sentí indefenso, y comprendí
el daño que había causado con mi comportamiento. Debo haberlo escrito en algún
lugar.
—Es evidente. Si no lo hubiera
escrito, no lo recordaría. En fin, sigamos. Estamos aquí porque debemos revisar
juntos algunos pasajes de sus libros.
Asimov echó la cabeza hacia atrás,
perplejo.
—¿Revisar? Pensé que querían
renovar algún contrato o algo por el estilo.
La directora lo miró con
impaciencia.
—Doctor Asimov, usted murió en
1992, sus derechos ya han expirado.
—Ah. ¿Y de qué morí?
—De sida. Mucha gente murió de esa
enfermedad en su época, sobre todo homosexuales.
Asimov se sonrojó.
—¿Homosexuales? Usted no pensará
que yo…
—Me importa muy poco, pero sé
perfectamente que usted no lo era, quédese tranquilo.
—De acuerdo, de acuerdo, por
supuesto que no; aunque no habría habido nada de qué avergonzarse, en cualquier
caso, discúlpeme, en mis tiempos…
—Sí, está bien. En cualquier caso,
seguimos publicando sus libros, que por razones que no comprendo siguen siendo
leídos; sin embargo, hay algunas cuestiones que, según nosotros, deberían
adecuarse a la sensibilidad moderna, ¿me entiende? En el pasado hicimos
revisiones de este tipo y hubo críticas porque modificamos libros sin el
consentimiento del autor fallecido. Así que ahora, antes de hacerlo,
“resucitamos” al autor y le pedimos permiso.
—Me parece una forma de proceder
muy correcta. ¿El señor que estaba antes que yo también era escritor?
—¿El negro? Sí, se llama Roald
Dahl. Escribía cosas para niños. Prácticamente nos dio permiso para hacer lo
que quisiéramos con sus libros, con tal de que le levantáramos una estatua en
su país natal, un lugar horrible en Gales.
Asimov suspiró profundamente,
tratando de adaptarse a la idea.
—Revisar mis textos. De acuerdo,
supongo que se tratará de detalles machistas, o de body shaming, o cosas
por el estilo. No tengo problema, al contrario, me alegra. Si en algo no estoy
de acuerdo, lo dejarán como está, ¿verdad?
—O entrenaremos otra IA intentando
que sea más complaciente y nos volveremos a ver.
Asimov tragó saliva.
—Está bromeando, ¿verdad?
—No. Usted es la decimoctava
versión de Asimov con la que me reúno.
Asimov abrió los ojos de par en
par, pero la mujer sonrió con ironía.
—Sí, bromeaba, doctor Asimov. Usted
es el primero, y no habrá otros, al menos durante algunos años. Simplemente, si
no llegamos a un acuerdo dejaremos de publicar sus libros. Tal vez entrenemos
una IA para escribir otros similares, pero dejaremos en paz su legado.
¿Contento?
Asimov se acomodó en la silla.
—Bien.
—De todos modos, no —continuó la
directora—. Nada de machismo, racismo ni cosas por el estilo, ya hemos superado
eso; nuestra sociedad ya no se deja condicionar por esas ideas… ¿cómo las
llamaban? ¿gender? ¿woke? Siempre las confundo. Tonterías de hace décadas. A
nosotros nos interesan las cosas verdaderamente importantes. Por ejemplo: en la
página 49 de Foundation, usted llama al rey de Anacreon “su alteza”. Ser alto
va contra la moral pública: cuanto más bajo se es, menos espacio común se
ocupa. ¿Podemos cambiarlo por “su bajeza”?
La reunión se prolongó durante una
buena hora, y para Asimov fue una tortura. Pero aceptó todos los cambios,
incluso los más absurdos: lo único que le importaba era que sus libros
siguieran siendo leídos, y si al editor le parecía correcto eliminar toda referencia
a las orejas y hacer que el cabello de Arkadia Darrell fuera violeta porque así
lo exigía la decencia pública, que así fuera.
Cuando salió estaba exhausto. El
jovencito obeso (no, ni siquiera debo pensarlo, se corrigió mentalmente; aunque
quizá en esta época les daba igual) se levantó erguido, se alisó la chaqueta y
lo miró con un dejo de disgusto.
Desde el despacho llegó la voz
ácida de la directora:
—Vamos, haga pasar a ese Ian
Fleming, así terminamos por hoy.
Asimov echó una última mirada a las
portadas, preguntándose quiénes podrían ser esos grandes escritores del futuro,
y se dirigió hacia la salida.

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