Silvio Sosio
A un millón de
kilómetros del objetivo, el sistema inició el procedimiento de restablecimiento
del soporte vital.
Cuando la presión del aire alcanzó
los 1013 milibares y la temperatura interna de la cabina los 297 kelvin, el
subsistema criogénico inició el procedimiento de reanimación. La bañera se
calentó cuasiestáticamente hasta que el cuerpo alcanzó los 283 kelvin; luego
comenzó el delicado procedimiento de sustitución del líquido conservante
especial por sangre, previamente calentada. Cuando el cuerpo llegó a los 309
kelvin, la bañera se abrió y se encendieron las luces.
A cuatrocientos cincuenta mil
kilómetros del objetivo, una descarga eléctrica reactivó el latido cardíaco.
Casi al mismo tiempo se hincharon las bombas y se forzó la reanudación de la
respiración.
A doscientos cincuenta mil
kilómetros del objetivo, el hombre se quitó las cuatro agujas de las vías de
los brazos y las piernas y desabrochó las correas que lo mantenían anclado a la
bañera. Intentó moverse; se detuvo un instante y volvió a intentarlo. Recuperaba
con rapidez la plena funcionalidad física.
Aferrándose a un asidero del techo,
se puso de pie y empezó a hacer algunos movimientos para comprobar la respuesta
de los músculos. Estaba desnudo: de un compartimento sacó algunas prendas de
algodón liviano y se las puso.
A cincuenta mil kilómetros del
objetivo, el hombre se acercó al puesto de control y se aseguró con una correa
a la sillita. Con manos expertas activó los sistemas de verificación y revisó
los resultados. Todo funcionaba perfectamente: la posición en el espacio era la
correcta y el objetivo estaba donde tenía que estar.
Por primera vez desde que había
despertado, el hombre alzó por fin la vista hacia las pantallas que mostraban
el espacio alrededor de la nave. Tardó unos instantes en orientarse y
finalmente logró identificar el Sol. A una distancia de ciento veintinueve
unidades astronómicas, ya no era más brillante que cualquiera de los millones
de estrellas que resplandecían en la pantalla.
A diez mil kilómetros del objetivo,
el hombre se levantó y se acercó al voluminoso traje espacial, fijado a la
mampara detrás de él. Con gestos expertos comprobó su estado. Con una lenta
voltereta, posible gracias a la ausencia de gravedad, metió las piernas en el
traje sin despegarlo de la pared. Luego pasó a introducir los brazos en las
mangas gruesas. Con más dificultad, teniendo que trabajar ahora con las manos
dentro de los grandes guantes, cerró cuidadosamente el traje y, por fin, liberó
los enganches que lo sujetaban a la pared y quedó flotando. De un compartimento
extrajo el casco y se lo colocó, fijándolo al traje.
Durante unos minutos verificó que
los datos de presión, temperatura y oxígeno fueran correctos y que todos los
sistemas del traje estuvieran plenamente operativos. Después abrió la válvula
para despresurizar la cabina.
Entonces se detuvo a esperar.
A diez kilómetros del objetivo, el
sistema de navegación desactivó los cohetes de frenado e inició la maniobra de
aproximación de precisión. El hombre controló la operación desde un pequeño
monitor, listo para intervenir. No fue necesario.
A cincuenta metros del objetivo, el
hombre bajó la palanca para abrir la escotilla exterior y, con un pequeño
impulso, se lanzó al vacío.
El espacio fuera de la nave estaba
atestado de estrellas. Sin el filtro de la atmósfera y sin la luz del Sol en
las inmediaciones, el número de estrellas visibles era mucho mayor de lo que el
hombre hubiera experimentado jamás. Permaneció inmóvil unos segundos, quizá
para recuperar el equilibrio emocional. Luego empezó a accionar los pequeños
propulsores del traje para acercarse al objetivo.
El objetivo era un cuerpo
cilíndrico de aproximadamente un metro cúbico de volumen, al que estaba fijada
una antena parabólica de 2,74 metros de diámetro, apuntando hacia el Sol, y dos
brazos de unos tres metros que contenían los sistemas científicos, dispuestos
con unos 120 grados entre sí. El tercer brazo, más delgado y que se extendía
unos seis metros, alojaba un pequeño magnetómetro.
El hombre se acercó al objeto
equilibrando su velocidad y dirección para no alejarse de él. El objeto parecía
completamente inactivo. La energía de los generadores nucleares se había
agotado hacía ya muchos años.
Con impulsos pequeños y medidos de
los propulsores, el hombre rodeó el objeto, colocándose del lado correcto, y
por fin encontró lo que buscaba.
En un lado del objeto había fijada
una placa metálica rectangular de oro anodizado. En la placa estaban dibujados,
a la derecha, dos seres humanos: un hombre y una mujer. El hombre tenía una
mano levantada en un gesto de saludo. En la parte superior izquierda, dos
círculos unidos por un trazo horizontal ilustraban la transición hiperfina del
espín del hidrógeno atómico y, debajo, había un diagrama que representaba la
posición del Sol con respecto a las estrellas más brillantes del sector
galáctico.
En la parte inferior de la placa
había un esquema gráfico que describía el Sistema Solar.
El hombre movió la mano cubierta
por el pesado guante y abrió un compartimento en la parte delantera del traje.
Con movimientos prudentes extrajo la contribución a la misión de la Agencia
Espacial Rusa: un lápiz grueso.
Con gestos cautelosos acercó el
lápiz a la placa y trazó una X sobre el puntito más a la derecha en la
representación del sistema solar. Y habló:
—Según lo establecido por la Unión
Astronómica Internacional el 24 de agosto de 2006, Plutón ya no puede
considerarse un planeta. Ahora esta placa está corregida.
Volvió a guardar el lápiz en el
compartimento y accionó los propulsores para regresar a su nave. La Pioneer 10
estaba lista. Ahora lo esperaban otros treinta y dos años de viaje en animación
suspendida para llegar a la Pioneer 11.

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