Cristian Mitelman
Súbitamente los ladridos empezaron a eso de las ocho,
cuando el cielo de verano ya empieza a enrojecer y la luz se recorta sobre los
árboles que se han ennegrecido y parecen sombras errantes que han caído sobre
un sitio desconocido. Todos los ladridos del mundo, pensó el viejo Irfan
mientras miraba el modo en que los colores de las botellas de licor se
resolvían en un tono ocre. Desde hacía cuarenta años, Irfan atendía el boliche
de la familia. Los otros hermanos se habían ido: solo él había persistido en el
pueblo y ya no sabía si en aquello había un acto de lealtad a los mayores o una
solapada forma de fracaso.
Irfan miró hacia
la ruta y supo que los perros estaban entre el monte y los campos de los
Arasary, aunque nunca habían bajado al pueblo como decían algunos. Él los
hubiera visto llegar. Desde hacía dos meses que los perros empezaban a aullar
de un modo feroz y luego venían ráfagas de ladridos que terminaban pasada la
medianoche y a veces podían seguir unas horas más. La vez anterior el incordio
había llegado hasta el alba.
Por eso, aquella
noche creyó enloquecer y pensó que los dos hermanos Asdrúbal tenían algo de razón
en eso: daban ganas de liquidar a los cimarrones. Aunque para los Asdrúbal se
trataba de otra cosa. Según ellos, los perros eran una estrategia que usaba el
viejo Arasary para quedarse con esas tierras de mierda que a él no le servían
para nada, tal como decía el mayor de los Asdrúbal, y lo decía mientras tomaba
la caña y miraba con odio las baldosas del boliche, ese viejo de mierda,
repetía para ganar la condescendencia de quien estuviera escuchándolo, porque
cuando bebía, a Nicanor Asdrúbal se le daba por mirar fijo a cualquier
contertulio y lo hacía con ese rencor que le venía de antes, de cuando
encontraron a la hermana muerta en una de las parcelas del viejo Arasary, y
desde entonces había decretado que ese viejo roñoso, dueño de vaya a saber qué
brujería, había hechizado a los perros para que mataran a la hermana, y en eso
su juicio era inapelable. Pero estaba equivocado, tan equivocado que hasta el juez
de instrucción de Mercedes se lo había dicho, le había dicho que se dejara de
joder, que lo de su hermana no eran mordidas de perro, sino que el cuerpo
muerto había sido encontrado cerca del cañaveral y que las ratas lo habían
devorado a lo largo de dos o tres días. Así le había dicho el juez, y hasta le
explicó con ese tono de hombre amparado en la ciencia y el poder que los pasos
de la joven no habían apuntado al campo de Arasary, sino que lo habían bordeado
porque quería ir a otra parte, que para eso estaban la ciencia y los peritos.
Claro que el señor juez podía permitirse aquel lujo porque no vivía en el
pueblo, sino en la ciudad. Y además era sobrino del intendente y el intendente
era íntimo del gobernador. El gobernador estaba harto de esos pueblitos de
mierda que sólo le reportaban tres o cuatro votos que se podía comprar con
facilidad y que sólo eran una absurda marejada de problemas que no se terminaba
de resolver, aunque pasara el tiempo y pasaran las generaciones.
Los dos hermanos
Asdrúbal querían liquidar a todos esos perros porque eran un peligro. Lo cierto
es que hasta entonces nadie había sido atacado por aquella jauría sufriente que
empezaba su coro al atardecer. Además, ni siquiera tenían la juvenil
prepotencia de las jaurías. Por el contrario, había algo de extraña timidez en
aquellas bestias más parecidas a fantasmas que a animales.
Pero poco antes
del amanecer los aullidos fueron convirtiéndose en gruñidos que el viento fue
desparramando hasta llegar a ese momento de silencio que le permitió al viejo
Irfan dormitar un momento. Luego se levantó y el sueño extrañamente se le fue:
el cuerpo responde a las noches en vela con una precisión que no esperamos.
Ese mismo día
supo que el perro de los Anselmi había estado todo el día mirando un muro viejo
que lindaba con la vieja propiedad de unos ingleses que se habían ido del
pueblo. Había algo en la mirada de aquella bestia que parecía estar
escudriñando una especie de texto sagrado cuyo lenguaje secreto sólo él lograba
entender.
Ellos saben, le
dijo el viejo Irfan a Anselmi: hay algo que los ha alertado. Estos perros nos
miran a nosotros y lanzan sus lamentos. Y enseguida le dijo que esa noche había
sentido deseos de matarlos a todos, pero que apenas el día empezaba su
engranaje aquel deseo se le iba.
Nadie en el
pueblo se explicaba aquel cambio. Las actitudes iban desde el silencio hostil,
las miradas fijas en un punto, los sonidos plañideros o esa violencia fantasmal
que venía de los cimarrones invisibles. Ya nadie sabía qué carajo hacer.
Y entonces pasó
lo del ovejero de Arasary. Entró rengueando en el bar y se quedó allí, debajo
de una de las mesas. Irfan tendió la mano a la cabeza del animal y entonces
supo que algo había pasado. Lo entendió de un modo natural, una especie de
tristeza que un rato después logró traducir en palabras: “el viejo Arasary se
está muriendo ahí, en ese casco medio destartalado en el que vive; está solo,
tiene fiebre, una cuchara se la ha caído de la mano. Las hormigas recorren esa
cuchara y se van quedando pegadas: un hervidero de hormigas late debajo de los
tablones. El viejo tiene sed”.
Cerró el café y
llevó varias botellas de agua mineral a la camioneta roja. Las cargó lentamente
y cuando apareció Gómez le dijo que debía ausentarse por unas horas, que era
una urgencia. Subió al perro, al que tuvo que levantar porque ya era viejo y
arrastraba un problema en la cadera.
Pensó que Gómez
debería tomarse la caña en el otro café y una absurda culpa lo arremetió. Se
consoló pensando que no podía estar en todas partes.
La camioneta
pegó un rodeo y entró en el camino de tierra. La polvareda caliente tejió un
pequeño remolino en el aire y luego se desvaneció. No iba a tardar demasiado: a
lo sumo en una hora iba a estar de vuelta si no pasaba nada raro. Enseguida
pensó que si el viejo estaba muerto iba a tener que dar parte a la policía y
ahí sí el asunto se complicaría. ¿Cómo explicar eso que era una corazonada,
pero que tenía algo más que un mero pálpito, algo que a él le pareció brotado
del mismo cerebro del viejo animal que estaba a su lado y que miraba el camino
con la cansada tristeza de algo que parecía inevitable?
Al entrar en la
cañada la camioneta empezó a patinar, hasta sentía el viboreo de las chapas y
esa forma indócil en que el volante parece responder a una lógica distinta de
la propia mano. Se sintió aliviado al salir y al retomar la senda apisonada vio
a lo lejos la enorme antena que habían instalado meses atrás. Allá arriba,
sobre el ensamble de los metales, el radar (o lo que fuera) parecía un enorme
ojo que buscaba una verdad que estaba más allá de la tierra.
Lo sorprendió el
ladrido del perro. Había algo metálico en el sonido que salía de su garganta.
Irfan al principio lo miró con temor. Es cierto, era un animal viejo, pero
conservaba todavía esa fiereza de los viejos mastines que habían sido
domesticados con esa mezcla de astucia y palos que el viejo Arasary dominaba
mejor que nadie. Los ojos apuntaban fijos hacia la gran antena y entonces Irfan
miró también y vio el movimiento de varios cuerpos lejanos. Detuvo el motor
como si estuviera haciéndole caso al perro que iba con él. Supo que de allí
provenían los aullidos que durante la noche le habían impedido el sueño. No
eran muchos: cinco o seis. Y en el centro había uno que no era ni más grande ni
más pequeño. No tenía nada en especial, pero los otros lo rondaban como
custodios que hacían guardia en la entrada de un templo. Se acercó despacio
hasta ellos. La jauría lo miró al principio con indiferencia y apenas escuchó
un gruñido una vez que estuvo demasiado cerca. Si bien era una advertencia no
agresiva, supo con claridad que ese primer colmillo que asomaba le estaba
diciendo que él no podía franquear el umbral. A su compañero lo dejaron llegar
sin ninguna muestra de hostilidad. La renguera lo hacía avanzar de un modo
desprolijo entre los pozos, pero aquel cuerpo se incorporó entre los otros
cuerpos y entonces el viejo Irfan sintió que esta vez debía ir solo a la casa
del viejo. Antes de volver a la pick up el sonido de un llanto lo sacudió.
Echado en la tierra, el animal de Arasary lanzó una mezcla de ladrido y
lamento. Era para él y era para su dueño.
“Me voy antes de
que el viejo se muera de sed”, se dijo. Y enseguida pensó que aquellas palabras
que se habían formado en su mente no provenían de él. Tuvo la sensación de alguien
se las había dictado al oído.
Cuando llegó, lo
encontró tirado en el camastro. Los ojos enrojecidos cruzados por leves estrías
amarillas; la piel que ya empezaba a apergaminarse en la comisura de los
labios.
Irfan tomó una
de las botellas que había llevado y buscó que Arasary bebiese. El agua
resbalaba; le costó desentumecerle la lengua.
Le preguntó tres
veces qué le había pasado, pero el viejo ya estaba en la fase final de la
agonía, cuando todo está mezclado y la mente empieza a disolverse en un fárrago
de imágenes sin tiempo antes de fundirse en el vacío absoluto.
“La alberca”,
fue lo último que llegó a decir Arasary. El cuerpo se le tensó por última vez,
acaso como si hubiese estado esperando aquel momento para irse, como si no
pudiera morir sin decir algo que era la clave de su vida y de su muerte.
A Irfan le llegó
a la piel la sensación de algo mustio. Fue entonces hasta la pequeña plantación
del viejo. Tenía razón; la alberca languidecía en un agua pantanosa. No podía
ser: él conocía la escorrentía que bañaba a la plantación. Fue remontando hacia
el norte y vio las piedras que habían echado para menguar los cursos de agua.
Era un trabajo hecho con tiempo y planificación.
“Lo llevaron a
la muerte”, pensó Irfan, “fue un combate desigual que habrá durado mucho más de
lo que sé. Lástima que el viejo era de pocas palabras”.
Al regresar pasó
junto a la antena. Quiso llevarse al perro, pero ya no estaba ahí. Los otros
animales iban y venían alrededor del cuerpo del que seguía allí, en el centro,
acurrucado en una especie de visión extática.
Esa noche
comenzaron otra vez los ladridos y a pesar de todo se fue adormeciendo en los
aullidos, en las corridas, y a medida que se hundía en el sueño iba oliendo la
escena cerca de la gran antena, porque era algo que tenía un olor salvaje, a
miedo, y vio las armas y oyó como detonaciones los primeros disparos; eran
varios hombres los que disparaban, los que iban deshaciéndose de aquella
jauría, y aunque todos tenían ese olor a hierro y a sangre coagulada los que
más apestaban eran los Asdrúbal, que no se cansaban de disparar a las cabezas
de los animales enloquecidos. Cuando el último disparo perforó el cráneo del
que estaba en el centro todo acabó abruptamente. Se despertó en medio del
silencio que ahora empezaba a reinar de un modo insidioso.
Tres o cuatro
días después supo que habían encontrado al viejo muerto. El cuerpo ya estaba a
medio descomponer, carcomido por las hormigas.
Después de los
exhortos de rigor se confirmó que aquellas tierras no tenían herederos. Pasaron
a manos del Estado y luego las remataron a un precio lamentable.
Los Asdrúbal no
tardaron en recuperar la alberca.
Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

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