Chelo Torres
Este será mi último trabajo. No veré cuan mediocre pueda
llegar a ser, pues no estaré para comprobarlo.
Toda
mi vida se ha basado en continuos desengaños, siempre poniendo la esperanza en
asuntos infructuosos. ¡Cuántas situaciones teñidas de desesperación! Pero se
acabó. No puedo seguir soportando esta vida insustancial, este sufrimiento que
día a día se apodera de mí, esta desmotivación por vivir. Sólo me queda
encontrar la mejor forma para finalizarla y reunir el valor para llevarla a
cabo.
Los motivos están bien claros; sólo soy una hoja seca
arrastrada por el viento, que ya no sirve ni para ser una más de las que da
sombra en el árbol, que no posee la frescura ni la belleza de un joven brote.
Puesto que he dejado de ser importante para ser
alguno, nadie lamentará mi suerte. Para mis familiares sólo seré un problema
menos de su lista, dado que no tendrán que extenderse en posibles explicaciones
sobre los sinsabores de mi vida.
Cuando pienso en cómo discurre mi existencia, una
fuerte presión se adueña de la boca de mi estómago, luego sube lentamente
recreándose en la posesión de mi cuerpo, alcanza mis pulmones y los presiona,
dejándome sin aire. Es como si un poderoso espíritu maligno me poseyera y
disfrutase con mi sufrimiento, exprimiendo cualquier ápice de esperanza.
¿De qué me sirven ahora todos aquellos momentos de los
que creí disfrutar? Todos aquellos sueños que creí que se realizarían. Todo
aquel amor que esperaba conseguir.
Los buenos momentos quedaron en el olvido, los sueños
se desvanecieron y el amor se convirtió en soledad.
Día tras día he intentado olvidar mis dudas, mis
complejos, mis excentricidades, pero una y otra vez se vuelven contra mí. Mis
fuerzas desaparecen con el desengaño.
El sol estaba bastante alto en el cielo cuando
desperté; una vez arreglada, presa de mi determinación, me dirigí al vehículo y
marché en busca de la oficina más cercana, que según había descubierto mientras
desayunaba, estaba a dos manzanas de allí. Me salió al encuentro una chica
joven con una amplia sonrisa.
—Buenos días, señora, aquí estamos a su servicio.
¿Quiere ver nuestras opciones?
—Buenos días —contesté—, si es usted tan amable.
—Entonces pase a esta sala y empezaremos el recorrido
—comentó la joven—. Tendrá que rellenar este formulario, firmar su
consentimiento. Aquí firmará para ser donante de órganos. Y aquí, por favor,
los datos de su tarjeta de crédito.
Desde
luego estaba claro: el motivo de mi desesperación era un claro negocio para
ellos. Entré en una sala virtual, con un gran sillón dispuesto con todo tipo de
comodidades. La chica me extendió un casco que yo tomé sin demora y adecué a mi
cabeza. Luego me puso unos guantes negros de los que colgaban multitud de
cables; durante los minutos que duró la preparación, mi corazón galopaba
salvaje. La joven me dio unos consejos de uso y desapareció. La pantalla se
conectó y una imagen apareció en mi cerebro. Empecé a relajarme. En la primera
pantalla podía escoger entre una muerte por enfermedad o un asesinato. Ninguna
de las dos me seducía. Si era por enfermedad, implicaba dolores que no estaba
dispuesta a experimentar, al tiempo que tardaría más en llegar al fin. Un
deceso por asesinato implicaba que alguien tenía que odiarme mucho para
realizar el acto. Opción que también descarté, a la gente le era más bien
indiferente y patética, no creía que nadie me odiase tanto. Pasé a la siguiente
pantalla. Esta vez podía optar entre un accidente de coche o un disparo. Lo del
disparo no me convenció, demasiada sangre esparcida. Si me arrepentía, alguien
podría llevarme al hospital y tratar de salvarme. También lo descarté. Pasé al
accidente de coche y sentí la tentación de probar. Presioné el dedo índice y me
encontré conduciendo un descapotable rojo, los cabellos al viento. Me gustó la
sensación de conducir a gran velocidad, me sentía libre, sin complejos ni
ataduras. Detrás de la curva apareció un precipicio, rápidamente frené, el
coche empezó a dar vueltas en círculo y fue a estrellarse contra un árbol en el
lado opuesto. Me dolían todos los huesos pero milagrosamente había logrado
sobrevivir. Mi subconsciente, de nuevo, me jugaba una mala pasada, se negaba a
abandonar este maldito mundo.
Volví a la pantalla de selección. Esta vez, me daba
opción de cortarme las venas en la bañera o de un ataque al corazón presa de un
arrebato sexual. Lo del arrebato me pareció mala publicidad y lo de la sangre
en la bañera un tanto macabro. Decidí seguir con una nueva pantalla. Las
opciones eran: caída libre desde un quinto piso o un naufragio. Lo del
naufragio me pareció agobiante, morir ahogado podía implicar mucho sufrimiento.
Dado que se acababan las opciones me decidí por el descenso en picado. Volví a
presionar mi dedo índice. Esta vez notaba un vuelo de mariposas en el estómago.
Ante mí se abre un balcón en plena noche. Las luces
emiten tintineantes destellos. Una música suave suena en mis oídos. Una
sensación placentera y tranquila me envuelve, como una llamada, alguien que me
desea a su lado. Me dirijo con paso firme y seguro, de pronto, el suelo que
estaba bajo mis pies desaparece y empiezo a caer, doy vueltas y vueltas en la
oscuridad cada vez a más velocidad, cada vez más rápido…)
Un pitido largo y estridente indicó que la máquina había concluido su trabajo.
Chelo Torres vive en Beniarbeig, Comunidad Valenciana, España. Trabajó en el Instituto de Pedreguer (Alicante) impartiendo inglés a adolescentes de 12 a 14 años. Vive en una urbanización tranquila, con unas vistas estupendas, tanto al mar como a la montaña. Sus aficiones favoritas son: la literatura, preferentemente fantástica, la música, la fotografía y, desde hace algunos meses, navegar por Internet. Se considera una géminis de cabeza a los pies. A los 14 empezó a escribir poesía y cuentos, actividad que abandonó a medida que los estudios se complicaron. Hace unos cuatro años retomó la escritura, con inexperiencia pero con muchas ganas. Gracias a un taller de literatura fantástica impartido por León Arsenal aterrizó en ese mundo, prolongando la actividad del taller en un grupo de trabajo llamado Alicantefantastica. Poco después llegó al Taller7 y más tarde al Taller 9.

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