Robert Gion
—¿Te has perdido,
hijo?
El hombre parpadeó nervioso y miró
hacia la derecha, de donde había llegado la voz, pero no vio a nadie. Solo
cuando distinguió el crujido de unas ramas quebradas y unos pasos que siseaban
a su espalda, se volvió y vio, apoyada con una mano en el tronco de un abeto, a
una anciana vestida con ropas sucias, hechas solo de remiendos, que le sonreía
mostrando los muñones rotos de sus dientes.
Acababa de llegar al borde de un
claro rodeado de abetos gigantescos, con los troncos resquebrajados, llenos de
resina. Sobre la tierra había empezado a flotar una niebla fina, hecha de
hebras transparentes, que parecía brotar de algún lugar entre las raíces de los
árboles. No reconocía nada a su alrededor. Por más que lo intentaba, no lograba
orientarse. Y eso que había hecho esa ruta decenas de veces. ¿Qué demonios…?
—No lo sé —rio él, incómodo, y se
volvió por completo hacia la anciana, con la mochila de pronto muy pesada sobre
los hombros—, eso parece. Me detuve un kilómetro más abajo para tomar unas
fotos y después… creo… creo que me desvié, de algún modo, del sendero. Es extraño…
aunque no entiendo cómo pudo pasar.
La anciana se acercó; se separó del
tronco del abeto. Llevaba una ropa muy extraña; en realidad, no era la ropa; lo
que lo desconcertaba era la forma en que se la había puesto, porque llevaba
simplemente varias blusas y suéteres echados encima, uno sobre otro, y las
piernas cubiertas por una serie de faldas de todos los colores; sobre toda esa
mezcla se extendía un largo chaleco de lana, también hecho solo de remiendos,
tan grande y deshilachado que lo arrastraba por el suelo. Aquí y allá, entre la
tela mugrienta de la ropa, se veían bultos puntiagudos, como si la anciana se
hubiera metido por dentro ramas y leña menuda. ¿Estaba loca? Dio unos pasos más
y luego soltó una risita: un sonido quebrado, seco, como una rama al partirse.
—No te preocupes, hijo, muchos
turistas se pierden en esta zona del bosque. Pero creo que yo podría ayudarte,
seguro que podría —graznó, mientras pisaba con fuerza sobre la alfombra de
hojas húmedas.
—¿De verdad? ¿Usted?… ¿Vive por
aquí cerca? Se lo agradecería.
Será de algún monasterio,
pensó el hombre. Pero ¿hay algún monasterio por aquí?
—Sí, sí, sé exactamente lo que hay
que hacer, ji, ji. Solo ten un poco de confianza. Yo te pondré en el camino
recto. Mira, si vas en esa dirección…
La anciana alzó el brazo.
El hombre fijó involuntariamente la
vista en él… y en ese instante los dedos de la vieja se alargaron de golpe,
crujieron nudosos, ramificados, y se transformaron en dos ramas afiladas que
recorrieron en una fracción de segundo la distancia que los separaba.
Penetraron con un chasquido en la gruesa chaqueta del turista. Se oyó un jadeo;
el hombre bajó los ojos y miró el chorro rojo que brotaba de su pecho, luego la
sangre le estalló también por la boca y cayó flojo de rodillas. El peso de la
mochila lo arrastró enseguida al suelo. Se desplomó de lado, boqueando, con los
ojos desorbitados, mientras las piernas le temblaban, sacudidas por espasmos.
La vieja alargó otro dedo y una nueva rama nudosa le perforó la garganta. El
estertor cesó, y la niebla cubrió durante varios instantes el cuerpo derrumbado
con hebras suaves, curiosas.
En el silencio que siguió se oyó el
grito de una lechuza.
La anciana retiró los dedos, soltó
una risita y se acercó más. Bajo la piel, con cada movimiento, sus huesos
crujían como árboles azotados por la tormenta en un bosque. Se inclinó y, con
un solo dedo, le dio la vuelta con asco y facilidad al cadáver del que
borbotaba la sangre, dejándolo boca arriba.
—Ji, ji, hijo, cómo te has perdido,
perdido —chilló—. Perdido de verdad. Pero la madre vela, vela todo el tiempo.
Mmm, mmm, mmm…
La uña de uno de sus dedos creció,
curvada como una hoz, y con ella rasgó la chaqueta del turista desde el pecho
hasta el cinturón del pantalón.
—Mmm, mmm, hijo, ¡qué flaco estás!
Mírate. Decepcionante.
Pinchó con la uña. Carne blanca,
flácida.
—Ji, ji. Flácida. Mira tú, hasta
llevabas un cuchillo; me pregunto para qué te servía. ¿Dónde están los
valientes de otros tiempos, con sus espadas y sus caballos? Al menos intentaban
resistirse, luchar. ¡Y mira ahora qué desdichados pasan por aquí! Flácido,
flácido, flácido. Unos inútiles, vejigas de carne blanda… puaj, ji, ji, ji.
Pero es mejor que nada, mejor, ¿verdad?, ji, ji…
Sin dejar de reír entre dientes,
rasgó el resto de la ropa, la apartó del cuerpo cubierto de sangre y la dejó en
un montón al lado; luego, con la misma facilidad, se echó el cadáver al hombro
y se internó lentamente entre los árboles, cantando:
La madre siempre vela
Siempre está despierta
Con el pelo al viento
Cabellera de bosque
Como zarza de moras
Los viejos abetos temblaban a su
llegada, murmuraban con chirridos roncos, mientras la resina les corría a
chorros por la corteza; luego se inclinaban y honraban su paso. La niebla se
volvía cada vez más espesa. Al poco rato, la anciana llegó a otro claro, y allí
se dirigió riendo hacia un roble gigantesco que se alzaba junto a un borde,
cubierto también de nudos y muñones. Hizo una señal con los dedos-garras-ramas;
detrás de unas grietas crujió algo y un hueco se abrió, húmedo, en el tronco
lleno de cicatrices del árbol.
Con el muerto al hombro, la anciana
entró y avanzó hacia una oscuridad total, mientras el hueco se cerraba
crujiendo a su espalda y la niebla quedaba afuera, de guardia, envuelta con
fuerza alrededor del claro; enseguida llegó a una estancia amplia, alta,
iluminada con fuerza por varias lámparas colgadas del techo, en la que flotaban
hilos fosforescentes de niebla. Toda la pared de la derecha estaba cubierta de
estantes donde se apretaban toda clase de recipientes y frascos. En un rincón,
colgado sobre un fuego suave de leños, hervía un caldero con brebajes. La vieja
se acercó a una sólida mesa de madera que ocupaba todo el centro de la
habitación y arrojó allí el cadáver, boca arriba. Aún seguía manando sangre de
las heridas del pecho, y el abdomen y los muslos, enrojecidos por gruesos
regueros, brillaban de forma extraña bajo la luz de las lámparas que vibraban
levemente en el techo. La anciana se limpió las palmas en las faldas, enderezó
la espalda que crujió como un tronco golpeado por un hacha; luego suspiró y
miró a su alrededor, satisfecha, sin dejar de reír por lo bajo.
—Ya llegué, ya llegué, ji, ji, ji,
la mamita está en casa —graznó—. ¿Cómo están mis linditos, cómo están?
En la pared opuesta a la de los
estantes ocupados por frascos se alineaban tres jaulas de madera con
resistentes barrotes de roble, nacidos directamente de las raíces del árbol en
cuyo interior estaba la vivienda de la vieja. Dos de ellas estaban vacías, pero
desde la tercera miraban, aterrorizados, dos niños de unos nueve o diez años,
un niño y una niña, rubios, con los ojos enrojecidos de tanto llorar. La
anciana arrastró los pies hasta la jaula, y los dos niños se abrazaron,
horrorizados. Estaban tan asustados que ya ni fuerzas tenían para gritar.
La vieja aspiró por la nariz el
olor del brebaje que flotaba por toda la estancia, volvió a crujirse la espalda
y luego estiró un dedo lleno de diminutas oquedades y con él palpó la mejilla
lisa del niño.
—Mmm, mmm, hijo mío, siguen siendo
unos enclenques —escupió, irritada—. Tienen que comer mejor, ponerse gordos y
hermosos para la abuela, ¿oyen? Tienen que comerse todo lo que les doy, que hay
bastante y habrá más. Porque así, ni para una muela me alcanzan, ji, ji.
Cómanse todo, todo, porque, miren, ahora mismo les he traído carnecita fresca y
buena, buena, justo buena para sus barriguitas.
Volvió a tocar una vez la mejilla
del niño, luego se dirigió hacia el hogar donde hervía el caldero. Colgados
cerca, de pequeñas ramitas clavadas en la pared, había toda clase de cuchillos,
hachas y segures, además de una horca y una azuela. La anciana escogió un hacha
de mango curvo, la sopesó entre sus dedos-ramas y después se encaminó hacia el
cadáver tendido sobre la mesa.
—Ahora la abuela les va a preparar
una comidita estupenda, niños. Para que se pongan gordos, lustrosos, llenos de
grasa, hinchados y jugosos.
Lanzó el hacha hacia delante y, de
un solo golpe, le cercenó uno de los brazos al hombre.
—Ojos de fantasma, si los ves te
consumen… —murmuró con una mueca sonriente.
Luego, con movimientos lentos y
poderosos, se puso a cortar en trozos el cadáver que había sobre la mesa, en
pedacitos pequeños, pequeños, justo buenos para tragar, mientras el fuego
crujía, la estancia rechinaba y todo el roble se mecía, reía entre dientes y
murmuraba al mismo tiempo que ella.

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