viernes, 13 de marzo de 2026

PERDIDO

Robert Gion

 

—¿Te has perdido, hijo?

El hombre parpadeó nervioso y miró hacia la derecha, de donde había llegado la voz, pero no vio a nadie. Solo cuando distinguió el crujido de unas ramas quebradas y unos pasos que siseaban a su espalda, se volvió y vio, apoyada con una mano en el tronco de un abeto, a una anciana vestida con ropas sucias, hechas solo de remiendos, que le sonreía mostrando los muñones rotos de sus dientes.

Acababa de llegar al borde de un claro rodeado de abetos gigantescos, con los troncos resquebrajados, llenos de resina. Sobre la tierra había empezado a flotar una niebla fina, hecha de hebras transparentes, que parecía brotar de algún lugar entre las raíces de los árboles. No reconocía nada a su alrededor. Por más que lo intentaba, no lograba orientarse. Y eso que había hecho esa ruta decenas de veces. ¿Qué demonios…?

—No lo sé —rio él, incómodo, y se volvió por completo hacia la anciana, con la mochila de pronto muy pesada sobre los hombros—, eso parece. Me detuve un kilómetro más abajo para tomar unas fotos y después… creo… creo que me desvié, de algún modo, del sendero. Es extraño… aunque no entiendo cómo pudo pasar.

La anciana se acercó; se separó del tronco del abeto. Llevaba una ropa muy extraña; en realidad, no era la ropa; lo que lo desconcertaba era la forma en que se la había puesto, porque llevaba simplemente varias blusas y suéteres echados encima, uno sobre otro, y las piernas cubiertas por una serie de faldas de todos los colores; sobre toda esa mezcla se extendía un largo chaleco de lana, también hecho solo de remiendos, tan grande y deshilachado que lo arrastraba por el suelo. Aquí y allá, entre la tela mugrienta de la ropa, se veían bultos puntiagudos, como si la anciana se hubiera metido por dentro ramas y leña menuda. ¿Estaba loca? Dio unos pasos más y luego soltó una risita: un sonido quebrado, seco, como una rama al partirse.

—No te preocupes, hijo, muchos turistas se pierden en esta zona del bosque. Pero creo que yo podría ayudarte, seguro que podría —graznó, mientras pisaba con fuerza sobre la alfombra de hojas húmedas.

—¿De verdad? ¿Usted?… ¿Vive por aquí cerca? Se lo agradecería.

Será de algún monasterio, pensó el hombre. Pero ¿hay algún monasterio por aquí?

—Sí, sí, sé exactamente lo que hay que hacer, ji, ji. Solo ten un poco de confianza. Yo te pondré en el camino recto. Mira, si vas en esa dirección…

La anciana alzó el brazo.

El hombre fijó involuntariamente la vista en él… y en ese instante los dedos de la vieja se alargaron de golpe, crujieron nudosos, ramificados, y se transformaron en dos ramas afiladas que recorrieron en una fracción de segundo la distancia que los separaba. Penetraron con un chasquido en la gruesa chaqueta del turista. Se oyó un jadeo; el hombre bajó los ojos y miró el chorro rojo que brotaba de su pecho, luego la sangre le estalló también por la boca y cayó flojo de rodillas. El peso de la mochila lo arrastró enseguida al suelo. Se desplomó de lado, boqueando, con los ojos desorbitados, mientras las piernas le temblaban, sacudidas por espasmos. La vieja alargó otro dedo y una nueva rama nudosa le perforó la garganta. El estertor cesó, y la niebla cubrió durante varios instantes el cuerpo derrumbado con hebras suaves, curiosas.

En el silencio que siguió se oyó el grito de una lechuza.

La anciana retiró los dedos, soltó una risita y se acercó más. Bajo la piel, con cada movimiento, sus huesos crujían como árboles azotados por la tormenta en un bosque. Se inclinó y, con un solo dedo, le dio la vuelta con asco y facilidad al cadáver del que borbotaba la sangre, dejándolo boca arriba.

—Ji, ji, hijo, cómo te has perdido, perdido —chilló—. Perdido de verdad. Pero la madre vela, vela todo el tiempo. Mmm, mmm, mmm…

La uña de uno de sus dedos creció, curvada como una hoz, y con ella rasgó la chaqueta del turista desde el pecho hasta el cinturón del pantalón.

—Mmm, mmm, hijo, ¡qué flaco estás! Mírate. Decepcionante.

Pinchó con la uña. Carne blanca, flácida.

—Ji, ji. Flácida. Mira tú, hasta llevabas un cuchillo; me pregunto para qué te servía. ¿Dónde están los valientes de otros tiempos, con sus espadas y sus caballos? Al menos intentaban resistirse, luchar. ¡Y mira ahora qué desdichados pasan por aquí! Flácido, flácido, flácido. Unos inútiles, vejigas de carne blanda… puaj, ji, ji, ji. Pero es mejor que nada, mejor, ¿verdad?, ji, ji…

Sin dejar de reír entre dientes, rasgó el resto de la ropa, la apartó del cuerpo cubierto de sangre y la dejó en un montón al lado; luego, con la misma facilidad, se echó el cadáver al hombro y se internó lentamente entre los árboles, cantando:

 

La madre siempre vela

Siempre está despierta

Con el pelo al viento

Cabellera de bosque

Como zarza de moras


Ji, ji.

Los viejos abetos temblaban a su llegada, murmuraban con chirridos roncos, mientras la resina les corría a chorros por la corteza; luego se inclinaban y honraban su paso. La niebla se volvía cada vez más espesa. Al poco rato, la anciana llegó a otro claro, y allí se dirigió riendo hacia un roble gigantesco que se alzaba junto a un borde, cubierto también de nudos y muñones. Hizo una señal con los dedos-garras-ramas; detrás de unas grietas crujió algo y un hueco se abrió, húmedo, en el tronco lleno de cicatrices del árbol.

Con el muerto al hombro, la anciana entró y avanzó hacia una oscuridad total, mientras el hueco se cerraba crujiendo a su espalda y la niebla quedaba afuera, de guardia, envuelta con fuerza alrededor del claro; enseguida llegó a una estancia amplia, alta, iluminada con fuerza por varias lámparas colgadas del techo, en la que flotaban hilos fosforescentes de niebla. Toda la pared de la derecha estaba cubierta de estantes donde se apretaban toda clase de recipientes y frascos. En un rincón, colgado sobre un fuego suave de leños, hervía un caldero con brebajes. La vieja se acercó a una sólida mesa de madera que ocupaba todo el centro de la habitación y arrojó allí el cadáver, boca arriba. Aún seguía manando sangre de las heridas del pecho, y el abdomen y los muslos, enrojecidos por gruesos regueros, brillaban de forma extraña bajo la luz de las lámparas que vibraban levemente en el techo. La anciana se limpió las palmas en las faldas, enderezó la espalda que crujió como un tronco golpeado por un hacha; luego suspiró y miró a su alrededor, satisfecha, sin dejar de reír por lo bajo.

—Ya llegué, ya llegué, ji, ji, ji, la mamita está en casa —graznó—. ¿Cómo están mis linditos, cómo están?

En la pared opuesta a la de los estantes ocupados por frascos se alineaban tres jaulas de madera con resistentes barrotes de roble, nacidos directamente de las raíces del árbol en cuyo interior estaba la vivienda de la vieja. Dos de ellas estaban vacías, pero desde la tercera miraban, aterrorizados, dos niños de unos nueve o diez años, un niño y una niña, rubios, con los ojos enrojecidos de tanto llorar. La anciana arrastró los pies hasta la jaula, y los dos niños se abrazaron, horrorizados. Estaban tan asustados que ya ni fuerzas tenían para gritar.

La vieja aspiró por la nariz el olor del brebaje que flotaba por toda la estancia, volvió a crujirse la espalda y luego estiró un dedo lleno de diminutas oquedades y con él palpó la mejilla lisa del niño.

—Mmm, mmm, hijo mío, siguen siendo unos enclenques —escupió, irritada—. Tienen que comer mejor, ponerse gordos y hermosos para la abuela, ¿oyen? Tienen que comerse todo lo que les doy, que hay bastante y habrá más. Porque así, ni para una muela me alcanzan, ji, ji. Cómanse todo, todo, porque, miren, ahora mismo les he traído carnecita fresca y buena, buena, justo buena para sus barriguitas.

Volvió a tocar una vez la mejilla del niño, luego se dirigió hacia el hogar donde hervía el caldero. Colgados cerca, de pequeñas ramitas clavadas en la pared, había toda clase de cuchillos, hachas y segures, además de una horca y una azuela. La anciana escogió un hacha de mango curvo, la sopesó entre sus dedos-ramas y después se encaminó hacia el cadáver tendido sobre la mesa.

—Ahora la abuela les va a preparar una comidita estupenda, niños. Para que se pongan gordos, lustrosos, llenos de grasa, hinchados y jugosos.

Lanzó el hacha hacia delante y, de un solo golpe, le cercenó uno de los brazos al hombre.

—Ojos de fantasma, si los ves te consumen… —murmuró con una mueca sonriente.

Luego, con movimientos lentos y poderosos, se puso a cortar en trozos el cadáver que había sobre la mesa, en pedacitos pequeños, pequeños, justo buenos para tragar, mientras el fuego crujía, la estancia rechinaba y todo el roble se mecía, reía entre dientes y murmuraba al mismo tiempo que ella.

Robert Gion nació en 1978 en Tecuci y pasó su juventud viajando por Europa. Vivió un tiempo en Chipre y luego en Grecia. Apasionado de la literatura de terror, es un gran admirador de Serge Brussolo, Graham Masterton y Stephen King. Ha publicado relatos y cuentos en las revistas Gazeta SF, Helion online, Galaxia 42, CSF, Utopiqa, Artzone SF, Ficțiuni.ro y Revista de Suspans. Fue incluido en la Antología de Ficción Policial y de Misterio Rumana (publicada por Paralela 45) y en las antología CSF de 2019, 2020, 2021, 2022, 2023". Debutó con su propio volumen en la colección de relatos Elisa, que recibió el Premio Antares al mejor debut en una novela de ciencia ficción, fantasía y humanidades de 2020. Su segundo volumen de relatos, La oscuridad del mañana, se publicó en noviembre de 2022. El tercero, La segunda F de la felicidad, publicado en octubre de 2023, recibió el Premio Romcon en la categoría de volumen de prosa corta. En septiembre de 2024 se publicó la novela de terror Monstruos en la orilla.

 

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