Rolando José Di Lorenzo
Caminando tranquilo como era su costumbre, iba
el Negro Arduzzo por las calles de su pueblo, casi sin
darse cuenta, envuelto en sus sueños y fantasías. Necochea, en ese tiempo, era
un lugar con construcciones humildes y fuertes; capaces de resistir vientos que
no eran tan intensos y de mantener calientes a las familias, en los duros inviernos.
Sobre la avenida Alsina, la principal, se mostraban orgullosos unos pocos
edificios de departamentos que nunca fueron necesarios, si se tiene en cuenta
tanta tierra libre para crecer a su alrededor. También en la zona de playa se
comenzaban a construir más edificios. Al pueblo le pasaba lo mismo que a sus
habitantes, crecer siempre había sido un problema. Se iba poniendo el sol,
algunas farolas ya estaban encendidas, aunque con escasa luz, en opinión del Negro, posiblemente por
la vejez. Quizás así no se mostraban tantos detalles feos y todo parecía más
agradable, porque al sol de la mañana dejaba mucho que desear. Pero era su
lugar, eran sus calles. Estaba lindo para caminar, así que continuó tranquilo. Las
manos en los bolsillos y el tranco habitual. ¿Hacia dónde ir?, pensó; dejaría
que los pasos lo llevaran, como de costumbre. Podía terminar en la ribera del
río Quequén, o en la playa, todo estaba bien, aunque ya se estaba haciendo
tarde. De repente, se cruzó con un
viejo conocido del barrio, Juancito, que ya hacía tiempo que era Juan, uno de
los chicos de aquel viejo vecindario, bastante menor que él. Era hijo del
ingeniero Pacheco, un destacado vecino del que tenía buenos recuerdos, aunque
ahora hacía mucho que no lo veía.
—Hola muchacho, tanto tiempo sin
verte —dijo el Negro. Juancito se detuvo y se le iluminó la cara en cuanto lo
reconoció.
—Hola ¿qué tal?, cierto, cuánto tiempo ¿no? —dijo
el muchacho. En ese momento, el Negro vio en el joven una expresión de alegría,
o satisfacción, que le resultó extraña, no era para tanto el encuentro.
—¿Cómo está la familia? —siguió
hablando el Negro. Y en ese momento recordó que la madre de Juan había muerto
hacía rato, aunque seguramente el ingeniero seguía vivo.
—Bien, o más o menos. No sé, el
viejo está enfermo. —Juan se tomó unos segundos antes de continuar—. En
realidad está en las diez de últimas, pero no tiene usted una idea de lo bien
que me viene.
—¿Sí? Decime. —Ahora tenía sentido la
expresión que notó de entrada; algo estaba pasando con el muchacho.
—Hay algo que me tiene muy
intrigado y preocupado —le largó Juan de inmediato—. Papá, desde hace unos
días, me está preguntando por usted y es más, me dice que tendría que verlo.
Hablar unas palabras y que para él sería muy importante, casi necesario. Pero
no quiere largar prenda, a mí no me dice nada más. ¿Usted tiene idea de qué
puede ser? —El Negro se quedó de una pieza; rápidamente pasaron por su cabeza
recuerdos de la relación con esa familia y no encontraba nada que lo pudiera
preocupar al ingeniero a tal extremo. Muchos años atrás habían vivido cerca, a
media cuadra y la relación había sido normal. El charlaba mucho con la señora y
con Juancito, que por entonces era un nene. Con el ingeniero hablaba menos,
solo porque era un hombre muy serio y callado. En el barrio decían que era
antipático, que el título y la plata se le habían subido a la cabeza y muchos
más etcéteras. Pero solo eso.
—Juancito —dijo el Negro—, si
querés lo voy a visitar, no tengo problemas, al contrario, tengo buenos
recuerdos de tu padre y si puedo hacer algo... Pero no tengo ni idea sobre que
me quiere hablar, hace tanto tiempo que no nos vemos.
—Ahora, cuando vaya a la casa del
viejo, le digo que nos encontramos y le pregunto si sigue con esa necesidad de
hablar con usted.
Pasaron los días, pasaron días iguales a otros
iguales y como sucede casi siempre, el Negro con su trabajo, su familia y los
problemas que se sumaban, hicieron que se fuera olvidando de la charla
mantenida con Juancito. Solo de vez en cuando lo recordaba y cuando esto
sucedía se preocupaba aún más, aunque no le sacaba el sueño.
Todo siguió su curso, hasta que un día sonó el
teléfono y presintió al instante que lo llamaban por el tema del ingeniero
Pacheco y así fue. Juancito le pedía que los visitara. Su padre solo quería
hablar un ratito y le aclaró el muchacho, que aunque quisiera no podía ya
hablar mucho más, estaba muy mal y como él lo había pedido, se quería quedar en
su casa, hasta el momento final.
Ya era imposible evitar el asunto,
por lo tanto, se encaminó hacia la casa del hombre enfermo. Cuando llegó a ella
y aunque no estaba muy decidido, tocó el timbre. En ese momento se sintió mal,
incómodo, no sabía por qué; como si algo serio se le estuviera por venir
encima. Lo hizo sonar dos o tres veces y de repente la puerta se abrió. Entonces
sintió hasta un poquito de miedo. La cara que lo estaba mirando interrogante,
no era la del muchacho, sino la de una señora desconocida, con cara agria y
uniforme blanco, lo que lo molestó más aún.
—Buenas tardes, soy Arduzzo —se
presentó medio cortado—; tengo que ver al ingeniero, según me lo pidió su hijo.
—La mujer lo miró con desconfianza y luego de unos segundos le indicó que
pasara. En realidad ella sabía que él vendría y que el señor lo estaba
esperando. Entonces la mujer, con voz fuerte y segura, le dijo que la charla no
podía durar más de cinco o diez minutos. El hombre estaba muy mal, se agitaba
mucho y se quedaba sin aire y si esto pasaba, había que darle más oxígeno, y
siguió y siguió con el tema. En realidad como al Negro no le importaba mucho,
lo oyó como un murmullo molesto. Mientras, miraba la casa tratando de recordar
algo de otros tiempos, porque alguna vez había estado allí. La mujer seguía
hablando.
—No sé por qué el señor tiene tanta
necesidad de hablar con usted — le estaba diciendo cuando volvió a oírla—. En
fin pase por aquí. —El Negro la siguió en silencio, presintiendo algo malo, pero
a lo que sea habrá que ponerle el pecho, pensó.
La habitación, en contra de todo lo
que había pensado, estaba totalmente iluminada. Las persianas abiertas y las
cortinas corridas, dejaban ver el jardín que estaba al lado del cuarto. La cama
del ingeniero estaba vacía y como recién hecha. Miró a su alrededor y casi
detrás suyo estaba el hombre sentado en un gran sillón. Tan grande era el
sillón o tan disminuido estaba él, que se veía casi ridículo. Chiquito,
envejecido, con la cabeza casi colgando. Cerca de él un gran tubo de oxígeno
con la manguera y la máscara preparadas y esperándolo. ¡Que lo parió, la vida
lo hizo mierda!, se dijo para si el Negro. Sintió terror, un frío le corrió por
la espalda, y estaba seguro de que no era por el pobre hombre, que se moría
allí mismo, sino porque algún día, alguien lo podría ver a él así. El hombre se
dio cuenta enseguida de que había entrado y tratando de ponerse derecho y digno
de ser mirado, le ofreció una triste sonrisa. Era lo mejor que podía hacer en
ese momento. Esto alivió a Arduzzo y lo ayudó a relajarse. Luego de mirarlo
unos segundos, tomó aire y el hombre le indicó una silla que estaba al lado de
su sillón.
—Arduzzo, gracias por venir. —Tardó
unos largos segundos en decir todo esto—. Espero que no le haya molestado mucho.
—Mientras hablaba, el ingeniero trataba de tomar aire por donde fuera posible,
pero siguió con el tema—: Yo más que nadie conozco mi situación, no me queda
mucho y trato de arreglar todas las cosas pendientes. —La voz se le apagaba a
cada segundo, tomaba bocanadas de aire y seguía—. Pero me queda el tema más
grave por aclarar, por eso lo dejé para el final. —Los ojos del pobre tipo se
enrojecían, el Negro no sabía si era por la emoción o por el esfuerzo que
estaba haciendo y continuó—. Le voy a hacer una sola pregunta y espero que
teniendo en cuenta, que se la hago en mis últimos momentos, me la responda con
total franqueza, desde su corazón. —Tomó más aire y por unos segundos no pudo
hablar más, lo miraba ansioso, siguió tomando aire y el Negro ya emocionado por
ver tamaño esfuerzo y con el suspenso que Pacheco le estaba dando al momento,
no se aguantaba más. Entonces dijo—: Esto no lo debe saber nadie más que
nosotros dos —continúo luego de un rato.
—Tómese su tiempo, ingeniero Y le
aseguro que solo le diré la verdad y que esto muere conmigo —le respondió el
Negro emocionado y a punto de largar un lagrimón. La pregunta fue cortante,
directa.
—¿Alguna vez tuvo algo que ver con
mi mujer? —En ese momento, la voz se le enronqueció más todavía y aún así,
retumbó como un golpe en los oídos del Negro. Sus ojos dejaban correr algunas
lágrimas, le temblaban las manos, todo él temblaba. El Negro se quedó helado
con la pregunta. Frío como el tubo de oxígeno que tenía al lado. Abrió los ojos
asombrado y con todo el énfasis que pudo le dijo:
—¡¡¡Noooooooo!!! No, ingeniero. ¡No
me diga que estuvo cuarenta años con este entripado! No, señor, ¡nunca pasó
nada! ¡Ni cerca! Por favor.
La cara del hombre moribundo se fue
relajando. Se reclinó en el respaldo de su sillón, aflojando las manos que
habían estado crispadas. Tomó aire con más fuerza, se le aclaró la vista y fue
dejando caer la cabeza.
—Gracias, gracias —dijo con una voz
tan exigua que era ya un susurro.
Arduzzo se dio cuenta de que era hora de irse.
Se levantó de la silla, con timidez puso la mano en el hombro descarnado del
hombre y suavemente lo palmeo. No le salieron palabras. El ingeniero levantó la
cabeza, lo miró agradecido y con la misma sonrisa con que lo recibió lo
despidió.
La mujer que lo había recibido, cerró la
puerta a sus espaldas. El sol, le dio de golpe en los ojos llorosos. ¿Cuánto
hacía que no lloraba? ¿Desde que era un chico?, pensó asombrado. No, seguro que
alguna otra vez lloré, aunque contadas con los dedos de una mano. Lo vivido ese
momento, lo había tocado a fondo. Caminaba y pensaba: El pobre tipo se creyó
que aquellas charlas inocentes con su mujer, habían escondido algo más. ¿Cómo
se puede esperar cuarenta años para aclarar eso, por su mujer, o por el mismo? Siguió
pensando en todo lo sucedido y lo hizo hasta la noche, cuando lo venció el
sueño
A la mañana siguiente, mientras se preparaba el
mate, el Negro escuchó por la radio que el ingeniero Pacheco había fallecido.

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