viernes, 13 de marzo de 2026

ENTRIPADO

Rolando José Di Lorenzo

 

Caminando tranquilo como era su costumbre, iba el Negro Arduzzo por las calles de su pueblo, casi sin darse cuenta, envuelto en sus sueños y fantasías. Necochea, en ese tiempo, era un lugar con construcciones humildes y fuertes; capaces de resistir vientos que no eran tan intensos y de mantener calientes a las familias, en los duros inviernos. Sobre la avenida Alsina, la principal, se mostraban orgullosos unos pocos edificios de departamentos que nunca fueron necesarios, si se tiene en cuenta tanta tierra libre para crecer a su alrededor. También en la zona de playa se comenzaban a construir más edificios. Al pueblo le pasaba lo mismo que a sus habitantes, crecer siempre había sido un problema. Se iba poniendo el sol, algunas farolas ya estaban encendidas, aunque con escasa luz, en opinión del Negro, posiblemente por la vejez. Quizás así no se mostraban tantos detalles feos y todo parecía más agradable, porque al sol de la mañana dejaba mucho que desear. Pero era su lugar, eran sus calles. Estaba lindo para caminar, así que continuó tranquilo. Las manos en los bolsillos y el tranco habitual. ¿Hacia dónde ir?, pensó; dejaría que los pasos lo llevaran, como de costumbre. Podía terminar en la ribera del río Quequén, o en la playa, todo estaba bien, aunque ya se estaba haciendo tarde. De repente, se cruzó con un viejo conocido del barrio, Juancito, que ya hacía tiempo que era Juan, uno de los chicos de aquel viejo vecindario, bastante menor que él. Era hijo del ingeniero Pacheco, un destacado vecino del que tenía buenos recuerdos, aunque ahora hacía mucho que no lo veía.

—Hola muchacho, tanto tiempo sin verte —dijo el Negro. Juancito se detuvo y se le iluminó la cara en cuanto lo reconoció.

 —Hola ¿qué tal?, cierto, cuánto tiempo ¿no? —dijo el muchacho. En ese momento, el Negro vio en el joven una expresión de alegría, o satisfacción, que le resultó extraña, no era para tanto el encuentro.

—¿Cómo está la familia? —siguió hablando el Negro. Y en ese momento recordó que la madre de Juan había muerto hacía rato, aunque seguramente el ingeniero seguía vivo.

—Bien, o más o menos. No sé, el viejo está enfermo. —Juan se tomó unos segundos antes de continuar—. En realidad está en las diez de últimas, pero no tiene usted una idea de lo bien que me viene.

—¿Sí? Decime. —Ahora tenía sentido la expresión que notó de entrada; algo estaba pasando con el muchacho.

—Hay algo que me tiene muy intrigado y preocupado —le largó Juan de inmediato—. Papá, desde hace unos días, me está preguntando por usted y es más, me dice que tendría que verlo. Hablar unas palabras y que para él sería muy importante, casi necesario. Pero no quiere largar prenda, a mí no me dice nada más. ¿Usted tiene idea de qué puede ser? —El Negro se quedó de una pieza; rápidamente pasaron por su cabeza recuerdos de la relación con esa familia y no encontraba nada que lo pudiera preocupar al ingeniero a tal extremo. Muchos años atrás habían vivido cerca, a media cuadra y la relación había sido normal. El charlaba mucho con la señora y con Juancito, que por entonces era un nene. Con el ingeniero hablaba menos, solo porque era un hombre muy serio y callado. En el barrio decían que era antipático, que el título y la plata se le habían subido a la cabeza y muchos más etcéteras. Pero solo eso.

—Juancito —dijo el Negro—, si querés lo voy a visitar, no tengo problemas, al contrario, tengo buenos recuerdos de tu padre y si puedo hacer algo... Pero no tengo ni idea sobre que me quiere hablar, hace tanto tiempo que no nos vemos.

—Ahora, cuando vaya a la casa del viejo, le digo que nos encontramos y le pregunto si sigue con esa necesidad de hablar con usted.

 Pasaron los días, pasaron días iguales a otros iguales y como sucede casi siempre, el Negro con su trabajo, su familia y los problemas que se sumaban, hicieron que se fuera olvidando de la charla mantenida con Juancito. Solo de vez en cuando lo recordaba y cuando esto sucedía se preocupaba aún más, aunque no le sacaba el sueño.

 Todo siguió su curso, hasta que un día sonó el teléfono y presintió al instante que lo llamaban por el tema del ingeniero Pacheco y así fue. Juancito le pedía que los visitara. Su padre solo quería hablar un ratito y le aclaró el muchacho, que aunque quisiera no podía ya hablar mucho más, estaba muy mal y como él lo había pedido, se quería quedar en su casa, hasta el momento final.

Ya era imposible evitar el asunto, por lo tanto, se encaminó hacia la casa del hombre enfermo. Cuando llegó a ella y aunque no estaba muy decidido, tocó el timbre. En ese momento se sintió mal, incómodo, no sabía por qué; como si algo serio se le estuviera por venir encima. Lo hizo sonar dos o tres veces y de repente la puerta se abrió. Entonces sintió hasta un poquito de miedo. La cara que lo estaba mirando interrogante, no era la del muchacho, sino la de una señora desconocida, con cara agria y uniforme blanco, lo que lo molestó más aún.

—Buenas tardes, soy Arduzzo —se presentó medio cortado—; tengo que ver al ingeniero, según me lo pidió su hijo. —La mujer lo miró con desconfianza y luego de unos segundos le indicó que pasara. En realidad ella sabía que él vendría y que el señor lo estaba esperando. Entonces la mujer, con voz fuerte y segura, le dijo que la charla no podía durar más de cinco o diez minutos. El hombre estaba muy mal, se agitaba mucho y se quedaba sin aire y si esto pasaba, había que darle más oxígeno, y siguió y siguió con el tema. En realidad como al Negro no le importaba mucho, lo oyó como un murmullo molesto. Mientras, miraba la casa tratando de recordar algo de otros tiempos, porque alguna vez había estado allí. La mujer seguía hablando.

—No sé por qué el señor tiene tanta necesidad de hablar con usted — le estaba diciendo cuando volvió a oírla—. En fin pase por aquí. —El Negro la siguió en silencio, presintiendo algo malo, pero a lo que sea habrá que ponerle el pecho, pensó.

La habitación, en contra de todo lo que había pensado, estaba totalmente iluminada. Las persianas abiertas y las cortinas corridas, dejaban ver el jardín que estaba al lado del cuarto. La cama del ingeniero estaba vacía y como recién hecha. Miró a su alrededor y casi detrás suyo estaba el hombre sentado en un gran sillón. Tan grande era el sillón o tan disminuido estaba él, que se veía casi ridículo. Chiquito, envejecido, con la cabeza casi colgando. Cerca de él un gran tubo de oxígeno con la manguera y la máscara preparadas y esperándolo. ¡Que lo parió, la vida lo hizo mierda!, se dijo para si el Negro. Sintió terror, un frío le corrió por la espalda, y estaba seguro de que no era por el pobre hombre, que se moría allí mismo, sino porque algún día, alguien lo podría ver a él así. El hombre se dio cuenta enseguida de que había entrado y tratando de ponerse derecho y digno de ser mirado, le ofreció una triste sonrisa. Era lo mejor que podía hacer en ese momento. Esto alivió a Arduzzo y lo ayudó a relajarse. Luego de mirarlo unos segundos, tomó aire y el hombre le indicó una silla que estaba al lado de su sillón.

—Arduzzo, gracias por venir. —Tardó unos largos segundos en decir todo esto—. Espero que no le haya molestado mucho. —Mientras hablaba, el ingeniero trataba de tomar aire por donde fuera posible, pero siguió con el tema—: Yo más que nadie conozco mi situación, no me queda mucho y trato de arreglar todas las cosas pendientes. —La voz se le apagaba a cada segundo, tomaba bocanadas de aire y seguía—. Pero me queda el tema más grave por aclarar, por eso lo dejé para el final. —Los ojos del pobre tipo se enrojecían, el Negro no sabía si era por la emoción o por el esfuerzo que estaba haciendo y continuó—. Le voy a hacer una sola pregunta y espero que teniendo en cuenta, que se la hago en mis últimos momentos, me la responda con total franqueza, desde su corazón. —Tomó más aire y por unos segundos no pudo hablar más, lo miraba ansioso, siguió tomando aire y el Negro ya emocionado por ver tamaño esfuerzo y con el suspenso que Pacheco le estaba dando al momento, no se aguantaba más. Entonces dijo—: Esto no lo debe saber nadie más que nosotros dos —continúo luego de un rato.

—Tómese su tiempo, ingeniero Y le aseguro que solo le diré la verdad y que esto muere conmigo —le respondió el Negro emocionado y a punto de largar un lagrimón. La pregunta fue cortante, directa.

—¿Alguna vez tuvo algo que ver con mi mujer? —En ese momento, la voz se le enronqueció más todavía y aún así, retumbó como un golpe en los oídos del Negro. Sus ojos dejaban correr algunas lágrimas, le temblaban las manos, todo él temblaba. El Negro se quedó helado con la pregunta. Frío como el tubo de oxígeno que tenía al lado. Abrió los ojos asombrado y con todo el énfasis que pudo le dijo:

—¡¡¡Noooooooo!!! No, ingeniero. ¡No me diga que estuvo cuarenta años con este entripado! No, señor, ¡nunca pasó nada! ¡Ni cerca! Por favor.

La cara del hombre moribundo se fue relajando. Se reclinó en el respaldo de su sillón, aflojando las manos que habían estado crispadas. Tomó aire con más fuerza, se le aclaró la vista y fue dejando caer la cabeza.

—Gracias, gracias —dijo con una voz tan exigua que era ya un susurro.

 Arduzzo se dio cuenta de que era hora de irse. Se levantó de la silla, con timidez puso la mano en el hombro descarnado del hombre y suavemente lo palmeo. No le salieron palabras. El ingeniero levantó la cabeza, lo miró agradecido y con la misma sonrisa con que lo recibió lo despidió.

 La mujer que lo había recibido, cerró la puerta a sus espaldas. El sol, le dio de golpe en los ojos llorosos. ¿Cuánto hacía que no lloraba? ¿Desde que era un chico?, pensó asombrado. No, seguro que alguna otra vez lloré, aunque contadas con los dedos de una mano. Lo vivido ese momento, lo había tocado a fondo. Caminaba y pensaba: El pobre tipo se creyó que aquellas charlas inocentes con su mujer, habían escondido algo más. ¿Cómo se puede esperar cuarenta años para aclarar eso, por su mujer, o por el mismo? Siguió pensando en todo lo sucedido y lo hizo hasta la noche, cuando lo venció el sueño

 A la mañana siguiente, mientras se preparaba el mate, el Negro escuchó por la radio que el ingeniero Pacheco había fallecido.

Rolando José Di Lorenzo nació en Necochea, ciudad en la que donde vive actualmente, el 10 de noviembre de l945. Está casado, tiene dos hijas y cinco nietos. Está jubilado. Intervino en varias antologías y editó un libro de cuentos: El martillo de José.

 

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