jueves, 12 de marzo de 2026

SE DESCONOCE EL PARADERO DE JOSÉ SARAMAGO

Jorge Candeias

 

Ha desaparecido de su casa, en la isla española de Lanzarote, Canarias, el escritor portugués José Saramago. El laureado con el premio Nobel habría sido visto por última vez por un repartidor de una tienda local, que habría ido a entregarle provisiones a su casa al comienzo de la tarde de anteayer, día 21. La esposa del escritor se encuentra de viaje y no se la espera en Lanzarote hasta dentro de una semana. Según informaciones de la editorial, Saramago se preparaba para publicar el octavo volumen de los Cuadernos de Lanzarote. La policía no ofrece ninguna explicación sobre el caso y la casa del escritor se encuentra inaccesible para los medios de comunicación.

Sin embargo, hemos podido averiguar que la desaparición, denunciada a la policía española por algunos amigos que tenían una cita concertada con el escritor en Haría, pequeña localidad del norte de la isla de Lanzarote, presenta aspectos misteriosos e incluso insólitos. En efecto, aunque no hay señales de robo ni de violencia, han desaparecido varios objetos personales, entre ellos ropa, la computadora que el escritor utiliza para escribir y otros objetos predilectos de Saramago, como si se hubiera preparado para un largo viaje. Para aumentar el misterio, se encontró sobre la mesa de trabajo del escritor un breve manuscrito fantástico, al que hemos tenido acceso y que transcribimos a continuación.

 

¿De qué vale una vida sin misterios? Me descubro jugando insistentemente con ese pensamiento mientras otra parte de mi cerebro revive mi salida de esta Tierra que me acoge como un útero desde hace tantos años que ya se han vuelto difíciles de contar. Tal vez, porque mi vida no tiene misterios para mí, la dediqué a inventárselos a los demás y, si ese fuera el caso, ¿qué haré yo con los años que me quedan? O mejor, ¿qué podré hacer con ellos, ahora que esta vieja vida que es la mía se ha vestido con un manto de misterio que ni otra vida igual a esta me permitiría desentrañar?

Los críticos de lo que escribo dicen que soy demasiado intrincado, que pierdo la objetividad de lo que quiero decir en las muchas palabras con que lo digo y en los rodeos, retrocesos y giros con que llevo mis frases a su destino. Tal vez sea así, aunque a mí todo me parece claro. Pero si es así, ¿será este texto incomprendido? ¿Tendré que forzarme a un estilo periodístico para que no confundan lo que quiero decir con lo que no quiero? Ya he perdido la costumbre del estilo periodístico, si es que alguna vez la tuve, pero quizá tenga que intentarlo, al menos. Porque lo que tengo que decir es demasiado importante como para que no me comprendan; será incluso lo más importante que alguna vez haya dicho o diré, o quizá la única cosa verdaderamente importante que dejaré a mis semejantes.

Pienso que todo habrá comenzado cuando quise dirigir la mirada del mundo hacia sus desheredados, aprovechando los cinco minutos de fama que el Nobel me dio. De algún modo que ni siquiera me atrevo a intentar comprender, mis palabras habrán llegado más lejos de lo que jamás podría haber supuesto. O al menos eso pienso, porque no se me dijo nada directamente; solo me fueron mostradas maravillas y terrores y se me hizo una petición silenciosa para que sacara de ellos mis propias conclusiones.

Sea como fuere, el hecho es que hace unos seis meses, tiempo contado a través de los ciclos de sueño y vigilia que atravesé, o ayer, si he de creer en la fecha que marca el calendario que tengo delante, fui llevado por unos seres que me parece haber visto ya en sueños, míos o de algún otro soñador, a un objeto casi abstracto, tan extraña era su forma, o su falta de forma, que aquello no encajaba en nada que formara parte de la experiencia de los hombres. No tenía forma, por tanto, pero tampoco carecía de ella, porque parecía poseer alguna estructura lógica. Era algo construido con un propósito, no una balsa de piedras unidas por azar para ir a la deriva por las corrientes de aquello que le sirviera de soporte. En el interior reinaba la misma ambigüedad, y además de la ausencia de una forma con propósito evidente, aunque yo no pudiera saber cuál era ese propósito, había cosas bidimensionales, no exactamente pintura, quizá tampoco caligrafía, y nada que se pareciera a un manual que me ayudara a encuadrar todo aquello en un conjunto único y real.

Será innecesario decir que en ese punto empecé a dudar de mi cordura, y debo admitir que aún hoy, después de tanto tiempo y de tantas cosas –y no logro convencerme de que lo que estoy describiendo haya sucedido apenas ayer–, alguna duda sigue persistiendo en mi espíritu sobre su verdadero estado. Extraña manía esta de la mente de reflejarse sobre sí misma. Pero no puedo dejar que se disperse en filosofías que en este momento son espurias, ni puedo partir del principio de que he enloquecido. Ellos no me lo perdonarían, y quizá ni yo mismo me perdonaría.

Ni siquiera advertí que aquello se levantara del suelo, pero cuando mis captores –y los llamo captores a falta de un término mejor, pues no había violencia alguna y, en cambio, esos seres estaban envueltos en un aura de benignidad que no se mostraba, pero sí se veía– me llevaron a una sala –y me encuentro aquí una vez más con dificultades de lenguaje, porque aquello no era una sala de las que todos conocemos de nuestra vida cotidiana. Pero he decidido que debía sacrificar la realidad a la claridad siempre que la verdad no sufra con ello, y si nada se aparta de la verdad más profunda al llamar sala a lo que no lo es en la realidad objetiva de las cosas, sea entonces una sala– con vistas al exterior, pude ver una cosa redonda y azul frente a mí, una joya a la que los hombres de todos los pueblos llaman Tierra. Pero la vi como la había visto antes tantas veces en fotografías y pinturas, no como la vi toda mi vida, en fragmentos minúsculos, a ras del suelo. Me creerán sin duda si les digo que no puedo imaginar que hasta el año de mi muerte vuelva a ver algo que me impresione tanto…

Discúlpenme. Vinieron a llamarme, quieren partir. Me siento como un niño en una tienda de dulces, con sus padres ya en la puerta llamándolo. Quiero dejar este relato terminado, pero temo haberme perdido en divagaciones no fundamentales. Concluyamos brevemente, entonces, pues todo indica que más tarde tendré mucho tiempo para describir con mayor detalle todo aquello por lo que he pasado.

Después de salir de la Tierra, nos dirigimos a Marte. Lo sé porque aterrizamos –no aterrizamos exactamente, pero en fin… no hay tiempo para explicarlo mejor ni para buscar palabras más fieles– junto al lugar donde quedó abandonada aquella pequeña maravilla tecnológica que yo tanto critiqué por desviar recursos fundamentales en un mundo lleno de seres humanos muriendo de hambre. La reconocí, y reconocí el lugar, aquella llanura llena de piedras bajo un cielo color de rosa. Me mostraron ese planeta tal como es hoy, en el presente, y luego vi cómo será en el futuro y cómo fue en el pasado. Vi Marte repleto de hombres y de actividad, ciudades, primero dentro de cúpulas de vidrio y más tarde bajo un cielo azul tan semejante al de la Tierra que se me llenaron los ojos de lágrimas. Durante muchos días me mostraron el planeta, lugar por lugar, casi piedra por piedra, desde el presente hasta un futuro que se me presenta lejano y hacia atrás en el tiempo hasta el diluvio primigenio que comenzó a esculpir su rostro. Comprendí, o creí comprender, que todo se sumaba para llegar a ese punto del tiempo en que pies humanos surcaran por primera vez aquellas extrañas arenas, y cuando, después de haber visitado el pasado de Marte, hicimos una breve excursión por los planetas gigantes, creí entender Marte como un ejemplo, una muestra, una parábola parcial de un todo mucho mayor, porque el futuro de los planetas hijos del Sol se me presentaba repleto de hombres, hombres por todas partes, de Mercurio a Plutón, pasando por una miríada de cuerpos cuyos nombres propios o apellidos jamás conocí. Supuse que los hombres no se habrían quedado en el patio del Sol y que, en cambio, habrían partido hacia otras estrellas, para llamar suyos a otros lugares, bajo otros cielos pintados con constelaciones extrañas para ojos terrestres, aunque nada de eso me fue mostrado por mis cicerones.

Vi todo aquello con la mirada maravillada de un hombre que contempla desplegarse ante sí la historia del asedio al Universo entero, y en ese asedio están sus propios hijos en la primera línea de combate, y comprende que la insatisfacción que siente dentro de sí es la misma que los lleva a luchar, a luchar siempre, contra todas las dificultades, contra todos los imposibles, con la Voluntad como único combustible de una máquina voladora que jamás dejará de volar.

Después me trajeron de vuelta a Marte y me dieron a ver la evolución del planeta desde que por primera vez se reveló en su individualidad de planeta, único y diferente de todos los demás, hasta mi tiempo presente anterior, y digo anterior porque para entonces ya me sentía fuera del tiempo, un observador exterior, sin interferencia ni influencia sobre la realidad. Me dieron a ver en paralelo la evolución de mi propio mundo, ambos lado a lado, la Tierra como un hermano mayor de Marte, pero al mismo tiempo más joven, porque vivo. Vi en ella el nacimiento de la Vida, vi en ella el surgimiento del Hombre, sus primeras alegrías y tristezas y Marte vacío, las primeras injusticias, las primeras desigualdades y Marte vacío, el nacimiento, apogeo y muerte de los grandes imperios de la Antigüedad y Marte vacío, las edades de las Tinieblas y de las Luces, y Marte vacío, las primeras máquinas y Marte vacío, las grandes guerras y Marte vacío, finalmente el presente y Marte vacío. Y Marte vacío. En el lugar donde la nave estadounidense debería haberse quedado oxidándose no había nada, y en mi Tierra las cosas tampoco eran ya exactamente como yo las conocía.

¿Será posible que haya estado tan equivocado? ¿Será posible que el hambre y el sufrimiento sean condiciones necesarias para la supervivencia de los hombres? No puedo aceptarlo de ninguna manera. Pero lo que vi fue un mundo entero concentrando sus recursos y su atención en acabar con el hambre, la miseria y la indignidad humana, y muriendo por ello. Lo que vi fue una especie que olvidó el Espacio y que por eso no aprendió una serie de técnicas ni descubrió un vasto conjunto de leyes naturales necesarias para su viabilidad, una especie que solo advirtió la contaminación cuando ya era demasiado tarde, una especie que nunca desarrolló mecanismos eficaces de control ecológico porque no disponía de un punto de observación exterior a la biosfera que la ayudara a calibrar el grado de acierto de sus intentos de corregir los desequilibrios que iba produciendo. Y después vi la derrota total, el regreso del hambre y de la miseria, el regreso de la enfermedad, el regreso de la guerra y finalmente vi la muerte.

¡Qué contraste! ¡Y qué paradoja! Así como con todo lo malo que existe en el mundo que somos el Hombre prospera, con todo lo bueno que existe en el mundo que deberíamos ser, el Hombre muere.

No es posible que solo pueda ser así, de una manera o de otra, en blanco o negro. Tiene que existir un camino intermedio, un tercer camino, que pueda compatibilizar la supervivencia con la dignidad humana, un camino que no deje un sabor amargo en la boca de los hombres que lo sigan. Pero para poder tener esperanza de ser capaz de encontrar ese camino necesito saber más, y por eso partiré de nuevo dentro de unos minutos. Mis compañeros, que mientras tanto se han convertido verdaderamente en compañeros, compañeros de descubrimiento y de exploración, me esperan, aparentemente pacientes, mientras yo, sentado aquí en este ambiente familiar, divago sobre el destino del Hombre. Tengan un poco más de paciencia, que ya casi he terminado.

Y he llegado al punto en que tendré que decir claramente lo que he dejado entrever en las líneas anteriores: estoy profundamente arrepentido de las palabras que pronuncié condenando los esfuerzos científicos. Si encuentran en sus sentimientos un lugar para el perdón, se los agradezco, pero no podré censurarlos si en mi memorial quedo descrito como un ciego propagador de la ceguera. Sin embargo, no reniego de una vida de lucha por la dignidad humana. Pienso que se pueden y se deben resolver todos los problemas al mismo tiempo. Es para saber cómo hacerlo que parto de nuevo. Por eso, amigos míos, no lamenten ni lloren mi ausencia, porque estaré luchando por ustedes y, en consecuencia, por mí mismo.

Pilar, un beso de quien te amó siempre. Yo sé que comprendes. Espero estar de vuelta pronto, probablemente en un tiempo mucho más breve para ustedes que para mí. Espero regresar más sabio y con algunas respuestas en lugar de lo que hasta ahora son solo preguntas. Hasta entonces, quédense todos con mis mejores deseos. Y no dejen de esforzarse, por el futuro.

 

Este texto se encuentra actualmente en manos de especialistas para determinar su autenticidad. No obstante, una fuente de la Facultad de Letras de la Universidad de Coímbra dijo a nuestra redacción que, según un análisis preliminar, el texto parece ser una falsificación no demasiado perfecta, dado que el estilo fraseológico no corresponde enteramente al del escritor. Queda la pregunta: ¿quién podría intentar evitar sospechas de secuestro con un texto de tales características?

Ninguna de las personalidades consultadas hasta el cierre de esta edición mostró la menor apertura a la hipótesis de que el texto relate hechos verídicos.

Jorge Candeias, nacido en el Algarve, al sur de Portugal, lleva demasiado tiempo traduciendo y solo escribe cuando le apetece y tiene una historia que contar, algo que últimamente casi nunca ha sucedido. A pesar de ello, de vez en cuando publica algunas cosas antiguas, incluso en inglés y, como pueden ver, en español. Su último libro, lleno de historias de ratas, se autopublicó en 2022 e incluye relatos de algunos amigos. Nadie lo ha leído, lo cual es perfectamente lógico.

 

 

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