Moab venía atravesando
el extensísimo cenagal dejado por la inundación de todo un continente, el ahora
desaparecido Mu. Era un amanecer gélido, y Moab caminaba para no morir de frío
y para no dormirse. Cada cataclismo, de los muchos que sucedían en la era arcaica,
dejaban hordas de supervivientes cada cual más salvajes e inhumanas; rastros de
razas extrañas perseguidas por el hambre, condenadas a un perpetuo nomadismo.
Arropado
en su desgarrada túnica, aferrando su hacha de mano a modo de talismán, Moab
llegó hasta la estribación rocosa que antecedía un valle despejado. Antes de
asomarse a la planicie una criatura alada bajó a posarse en la roca justo
frente a él. La miró con curiosidad y algo de miedo. La criatura, no mucho más
alta que él, lo doblaba en anchura. La cabeza era como la de un insecto, pero
gigante, con fuertes apéndices que sostenían unas enormes alas membranosas. Sus
ojos, como dos ópalos iridiscentes se extendían hasta los extremos de esa
cabeza córnea, rodeando una especie de trompa con la cual emitía una voz grave y
nítida. Evidentemente se trataba de un híbrido de alguna raza inteligente del
reino perdido bajo las aguas…
—Soy
Ageab, señor de Taris —dijo el ser.
—Taris
ya no existe —afirmó secamente Moab.
—Bien
lo sé, humano. Desde entonces vago por estos cenagales buscando compañeros de viaje,
a fin de establecernos y fundar una nueva colonia.
Moab miró con desconfianza los ojos
iridiscentes.
—¿Acaso
no has hallado a nadie aún? Llevo veinte lunas recorriendo este erial…
—Solo
hordas de caans, bestias semihumanas que andan a cuatro patas y devoran todo lo
que se mueva frente a ellos. Intenté hablarles, pero…
—Debiste
huir.
Ageab
bajó la cabeza varias veces asintiendo. Luego, mostró al anciano algo que
guardaba una de sus membranosas manos. Eran dos pájaros muertos, bien
conservados. Moab abrió mucho sus ojos; llevaba tres días sin probar bocado.
—Si
gustas, los asaremos allí, en el valle. Llevo yesca en mi bolso.
El
anciano aceptó la propuesta, no sin recelo. Acompañó al ser a acampar en una
parcela bastante seca, donde con habilidad dispuso una fogata y ensartó las
aves en estacas clavadas a la tierra. Se sentaron sobre sendas rocas a esperar,
como viejos camaradas. Ageab extrajo algo más de su bolso. Era una
inconfundible petaca de licor.
—Conservo
este poco de fermento de huesos tártaros. ¿Lo compartimos?
Moab
asintió, aún lleno de desconfianza, pues su estómago bramaba por algo que le
brindara un poco de calor. Ageab emitió algo parecido a una risa humana al
contemplar la expresión del anciano al tragar el espeso fermento. Era bueno,
fuerte, pero su cabeza empezaba a dar vueltas y su visión se trastornaba. Veía
acercarse a una jauría desde el norte. Veía a su compañero inmóvil. Escuchaba
el rumor del viento mezclado con ladridos que eran voces humanas degeneradas
por la corrupción en su sangre. Pronto los rodearon. Demasiado pronto. Sus
cuerpos cuadrúpedos eran deformes y temblorosos, sus cabezas acababan en
hocicos abiertos en fauces llenas de colmillos… Moab intentó fijar su atención
en Ageab, inmóvil sobre su roca. Quizá tratara de confundirlos haciéndose el
muerto. Así y mareado, el anciano sabía que esa estrategia funcionaba con reptiles,
con pájaros, nunca con mamíferos. Podía oler el aliento fétido de las bestias,
presentir la inminente matanza de la que sería víctima segura. Antes de cerrar
sus ojos en un inaudible rezo, oyó a su eventual compañero murmurar unas
palabras conocidas…
“Aarkh…oorgh…”
¿Dónde
había escuchado Moab esa letanía? ¿Fue en la guerra de Bóreas, durante el
equinoccio? ¿O en la revuelta de la frontera de Mu? En cualquier caso era una
voz marcial, una voz rememorada entre tambores de batalla… al volver a oírla
luego de tanto tiempo, llevó su mano al mango del hacha por pura intuición, por
puro miedo de morir… Aarkh oorgh era el grito de guerra de los soldados del
reino de Taris. Su canto de triunfo contra el imperio tártaro.
Apenas
fue capaz de separar los párpados para ver a Ageab elevarse sobre sus alas craneales
desplegando su voluminoso ser por encima de la fogata donde dos aves muertas se
incineraban rodeadas por un azorado anciano y una veintena de perros mutantes ladrando
enloquecidamente… el espectáculo fascinaba al antiguo señor de Taris, que reía agitando
sus membranosas alas, hasta que un dolor inesperado le abrazó la pantorrilla. La
pupila del iridiscente ojo izquierdo descendió hasta ver el filo del hacha
clavado dentro de la musculatura de su pierna. Ah, pero qué buen lanzador era
ese anciano… casi no podía mantener el equilibrio… y el olor de la sangre
excitaba las fieras abajo... hacia donde el alado ser se precipitaba sin
remedio. El dolor de la caída resultó inferior al del hierro del hacha siendo
arrancada de su pierna. Ahora le tocaba a él oler el aliento de la jauría y ver
los colmillos cerca de su cara.
Bastaba
una señal. El anciano parecía estar preparándola. Al guardar el hacha en el
cinto de su túnica y recoger las aves quemadas y dirigir una última mirada al
señor de Taris, derribado sobre la rala hierba y aguardando la sentencia del
destino, en la voz de Moab, quien pronunció aquella recordada voz de guerra:
¡AARKH!
¡OORGH!
Los caans
supieron recordar, desde los fondos de su antigua memoria, aquella orden
militar, olisqueando el aire sobrecargado que les hacía abrir las fauces de un
hambre que una raza guerrera nunca olvida, aún corrompida su sangre.
Se
lanzaron en manada sobre el cuerpo del antiguo rey guerrero y señor de Taris.
Desgarraron su dura carne a dentelladas. Devoraron un festín del irreconocible
cadáver y más tarde, royeron sus huesos hasta el cansancio. Luego se dejaron
caer dormidos, incapaces de pensar ni sentir otra cosa que la inmediatez de
cada momento.
¿Moab?
Ya estaba muy lejos, caminando siempre, hacia otro valle, una nueva aldea o
quizá un encuentro con seres de alguna raza sobreviviente. Transitando la
triste aventura de sobrevivir un nuevo día.
Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”. Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird, y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015.
No hay comentarios:
Publicar un comentario