jueves, 30 de enero de 2025

¡AARKH! ¡OORGH!

 

Víctor Lowenstein

 

Moab venía atravesando el extensísimo cenagal dejado por la inundación de todo un continente, el ahora desaparecido Mu. Era un amanecer gélido, y Moab caminaba para no morir de frío y para no dormirse. Cada cataclismo, de los muchos que sucedían en la era arcaica, dejaban hordas de supervivientes cada cual más salvajes e inhumanas; rastros de razas extrañas perseguidas por el hambre, condenadas a un perpetuo nomadismo.

Arropado en su desgarrada túnica, aferrando su hacha de mano a modo de talismán, Moab llegó hasta la estribación rocosa que antecedía un valle despejado. Antes de asomarse a la planicie una criatura alada bajó a posarse en la roca justo frente a él. La miró con curiosidad y algo de miedo. La criatura, no mucho más alta que él, lo doblaba en anchura. La cabeza era como la de un insecto, pero gigante, con fuertes apéndices que sostenían unas enormes alas membranosas. Sus ojos, como dos ópalos iridiscentes se extendían hasta los extremos de esa cabeza córnea, rodeando una especie de trompa con la cual emitía una voz grave y nítida. Evidentemente se trataba de un híbrido de alguna raza inteligente del reino perdido bajo las aguas…

—Soy Ageab, señor de Taris —dijo el ser.

—Taris ya no existe —afirmó secamente Moab.

—Bien lo sé, humano. Desde entonces vago por estos cenagales buscando compañeros de viaje, a fin de establecernos y fundar una nueva colonia.

  Moab miró con desconfianza los ojos iridiscentes.

—¿Acaso no has hallado a nadie aún? Llevo veinte lunas recorriendo este erial…

—Solo hordas de caans, bestias semihumanas que andan a cuatro patas y devoran todo lo que se mueva frente a ellos. Intenté hablarles, pero…

—Debiste huir.

Ageab bajó la cabeza varias veces asintiendo. Luego, mostró al anciano algo que guardaba una de sus membranosas manos. Eran dos pájaros muertos, bien conservados. Moab abrió mucho sus ojos; llevaba tres días sin probar bocado.

—Si gustas, los asaremos allí, en el valle. Llevo yesca en mi bolso.

El anciano aceptó la propuesta, no sin recelo. Acompañó al ser a acampar en una parcela bastante seca, donde con habilidad dispuso una fogata y ensartó las aves en estacas clavadas a la tierra. Se sentaron sobre sendas rocas a esperar, como viejos camaradas. Ageab extrajo algo más de su bolso. Era una inconfundible petaca de licor.

—Conservo este poco de fermento de huesos tártaros. ¿Lo compartimos?

Moab asintió, aún lleno de desconfianza, pues su estómago bramaba por algo que le brindara un poco de calor. Ageab emitió algo parecido a una risa humana al contemplar la expresión del anciano al tragar el espeso fermento. Era bueno, fuerte, pero su cabeza empezaba a dar vueltas y su visión se trastornaba. Veía acercarse a una jauría desde el norte. Veía a su compañero inmóvil. Escuchaba el rumor del viento mezclado con ladridos que eran voces humanas degeneradas por la corrupción en su sangre. Pronto los rodearon. Demasiado pronto. Sus cuerpos cuadrúpedos eran deformes y temblorosos, sus cabezas acababan en hocicos abiertos en fauces llenas de colmillos… Moab intentó fijar su atención en Ageab, inmóvil sobre su roca. Quizá tratara de confundirlos haciéndose el muerto. Así y mareado, el anciano sabía que esa estrategia funcionaba con reptiles, con pájaros, nunca con mamíferos. Podía oler el aliento fétido de las bestias, presentir la inminente matanza de la que sería víctima segura. Antes de cerrar sus ojos en un inaudible rezo, oyó a su eventual compañero murmurar unas palabras conocidas…

“Aarkh…oorgh…”

¿Dónde había escuchado Moab esa letanía? ¿Fue en la guerra de Bóreas, durante el equinoccio? ¿O en la revuelta de la frontera de Mu? En cualquier caso era una voz marcial, una voz rememorada entre tambores de batalla… al volver a oírla luego de tanto tiempo, llevó su mano al mango del hacha por pura intuición, por puro miedo de morir… Aarkh oorgh era el grito de guerra de los soldados del reino de Taris. Su canto de triunfo contra el imperio tártaro.

Apenas fue capaz de separar los párpados para ver a Ageab elevarse sobre sus alas craneales desplegando su voluminoso ser por encima de la fogata donde dos aves muertas se incineraban rodeadas por un azorado anciano y una veintena de perros mutantes ladrando enloquecidamente… el espectáculo fascinaba al antiguo señor de Taris, que reía agitando sus membranosas alas, hasta que un dolor inesperado le abrazó la pantorrilla. La pupila del iridiscente ojo izquierdo descendió hasta ver el filo del hacha clavado dentro de la musculatura de su pierna. Ah, pero qué buen lanzador era ese anciano… casi no podía mantener el equilibrio… y el olor de la sangre excitaba las fieras abajo... hacia donde el alado ser se precipitaba sin remedio. El dolor de la caída resultó inferior al del hierro del hacha siendo arrancada de su pierna. Ahora le tocaba a él oler el aliento de la jauría y ver los colmillos cerca de su cara.  

Bastaba una señal. El anciano parecía estar preparándola. Al guardar el hacha en el cinto de su túnica y recoger las aves quemadas y dirigir una última mirada al señor de Taris, derribado sobre la rala hierba y aguardando la sentencia del destino, en la voz de Moab, quien pronunció aquella recordada voz de guerra:

¡AARKH! ¡OORGH!

Los caans supieron recordar, desde los fondos de su antigua memoria, aquella orden militar, olisqueando el aire sobrecargado que les hacía abrir las fauces de un hambre que una raza guerrera nunca olvida, aún corrompida su sangre.

Se lanzaron en manada sobre el cuerpo del antiguo rey guerrero y señor de Taris. Desgarraron su dura carne a dentelladas. Devoraron un festín del irreconocible cadáver y más tarde, royeron sus huesos hasta el cansancio. Luego se dejaron caer dormidos, incapaces de pensar ni sentir otra cosa que la inmediatez de cada momento.

¿Moab? Ya estaba muy lejos, caminando siempre, hacia otro valle, una nueva aldea o quizá un encuentro con seres de alguna raza sobreviviente. Transitando la triste aventura de sobrevivir un nuevo día.


Víctor Lowenstein nació en Buenos Aires, Argentina, el 19 de enero de 1967. Escritor. Autor de seis libros de cuentos fantásticos. Dos menciones de honor de la Sociedad Argentina de escritores (S.A.D.E) y primero y segundo premio género cuento concursos “Siembra de letras” y antologías “Soles de América”.  Participación en más de veinticinco antologías y una docena de revistas digitales. Escribe textos ficcionales, horror, weird,  y ensayos sobre literatura moderna. Algunos de sus libros son: Paternóster, novela corta, 2014 y Artaud el anarquista, 2015. 

 

 

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