lunes, 15 de junio de 2026

ASESINATO EN EL FRÍO INVIERNO

Tamikio L. Dooley

 

Era temprano en la mañana de Navidad de 1996 cuando una nevada de siete pulgadas cayó sobre Aspen, Colorado.

El aire helado congelaba a las personas hasta los huesos. Los huesos también anhelaban sobrevivir en aquel frío invernal.

Y el hombre seguía arrastrando a la mujer por el bosque nevado, lejos de su cabaña.

Allí fue donde le había hundido el hacha en el cráneo.

Después de sacar el hacha del cráneo de la mujer en su cabaña, la miró a los ojos y la vio precipitarse al abismo de la muerte. Estaban muy abiertos por el shock, y la sangre corría entre ellos. Luego observó la enorme abertura en la parte superior de su cabeza, donde el hacha había estado incrustada casi una hora antes. Su sangre, que antes había circulado cálida por sus venas, se había congelado y ya no fluía por ellas.

Se detuvo un momento y miró detrás de sí mientras continuaba arrastrándola por el bosque cubierto de nieve. El aire parecía volverse cada vez más gélido.

La arrastraba por su larga cabellera rubia dorada, antes vibrante, ahora apelmazada de sangre y materia cerebral. Le había abierto el cráneo y el contenido se había derramado sobre aquellos ojos azules ya vacíos, junto con la sangre, que después se había vuelto tan fría como la muerte misma.

El hombre pensó que el bosque nevado era donde ella debía estar. Por eso la llevaba allí. O, más exactamente, la arrastraba. Jamás la perdonaría por lo que le había hecho. Y verla mirándolo con aquellos ojos azules después de aquello hacía hervir su sangre. Aquellos ojos brillantes, ya no más brillantes, lo llenaban de furia. No soportaba verlos. No soportaba verla.

Por eso había decidido matarla.

Esa era la razón por la que había visitado su cabaña horas antes. Ella había confiado en él. Todas confiaban en él. Había matado a otras mujeres antes que a ella. Y mataría a otras después. Todas eran rubias doradas de ojos azules. Las odiaba a todas. Por eso esperaba al invierno para asesinarlas. Llevaba demasiado tiempo. Pero no podía cambiar sus planes. No podía cambiar la época del año en que las mataba. Y la mujer que ahora arrastraba por el frío había sido la víctima perfecta para el día de Navidad. Había pasado la noche en su cabaña. Había dormido con ella en su cama. La había hecho gritar en la cama. Y había esperado la llegada de la madrugada para despedazarla y arrastrarla. Había sido una de sus mejores víctimas. Así, perdido en sus pensamientos, se internó más profundamente en el bosque nevado. Ni siquiera se había molestado en cubrirla con una manta, una piel o una alfombra. Estaba desnuda. Sus enormes pechos seguían balanceándose mientras la arrastraba. La nieve se había acumulado en su vello púbico. Sus pies se habían vuelto azules, igual que sus labios y sus rodillas.

Horas antes había estado arrodillada sobre ellas.

Se detuvo junto a un árbol, aun sujetando el cabello de la muerta con su guante negro de cuero, y dejó caer el cuerpo casi congelado frente al enorme tronco. Se apoyó contra él y se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo. Agradeció llevar un traje para la nieve, aunque tendría que lavarlo varias veces para quitar la sangre que había salpicado sobre él durante el asesinato. Inspiró aire helado en sus pulmones ardientes y, por un momento, olvidó dónde estaba. Después exhaló una nube de vapor. Llevaba un gorro negro de lana sobre la cabeza cuadrada. Estaba muy abrigado. Por desgracia para ella, no podía decirse lo mismo de la mujer muerta y congelada que yacía a su lado.

La observó.

Aquellos ojos azules ya no lo miraban a él. Miraban hacia el cielo, donde aquella noche había menos estrellas. Y él sabía por qué. Porque había matado. Aquello era un regalo de Navidad para el universo. Un universo en el que vivía desde los doce años. Desde que su madre murió. Y desde que comprendió que nunca conocería a su padre. Volvió a mirar a la mujer y la rabia regresó. Le dio un puñetazo en el rostro. Su cara estaba helada. Y las manchas azuladas de su cuerpo se habían vuelto aún más oscuras. Miró la rama de un árbol que se extendía sobre ellos. Pensó en colgarla. Pero comprendió que no había llevado una cuerda. Se maldijo por ello. Luego pensó en decapitarla. Pero recordó que no había traído el hacha. Ni siquiera una sierra. ¿Con qué podría descuartizarla allí mismo?

Volvió a maldecirse.

Y terminó culpando de todo a la mujer muerta, sin pronunciar jamás su nombre. No volvería a mencionarlo. No entre sus labios cálidos. Porque los de ella estaban casi morados por el frío. No quería dejarla allí. Sería un privilegio excesivo. Debía hacer algo antes de que amaneciera por completo. Algo rápido. Pero para colgarla o descuartizarla tendría que regresar a la cabaña en busca de una cuerda, el hacha o una sierra. Y eso estaba fuera de discusión. Entonces recordó algo. Llevaba consigo un cuchillo de caza. Se puso de pie, lo sacó, se arrodilló junto al cadáver y le cortó la cabeza. La cabeza estaba casi congelada. Se alegró de haber comenzado antes de que se endureciera por completo como el hielo invernal. Antes de que amaneciera del todo, el hombre cortó cuanto pudo del cuerpo con el cuchillo de caza, dejando tajos, arañazos, heridas y perforaciones porque no disponía de un hacha ni de una sierra. Cuando terminó, volvió a maldecirse por haber ensuciado otra vez su traje para la nieve. Todo para nada. Entonces llegó la plena luz del día.

Tamikio L. Dooley es una autora galardonada con múltiples premios. Ha publicado 170 títulos y 125 libros. Escribe ficción y no ficción de géneros como crimen, suspense, misterio, fantasía, historia, western, romance, apocalipsis zombi y paranormal. En su tiempo libre, escribe cuentos, poesía, artículos, ensayos, libros sobre salud, libros infantiles, diarios, libros de autoayuda, cultura, historia afroamericana e historia. También es bloguera. Sus áreas de investigación y estudio son la mentoría educativa, la salud y la historia.

 

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