Jørund Fiskergård
Harry abrió una lata de cerveza y
dio un par de grandes tragos. El cigarrillo en la comisura de la boca estaba a
punto de apagarse. Subió la ventanilla, se quitó el cigarrillo de los labios y
lo lanzó afuera. Una brasa roja salió dando vueltas hacia la gran silueta negra
del bosque y se extinguió. Harry agarró la cajetilla que estaba sobre el
tablero. Quedaba un solo cigarrillo. Ya no era lo mismo sin fumar: ni conducir
ni beber. Maldición. Tenía que comprar más tabaco.
Y entonces ocurrió lo extraño. Como
si una plegaria que no había formulado hubiese sido escuchada por un dios al
que no veneraba, apareció una estación de servicio justo en el momento en que
pensó en ello. Había recorrido esa carretera varias veces, pero no recordaba
haber visto esa estación antes. Redujo la velocidad y se deslizó entre los
surtidores para aparcar. Salió del coche. Más temprano había estado templado,
pero ahora hacía un frío intenso; sentía como si tuviera escarcha en las yemas
de los dedos y en las orejas. Miró a su alrededor: ya no podía ver el bosque,
solo la estación y un tramo del camino; el resto era una noche absoluta que lo
devoraba todo.
Harry se enorgullecía de ser
intrépido y masculino, pero tuvo que admitir que ahora sentía algo desagradable
en el cuerpo, una inquietud vibrante que no sabía explicar. No solo no había
visto nunca esa estación: jamás había visto una parecida. La fachada roja y
luminosa parecía, en principio, como cualquier otra, pero no tenía nombre, ni
logotipo alguno. ¿Estaría abandonada? Harry se acercó al gran ventanal y miró
dentro del kiosco. Había una mujer en penumbra detrás del mostrador, pero las
estanterías a su espalda, los pasillos del local y los refrigeradores del fondo
estaban completamente vacíos. Quizá la van a cerrar, pensó.
Aun así, Harry entró. No podía
hacer daño. Tal vez tenían una o dos cajetillas en el almacén. Tenía muchas
ganas de fumar. La mujer de la caja permanecía inmóvil en su puesto. Sus gafas
estaban empañadas —o quizá sucias—, no estaba seguro, pero no podía ver sus
ojos, y no saber si lo observaba o no le producía una sensación de pérdida de
control que no le gustaba. Su rostro era pálido, casi gris. Los labios, secos.
Pechos planos, anotó Harry mentalmente. No era su tipo. La camisa y la gorra
tenían el mismo rojo intenso que la estación, pero sin logotipo alguno. La
placa con su nombre no tenía nombre. Debía de haberse borrado en la lavadora o
algo así. Sobre su cabeza colgaba un reloj detenido en cuatro minutos después
de las ocho y media.
—Bueno, aquí no hay nada —dijo
Harry, apoyándose sobre el mostrador.
—O quizá esto sea todo —respondió
ella—. Depende de cómo se mire.
Una filósofa, pensó Harry.
Uno entra a comprar tabaco y quizá una hamburguesa, y le devuelven filosofía y
tonterías. Increíble. Alzó la vista hacia las pantallas que, en cualquier otra
estación, mostrarían menús de perritos calientes, hamburguesas, patatas fritas
y demás. Pero estaban negras. Intentó percibir si había algún olor a comida a
la parrilla, pero no; lo que olía era a podredumbre, como a animal muerto.
—Huele como si algo hubiera muerto
aquí —dijo Harry.
La empleada soltó una carcajada
fuerte, abierta. Harry sabía que era gracioso, pero no creía que esta fuera una
de sus mejores bromas.
—Pero algo ha muerto aquí —dijo
ella.
De pronto, Harry sintió dolores que
no había notado antes. Primero una leve molestia, luego más intensa, en todo el
cuerpo, especialmente en la cabeza. Y en la mandíbula. Se pasó la mano por ella
y notó un corte. Miró la mano: había sangre fresca. Se había afeitado justo
antes de salir. Debía de haberse cortado sin darse cuenta. Pero el dolor de
cabeza empeoraba: en la frente, en la mandíbula, en toda la cabeza. Le
explotaba detrás de las órbitas.
—¿Tiene analgésicos?
Ella volvió a reír. Era la risa de
alguien a quien no le importa nada.
—¿De verdad crees que los
analgésicos te ayudarán ahora?
Harry notó que tenía un diente
flojo y lo movió con la punta de la lengua. No entendía nada. Lo tomó con los
dedos y lo arrancó de un tirón; vio, incrédulo, cómo el diente caía al suelo.
Tenía sabor a sangre en la boca. El hedor a muerte era más intenso.
—¿Qué demonios de comida tienen
aquí? Huele asqueroso —dijo.
—No necesitas comida —respondió
ella—. ¿Para qué la necesitarías?
—¿Tiene cigarrillos? —preguntó
Harry.
—Por supuesto —dijo ella.
La dependienta se giró hacia las
estanterías vacías mientras tarareaba una melodía, una especie de marcha
lúgubre. Permaneció largo rato de espaldas, en actitud contemplativa, el tiempo
justo para que Harry empezara a moverse inquieto. Cuando se dio la vuelta,
lenta y teatralmente, sostenía, increíblemente, una cajetilla de cigarrillos
entre las manos. Sonreía de forma rígida e intensa. ¿También era maga ahora?
Harry estaba tan confundido por su comportamiento extraño que había olvidado
decir qué marca fumaba. La cajetilla cayó sobre el mostrador. Nunca había visto
una igual: completamente blanca, anónima, sin nombre ni logotipo. La levantó,
arrancó la fina tira de plástico y abrió el paquete. Al menos parecía que había
cigarrillos dentro. Uf. Por fin, algo de cordura en medio de la locura.
Sacó uno. También era completamente blanco. No tenía parte naranja donde
debería estar el filtro. Solo era una varilla blanca. La hizo rodar entre los
dedos, la giró: era blanca de principio a fin. No había tabaco en ella. Era
simplemente una cosa blanca con forma de cigarrillo.
—¿Te estás burlando de mí? —dijo
Harry.
La dependienta sonrió con
condescendencia. Harry golpeó el mostrador con los puños, fuerte, dos veces. No
podía aceptar que lo trataran así. Odiaba a ese tipo de mujeres: obstinadas,
desafiantes, que no se sometían. Maldita sea.
—¿Te estás burlando de mí o qué?
—repitió.
—No. Hablo completamente en serio.
La sonrisa desapareció. Con un
movimiento brusco, ella le agarró las muñecas y las presionó contra el
mostrador. Harry no entendía nada. Era un hombre fuerte: entrenaba cuatro veces
por semana, levantaba pesas, corría en la cinta; estaba en excelente forma, y
aun así sus manos parecían pegadas. Tenía que ser algún truco. Por más que lo
intentó, no logró soltarse.
—¿Te estás burlando —preguntó ella—
cuando conduces tan rápido como lo haces? ¿Es una broma para ti?
—¿De qué demonios estás hablando?
—¿Los demás seres vivos son una
broma para ti?
—¿Eh?
—El tráfico es un sistema, ¿lo
entiendes? Tú formas parte de ese sistema, y para que funcione, todas las
partes tienen que funcionar. Cada cual debe encontrar su lugar. Se trata de
tener consideración.
—Otra vez: ¿eh? ¿De qué estás
hablando?
—¿Te parece divertido conducir a
toda velocidad por una carretera rural en plena oscuridad? ¿No piensas en el
alce o en el erizo?
—¿Y qué carajo sabes tú de si
conduzco rápido o no? No sabes nada.
—¿A qué velocidad ibas esta noche?
—Joder…
—Ni siquiera sabes a qué velocidad
ibas, ¿verdad?
—No.
Joder, pensó Harry. Esto era
lo que más odiaba: moralistas autosatisfechos que no soportaban que un hombre
se divirtiera un poco al volante. Las normas de tráfico eran demasiado
estrictas, y eso no era problema suyo, ¿o sí? Y a Harry no le gustaban las
mujeres con opiniones demasiado firmes: siempre estaban fastidiando. Por eso
salía: para librarse de la bruja de su mujer, quizá tener sexo sin compromiso
con otras. Así quería vivir. En libertad.
—¿Cuánto has bebido? —preguntó
ella.
—Eso no es asunto tuyo.
—No tenías el control esta noche,
¿verdad? No sabes a qué velocidad ibas, Harry. No lo sabes porque no te
importa. Solo te importas tú, y tu necesidad egoísta de divertirte. Eres un
egoísta, Harry, un narcisista irresponsable.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó
él.
—Lo importante es que Lisbeth y la
pequeña Mari estén bien —dijo ella.
—¿Lisbeth y Mari? ¿Quiénes son?
—Me alegro de que todo haya
terminado —concluyó ella.
La sonrisa condescendiente volvió,
pero soltó sus manos, como si ya hubiera dicho lo que quería. Harry estaba a
punto de exigirle cigarrillos de verdad y, si no se los daba, amenazar con
quejarse a su jefe, cuando cayó en la cuenta de que no podía hacerlo: ni
siquiera sabía el nombre de la estación. La dependienta desapareció por la
puerta junto a las estanterías, de donde provenía el hedor. Harry saltó el
mostrador y fue hasta allí, pero solo encontró un pequeño cuarto vacío, sin
puertas que condujeran a ninguna parte. Lo único que había era un retrato
enmarcado de la propia dependienta, con una plaquita debajo, como si fuera la
empleada del mes, pero sin ninguna inscripción.
—¡Vuelve! —gritó Harry.
Pero no volvió. Eso tuvo que
aceptarlo. Ahora Harry estaba furioso. Salió corriendo, se subió al coche y
arrancó. Qué oscuro estaba todo. Tras conducir un rato, ya no sabía dónde se
encontraba: solo había oscuridad, y no sabía hacia dónde iba. Además, le dolía
todo el cuerpo, y sentía que la cabeza le iba a estallar. Le corría sangre por
la boca y por la frente. La sangre le burbujeaba en la garganta y expulsó una
masa espesa y viscosa que cayó en su regazo. Después de un tiempo, vio otra
estación de servicio a unos cientos de metros, pero no: era la misma. Había
vuelto. Debía de haber conducido en círculos. Se sacó un par de dientes con la
lengua y los escupió. Le costaba admitirlo, pero ahora tenía miedo.
Entró a toda velocidad por un
camino lateral. Tenía que ir al hospital. A lo lejos vio una estación de
servicio, pero al acercarse comprendió que era la misma otra vez. Tomó otra
dirección —o eso creyó—, pero la estación volvió a aparecer. Golpeó el volante
con las palmas de las manos. Joder, joder, joder. Llevaba un buen rato dando
vueltas en círculo; no sabía cuánto tiempo, porque el reloj del coche se había
detenido en cuatro minutos después de las ocho y media.
Harry se rindió y aparcó junto a la
estación. ¿Qué otra cosa podía hacer? Quizá el estrés lo hacía pensar mal.
Entró. Sentía que más sangre le subía por la garganta.
—¿Hola? ¿Hola?
Nadie respondió. Harry estaba
mareado. Con náuseas. Había un baño en un rincón, junto al mostrador. Cojeó
hasta allí, pero cayó al suelo y tuvo que arrastrarse el resto del camino.
Logró ponerse de pie y abrir la puerta. Había un cuarto, sí, con azulejos como
un baño, pero el suelo no existía. En lugar del suelo, solo había un vacío
negro que descendía hacia la nada, un abismo de oscuridad absoluta. Harry
empezó a hiperventilar; la hiperventilación se convirtió en sollozos, y luego
se desplomó frente al agujero negro hacia la nada, y lloró. Él, que era tan
duro, no podía dejar de llorar. Solo veía negro ahora. Vomitó otro coágulo de
sangre, que cayó en la negrura. Dios mío, qué profundo era aquello. Un único y
negro vacío. Tan silencioso. Y helado. Lo envolvió, lo devoró, y él pasó a
formar parte del abismo.
Lisbeth estaba en
shock. El corazón aún le latía con fuerza en el pecho. Apretó con más fuerza la
mano de Mari, de cuatro años. Apenas habían evitado que el coche deportivo rojo
las atropellara. Tenía ganas de llorar y de vomitar; una de las dos cosas, o
ambas. Volvían a casa después de un pequeño paseo nocturno y se habían
retrasado un poco. Lisbeth había mirado el reloj: eran unos minutos después de
las ocho y media, casi la hora de acostar a Mari, así que estaba algo distraída
cuando apareció el coche, pero había logrado apartarse a tiempo y llevarse a
Mari con ella. Oyeron un golpe a lo lejos.
Lisbeth acarició el cabello de su
hija.
—Todo está bien, Mari. Todo está
bien.
La ambulancia encontró al hombre
con la cabeza destrozada contra la ventanilla del coche. El rostro era
irreconocible.
Jørund Fiskergård nació en el
noroeste de Noruega un martes lluvioso de la década de 1980. Se graduó de la
Academia de Escritura Hordaland y de la Escuela de Arte de Bergen. Ha sido
artista callejero, mago, improvisador teatral, podcaster y comediante de
stand-up fallido, pero el arte y la literatura son sus pasiones más profundas.
Anteriormente ha publicado relatos en las páginas web Nye NOVA y The Grim
Reaper, además del relato “Blackpool”, disponible tanto en audiolibro como en
texto en la página web de la editorial Publizm. Su obra "Død mann" es
una novela corta en la que explora temas oscuros como la drogadicción, la vida
en callejones y la decadencia, evocando comparaciones con el estilo de Charles
Bukowski.

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