Joyce Barker Bucat
Había
llegado tarde a su casa, estaba agotada, se dejó caer en la cama y lentamente
se fue quedando dormida… hasta que súbitamente escuchó pasos en su habitación,
unos pasos lentos, pesados, como de alguien que entraba tratando de pasar
inadvertido, un desconocido, un ladrón.
María se quedó quieta, pensando que eso haría que el
intruso no notara su presencia,
Es el sonido de un blue jean, pensó aterrorizada
María, que seguía en su cama casi sin respirar y tapada completamente con las
sábanas. Tengo que salir de aquí, tengo que salir de aquí, gritaban los
pensamientos en su cabeza. Apretó el cuerpo y se sumergió, primero dentro de la
cama y luego en el hormigón del muro. Sentía frío y veía todo negro, propio de
estar inmersa en un material con características pétreas. Aquí estaré a salvo,
al menos hasta que este tipo se vaya, razonó luego de unos segundos, ya más
calmada.
Los ruidos persistían; el intruso no dejaba de caminar
dentro del dormitorio y María, pacientemente, esperaba dentro del piso de
hormigón.
Comenzó a desplazarse desde el piso hasta el muro,
siempre por dentro, siempre tratando de no llamar la atención. Hasta que los
pasos cesaron, la tela de los pantalones dejó de sonar con el roce y todo quedó
en un silencio absoluto.
Tiempo
atrás, María había despertado en su pieza, y al asomarse por la ventana, vio a
un hombre joven vestido con ropa deportiva que miraba fijamente la casa de sus
padres, pero a ella no la veía, era como si María hubiese sido invisible. Asustada,
comenzó a golpear la ventana y a gritar, pero ningún sonido lograba salir de
ella, estaba muda y apenas era capaz de golpear el vidrio, no tenía fuerzas. El
hombre de la ropa deportiva tenía buena apariencia, pero María notaba algo
siniestro en su mirada, la que nunca pudo olvidar.
María
seguía desmaterializada dentro del muro, esperando que el hombre se fuera.
Como estaba dentro del muro, no era capaz de ver nada,
excepto la oscuridad que un material tiene en su interior.
Cuidadosamente sacó la mano y luego la cara fuera del
muro. Quería ver si el hombre que estaba ese día era el mismo que había visto en
el patio hacía un par de meses. Provocó un ruido con los dedos y el hombre se
volteó. Quedaron de frente, pero él no la veía. Era el hombre de la ropa deportiva.
María aprovechó su invisibilidad para salir del muro.
Ya no tenía miedo, sabía que él no le podía hacer nada. Aprovechándose de eso y
de su inmaterialidad, que aun persistía, dio dos pasos hacia él y se sumergió
en su cuerpo. El hombre lanzó un sonido agudo de dolor. María estaba dentro de
él. María ahora era él.
Sintió los latidos ajenos como si fuesen salidos de su
propio cuerpo, miró a través de sus ojos, que estaban fijos mirando el muro del
que María había salido proyectándose violentamente hasta su cuerpo. Sintió la
respiración agitada y el temblor de sus músculos; el intruso estaba
aterrorizado y comenzó a golpearse la cabeza y a estrujarse los ojos, no podía
creer lo que había pasado. María comenzó a susurrarle por dentro que se fuera,
que era un intruso y que ella era su peor enemiga por haber sido el primer invasor.
Martín
era un hombre joven, de unos veinte años, un poco menor que ella, y había
vivido toda su vida en el mismo barrio que María. Años antes la vio por primera
vez en la calle y desde ese momento nunca dejó de pensar en ella. Tenía
cuadernos completos con su cara dibujada y con cuentos que la ponían como
protagonista de sus aventuras, las que siempre terminaban con ellos dos juntos.
A pesar de la corta distancia que los separaba, él
nunca le habló, ni siquiera la vez en que se toparon en una fiesta, nunca le
dijo una sola palabra; se limitaba a mirarlo camuflado entre la gente,
intentando pasar desapercibido por ella, intentando ser invisible. El sólo
hecho de que ella lo mirara por casualidad, para él era un golpe de miedo,
miedo a que ella lo despreciara, a que ella encontrara que él no era más que
una persona simple, sin nada sorprendente, sólo un pedazo de humanidad a medio
terminar.
Tenía pocos pero buenos amigos, de los que suelen
consolar siempre que hay estados de euforia o tristeza. A pesar del apoyo y
cariño de sus pares, Martín casi nunca contaba lo que le pasaba, a veces por
vergüenza, a veces por miedo a revivir sus experiencias.
Esta era la segunda vez que visitaba, a escondidas, la
casa de María. No se sentía orgulloso de lo que había hecho, pero encontraba
necesario conocer su espacio, saber sus secretos. Era su obsesión, estaba
atrapado en sus emociones y ya no podía parar; había cruzado el límite de la
intimidad de María.
María
había soñado, hacía mucho tiempo, que iba caminando con un hombre al que amaba
profundamente, un desconocido que iba abrazado junto a ella en el parque, ella
no miró su cara, pero sí sus zapatillas azules y ese recuerdo había quedado
grabado en su cabeza desde ese entonces.
La
primera vez que Martín entró a la casa de María fue el acto más arriesgado que había
hecho en toda su vida, pero estaba tan intrigado con ella, que planificó entrar
en la casa sin que nadie lo notara. Esa vez, sólo entró al patio y desde ahí se
quedó mirando las ventanas de la casa, tratando de descifrar la pieza de María.
Lo que nunca supo, es que María sí lo había visto, pero ella estaba fuera de su
cuerpo. Estaba físicamente durmiendo y etéreamente despierta; y al percatarse
de la presencia de Martín, intentó golpear la ventana, a la vez que intentaba
gritar, pero nada de eso fue posible.
Estando
dentro del cuerpo de Martín, María fue capaz de ver sus pies, sus zapatillas
azules, y por un momento pensó que quizás él era el hombre de sus sueños.
Martín aún estaba en shock, no sabía lo que estaba pasando dentro de él, pero
sabía que tenía que salir de ahí, que había fantasmas en la habitación de
María, que si no se iba ella podía despertar y esa era la peor de las posibilidades.
Se imaginó preso, pensó en el escándalo que podía ocurrir si alguien se
percataba de su presencia. Pero María seguía dentro de él y todo lo que
pensaba, lo escuchaba ella y no estaba dispuesta a salir de ahí hasta saber
más. Martín estaba asustado y sutilmente se sentó en una silla, mirando cómo
María dormía. Ella pudo verse durmiendo a través de los ojos de Martín y poco a
poco empezó a sentir lo mismo que él sentía por ella. Volvió a mirar los pies
de Martín y supo que era el hombre del sueño en el parque, supo que era el
hombre que había estado amando hace años.
—¿Eres tú? —susurró María.
—Sí —respondió Martín.
María sintió como si estuviera cayendo de un
precipicio y volvió a la cama, a su cuerpo que parecía no percatarse de nada. Martín
salió de la pieza de María y corrió hasta la reja, la que saltó sin mayores
problemas y sin ruido alguno. Estaba a salvo, estaba feliz.
Al
día siguiente, María, como todos los días, salió de su casa hacia el paradero,
al igual que Martín y se sentaron juntos. Martín fingiendo no conocerla, al
igual que María.
Pasaron largos minutos sentados en el paradero y el
aire empezó a sentirse más denso y caluroso. Ambos estaban temblando. María
pensaba en lo que había pasado la noche anterior, esa invasión mutua que la
dejó exhausta; no estaba segura de si eso había sido un sueño o realmente había
estado alguien en su pieza, pero se acordaba de todo, incluso de haberse visto
durmiendo a través de los ojos de él; pero a pesar de estar acostumbrada a
estos sucesos, no era ajena a la lógica tradicional de los hechos. Para ella,
estas aventuras en sueños, eran sólo eso, aventuras extrañas y lúcidas. Martín
latía fuerte, como siempre, cada vez que la veía y creía que la voz que escuchó
en su cabeza estando en la pieza de María, había sido puramente imaginaria.
Martín no se sentía culpable de haber estado en la casa de María, había estado
pensando en ella durante tanto tiempo, que sentía que lo que había hecho era lo
más cercano a la felicidad y cualquier acto que lo acercara a eso era la
expresión de su valentía, aunque fuera ilícito.
María tenía puesto un perfume empalagoso, dulce y
floral, que una amiga le había regalado en su cumpleaños hacía un par de meses
y justo ese día había decidido ponérselo. Martín estornudó; los olores muy
dulces le recordaban un invierno que tuvo que estar en cama enfermo y los
olores dulzones salían de la cocina, en forma de queques, que él no tenía
permitido comer y con el correr de los días, ese olor pasó de ser objeto de su
deseo al objeto de su rechazo por no poder comerlo.
Luego de varios estornudos, su ánimo cambió de la ansiedad
por estar con la mujer que lo obsesionaba, al desagrado por sentir ese olor
insoportable.
María, por otro lado, no paraba de mirarle las
zapatillas, imaginando un futuro de romance y éxtasis a su lado. Martín paró un
taxi y se fue.
Pasaron los meses y Martín no aparecía en la calle, ni en el paradero, ni siquiera en el dormitorio de María. Hasta que lo vio pasar en auto, acompañado de una mujer. Sorprendida y angustiada, María regresó a su casa y le escribió un mail, contándole lo que sentía por él, desde el minuto en que soñó con las zapatillas hasta el día del paradero, porque había investigado todo acerca de Martín, sabía en qué lugar estudiaba y quiénes eran sus amigos. Pero no hubo respuesta. Martín había perdido el interés por María; ya la había olvidado, y cuando recibió el mail, más que alegrarse, se incomodó y se sintió invadido. Para Martín, María era ahora una acosadora, una mujer obsesiva y demente, era un queque que le provocaba rechazo, era un olor insoportable.
Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

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