martes, 9 de junio de 2026

HISTORIAS

Lídia Fedina

 

A la clara luz del amanecer, la gota de rocío rodó hacia el borde de la hoja con diminutas vibraciones... Cuando llegó, se detuvo un instante, pero la gravedad no la dejó quedarse allí. Su centro de gravedad se desplazó lentamente hasta que cayó sobre la flor. Se deslizó por uno de los pétalos, dejando una pequeña parte de sí misma en cada uno de sus finos vellos, y para cuando llegó al tallo ya había desaparecido...

Tras su paso, el pétalo blanco brilló con una fresca humedad, y la flor ya había abierto su cáliz hacia la luz. Los estambres amarillos, como brazos extendidos en señal de bienvenida, se alzaban hacia el sol... En la base del pistilo, dulces gotas de néctar enviaban mensajes a los insectos a través de sus nubes de fragancia.

Pero la sombra que se interpuso entre la flor y la luz era más grande y profunda de lo que el pistilo había esperado. La sombra, a medida que avanzaba, se volvía cada vez más oscura, hasta que llegó muy cerca y el pequeño milagro dejó de existir: yacía aplastado bajo la suela de un zapato.

Y el hombre ni siquiera lo notó, y siguió caminando...

John cerró el libro con gesto de insatisfacción. Algunos de los cuentos lo habían entretenido, pero este...

En realidad trataba sobre la vida. La muerte y la destrucción forman parte de la vida, cuando algo más pequeño cae víctima de algo más grande y fuerte... ¡pero nadie puede vigilar cada brizna de hierba! Después de todo, ¡no puede volar!

No había nadie en la playa; las olas rodaban suavemente sobre la arena, el sol estaba a punto de hundirse en el horizonte y pequeñas franjas de nubes azul tinta, bordeadas de violeta, atravesaban su luz.

Nadará una vez más y después... ¡Esta noche le pedirá matrimonio a Lilian! Lleva dos semanas posponiéndolo, aunque ella prácticamente ya ha dicho que sí. Solo tiene que entregarle el anillo de la manera habitual.

—¿Quieres casarte conmigo?

Y Lilian responderá:

—¡Oh, sí!

Sin embargo, el estómago se le encoge cada vez que piensa en ese momento. Tal vez no debería darle tantas vueltas.

Dejó el libro sobre la arena, se puso de pie, se estiró y corrió hacia el agua. El ejercicio le sentó bien; era agradable sentir los músculos en movimiento. Las olas acariciaban sus tobillos con una tibieza agradable y, tras unos pocos pasos, el suelo desapareció bajo sus pies.

Allí la profundidad aumentaba bruscamente, razón por la cual los surfistas y las familias no solían frecuentar ese tramo de playa. Más arriba, hacia la ciudad, la pendiente era mucho más suave y había que caminar unos veinte metros para que el agua llegara al pecho.

Precisamente por eso John iba allí. Había menos gente y casi podía considerarla su playa privada.

¡Hoy le pedirá matrimonio a Lilian!

Cortaba las olas con facilidad. El tiempo era magnífico y el mar estaba maravillosamente tranquilo. Pequeñas ondulaciones se formaban a su alrededor y él se sentía el rey del océano.

El ataque lo tomó completamente por sorpresa.

Al principio ni siquiera comprendió qué estaba ocurriendo. Su atacante era tan grande y fuerte que no pudo hacer nada.

El gran tiburón blanco, el verdadero rey del océano, lo atrapó a la altura de la cintura y le arrancó una pierna.

John no sintió dolor. Tampoco sintió miedo, porque no comprendía lo que estaba sucediendo.

Intentó seguir nadando. El agua a su alrededor se volvió roja, adquirió un sabor dulzón y el dolor llegó finalmente a su conciencia con una pulsación enloquecedora.

El estridente sonido del teléfono hizo que Martha se sobresaltara y gritara.

¡Justo cuando estaba llegando a la parte más emocionante sonó aquella maldita cosa!

Martha empujó rápidamente el cajón donde guardaba el libro. Al hacerlo vio que Juliane, en el puesto de trabajo vecino, le lanzaba una mirada de reproche. Estaba hablando con un cliente, que esperaba no hubiera oído el grito.

Martha se sacudió para liberarse del efecto de la lectura y contestó la llamada.

—MGX Aritmax. Habla Martha Hay. ¿En qué puedo ayudarle?

—¡Hola, Martha! Soy Nora.

—¿Tú...? —se sorprendió Martha.

En un centro de atención al cliente donde trabajaban veinte personas al mismo tiempo, las probabilidades de que el sistema conectara la llamada precisamente con ella eran de apenas un cinco por ciento.

—No pude localizarte en el móvil. Le pedí a uno de tus compañeros que transfiriera la llamada a tu puesto.

—No puedo usar el móvil durante el horario de trabajo. Lo dejo en mi taquilla —respondió Martha con un leve tono de reproche, pues Nora debería saberlo, aunque al mismo tiempo admiraba la astucia de su hermana.

—Me dijiste que te llamara si ocurría algo...

Martha sintió un mareo. Si hubiera estado de pie, tal vez se habría caído. Tuvo que sujetarse al escritorio.

A Nora le costaba claramente decir aquello por lo que llamaba.

—Vi a Paul con esa mujer —comenzó.

Y una vez que logró arrancar, las palabras salieron sin freno.

—Los encontré justo delante del cine de Queens Gate. Estaban sentados tomados de la mano. O esperaban una función o simplemente se habían sentado un rato... Aunque creo que era lo primero, porque Paul no es tan tacaño como para no llevar a una mujer a una cafetería...

Siguió hablando y hablando, explicando con todo detalle cómo se había ocultado entre la multitud para que no la vieran.

Martha escuchaba con el corazón helado, pero estaba tan inundada de amargura que ni siquiera prestaba atención a los detalles.

Dos semanas antes, Paul había confesado la aventura después de que ella encontrara en uno de sus bolsillos el recibo de un perfume.

Había jurado por todo lo sagrado que aquello ya había terminado, que solo había sido una aventura pasajera.

Pero si uno está sentado en el vestíbulo de un cine, tomado de la mano con alguien, eso no es una aventura pasajera.

Eso es amor.

Martha sintió que su mundo se derrumbaba y no sabía qué hacer.

Es tan fácil construir teorías.

Y tan fácil creer lo que dice otra persona cuando uno desea creerlo...

Lilian dejó el libro a un lado y se quedó pensativa.

La historia resultaba muy convincente.

La gente realmente es así.

Cree con facilidad cualquier cosa que provenga de alguien a quien considera irreprochable.

En la novela, Martha confía en Nora, aunque ya hubo una escena en la que ambas discutieron.

¿Y si todo el episodio del cine fuera una invención para separar al matrimonio?

Lilian avanzó unas páginas y, mientras buscaba una respuesta a su hipótesis, se dio cuenta con una sonrisa de que una vez más estaba leyendo el final antes de tiempo.

John se reiría de ella y le diría que se limitara a leer libros de cuentos, y mejor aún si eran cuentos cortos.

Pero ¿qué tiene de malo conocer el final?

También es agradable seguir el desarrollo de la historia o de las historias mientras el autor avanza hacia el desenlace.

Sabemos cómo terminan los libros que releemos y aun así disfrutamos de ellos.

Tal vez incluso más que la primera vez, porque advertimos muchas cosas que antes nos habían pasado inadvertidas...

Miró el reloj. El tiempo había pasado volando. Esa noche cenarían en la Terraza Luz de Luna del hotel. John había reservado una mesa allí.

—Solo para picar algo —había dicho entre risas.

Seguramente quería entregarle el anillo que llevaba semanas ocultándole, aunque siempre lo tenía consigo, esperando el momento adecuado. Le quedaba media hora para vestirse, y debía hacerlo como corresponde a una futura prometida.

Pero ¿dónde estaba John? ¡Ya debería haber regresado al hotel! No podía haberse quedado tan absorto leyendo que olvidara volver de la playa. Era la última noche de las vacaciones y, si esa noche también dejaba pasar la oportunidad, entonces sería Lilian quien le pediría matrimonio a él.

¡Sería una propuesta al revés!

Riendo, colocó el marcador en cualquier parte del libro porque ya no recordaba por qué página iba. Pero eso no importaba. Acababa de descubrir la verdad. ¡Nora era la intrigante! Iba a vestirse.

John podía aparecer en cualquier momento...

Qué bien se sentía Ricsi al poder respirar libremente otra vez. Aquel maldito coronavirus no solo lo había debilitado con la fiebre, sino que además le había dado la sensación de llevar un saco pesadísimo sobre el pecho... ¡Maldita neumonía! Ni siquiera tenía ganas de leer. Cuando uno lucha por respirar, no le interesan ni las historias más emocionantes de amor, tiburones, infidelidades, árboles, flores o cualquier otra cosa.

Ahora, sin embargo, que se sentía mejor, devoraba las páginas y comenzaba a disfrutar de la estructura tan poco convencional de aquella novela. Estaba tan absorto que se olvidó del café. Se había enfriado por completo. Dejó el libro sobre la mesa y fue a la cocina para prepararse una taza nueva. Mientras sacaba una taza del armario, un pensamiento extraño se encendió en su mente: ¿Y si él tampoco existiera realmente?

¿Y si alguien simplemente estuviera leyendo acerca de él?

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

 

 

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