martes, 10 de febrero de 2026

PALOMAS ILIRIAS

Tihomir Jovanović

 

Un grupo de soldados alemanes descendió del jeep y avanzó por el polvoriento camino herzegovino mientras el sol, elevado en el cielo, ardía cerca de su cenit. Anto se secó las gotas de sudor de la frente y apartó el cabello al notar a los recién llegados. Lo extraño era que delante de los soldados caminaba un hombre vestido de civil, con un sombrero en la cabeza que lo protegía del sol, sin duda mucho mejor de lo que los cascos metálicos protegían a los soldados, en cuyos bordes ya se distinguía claramente el doble rayo en forma de S.

Más extraño aún era verlos allí, en aquel paraje perdido, lejos de la ciudad y lejos de los bosques donde –según decían– se ocultaban los rebeldes. Se desviaron del camino principal y tomaron una senda entre el trigo que conducía hacia él. El corazón de Anto comenzó a latir con más fuerza. Aquello no presagiaba nada bueno; tal vez sabían algo…

—Herr —se dirigió a él el hombre de civil—, ¿puedo hacerle una pregunta?

—¿Sí? —respondió Anto, aunque sonó más como una pregunta que como una afirmación.

El recién llegado alzó la cabeza y miró al cielo, donde se distinguían como pequeños puntos las aves que se elevaban hacia las alturas, rumbo al sol…

—Palomas —dijo, mientras los soldados, con ametralladoras en las manos y el dedo sobre el gatillo, vigilaban los alrededores.

—¡Sí! ¡Palomas! —respondió Anto—. Aquí hay muchas, es una tradición desde tiempos inmemoriales…

Colombe Illirice —susurró el recién llegado.

—¿Cómo dice?

—Así las llamaban los antiguos romanos, por los ilirios que habitaban estas tierras —respondió el alemán—. Según la leyenda, ellos soltaban esas palomas al cielo durante sus festividades, para que tocaran el firmamento y desde allí transmitieran a los hombres los mensajes de los dioses…

—¿De dónde…? —empezó Anto—. ¿Qué historia es esa…?

—Permítame presentarme primero. Otto Reinhard. No se sorprenda de que domine su lengua; mis antepasados vivieron durante generaciones en estas tierras, en Voivodina, donde los llaman Volksdeutsche. —Anto seguía sin comprender del todo, aunque asentía con la cabeza, esperando que el alemán le explicara finalmente de qué se trataba. Y Otto continuó—: Con la anexión de la antigua Yugoslavia al poderoso Tercer Reich, entré al servicio de un instituto llamado Deutsches Ahnenerbe – Studiengesellschaft für Geistesurgeschichte, dedicado a la investigación de la cultura de los pueblos de esta región.

—Ah, ya veo… ¿y yo? ¿Cómo puedo ayudarle?

—Mostrándome el lugar donde se encontró esto.

Otto Reinhard sacó una fotografía del bolsillo interior de su chaqueta.

—¡Una fíbula! —observó Anto.

—Sí, una fíbula de plata… un broche utilizado por los antiguos ilirios para sujetar la vestimenta.

Lo inusual de aquella fíbula era la esvástica grabada en ella. Había sido hallada durante excavaciones arqueológicas en tumbas ilirias en Kočno, cerca de Bileća. La esvástica es un símbolo antiguo, manifestación del culto solar, pues representa el sol en movimiento.

—Ah, eso… —dijo Anto aliviado—. No queda lejos de aquí… me queda de paso, así que se lo mostraré. Además, ya hace demasiado calor para seguir segando.

—Sí —sonrió Otto, dejando al descubierto un diente de oro justo detrás del colmillo.

No era una sonrisa agradable, pensó Anto, mientras recogía la guadaña y se la echaba al hombro. Los tres soldados se sobresaltaron y retrocedieron un paso, como si aquel segador enjuto y el movimiento de su guadaña les recordaran las viejas ilustraciones en las que la muerte es representada de ese modo.

El lugar de las antiguas excavaciones era un campo abandonado. Los trabajos, iniciados tiempo atrás, habían sido interrumpidos por la guerra. Solo aquí y allá se veían vestigios del trabajo de los arqueólogos, ya que la maleza comenzaba a brotar y a conquistar el espacio.

Descendieron del vehículo. Reinhard se apoyó las manos en la cintura y contempló el claro. Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro al pensar que tal vez allí encontraría algo capaz de cambiar el destino del Reich… y con él, el suyo propio.

 

En el castillo de Wewelsburg reinaba una intensa actividad. Los teléfonos no dejaban de sonar, llegaban telegramas de todo el mundo, de aquellos lugares a los que Heinrich Himmler había enviado a sus emisarios en busca de objetos de poder. Todo ello bajo el amparo del Ahnenerbe, el instituto de investigación. Para ese fin había creado equipos formados por aventureros, místicos de sociedades secretas –que abundaban en la Alemania de entonces– y destacados científicos, especialmente arqueólogos.

Himmler estaba convencido de ser la reencarnación de un antiguo rey germánico, Enrique. En ese momento se hallaba sentado en su despacho, reclinado en un sillón de cuero, tras un enorme escritorio de roble. Detrás de él colgaba un retrato del líder del gran Reich alemán, Adolf Hitler. Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta.

Komm rein… —dijo, levantando la vista de los papeles extendidos sobre el escritorio.

En el marco de la puerta apareció Karl Maria Wiligut, su consejero personal. Sostenía un documento en la mano y en el rostro se le dibujaba una sonrisa apenas contenida.

—Herr Reichsführer Himmler, buenas noticias…

—¿De dónde? —preguntó Himmler con aparente indiferencia.

—De los Balcanes, de Yugoslavia… en relación con aquella fíbula iliria de plata con la esvástica. Se ha localizado el yacimiento. Solicitan autorización para continuar las excavaciones…

—Ah, sí… naturalmente. Autorizado. Que se transmita en media hora.

Wiligut sonrió, saludó con el brazo derecho en alto y un Heil Hitler, y salió del despacho. Justo antes de cerrar la puerta, le pareció ver que el líder en el retrato detrás de Himmler sonreía. Himmler simplemente asintió con la cabeza, como si ya estuviera cansado de aquella exaltación del líder de apariencia nada aria según los cánones del Gran Reich.

 

Otto Reinhard reunió para la investigación del yacimiento a un grupo de arqueólogos de Alemania y Austria. Se alojaron en una casa alquilada no lejos del sitio arqueológico. El lugar de las excavaciones estaba cercado con alambre de púas y carteles de advertencia: Achtung! Zugang verboten! Halt! Además, los soldados armados con ametralladoras y el dedo en el gatillo bastaban para disuadir incluso a los más curiosos de la población local de acercarse al trabajo de los arqueólogos. Los túmulos, bajo los cuales se ocultaban las tumbas, se habían hundido con el tiempo y apenas eran reconocibles.

Aquel día el cielo estaba lleno de aves, palomas, que parecían vigilar las excavaciones desde lo alto y que, esta vez, no transmitían a los hombres los mensajes de los dioses, sino que, por el contrario, su arrullo parecía informar a los dioses de lo que estaba ocurriendo en la tierra… a dioses antiguos.

Reinhard alzó la vista hacia las palomas y susurró:

—Esas aves… están aquí otra vez, siempre que comenzamos a excavar…

—Otto, son solo aves… palomas. Ellas vuelan, nosotros cavamos —respondió su colega Gerhard Ebel—. No veo nada extraño en ello.

—Tienes razón, Gerhard. Estoy demasiado absorbido por la importancia de nuestro trabajo y por la mística, así como por el mito de las palomas entre los antiguos ilirios. Para ellos eran una especie de ave sagrada; figuras estilizadas de palomas aparecen en muchos objetos cotidianos hallados en las excavaciones: broches, torques, copas…

—¡Eh, Ebel, Reinhard, vengan aquí! —gritó el joven colega Lehmann von Neumann, interrumpiendo su conversación—. ¡He encontrado algo interesante!

Otto y Gerhard se acercaron al joven, que se secó el sudor de la frente, dejando una mancha de tierra, sin que ello disminuyera la alegría reflejada en su rostro. Con un cepillo limpió el polvo de una piedra en el suelo…

—Algo parecido a una lápida —susurró—. Miren, está llena de grabados: palomas, serpientes y otras cosas…

—Interesante —susurró Ebel, inclinándose hacia la fosa—. La paloma y la serpiente, enemigos naturales, pero aquí no parecen serlo… como si se comunicaran entre sí…

—Sí. Probablemente la visión de algún artista de la época… Además, la propia palabra ilirio está de algún modo relacionada con las serpientes. Según la leyenda, el progenitor de los ilirios, Ilirio, nació como serpiente, descendiente del rey tebano Cadmo y Harmonía. Incluso ellos mismos se transformaron en serpientes tras su muerte. Y de las palomas ya sabemos que son mensajeras de los dioses…

—Supongo que esta es la tumba de algún miembro destacado de la tribu, un jefe o un sacerdote. Espero que bajo la losa encontremos algo mucho más interesante que simples restos óseos…

—Los ilirios creían en la vida después de la muerte y eran enterrados con muchos objetos de uso cotidiano.

—Entonces liberemos la losa y veamos qué se oculta debajo…

Tomaron paletas, escobillas y pinceles, aunque la mayor parte del trabajo la realizaron con las manos y los dedos para liberar la piedra del abrazo de la tierra, deteniéndose de vez en cuando para descansar y cruzar miradas.

—El Reichsführer Himmler estará sin duda satisfecho con este hallazgo. Miren, en las esquinas de la piedra vuelve a repetirse el símbolo de la esvástica, prueba de la presencia aria en estas tierras…

Natürlich… —respondió Ebel.

—Debajo de la piedra debería haber una cavidad, según mi criterio —observó Lehmann von Neumann—. Supongo que la tumba está construida con muros, lo que indica que se trataba de una persona importante.

Continuaron excavando hasta dejar la losa completamente al descubierto.

—Ahora despacio… tomémosla por los extremos —dijo Otto—. No la levantaremos, para que no se quiebre; es de piedra caliza…

Empujaron la losa a un lado, milímetro a milímetro, centímetro a centímetro, hasta que apareció una abertura hacia la oscuridad. De ella emanó un olor extraño y acre, si es que así puede llamarse algo tan desagradable para las fosas nasales.

—¿A qué huele eso…? —empezó a decir Ebel, pero lo interrumpió un siseo y la cabeza de una serpiente que emergió de la abertura de la tumba.

—¡Cuidado! —gritó Reinhard, retrocediendo.

En algún rincón de su subconsciente recordó que, para los ilirios, la serpiente era la guardiana del hogar. Incluso de los eternos.

Cuando creyeron haberse puesto a salvo, desde el cielo descendió un estruendo, y la bandada de aves recordó a una enorme nube de granizo que se precipitaba hacia la tierra.

—¿Qué es esto, Himmel…? —gritó Gerhard—. ¿Qué les pasa a esas aves…?

Colombe Illirice… —susurró Reinhard.

Nadie lo oyó entre los chillidos de la multitud de aves que se abalanzaban hacia el suelo. Al frente del enjambre volaban varias palomas…

Palomas, halcones, águilas, cuervos, grajos… todas en una sola bandada, olvidando enemistades ancestrales, unidas contra un enemigo común, se lanzaron sobre los hombres y los atacaron con garras, picos y alas… revoloteaban a su alrededor buscando un punto libre sobre el que precipitarse…

Los soldados que custodiaban las excavaciones apuntaron sus armas al cielo y dispararon contra la bandada. Cayeron algunas aves, pero en general los disparos no tuvieron gran efecto, pues seguían llegando más y más. También atacaron a los soldados, picoteándoles los dedos y arrojándose contra sus rostros, por lo que se echaron al suelo para proteger los ojos y las manos, ya que cualquier otra defensa resultaba inútil y solo enfurecía aún más a las aves…

Mientras las aves revoloteaban y lo atacaban, Ebel intentó alcanzar la seguridad del automóvil. Con una mano se defendía de los ataques y con la otra buscaba la cerradura de la puerta, hasta que la encontró y logró meterse en el interior, a salvo tras el vidrio y la chapa. Varias aves entraron con él y continuaron atacándolo, tratando de alcanzarle los ojos. Los protegió con el antebrazo izquierdo mientras con la mano derecha buscaba la llave de contacto. Las puertas volvieron a abrirse y Otto y Gerhard se metieron en el vehículo, seguidos por más aves, mientras otras se estrellaban contra los cristales…

Finalmente lograron librarse de las aves dentro del automóvil: algunas estaban muertas, otras aún agitaban las alas rotas en el suelo, heridas, chillando de dolor o de furia impotente. Afuera, las aves seguían embistiendo, sin comprender que el vidrio, aunque transparente, era para ellas una barrera infranqueable…

—¡Conduce… conduce rápido…! —jadeó Otto Reinhard—. ¡Vámonos lo más lejos posible de aquí!

Erik pisó el acelerador, el coche dio un tirón y arrancó, seguido durante un tiempo por las aves que aún perseguían a su presa…

Desde la abertura de la tumba emergió el cuerpo de una serpiente de dibujos rojizos, que luego se enroscó sobre la losa de piedra, junto a la paloma grabada.

 Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas SiriusGalaksijaOrbisSignaliKikindske novineNaši tražiOmaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

 

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