Jorge Claudio Morhain
Por ahí pasa el Riachuelo. Ah, claro, usted no sabe qué es el Riachuelo. Es un riacho podrido que rodea a Buenos Aires. Separa a los buenos de los malos. A los limpios de los sucios. Tiene una baranda, tiene... Baranda dije, olor. Olor, dije. Bueno, ahí, en el borde, pero en el mismo borde del Riachuelo, hicimos la villa. No había donde meterse, y ese terreno estaba libre, con pastito, lindo, usted viera. Deben ser como veinte metros, entre el alambrado de una empresa pública y el agua, en Avellaneda pero del lado de la capital, al lado de dos puentes, uno viejo para autos y uno más viejo pero más grande, para los trenes, allá arriba. La villa se hizo en dos patadas. Se vino mucha gente. Después cuidamos que no entren más, porque ya no había dónde ponerse. Son como el olor. Se meten por todos lados.
Está bien,
está bien, no le estoy contando la historia de la villa. Le estoy contando la
historia del Nacido que apareció del Riachuelo. Ah, ¿no le dije que apareció
del Riachuelo?
El asunto
es que a la Dora, la que "trabaja" en la villa, se le perdió un crío,
la Marcelita. Ella, claro, no puede cuidarlos bien porque no solamente recibe a
la gente de la villa sino que aparecen tipos de quién sabe dónde. No les
importa el olor, se meten en la casilla, en la pieza de la Dora que de veras
está linda y limpita y siempre calentita. Ella no puede salir a cada momento a
ver sus guachitos. Así que se le perdió la Marcelita, que gateaba siempre para
el lado del agua. Todos hicimos cuenta que se la llevó el río. Anduvimos
removiendo un poco el líquido espeso como aceite, pero qué íbamos a encontrar,
si uno se cae ahí y te comen los ácidos, te comen.
Pero no,
qué denuncia. Nadie va a denunciar nada, en la villa. Si uno asoma seguro que
va en cariñoso. No entiende. Que va en canasta. Que va en cana. Que va preso.
¿De qué país viene usted? Así que nos quedamos en el molde. Se perdió, y chau.
Fue. La Dora no iba a patalear mucho porque era una boca menos, y, como todos
los otros, vino al mundo culpa de algún forro pinchado. Hay que ver lo que es
el olor. Uno se acostumbra, tanto que cuando anda donde no hay ese olor es como
que no se halla, se siente raro. Huele como a chocolate espeso.
¿Qué tiene
que ver el olor? No, es que me acordaba del olor de esa nochecita de fin de
otoño. No sé si fue dos meses después, o seis, o un año. Me acuerdo, sí, que
salí de la casilla que compartimos el Tiro, Martínez y yo. A echar un meo. Es
que me gusta ver cuando el chorro pega en el agua oscura y se arruga como una
seda, en redondeles. Me acuerdo que esa noche estaba rara, como quieta, los
ruidos de la avenida venían como lejos, no pasaba casi nadie por Luján, no
había viento. El Riachuelo se ponía tan lisito que daban ganas de mandarse una
picada. La onda se agrandaba y se agrandaba bajo mi pishada, y de repente me di
cuenta de que era demasiado grande, que era mucho más grande de lo que debiera
ser, y entonces desvié el chorro hacia el pasto y comprendí que algo estaba
saliendo del Riachuelo. Enseguida, no sé por qué pensé en la Marcelita. Eso
salió del agua, yo lo vi, yo estaba allí. Era como un muñeco hecho con lanas
empetroladas, sin forma. Yo lo vi. Y enseguida de verlo corrí a la casilla y
llamé a los otros mamados, y entre cargada y cargada vinieron a ver la cosa
salida del Riachuelo. Me llamaron loco, drogado, Fabio Zerpa, cualquier cosa.
Máxime cuando al borde del Riachuelo solamente había una mancha de agua podrida
oliendo como a chocolate recalentado. Ni rastros del Nacido. Pero yo lo vi. Qué
cosa, desde esa noche cómo cambiaron las cosas para nosotros. Siendo cuatro la
casilla quedaba chica. Así que Martínez se fue porque no aguantaba el olor a
podrido, dijo. Nos quedamos con el Tiro. Los primeros días fue un escándalo,
porque dijeron los chabones que había mal olor. Uno, no sé, creo que fue
Martínez, contó de la noche y la meada, y de repente se apareció la Dora, más
linda que nunca con sus ojos llorados y su minifalda. Yo le dije "qué
buscás". "Mi hija", dijo. Yo le dije "estás mamada", y
ella quiso hacerme a un lado. "¿Qué querés a cambio?", me dijo, y yo
le miré las tetas. "Está bien", dijo, y me hizo a un lado. ¿Sabe que
hasta vomitando es linda la Dora? Vomitó por toda la pieza, y por un rato el
olor a vino superó el olor del Nacido y el del mismo Riachuelo. Y salió diciendo
que estaba loco y que no era su hija, y que tenía un bicho. Y algunos vecinos
quisieron hacer lío, pero el Tiro se plantó en la puerta y dijo: "¿Qué?
¡Manden la cana si quieren algo, qué!"
Y todos se
fueron a su casa.
Pero vino
la cana en serio, no sé si alguno nos tenía tanta rabia o qué, y revisó la
casilla y encontró la mancha de agua del Riachuelo con olor a chocolate rancio,
y se fueron frunciendo la jeta de asco. El Nacido se había corrido hasta el
agua.
Cuando se
fueron los canas vinieron a los pocos días los otros, los de corbata, a querer
comprar lo que había. Dijeron que habían hecho un experimento con genética, que
no sé si será tan puta como la Dora, pero parecía que sí, porque dijeron que
habían mezclado a varios tipos para que pariera una cosa, y que se les había
ido por el desagüe y que era de ellos. ¿Cómo qué cosa? ¿De qué estamos
hablando? Del Nacido. Nosotros nos negamos a dejarlos entrar, pero parece que
por ahí uno se mandó por una tabla floja y se encontró con el Nacido en la
cama. De repente alguien me hace a un lado, viniendo de adentro. Y era el
fulano, blanco como esa hoja en la que usted escribe. "No es", dijo.
Y se fueron. Y los últimos que vinieron fueron los de la tele, pero a esos les
hicimos creer que había una manifestación pidiendo trabajo, y se mandaron flor
de nota, y nos tiraron unos pesos. Después no pasó nada. Pasó el tiempo, eso
pasó. El Nacido se fue criando, nos queríamos mucho los tres. No había egoísmos
entre nosotros. El Tiro y yo queríamos al Nacido de igual a igual. Lo demás lo
sabe, don. ¿Ah, no lo sabe? Bueno, hace unas cuantas noches aparecieron unos
tipos en lancha. Unas lanchas negras, silenciosas. Los tipos vestían de negro.
Hablaban bajito, pero creo que en inglés. Cuando quisimos acordar los tuvimos
adentro. Entonces el Tiro se volvió una fiera. Sacó el bufoso y empezó a los
chumbos, a dos manos (porque tenía dos bufosos) y parece que los tipos no se la
esperaban, porque mientras preparaban tremendas ametralladoras nos fuimos. Nos
fuimos a la mierda. Nunca más. Le juro que extraño aquel olor a chocolate
podrido. Pero cuando pienso en la sangre del Tiro desparramada por todos lados
me viene una cosa... Nos vinimos para acá. Acá es más fácil. Plantamos alguna
cosita. Hago changas.
Ahora sí,
ya sabe todo. Yo decía que usted tenía que saber esta última parte porque los
tipos que mataron al Tiro eran parecidos a usted, así, grandotes, ojos azules.
¿El Nacido? Ah, no al Nacido nunca lo va a ver. Se volvió al río. Le gustaba la
mugre. Sobre todo después que se rompió. Sí, se rompió, se rajó, como una bolsa
de trigo demasiado llena, y solito se arrastró al Riachuelo. Seguro que era
Marcelita, yo siempre digo. Seguro la agarró esa agua con todas esas cosas de
la puta Genética y la cambió toda. ¿No? Eso es lo que digo. Yo, digo, pero yo
no sé nada.
¿Quién?
¿Mi mujer? No, ella no va a hablar. Deme los dólares, ella no sabe nada. Oiga,
deme la guita, que yo ya hablé. Ella vino después, está bien que sea linda como
un ángel, blanca como una paloma, dulce como un bombón, un sueño, una dulzura.
Está bien que les guste a todos, que todos quieran tenerla y cuidarla. Yo
también. Pero es mi mujer, y no sabe nada. ¿Qué experimento ni qué ocho
cuartos? Ella es una mujer, ¿me entiende? ¡Una m-u-j-e-r! Marcela...
Deme la
guita o armo un escándalo. Eso es. Oiga, no se arrime más por el rancho, ¿eh?
Ella es mi mujer, no la puta Dora, ¿eh? ¿Me entendió?

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