Nebojša Petković
No hubo respuesta. El anciano se
había vuelto a quedar dormido. Mejor así, pensó, y alargó la mano hacia los
restos de carne.
Cuando se eliminan las partes
podridas de una rata del desierto y se le extraen las vísceras... bueno, por
muy grandes que sean esos animales en aquellas regiones, no queda gran cosa. En
cualquier caso, no lo suficiente para dos viajeros.
Mientras mastica los trozos
fibrosos arrancados de la brocheta, fingiendo que tienen mejor sabor del que
realmente poseen, contempla las estrellas.
El cielo está abarrotado de luces.
La visión sería mágica si aquella
bóveda no cubriera esta tierra reseca que le maltrata las posaderas. Un poco
más. Es la cuadragésima séptima noche y mañana verá el Último Puerto. Y
entonces... Entonces ya veremos. O como era aquello... Mañana se preocupará por
sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal. Aunque no está seguro de
Septum. El viejo no muestra señales de enfermedad, pero está muy lejos de ser
alguien joven. Tarik teme que le queden días de vida. Por supuesto, eso no lo
detendrá. Nada lo detendrá para abandonar aquel planeta maldito, y menos aún un
anciano con el que se había cruzado por casualidad y al que aceptó de mala gana
como compañero de viaje.
Ugvadul es un mundo muerto. Y, para
ser sinceros, ya lo estaba antes de la enfermedad. Los pueblos que viven en los
desiertos siempre están medio muertos. Donde escasea el agua, donde el sol
quema la piel durante el día y los vientos la azotan por la noche, donde las
ciudades están hechas de la misma arena y no se distingue un edificio de una
duna... incluso las personas parecen hechas de arena: masas grises, porosas y
arrugadas. Allí la muerte es una costumbre. Ahora todo ha terminado por fin. El
Viento Negro está exterminando incluso a los animales malditos.
Se ríe en desafío al silencio, sin
temor a que el sonido de su garganta despierte a Septum. Probablemente nada lo
despertaría ya. La gente siempre está dispuesta a ser creativa. Sobre todo
cuando se trata de inventar nombres.
La enfermedad no tenía nada que ver
con el viento; quizá con el color negro durante sus primeras fases. Una vez se
lo preguntó a un colega del instituto: si el nombre se debía a la velocidad con
la que se propagaba.
—No. Simplemente les sonó bien...
para los anales. Los anales permanecen. Las personas no.
Su estómago protesta. Está seguro
de haber eliminado las partes infectadas del animal, pero aquella criatura ya
era repugnante de por sí. Será mejor dormir antes de vomitar. No conviene
emprender la marcha con el estómago vacío. Mañana aún le esperan varios ashares
hasta el puerto, y eso significa una larga caminata por la arena. Se despide de
las estrellas, entra en el vivac y cierra los ojos.
Despierta con el
sol.
La lona de la tienda se agita sobre
su cabeza y un hedor le invade las fosas nasales.
—¡Septum! ¡Septum!
Se incorpora sobre las rodillas y
se arrastra hasta el anciano. Lo sacude. Está frío como una noche ya
extinguida. Y rígido. Siente alivio. Habría sido más difícil con él si hubiera
decidido seguir viviendo un poco más. Ni siquiera va a enterrarlo. La arena se
encargará de eso. No siente remordimientos. La muerte se ha vuelto tan común en
los últimos meses que resultaría impropio sentir algo distinto de indiferencia.
Sobre todo porque parece que Septum murió de viejo. Mucho mejor que todos los
demás. Solo tiene que completar su rutina matinal y ponerse en marcha. Cuando
termina, puede tirar el pequeño frasco. Está vacío. Y eso tampoco importa. Ya
no volverá a necesitarlo.
Exactamente siete ashares después
del lugar donde dejó el cadáver de su compañero ocasional, el Último Puerto
emerge del desierto. El cosmódromo parece irreal en aquel paisaje arenoso,
aunque resulta bastante ordinario comparado con los grandes puertos galácticos.
Comparado con alguno de aquellos en los que espera aterrizar algún día, una vez
abandone el muerto Ugvadul.
—Señor Tarik Erej.
El oficial examina su credencial a
través del visor de su traje protector.
—Investigador principal del
Instituto de Biogenética de Ugvadul.
Lo observa con desconfianza,
percibiendo la diferencia entre la fotografía y el hombre que tiene delante.
Más de mil ashares vagando por
aquel mundo podían hacer eso con una persona.
—No esperábamos encontrar a nadie
más con vida, y mucho menos a alguien de su... —Tarik se encoge de hombros—. Comprenderá
que debemos realizar algunas pruebas antes de admitirlo.
—Por supuesto.
Lo conducen a través de una zona
cercada hasta unas cápsulas metálicas achaparradas. Sobre él vuelan varios
helicópteros; dos naves medianas esperan en la pista. Un poco más lejos, dentro
de jaulas de contención, queman lo que queda de los infectados. El hedor
asciende al cielo junto con el humo cargado de hollín.
Durante la siguiente hora le
extraen sangre, le retiran capas epidérmicas de brazos y piernas, lo someten a
chorros de agua hirviendo y lo frotan con cepillos ásperos.
No es agradable, pero ya conoce el
procedimiento. Al final le entregan ropa limpia y hasta él mismo se ve
diferente. El oficial de la puerta vuelve a acercarse. Sin la escafandra parece
menos amenazador.
—Partiremos dentro de dos horas.
Tendrá una cabina separada en nuestra nave. Sé que está cansado, señor Erej,
pero me muero de ganas de escuchar su historia. Espero que nos honre contándola
durante la cena en el salón principal.
—Por supuesto, señor...
—Egler. Abadar Egler. Capitán
colonial de la corporación Vinet.
—Encantado.
Se estrechan las manos. Ya no hay
temor. Las pruebas han dado negativo. Vuelve a ser un hombre.
La cabina es
agradable, aunque no lujosa. Como la nave, en realidad. Cuando pensaba en este
momento siempre imaginaba un gran transbordador de pasajeros lleno de gente. Era
una fantasía absurda, por supuesto. Difícilmente una nave semejante habría
cubierto jamás la ruta entre el espacio y Ugvadul. Aquel planeta era el
apéndice inútil de la galaxia y precisamente por eso era un lugar excelente
para las investigaciones que realizaba su instituto. El problema era que Tarik
nunca había comprendido la verdadera magnitud de aquellas investigaciones.
No importa el tamaño de la nave ni
que transporte únicamente personal militar. Incluso unos pocos serán
suficientes. No quiere dormir y desperdiciar el tiempo. Aprovecha las horas
previas a la cena para bañarse de nuevo, esta vez disfrutándolo, pasear por la
nave y conocer a tanta gente como pueda. Cuando termina vuelve a quedarse solo.
Abre la caja con sus pertenencias personales, confiscadas y luego devueltas. Saca
una fotografía. En ella aparecen una mujer y un niño de cinco años. La besa y
la coloca sobre el armario bajo el espejo. Su mirada pasa de la imagen,
involuntariamente, a su propio reflejo. Ve algo cerca del cuello de la túnica. La
levanta. Las primeras marcas están allí. Aparecen como pequeños hematomas
oscuros aislados que, en la siguiente fase, se unirán formando manchas mayores.
Muy pronto esas zonas comenzarán a pudrirse y la piel ennegrecida se abrirá en
heridas. En las próximas cuarenta y ocho horas. Sonríe. No a sí mismo. A la
mujer y al niño.
—Cobraré la deuda, mis amores.
No existe cura. El doctor Tarik
Erej solo consiguió desarrollar un suero capaz de ralentizar la enfermedad y
eliminar los rastros en la sangre durante sus primeras etapas. Ya era un
milagro que hubiera durado tanto. Por suerte, funcionó.
Quería llegar hasta la nave de la
corporación para la que había trabajado con dedicación durante los últimos tres
años, creyendo que hacía el bien. Por eso trasladó a su familia a Ugvadul, pese
al desierto, la pobreza y la rudeza de la población local. Creía que estaba
haciendo algo bueno para toda la galaxia. Aquello en lo que trabajaba acabó
matando a casi todos los habitantes del planeta. Y finalmente también a su
familia.
El Viento Negro –un virus sintético–
resultó tan peligroso que Vinet lo declaró antieconómico. Era tan contagioso
que ni siquiera servía como arma militar. Pues ahora sí tendrá utilidad... Y
completamente gratis. No solo se lo había regalado a los oficiales y soldados
de Vinet. Esperaba habérselo regalado también a sus familias, a sus
compatriotas...
Quizá incluso a toda la galaxia.
Nebojša Petković nació el 15 de
noviembre de 1975 en Belgrado. Se graduó en la Facultad de Arquitectura y
ejerce profesionalmente como arquitecto. Vive y trabaja en Belgrado. La
escritura es una afición y una pasión que practica desde hace mucho tiempo,
aunque dio un paso importante en ese ámbito recién con la publicación de su
primera novela en 2014. Desde entonces ha publicado un total de seis novelas: Potraga
(2014), Rat (2015), Izdaja (2016), Čudnovati događaji u
Novogodišnjoj noći (2018), Čuvar grada (2022) y Sone strane
(2024). Además de sus novelas, ha publicado varios relatos de terror, fantasía
folclórica y fantasía épica.

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