miércoles, 18 de marzo de 2026

TIERRA 3.8

Khancho Kojouharov

 

Karl Marx cruzaba la Plaza Roja y se tiraba alegres pedos. Si hubiera sabido lo que ocurriría después de exponer la tesis de que los hombres debían vivir en comunidad, habría escrito el Manifiesto Comunista treinta años antes. Es cierto que tuvo que renunciar a la idea inicial, pero el dinero valía la pena.

La vida era maravillosa. La nieve crujía bajo los pies en el cálido día de invierno. Frente al burdel imperial “Vasili el Bendito” se agolpaban boyardos borrachos y empresarios estadounidenses. Sus luces de neón y sus cúpulas multicolores atraían turistas sexuales de todo el mundo, pero el filósofo barbudo los miró con desprecio. Ya estaba anocheciendo, y Grishka Rasputin le había prometido una orgía nunca vista después de la cena. Los dos encajaban a la perfección: tanto por sus barbas malolientes como porque ninguno sabía mantener los pantalones abrochados.

El móvil sonó. La emperatriz.

—Estoy a su servicio, Majestad.

—Eso espero —respondió la primera dama de honor—, pero hoy madame E. te quiere solo para ella. Inmediatamente.

Furioso por perder la sesión con Grishka, Marx gruñó.

—Pero si quieres, antes podemos vernos.

—¿Dónde?

 

Cuando el filósofo no apareció, Catalina la Grande ordenó que lo arrestaran junto con Rasputin. Solo encontraron al monje, lo cual constituía una insolente desobediencia por parte de Marx. La nueva orden fue ejecutarlo en el acto. Entonces le informaron de que alguien la había adelantado a medias: habían encontrado al buscado, pero con la cabeza parcialmente cercenada. No había rastro ni del asesino ni del móvil de la víctima. Rasputin estaba destrozado. La emperatriz preguntó con severidad:

—¿Con quién habló por última vez ese canalla?

Toropigin, el comisario jefe del FSB, rompió a llorar.

—No lo sabemos, Majestad —su voz temblaba—. Alguien borró todos los registros.

—Emelia, córtale la cabeza.

El verdugo desenvainó la espada.

—¡No aquí, idiota! Frente al Mausoleo.

Consideraban el Mausoleo un refugio de fuerzas malignas. Nadie sabía cuándo había sido construido ni para qué servía. Solo la emperatriz sospechaba que su aparición tenía algo que ver con aquel ahorcado Vladímir Cómo-se-llamara. Una noche ordenó colgar al agitador en la Plaza Roja, y a la mañana siguiente, en el lugar de la horca, se alzaba el Mausoleo.

Se llevaron a Toropigin. Rasputin intervino preventivamente:

—Señora, ¿llamamos al Gran Detective?

Aquello arrancó a la emperatriz de la idea de otra ejecución.

—¿El inglés?

—Exactamente. Holmes.

—Pónganme con mi prima de Inglaterra. La reina.

 

—Watson, creo que mi teléfono va a sonar.

—¡Increíble! ¿Cómo ha llegado a esa conclusión, Holmes?

—Lo he puesto para que primero vibre.

El teléfono sonó.

—Señor Holmes, habla el secretario personal de Su Majestad la Reina. Espere, por favor, mientras lo comunico.

—Esperaré.

—Señor Holmes, ¿podría hacerme un favor personal? Quisiera que viajara a Rusia.

 

El avión gubernamental despegó de Heathrow.

—¿Puede compartir algo sobre la misión, Holmes?

Holmes levantó los ojos y miró el techo. Aunque viajaban solos, Watson bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—¿El gobierno?

Holmes volvió a mirar hacia arriba.

—¡Dios mío!

—¿Ha oído hablar de las realidades paralelas, Watson?

—¿La hipótesis de Flammarion?

—No, Flammarion se refiere a la multiplicidad de los mundos. Según la teoría de las realidades paralelas hay al menos cinco Tierras. En ellas viven las mismas personas con los mismos caracteres, pero con destinos distintos, porque las circunstancias y los acontecimientos de esas Tierras son diferentes. La razón es que la probabilidad de fenómenos mágicos no es la misma. Me han pedido que investigue si el portal de paso hacia otra Tierra se encuentra en Rusia. Nuestro embajador informó de que allí ocurren cosas extrañas. Y, de paso, investigaremos un asesinato.

 

Las fotografías de la escena del crimen no servían para nada. Los policías habían pisoteado la nieve como una manada de mamuts siberianos.

Se dirigieron al depósito de cadáveres. La barba de Marx era una bola de sangre coagulada con pelos. A la izquierda yacía la parte cercenada del cráneo. Sherlock Holmes pasó un dedo por el borde deformado.

—El hacha se deslizó —dijo Nalivaiko, sucesor de Toropigin—. El asesino resbaló.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó el detective.

—Hicimos un experimento forense —anunció orgulloso el comisario—. Verdugos de plantilla y veintiocho mujiks.

Holmes parecía disgustado.

—¿El asesinado tenía enemigos? ¿Ideas particulares?

—Esto es Rusia, señor Holmes. Todos son enemigos, nadie tiene ideas.

—¿Amantes?

—Las que quiera.

—Entonces ¿podría ser un crimen por celos?

—¿En la Meca del turismo sexual? Tendría que haber visto qué Sodoma y Gomorra fue esto durante el mundial de fútbol. ¡Celos! —Nalivaiko soltó una carcajada.

—¿Ha desaparecido alguien de la corte?

—La primera dama de honor, pero qué tiene que ver...

—¿Aquella a la que la emperatriz le ordenó que llamara a Marx?

—¿Cómo lo sabe?

Holmes sonrió.

 

En el Gran Salón del Palacio del Kremlin había once personas. Solo Holmes no apartaba los ojos del escenario. Los demás ya tenían un dolor de cabeza insoportable y no se atrevían a mirar. Desde hacía cuatro horas, en las cien pantallas corrían las grabaciones sincronizadas de todas las cámaras a ambos lados del muro del Kremlin.

—¿Quiénes son los dos interlocutores en la pantalla B8? —preguntó Holmes, deteniendo las grabaciones.

Nalivaiko dejó la botella y miró.

—Imbéciles. El senador K…klóuz y el príncipe M…mishkin, un idiota famoso. Si supiera cómo se entusiasma por cierta N…nastasia F…filípovna... —el comisario se echó a reír idiotamente.

—Quiero interrogar al príncipe.

Nalivaiko hizo un gesto a los opríchniki que lo custodiaban. Dos de ellos salieron corriendo. Holmes reanudó la imagen, pero enseguida la detuvo.

—¿Dónde desapareció Marx? Estaba en I4 y ahora no está en ninguna parte.

Nalivaiko no estaba completamente borracho. Miró para comprobar que la emperatriz no estaba detrás de él.

—E…en al…algunos lu…lugares no hay cá…cámaras —balbuceó.

—¿Dónde está ese lugar?

—Ce…cerca. De…detrás del campanario de Iván el Terrible.

—Llévenos.

 

La emperatriz señaló a Nalivaiko en el monitor.

—Emelia, la cabeza. Pero primero trae al príncipe Menshikov… —y cuando Emelia salió añadió, como para sí misma—: ¡No hay cámaras!

 

En la entrada del palacio se encontraron con los opríchniki que conducían a un hombre de rostro inteligente.

—Príncipe M…mishkin —lo presentó Nalivaiko—. Príncipe, los caballeros quieren hacerle algunas preguntas.

—Señor Holmes, supongo —dijo el príncipe en inglés—. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Diciéndome quién es el hombre más inteligente de la corte.

—El príncipe Menshikov —respondió Mishkin sin vacilar.

—¿Y el más influyente?

Mishkin sonrió levemente.

—El mismo.

—Gracias, príncipe, me ha ayudado mucho. Si no es indiscreción, ¿podría transmitir mis respetos a madame Filipovna?

—Será un honor para mí, señor Holmes —dijo Mishkin, inclinándose.

Luego miró a Nalivaiko. Este hizo una señal a los opríchniki para que escoltaran al príncipe fuera del muro del Kremlin.

—¿A la escena del crimen, señor Holmes?

—Sí, gracias.

 

A la luz del sol, las manchas de sangre en la nieve destacaban más que en las fotos. El filósofo había sido asesinado entre el muro del campanario y la Campana del Zar, un monstruo de bronce que evidentemente se había agrietado de rabia al darse cuenta de su propia inutilidad. Holmes miró fijamente el fragmento. Luego miró significativamente a Watson y golpeó con el dedo el indistinto monograma más a la izquierda.

El gemido de Nalivaiko hizo que ambos se volvieran. Hacia ellos se acercaba, sin prisa, un hombre alto de ojos inteligentes y barba de dos días. La bata roja estaba abierta y debajo se veían un caftán azul y botas rojas. Emelia lo seguía respetuosamente.

—Nalivaiko, ¿podría presentarnos? —preguntó el desconocido.

El comisario se inclinó torpemente.

—Estos dos caballeros son detectives de Inglaterra: Holmes y Watson. El príncipe Menshikov.

—Y el nuevo comisario jefe del FSB y de la policía. No se preocupe, Nalivaiko. No tenía cómo saberlo —dijo Menshikov—. Encantado de conocerlos, caballeros.

Hizo un gesto a Emelia.

Emelia miró a Nalivaiko y ladeó la cabeza: «Camina delante de mí, miserable». Ambos se alejaron. Antes de doblar detrás de la iglesia, Nalivaiko gritó:

—¡Viva Su Majestad! ¡Viva la misericordiosa emperatriz Catalina Segunda!

—¿Por qué grita así? —preguntó Watson.

—Es la costumbre —explicó amablemente Menshikov—. Antes de ejecutar a alguien, debe agradecer a la soberana.

—¿Pero por qué lo ejecutarán?

—Digamos que podría haber desviado a su propio bolsillo parte del dinero destinado a comprar cámaras de seguridad. O incluso haber vendido algunas ya instaladas.

—Tal como manda la costumbre —dijo Holmes—. Viejo amigo, por favor, no haga preguntas innecesarias.

—Exactamente —confirmó Menshikov.

No estaba claro si se refería a la explicación de Holmes o a su petición a Watson.

—Hermosa bufanda, príncipe —dijo Holmes—. ¿Acaso en Rusia alguien puede hacer un bordado tan exquisito?

—Es de Bruselas, señor Holmes —respondió el príncipe con cierto orgullo—. Observe qué fina es la hebra de seda.

Holmes entrecerró los ojos y se inclinó para mirarla de cerca.

—En efecto. Nunca había visto nada parecido. Mis felicitaciones, príncipe.

—Gracias. Entonces ¿investiga usted el asesinato de Marx?

—Ahora empiezo. Pero antes necesito algunos productos químicos. ¿Podría ordenar a sus hombres que lleven la receta a nuestro embajador?

—Será un placer ayudarle.

Holmes sacó su libreta y empezó a escribir una larga serie de letras y números. Luego entregó el mensaje cifrado a Menshikov.

—Príncipe, aquí está la receta. Por favor, ordene que la entreguen al embajador. Nosotros lo esperaremos aquí.

El príncipe se inclinó cortésmente y se marchó. En cuanto dobló la esquina, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Emelia! ¡Aquí inmediatamente!

Sacó su teléfono móvil para fotografiar el mensaje.

«Ingleses estúpidos —pensó—. Se imaginan que no podemos descifrarlo».

En cuanto oyó su grito, Holmes se agachó y apartó con la mano la nieve ensangrentada.

—Justo como pensaba.

En la estrella de cinco puntas que apareció parcialmente estaba incrustado un rostro alargado con cuernos, orejas puntiagudas y barbilla de cabra.

—¿Qué es eso, Holmes?

—Eso, querido amigo, es Bafomet. La deidad oculta a la que se acusó a los caballeros templarios de adorar —dijo el detective mientras apartaba más nieve—. ¿Me ayuda?

Presionó con los pulgares y los índices las hendiduras en cuatro de las intersecciones de los rayos.

—Presione la quinta hendidura.

Watson extendió el dedo.

A dos pasos de ellos, una losa se desplazó. Apareció una estrecha escalera de caracol. Holmes descendió unos escalones y examinó la pared.

—Venga, amigo.

Watson bajó hasta él.

—Aquí está el segundo Bafomet. Presione.

La losa sobre sus cabezas volvió a deslizarse a su lugar.

Oscuridad.

Holmes encendió la linterna de su teléfono.

 

Al final del pasillo había un corredor. Sus dos extremos se perdían en la oscuridad.

—Holmes, hay huellas de sangre que suben.

—Probablemente llevaron por allí a la dama de honor asesinada. El asesino la utilizó para atraer a Marx a la trampa y luego la eliminó.

—¿Hacia dónde iremos?

—Hacia abajo. Lo que buscamos debe estar cerca del río. Hacia arriba seguramente está el palacio.

Holmes se equivocaba. Más adelante estaban los sótanos del Mausoleo, donde la instalación frigorífica conservaba a un pequeño cuerpo escarchado con el cuello grotescamente torcido.

—¿Quién es Bafomet? —preguntó Watson cuando empezaron a caminar.

—Un símbolo de dualidad, fertilidad y libre albedrío. Y también de magia negra. Los cristianos lo consideran satánico. Además es la clave de la muerte de nuestra víctima.

—¿Por qué?

—Piénselo. Marx tiene barba de satanista y su doctrina es dual: aparentemente defiende a los obreros, pero ellos solo son un medio para legalizar el amor libre. Ha hecho una fuerte declaración de voluntad de dominar a los demás, lo que irritó a una persona que lo sacrificó ante su propio ídolo.

—Entonces no fue por celos.

—¿En un burdel donde todos consideran idiota al hombre enamorado? Por favor. Los únicos motivos aquí son el dinero y el poder. Pero la víctima lo gastaba todo en bebida y mujeres. ¿Qué queda?

—¿Eso escribió al embajador?

—Le escribí que evaluara si debía informar a Catalina de que su juguete sexual fue asesinado por su favorito, por el hombre que en la práctica gobierna el Estado.

—¿Menshikov?

—Sí.

—¿Cómo lo supo?

—Debajo de su bufanda había una mancha de sangre.

—¿Y la entrada secreta?

—En cuanto vi el monograma en el que está entrelazada la imagen de Bafomet comprendí que por aquí debía de estar la entrada a su santuario.

Watson se detuvo.

—Perdone, Holmes, pero yo no vi nada de eso.

—Porque no sabía dónde mirar, amigo mío. La mente no ve aquello para lo que no está preparada. Así que no se trata de un asesinato ordinario, sino de un sacrificio. Y el sacerdote sacrificador es, naturalmente, Menshikov.

—¿Por qué lo haría?

—Algo ha ocurrido y ha comenzado a eliminar a todos los que pueden limitar su influencia sobre la emperatriz. Así que si no salimos pronto de aquí, seremos los siguientes cuyos cuerpos no encontrarán —Holmes volvió a caminar por el corredor ligeramente inclinado, iluminando las paredes como si buscara algo—. Si tiene más preguntas, por favor, no deje de hacerlas.

Mientras lo seguía, Watson recordó que el mensaje cifrado tenía dos párrafos.

—Holmes, ¿qué más escribió?

—Bravo, amigo, cada vez es más observador. Pedí al embajador que transmitiera a Su Majestad que hemos encontrado el portal… Aquí está, ya llegamos.

—¿Dónde?

Holmes señaló una tercera estrella de cinco puntas casi imperceptible en la pared izquierda.

—Presione.

Esta vez, por la grieta que se abrió apareció una luz intensa que los cegó.

—¿Qué es esto, Holmes?

—Un portal hacia la Tierra alternativa. Propongo que entremos. Creo que ambos saldremos ganando.

—¿Cómo lo sabe?

—¿Cuándo me he equivocado?

—Nunca, pero en sus palabras no veo ninguna deducción.

—¿Me haría el favor de admitir que, además de lógica, también tengo intuición? No olvide que Bafomet es símbolo de fertilidad. Quizá en esa otra Tierra la bala que lo hirió en Afganistán no haya afectado a un órgano tan importante. Quizá encuentre el amor que merece.

Watson tragó saliva.

—¿Y usted qué ganará?

—Siento que por fin encontraré un adversario digno. Un nombre especial. Mordor, Morgana, Moriarty… algo así.

Watson dudó.

—Pero Holmes, ¿qué nos ocurrirá si allí realmente tenemos dobles perfectos?

—No hay “si”. La teoría lo garantiza. Y precisamente eso es lo mejor. En el instante en que aparezcamos allí, tendrá lugar una transición cuántica y su conciencia se fusionará con la conciencia del Watson de ese lugar, mientras que el cuerpo de uno de los dobles desaparecerá. Imagínelo: tendrá recuerdos de dos vidas.

—¡Pero eso significa cambiar! Nunca volveremos a ser las mismas personas.

Holmes sonrió.

—Querido amigo, ¿no es el cambio el sentido de todo viaje? ¿Para qué partir si vas a volver siendo el mismo?

Muy lejos detrás de ellos se oyeron voces. Los dos se miraron y cruzaron el umbral.

 

Así fue como Holmes provocó la Revolución de Octubre en la Tierra 3.8.

Khancho «Khanev» Kojouharov (Bulgaria/Reino Unido) es un galardonado escritor, periodista de investigación y traductor. Sus novelas, relatos, análisis y artículos científicos se han publicado en búlgaro, inglés, francés, alemán, polaco, ruso y ucraniano. Kojouharov ha traducido unos 60 libros del inglés, que abarcan una amplia gama de temas: física, astrofísica y cosmología; filosofía y religión; sociología, psicología y psicoanálisis; historia y biografías; economía y ciencias políticas; memoria y tests de inteligencia; novela negra, de espionaje y de ciencia ficción. Es miembro de la Asociación Internacional de Escritores de Novela Negra, la Unión de Escritores Búlgaros y la Unión de Periodistas Búlgaros.

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