Radovan Petrović
Soy el rey de
Júpiter. Y su verdadero rostro. Esto me ocurrió ayer, cuando me fue entregado
el poder. Fue durante las negociaciones con la Tierra.
Tuvimos que esperar. Hemos estado
en Júpiter desde el principio de los tiempos, y algunos de mis compañeros lo recuerdan
mejor que otros, retrocediendo a las primeras fracciones de segundo del gran
cambio producido en el espacio, mientras que algunos de nuestros genes están
entrelazados con elementos provenientes de otra parte del inicio de la
creación. Pero como un comienzo significa empezar desde cero, nos quedaremos
con eso, porque la ciencia del otro cosmos –el anterior a la gran explosión–
(confirmo su exactitud porque la he visto un millón de veces en mi mesa de
trabajo) aún no funciona muy bien.
Y en realidad no la necesitamos
para mostrar a Júpiter en toda su luz, bajo todos sus vientos, mientras la
mancha crece y se convierte en un verdadero vórtice cósmico –no planetario,
como se creyó alguna vez cuando no había nadie que pudiera sentirlo de cerca,
sino un remolino de diversas sustancias– todavía desconocidas para nosotros,
los jupiterianos.
Cultivamos la tierra. Lo hacemos
durante exactamente dos horas de nuestro tiempo; después esperamos el cambio de
viento –la máquina que lo hará en lugar de nosotros aún no ha sido terminada– y
pasamos las primeras horas de descanso sentados en bancos; los hicimos nosotros
mismos, sobre un prado que aún permanece inmóvil, sin una sola brizna de
hierba. El centro científico está cerca de la casa. Y la casa es grande; podría
recibir incluso a un millón de jupiterianos. Pero no somos tantos. Todavía no
llegamos ni a mil.
Aparecemos y desaparecemos. Pero no
morimos. Regresamos a nuestro comienzo y esperamos uno nuevo. ¿Cómo logramos
avanzar? Fue una obra humana, y les damos las gracias desde lo más profundo de
nuestros corazones. La idea finalmente se extendió por el mundo –este, el mayor
de todos los mundos– y ahora espera a los demás individuos. Pero nuestro tiempo
es tal que no funciona para nosotros. En Júpiter siempre hay –tal como ocurre
ahora– una lluvia pesada; las gotas son grandes y están llenas de mala materia,
pero estamos trabajando para mejorarla lo más rápido posible. Crecimos
rápidamente hasta convertirnos en seres inteligentes. Cada uno de nosotros está
naturalmente dotado, pero esa no es nuestra gran falla, la que nos hace
desaparecer tan pronto. En pocas palabras, la suerte no está de nuestro lado.
¡Todavía no! Exhorto a mi pueblo a darse prisa. Hasta entonces, me entrego al
descanso, y mis pensamientos traen nuevas propuestas. Tuvimos éxito con el suelo.
Nuestras ciudades tampoco están tan mal. Algunas se elevan hasta los cielos
amarillentos. Me encanta observar todos esos maravillosos cuerpos voladores
cuando nuestro gigante los deja pasar entre sus manos y simplemente los aplasta
o los empuja muy lejos, de regreso al lugar de donde vinieron. Desde el balcón
la vista siempre es buena, y revela grandes verdades cósmicas; sin ellas es
difícil vivir, y al seguirlas las ideas pasan al papel por sí mismas, y luego
las matemáticas hacen su trabajo. De ahí proviene toda nuestra fuerza, y no es
un secreto. Hablo de ello abiertamente, porque nuestra impotencia es grande y
es difícil mantener todo esto.
Desaparecemos y regresamos. La
gente de la Tierra nos ayuda algunas veces. Nos crearon con el descubrimiento
del hidrógeno metálico (existe solo aquí, en nuestro mundo, donde la presión de
los cielos es inmensa, y es excelente como superconductor), aunque nosotros
tenemos poco que ver con ello; nuestro elemento químico estaba junto a ese gran
e importante elemento para la gente de la Tierra, que lo persiguió en teoría y
finalmente lo encontró aquí entre nosotros, y desde entonces surgimos
constantemente de la espuma de la vida, convirtiéndonos en lo que somos, en
aquello que fuimos puestos aquí para ser. Solo que dura poco; nadie logra
terminar un pensamiento antes del primer anochecer. Partimos por selección
aleatoria, cada uno de nosotros. Ellos –los humanos– lo saben, así que
reaccionan rápidamente y, al reactivar máquinas biológicas, restauran nuestro
orden una vez más.
Somos descubiertos otra vez. Nos
ponemos de pie rápidamente, aunque eso dura siglos, que ya nadie percibe.
Habiéndonos descubierto una vez, nos despertaron para siempre. Pero la
composición de nuestra materia es tal que deben traernos de vuelta a la vida
una y otra vez, mediante nuevos descubrimientos. Nuestra vida es interesante,
pero el ciclo de levantarse de la misma cama es interminable. Así fue el primer
día, cuando sus robots descendieron aquí y rasparon el suelo. Entonces se
llevaron una parte importante de la riqueza mineral, pero además del hidrógeno
metálico había aquí otra materia extraña. La trataron como un secreto y
marcaron el paquete como estrictamente confidencial, aunque nunca la
estudiaron. Para nosotros es suficiente que se hayan topado con ella y hayan
puesto en marcha muchas transformaciones. Pertenecían a una especie científica
y eran grandes exploradores, así que nosotros no éramos más que alguien que
podía ser descubierto y resultar muy inteligente. Pero también fácilmente
perdido, porque eso era lo que habíamos sido hasta entonces. Y el círculo
comenzó a girar.
Aun así, es bueno que no hayamos
golpeado la suela del zapato de alguien, porque nos habríamos convertido en eso
–pequeñas criaturas de goma– o nos habríamos encontrado bajo una fogata de
viajeros de paso que deseaban descansar un rato; entonces nos habríamos
convertido en verdaderos holgazanes, inclinados a dormitar. Los humanos
llegaron y transfirieron sus pensamientos importantes sobre nosotros.
Nuestra materia es tal que absorbió
solo lo que ellos querían y lo que hacían entonces: encontrar algo importante.
Y nosotros nos elevamos, con la alegría de la vida, pero la desgracia de
desaparecer y ser redescubiertos en el barro nos acompaña.
Intenté esto una vez: encontrar a
alguien e insuflarle fuerza de la misma manera, pero el éxito siempre me da la
espalda, y aun cuando ordeno a alguien que me devuelva a la vida, ocurre lo
mismo, y permanezco en la plataforma de la infinitud, que se repite.
Escribí a los científicos de la
Tierra, diciendo que el tiempo pasa sin cesar y se detiene cuando no debe
permitirse que se detenga. No recibí respuesta.
A medida que pasan nuevos siglos –con
nosotros y sin nosotros– mi mente crece lo suficiente para comprender lo que
debe hacerse. Hice una máscara. Era un rostro humano. Con ella logré hechizar
fácilmente a mi pueblo. Desde hace tres generaciones –y el número de
recuperaciones exitosas seguramente crecerá– permanecemos en este mundo durante
mucho tiempo.
Me salvo transfiriendo mi intención
y mi comportamiento a otros, y juntos sobrevivimos. Nuestra masa corporal crece
sobre la materia blanquecina, y nuestra energía con forma de cubo adquiere una
forma que no es tan común ni simple. Una vez me asusté de mi nueva forma, al
mirarme en un espejo.
Les revelaré el secreto de la vida.
Se llama: «¡Júpiter!»
Radovan Petrović nació en Niš, Serbia, en 1980. Tiene
una maestría en ingeniería eléctrica y también escribe ficciones que se han
publicado en colecciones regionales de relatos cortos: Regia Fantastica,
Ubiq, Pazin, Priče iz izolacije, Supernova y Besan.

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