Anna Taborska
¿Alguna vez te has
encontrado cara a cara con un pez escorpión asustado? Harry Tomlinson sí. Una
fila de púas venenosas y un par de ojos de pez sobresaltados a solo centímetros
de los suyos, acercándose cada vez más. Una ráfaga de burbujas cuando Harry dejó
escapar el aliento, y luego se precipitaba hacia atrás y hacia arriba mientras
su cabeza era sacada de la pecera una vez más.
—¿Dónde está? —gritó el hombre
corpulento como un muro de ladrillos que sujetaba a Harry por el cabello, y
cuyo nombre parecía ser Tiny.
Harry jadeó en busca de aire,
tosiendo agua del acuario y pequeñas piedrecillas. Tiny lo sostuvo mientras su
compañero –un hombre cuyo nombre Harry había averiguado que era Frank– golpeaba
al cartero en el estómago, produciéndole repetidas arcadas.
—No sé de qué estás hablando —jadeó
Harry—. Te lo dije, te has equivocado de hombre.
Frank le hizo una señal a Tiny para
que continuara.
—¡No! —protestó Harry, temiendo más
por su querida y espinosa mascota que por su propia vida.
Se debatió violentamente, pero un
golpe en el riñón derecho debilitó su determinación y luego su rostro volvió a
estar dentro del acuario. Harry empujó hacia arriba contra la mano fornida de
Tiny con todas sus fuerzas, y luego cerró los ojos al sentir que las púas de su
preciado pez le perforaban la piel.
Esta vez, cuando Tiny levantó a
Harry, el pez escorpión salió con el cartero, con sus espinas incrustadas en la
mejilla de Harry. Harry resopló, gorgoteó, y luego gritó de agonía cuando el
veneno bombeado desde las espinas del pez penetró en su rostro. Tiny lo soltó
con sorpresa, y Harry se desplomó en el suelo, arañándose la cara y gritando
aún más, pues solo logró pincharse los dedos y hundir al pez y sus púas más
profundamente en su carne. La toxina recorrió el torrente sanguíneo de Harry y
comenzó a paralizar sus músculos. Sus gritos se transformaron en un silbido
ronco mientras luchaba por hacer entrar oxígeno en sus convulsionados pulmones.
—¿Qué le pasa? —Tiny se volvió
hacia Frank con una expresión perpleja en su rostro de toro.
En ese momento sonó el teléfono
móvil de Frank.
—Es el jefe —dijo Frank, y luego
presionó el botón para aceptar la llamada.
Tiny dio una convincente impresión
de estar viendo un partido de tenis en la pista central de Wimbledon mientras
sus ojos iban de un lado a otro entre el cartero retorciéndose en el suelo y
Frank, que empezaba a parecer claramente abatido.
—¿Qué pasa? —preguntó finalmente
Tiny, cuando Frank se disculpó con su jefe por décima vez antes de colgar.
—Nos equivocamos de casa.
—¿Qué?
—Nos equivocamos de casa —siseó
Frank con fuerza, molesto por tener que repetirse, algo que solo parecía
subrayar la estupidez de su error.
—¿Qué?
—¡Elgin Avenue! —gritó Frank—. ¡66
de Elgin Avenue, no Elgin Road!... ¿Entendido?... ¡Ahora deshagámonos de él y
larguémonos de aquí!
Harry no parecía
estar escuchando. Sus ojos estaban desorbitados; su mano herida parecía estar
en llamas, y ya no podía sentir la cara. Todo su mundo se había reducido a la
abrumadora tarea de obligar a sus pulmones a expandirse y contraerse, una
respiración a la vez.
—¿Y eso qué? —preguntó Tiny,
señalando el pez escorpión que sobresalía del rostro de Harry.
Las branquias del pez se abrían y
cerraban rápidamente; sus ojos estaban tan saltones como los de su dueño, y él
también estaba perdiendo lentamente su batalla por la vida.
—No lo toques —advirtió Frank,
mirando con disgusto la monstruosidad espinosa que sobresalía del rostro
imposiblemente hinchado y sangrante del hombre a sus pies—. Creo que puede ser
venenoso.
Unos minutos más tarde, Frank y
Tiny arrastraban al postrado Harry hacia la puerta trasera. La oscuridad había
caído por completo durante su visita a la casa equivocada, y se aprovecharon de
ello –y de la evidente ausencia de posibles testigos– para arrojar a Harry al
canal que corría al fondo del jardín del desdichado cartero.
Cuando el cuerpo de Harry golpeó el
agua, su respiración laboriosa ya se había detenido. El impacto con el canal
desprendió al pez escorpión, y el cuerpo muerto del cartero se hundió en las
profundidades turbias, descendiendo lentamente, con el peso de su ropa tirando
de él hacia abajo. Una grisura tranquila descendió sobre el cartero, pero su
liberación no habría de durar mucho.
De repente, Harry sintió un dolor
abrasador por todo el cuerpo cuando volvió bruscamente a la vida. Las heridas
abiertas en su rostro, donde las púas del pez habían penetrado, latían con una
extraña vida propia; transformándose y convirtiéndose en pliegues de piel que
se abrían y cerraban. El agua entraba en Harry por las grietas de su mejilla,
pero en lugar de ahogarse, su cuerpo extraía oxígeno del líquido. Harry
Tomlinson había desarrollado branquias, branquias que ahora se abrían y
cerraban, oxigenando su sangre y manteniéndolo con vida. Durante la siguiente
media hora, le crecería otro par.
El joven de aspecto
enfermizo parecía aún más enfermo cuando Tiny empujó su cara hacia el quemador
de gas.
—¿Dónde está? —exigió Frank,
haciendo un gesto a Tiny para que levantara al muchacho—. Dime dónde está o
encendemos el gas.
—¡No lo sé!
Frank sacó un encendedor Zippo del
bolsillo y procedió a encender el gas, mientras el joven se retorcía en el
agarre de Tiny. Cuando Frank ajustó la llama a su gusto, Tiny volvió a empujar
la cabeza del muchacho hacia abajo. Un mechón de su cabello se prendió fuego y
él gritó con fuerza, liberándose de las manos de Tiny y corriendo a toda
velocidad por la cocina.
—¡Por el amor de Dios, hazlo
callar! —gruñó Frank—. Los vecinos lo oirán.
Tiny caminó hacia el joven –que
había llegado al fregadero y trataba de meter la cabeza bajo el grifo– y lo
dejó inconsciente de un puñetazo.
—Estupendo —se quejó Frank—. Ahora
tendremos que sentarnos aquí y esperar a que vuelva en sí.
Tiny pareció desconcertado durante
un rato, pero pronto se animó.
—Tengo una idea —dijo, radiante de
orgullo.
—Estupendo —Frank apenas disimuló
su sarcasmo, pero se sorprendió gratamente cuando Tiny llenó una cacerola con
agua y se la arrojó a la cara demacrada del joven.
El muchacho volvió en sí y gritó.
Tiny fue a golpearlo otra vez, pero se detuvo bruscamente al darse cuenta de
que el joven estaba mirando algo detrás de él. El matón se volvió lentamente...
y también gritó.
El dolor
insoportable había disminuido y Harry se encontró flotando sin esfuerzo en el
agua negra del canal. A pesar de la turbiedad, podía ver claramente a su
alrededor: plantas de color barro, con sus escasas hojas meciéndose en la lenta
corriente; pequeños peces que iban y venían en busca de comida; una bicicleta
oxidada y ahogada; algunos huesos de animal; un zapato; los restos esqueléticos
de un paraguas. Y más allá de todo eso, el maltrecho cadáver de su amado pez
escorpión, enredado en una bolsa de plástico blanca.
La tristeza y la ira invadieron a
Harry, reemplazando su confusión y su miedo. Se movió en dirección a su mascota
muerta y descubrió que podía deslizarse fácilmente por el agua. Miró hacia
abajo con sorpresa y vio que entre sus dedos había crecido una membrana rosada
y translúcida. Miró detrás de sí y vio que sus pies también estaban palmeados.
En ese momento, un fuerte espasmo
sacudió su cuerpo. Podía notar que algo no estaba bien en su espalda, y
entonces un dolor breve pero agudo recorrió su columna vertebral cuando una
fila de largas y brillantes púas de colores iridiscentes irrumpió a través de
su piel en mutación.
Con un solo movimiento ágil de su
columna flexible, Harry se deslizó por el agua oscura, desenredó el cuerpo del
pez escorpión de la bolsa de plástico y lo levantó con cuidado. Esta vez sus
púas no atravesaron la nueva piel dura cubierta de escamas de Harry. Harry
contempló el pequeño cadáver durante un momento, luego abrió su mano
desconocida y dejó que el cuerpo de su mascota flotara suavemente hacia la
oscuridad.
Su ira se convirtió en furia y...
hambre.
Se dio cuenta de que no había
comido nada durante horas y, para su sorpresa, sabía exactamente qué era lo que
deseaba comer.
66 de Elgin Avenue; no Elgin Road... ¿Entendido?
Las palabras habían logrado
insinuarse en el subconsciente de Harry y ahora emergían, resonando en su
cabeza mientras se desplazaba por los canales. En sus ocho años como cartero
había aprendido todas las calles de la zona y las conocía –y también los
canales que las cruzaban– como la palma de su mano... mejor que la palma de su
mano, pues su mano ahora era algo nuevo y extraño.
Harry llegó al canal que corría
paralelo a Elgin Avenue y salió del agua. Se sentía algo inestable, y pasaron
un par de minutos antes de que respirar por la boca volviera a resultarle
natural. Miró a su alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie cerca y se
dirigió hacia el número 66; la ira y el hambre apresuraban sus pasos.
Ya era tarde y hacía frío, y las
calles estaban desiertas, salvo por un gato negro que siseó a Harry desde la
valla de un jardín antes de huir hacia las sombras.
Harry llegó a su destino y, al
encontrar la puerta sin llave, entró silenciosamente. Los dos asesinos de
mascotas ya estaban allí: Tiny torturando a algún drogadicto junto a la cocina,
y Frank observando, de espaldas al recién llegado e ignorante de lo que estaba
a punto de ocurrir.
La cosa escamosa y espinosa que
antes había sido el cartero del barrio se deslizó sin hacer ruido detrás de
Frank y, con un movimiento rápido, le arrancó la cabeza. La sangre salpicó
hasta el techo y la criatura se abalanzó sobre el cadáver decapitado, succionando
y desgarrando; su nuevo y fino juego de dientes afilados como navajas era la
herramienta perfecta para saciar su voraz apetito.
Tiny estaba demasiado ocupado
llenando la cacerola con agua y arrojándosela al joven para notar algo extraño.
Pero en cuanto el muchacho recuperó el conocimiento, sus ojos se posaron en la
escena grotesca que se desarrollaba detrás del matón que acababa de empaparlo.
Cuando su cerebro comprendió lo que estaba viendo, el joven empezó a gritar.
Tiny finalmente siguió su mirada y dejó caer la cacerola horrorizado.
El sonido metálico de la cacerola
al golpear el suelo distrajo a Harry momentáneamente de su frenesí alimenticio.
Vio a Tiny empezar a retroceder y sintió cómo se erizaba cuando las púas que
crecían en su espalda y sus extremidades se levantaban, con el veneno bombeando
por ellas hasta sus puntas.
Tiny corrió hacia la puerta
trasera, pero la encontró cerrada, sin ninguna llave a la vista. Se volvió de
golpe, vio un espacio entre la criatura y la puerta principal, y se lanzó hacia
allí.
La cosa fue más rápida: Harry interceptó
a Tiny y extendió el brazo, púas por delante. Tiny se estremeció cuando una
enorme púa atravesó su hombro. La criatura sostuvo al matón a distancia,
observándolo agitar los brazos como un insecto atravesado por un alfiler. Al
cabo de un rato, Tiny empezó a jadear cuando su garganta comenzó a cerrarse por
efecto del veneno.
Al cabo de un rato, Tiny empezó a
jadear al sentir un nudo en la garganta debido al veneno. Mientras Harry
retrasaba el inminente placer gastronómico y observaba a su presa retorcerse
ante él, el yonqui aprovechó la oportunidad para escabullirse de la escena
espeluznante y salir por la puerta principal. Harry lo soltó. Entonces,
hambriento de nuevo, extrajo su segundo plato de la púa y reanudó el festín. Harry
descubrió, con gran interés, que si se tomaba su tiempo era capaz de comer casi
el doble de su propio peso corporal. Cuando finalmente terminó –y todo lo que
quedaba de Frank y Tiny era un montón de ropa ensangrentada, un par de
esqueletos, una pistola, una navaja automática y dos teléfonos móviles– y
aproximadamente en el mismo momento en que el drogadicto del barrio era
encerrado en una celda tras irrumpir en la comisaría despotricando sobre
monstruos peces devoradores de hombres, el teléfono móvil de Frank sonó.
Harry lo recogió con cuidado y
examinó la pantalla parpadeante.
“Jefe”, decía.
Harry aceptó la llamada.
—¿Ya terminaste? —preguntó la
sorprendentemente chillona voz al otro lado.
Harry gruñó algo parecido a una
afirmación.
—¿Tienes la mercancía?
Harry volvió a gruñir.
—Entonces ¿por qué demonios no me
llamaste? —la voz chillona al otro lado subió uno o dos tonos con evidente
molestia.
Harry se arriesgó a emitir un
tercer gruñido.
—Escucha, solo lleven sus traseros
al estacionamiento detrás de Sainsbury’s. ¡Y quiero decir ahora mismo!
Harry sonrió para sí mismo y
regresó al canal. Si nadaba, llegaría a Sainsbury’s en cinco minutos. Tal vez
más tarde tomaría los canales hasta el río y luego bajaría por él durante un
kilómetro más o menos. Río abajo había una prisión para delincuentes violentos.
Harry odiaba a los asesinos y
violadores.
Además, calculó que tal vez
volvería a tener hambre antes del amanecer.
Anna Taborska es una autora británica que escribe relatos y guiones de terror. Sus ficciones han sido
publicadas en más de cincuenta
antologías y tres colecciones individuales. Ha sido nominada tres veces al
Premio Británico de Fantasía y siete veces al Premio Bram Stoker. Coeditó la
antología ganadora del Premio Stoker "Discontinue if Death Ensues: Tales
from the Tipping Point". Anna también ha dirigido cinco películas y ha
programado el Festival de Cine Raindance de Londres, donde presentó una sección
dedicada al terror.

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