lunes, 9 de marzo de 2026

ENVENENADOS

Carlos Eduardo Sánchez

 

Julio y Berta sobrellevaban un matrimonio como muchos; eran un par de viejos enemigos, curtidos en la amargura.

Vivían solos. Los hijos, adultos, enmarañados en sus propias historias, observaban con desgano y desde lo más lejos posible cómo sus progenitores sobrevivían prisioneros de viejos rencores.

Un odio taciturno y viscoso los adhería a una vida en común que toleraban con atávicos quehaceres. La mujer era una afanosa ama de casa que realizaba con esmero, siempre maldiciendo, las tareas hogareñas. Julio, un oscuro y metódico empleado de oficina pública a punto de jubilarse, que cada principio de mes, puntualmente y sin decir palabra, entregaba su sueldo a la esposa para que lo administrara. Berta no soportaba la rebelde dejadez de su marido y él detestaba la pulcritud masoquista que ella intentaba imponerle.

Ambos fantaseaban con la muerte del otro. Soñaban desligarse del martirio con el que la vida los había castigado; sacarse de encima esa muela infectada y dolorosa que les envenenaba el alma. No consideraban la posibilidad de separarse ni la de abandonar esa casa que los cobijaba, pero en la que ambos ya no cabían.

El plan se fue gestando de a poco; comenzó cuando el médico le recomendó a Julio, a causa de una hipertensión, que no usara en sus comidas la sal común sino una a base de hierbas. Berta, en un principio, se negó a condimentar la comida con ese “menjunje repugnante”, pero luego, tras fragorosas negociaciones que incluyeron gritos, insultos y viejos reproches mutuos, aceptó cocinar para ambos sin sal, para que así cada uno pudiera condimentar su plato a gusto. Desde ese día, la mujer, cada vez que servía la mesa con puntualidad y frugalidad franciscana, colocaba al lado de cada plato los respectivos saleros. Julio se acostumbró pronto al sabor del condimento terapéutico y casi no notó diferencia cuando a los pocos días empezó a consumirlo mezclado con veneno para ratas. La dosis del tóxico era muy baja; el plan era a largo plazo.

Soportó los dolores abdominales con estoicismo, a pesar de las burlas de Berta.

—Sos un viejo flojo y glotón —le decía con malicia. Gozaba viéndolo sufrir.

En una de sus esporádicas visitas, el hijo mayor de ambos, al ver tan mal a su padre, le propuso llevarlo a un hospital. Julio, que detestaba a los médicos casi tanto como a su mujer, no accedió.

—¡Seguramente la bruja de tu madre está intentando envenenarme con esa bazofia que me da de comer! —dijo gritando, para que pudiera oírlo Berta que estaba en otra habitación.

Por supuesto, ella respondió con insultos que derivaron en una gresca feroz y en la huida del joven.

El tiempo pasó. A Julio se le aflojaron algunos dientes y se le cayó algo de pelo. El desmejoramiento era importante pero lento; no despertaba sospechas entre los allegados y compañeros de trabajo, al que nunca faltaba a pesar de los fuertes dolores. Justamente fue en el trabajo donde colapsó. Vomitó sangre y fue llevado de urgencia al hospital.

Berta, al enterarse de que su marido estaba internado en grave estado, cayó en la cuenta de que al fin la vida la enfrentaba a la posibilidad con la que tanto había fantaseado. Sintió miedo, una profunda soledad y hasta compasión por su marido, por ese único hombre que alguna vez había amado. El desamparo se apoderó de ella; por primera vez en mucho tiempo extrañó a su esposo. Lloró; lloró como sólo se llora ante lo irremediable.

En el hospital, los médicos le informaron que la salud de Julio estaba complicada pero que, por el momento, no corría peligro de perder la vida. Le hicieron muchas preguntas que al principio le parecieron normales, pero después advirtió que estaba siendo interrogada de un modo incisivo sobre el tipo de alimentos que le suministraba al enfermo.

Cuando volvió a la casa encontró las puertas abiertas y la policía dentro. Un juez había ordenado la requisa. Los uniformados le consultaron por el salero con veneno que habían hallado, dijo desconocer todo y volvió a llorar; igual se la llevaron. No mucho tiempo después la justicia humana, que esta vez actuó con rapidez, la condenó a prisión por intento de homicidio.

Para esa época Julio ya había sido dado de alta, y regresado a la casa. Su sueño se había cumplido y también su arriesgado plan.


Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”. Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

ANGULO, EL PROSTÍBULO DE SAN ANDRÉS