Carlos Eduardo Sánchez
Julio y Berta sobrellevaban un matrimonio como muchos; eran un par
de viejos enemigos, curtidos en la amargura.
Vivían solos. Los hijos, adultos,
enmarañados en sus propias historias, observaban con desgano y desde lo más
lejos posible cómo sus progenitores sobrevivían prisioneros de viejos rencores.
Un odio taciturno y viscoso
los adhería a una vida en común que toleraban con atávicos quehaceres. La mujer
era una afanosa ama de casa que realizaba con esmero, siempre maldiciendo, las
tareas hogareñas. Julio, un oscuro y metódico empleado de oficina pública a
punto de jubilarse, que cada principio de mes, puntualmente y sin decir
palabra, entregaba su sueldo a la esposa para que lo administrara. Berta no
soportaba la rebelde dejadez de su marido y él detestaba la pulcritud
masoquista que ella intentaba imponerle.
Ambos fantaseaban con la
muerte del otro. Soñaban desligarse del martirio con el que la vida los había
castigado; sacarse de encima esa muela infectada y dolorosa que les envenenaba
el alma. No consideraban la posibilidad de separarse ni la de abandonar esa
casa que los cobijaba, pero en la que ambos ya no cabían.
El plan se fue gestando de a
poco; comenzó cuando el médico le recomendó a Julio, a causa de una
hipertensión, que no usara en sus comidas la sal común sino una a base de
hierbas. Berta, en un principio, se negó a condimentar la comida con ese
“menjunje repugnante”, pero luego, tras fragorosas negociaciones que incluyeron
gritos, insultos y viejos reproches mutuos, aceptó cocinar para ambos sin sal,
para que así cada uno pudiera condimentar su plato a gusto. Desde ese día, la
mujer, cada vez que servía la mesa con puntualidad y frugalidad franciscana,
colocaba al lado de cada plato los respectivos saleros. Julio se acostumbró
pronto al sabor del condimento terapéutico y casi no notó diferencia cuando a
los pocos días empezó a consumirlo mezclado con veneno para ratas. La dosis del
tóxico era muy baja; el plan era a largo plazo.
Soportó los dolores
abdominales con estoicismo, a pesar de las burlas de Berta.
—Sos un viejo
flojo y glotón —le decía con malicia. Gozaba viéndolo sufrir.
En una de sus esporádicas
visitas, el hijo mayor de ambos, al ver tan mal a su padre, le propuso llevarlo
a un hospital. Julio, que detestaba a los médicos casi tanto como a su mujer,
no accedió.
—¡Seguramente la
bruja de tu madre está intentando envenenarme con esa bazofia que me da de
comer! —dijo gritando, para que pudiera oírlo Berta que estaba en otra
habitación.
Por supuesto, ella respondió
con insultos que derivaron en una gresca feroz y en la huida del joven.
El tiempo pasó. A Julio se le
aflojaron algunos dientes y se le cayó algo de pelo. El desmejoramiento era importante
pero lento; no despertaba sospechas entre los allegados y compañeros de
trabajo, al que nunca faltaba a pesar de los fuertes dolores. Justamente fue en
el trabajo donde colapsó. Vomitó sangre y fue llevado de urgencia al hospital.
Berta, al enterarse de que su
marido estaba internado en grave estado, cayó en la cuenta de que al fin la
vida la enfrentaba a la posibilidad con la que tanto había fantaseado. Sintió
miedo, una profunda soledad y hasta compasión por su marido, por ese único
hombre que alguna vez había amado. El desamparo se apoderó de ella; por primera
vez en mucho tiempo extrañó a su esposo. Lloró; lloró como sólo se llora ante
lo irremediable.
En el hospital, los médicos le
informaron que la salud de Julio estaba complicada pero que, por el momento, no
corría peligro de perder la vida. Le hicieron muchas preguntas que al principio
le parecieron normales, pero después advirtió que estaba siendo interrogada de
un modo incisivo sobre el tipo de alimentos que le suministraba al enfermo.
Cuando volvió a la casa
encontró las puertas abiertas y la policía dentro. Un juez había ordenado la
requisa. Los uniformados le consultaron por el salero con veneno que habían
hallado, dijo desconocer todo y volvió a llorar; igual se la llevaron. No mucho
tiempo después la justicia humana, que esta vez actuó con rapidez, la condenó a
prisión por intento de homicidio.
Para esa época Julio ya había
sido dado de alta, y regresado a la casa. Su sueño se había cumplido y también
su arriesgado plan.

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