lunes, 6 de abril de 2026

ANGULO, EL PROSTÍBULO DE SAN ANDRÉS

Armando Azeglio

 

Angulo era un quilombo, imitación de un lupanar de Buenos Aires, imitación, a su vez, de la idea que los porteños tenían de los prostíbulos en Europa. Quiero decir, aquellos burdeles con características propias de la Belle Époque, de irradiación francesa, reflejada en algunos elementos como las vajillas, la decoración y los muebles. Al principio del siglo pasado se elegían las casonas antiguas, no siempre lujosas pero sí amplias y cómodas. Solían ser las favoritas de las regentas que buscaban subirle el perfil a sus establecimientos cuando estos se ubicaban en la urbe. Como todos los burdeles, Angulo tenía un salón principal, donde estaban el piano, la pista de baile y una ponchera incompleta. En su momento de gloria, una de sus madamas había hecho instalar un carrusel en la pista de baile. Allí giraban las chicas, livianas de ropa, y eran elegidas por los clientes (sentados en estratégicos sillones tapizados en capitoné púrpura) mientras fumaban, bebían y se emborrachaban escuchando música de piano.

Para cuando yo lo conocí, Angulo era algo así como la fotocopia de la fotocopia de la idea de un quilombo en su momento de gloria. Pero todavía exultaba cierto aire de oscura majestuosidad. El gran recibidor de la entrada tenía un antiguo espejo de cristal con oscuras manchas de humedad, viejas reproducciones de naturalezas bien muertas y majas desnudas que volverían a la tumba al más pintado de los artistas de la historia. Las paredes estaban empapeladas con un material rugoso con luminiscencias doradas. Recuerdo una pesada lámpara de madera con la pantalla empolvada e hilos de telaraña que surcaban el espacio.

Yo sabía que ese mundo de hombres en búsqueda de alucinaciones con forma de mujer le había sido familiar a mi padre; como le había sido, a su vez, a mi abuelo. Sabía que en su juventud había amado esos quilombos de cuartos amplios y reproducciones de pinturas eróticas japonesas. Le fascinaban esas habitaciones de paredes empapeladas, las pesadas lámparas de madera y las camas enfundadas en sábanas limpias y almidonadas, cubiertas por colchas de cretona. Mi viejo amaba la calidez de la madera y odiaba el frío y la impersonalidad del metal. A mi viejo le encantaba ir al encuentro de orgasmos abrazado a mujeres cual espejismos, aunque supiera de antemano lo que suele pasar con los espejismos: si uno se acerca más de lo permitido, desaparecen.

Cuando ingresé al antiguo salón de baile, Loretta una de las chicas italianas que giraba en el mítico carrusel se abrió de piernas, y entre los repliegues de su loto vaginal, brillaba con insolencia una esfera de acero quirúrgico estratégicamente dispuesta. En el reflejo de la libido de mis ojos debe haber visto el del pearcing de su entrepierna que le devolvían mis pupilas. Tenía treinta y dos años y mientras me miraba con las dos monedas de oro de su rostro sonreía instigándome libidinosamente. Su particular belleza no impedía la carroña de sus gestos. Cuando sus labios estallaban en una mueca perversa, las monedas de sus ojos le traspasaban el cuerpo con signos que solo yo podía leer. Inmediatamente saltó de la calesita, me atrapó del brazo y escaló con sus labios hasta mi oreja para proponerme sordideces. Debo haber visto en ella a un hada fatídica enviada por el destino, la imagen hackeada de mi propia costilla de Adán venida a darme lecciones de libertinaje y acercarme a un destino que me esperaba desde hacía eones. No lo dudé y me fui con Loretta a una de las habitaciones. Ella movía su culo soberbio a derecha e izquierda atravesando la pista, como siguiendo el compás de un ritmo imaginario. Ya dentro, me subí a esa especie de montaña rusa que era la italiana. Ingenuamente quise besarla y giró bruscamente la cara para un costado (años más tarde sabría que ese era solo un privilegio reservado al cafishio). El movimiento de la cabeza, hizo que su pelo reseco me latigueara la mejilla. Ese fue el único inconveniente de la noche.

Hablar es manipular, mirar es manipular. Escribir es forzar las cosas para que quepan dentro de las palabras. Pero, ¿cómo expresar que la bulimia sexual de Loretta superaba lejos su presunta bulimia? ¿Cómo describir lo vicioso de sus poses, la sordidez de sus obscenidades, la avidez desesperante de su oralidad? Me acoplé con ella como poseído por una locura diabólica. A cada golpe de ariete, sus masas adiposas se desplazaban en ordenadas olas de carne siguiendo el ritmo de las embestidas, lo que multiplicaba el ritmo de mi locura y mi deseo… era poesía, era rítmica en acompasado movimiento. ¿Atavismo? Orgasmo. Inmediatamente le propuse que estuviéramos toda la noche juntos.

 

II

Entreabrí los ojos a la mañana siguiente, casi desnudo y en el suelo. Miré durante varios segundos el lugar en el que estaba, hasta que logré ordenar las piezas del rompecabezas que vagaban por mi memoria. Recordaba, entre otras cosas, una pelea con un ser despreciable que aseguraba ser el dueño, “il padrone di Loretta” y con el cual yo había pretendido negociar su libertad a golpes. Finalmente me vino a la mente la actitud iracunda de la mujer. Sus palabras, sus imprecaciones como dardos bañados en veneno.

Quise moverme pero tenía el cuerpo paralizado, como envuelto por una especie de boa imaginaria. Quise gritar, pero la voz se me apelotonó en la garganta de la cual emergió una tos sucia. Sentí miedo de mí mismo. Sentí que sobre mi epidermis se secaba lentamente la película de saliva con que Loretta la había cubierto la noche anterior. A medida que esta se iba enjugando, mi cuerpo cobraba una especie de escamosidad, de rigidez cadavérica; temía que si me movía, esa película se rompería fragmentos iridiscentes, llenando toda la habitación con mi propia vergüenza. Quise darle una forma razonable a ese atropello de sensaciones que se insinuaban de golpe, y se desvanecían con igual rapidez. Nada de lo conocido y familiar me ayudaba a imponer orden en el caos alojado en mi cabeza. Era como si me hubieran arrancado de ese mundo que fui construyendo con una tenacidad y paciencia infinitas a lo largo de los años. Y ahora, cuando ese cosmos estaba en el apogeo de su solidez y se había consolidado, la presencia de una puta me devolvía inesperadamente a la turbulencia de mis orígenes. Al caos primordial.

“Es solo una puta”, murmuraba a modo de mantra; “una puta a la que no conozco y con la que no recuerdo haber cruzado palabra”, me decía pretendiendo que mis palabras funcionaran como un exorcismo que eliminase las prodigiosas imágenes del sexo tenido con Loretta la noche anterior.

Quedé duro por esta escena, por estas líneas que en el relato original no había previsto. En medio de esta situación, para mi irreal, Loretta Corsini me pareció una creatura ilusoria, alguien creado por mi propia soledad: un sueño. Unos cuantos segundos bastaron para poner todo en foco: esa puta se había ido después de que escuchara mi propuesta de matrimonio, de la cual se había burlado histriónicamente, riéndose en mi propia cara.

 

III

Unos días más tarde acudí presuroso a una cita que me diera la mismísima Loretta Corsini en la sombría costanera de la ciudad. Parecía no importarle en absoluto el peligro de penetrar un territorio donde las faldas –y lo que hay dentro– eran pieza de caza por hombres en celo, que se paseaban por la zona como lobos hambrientos.

Cerraba los ojos y sacaba la lengua, y el viento del río le pegaba la blusa a esas tetas enormes y de pezones filosos. Con la mano derecha comenzó a acariciarse las nalgas, penetrándose con el dedo mayor mientras cantaba en algo que parecía una ópera en italiano. Se parecía a la Saraghina de Fellini.

¡Por Dios que me excitó!

Levantó la mano izquierda: tenía una Colt 38 y eso me arrugó el pito de inmediato. Disparó en línea recta, al agua. Continuó, pero bajando el arma: dio en la arena de la orilla, en el pasto amarillento, en el suelo, cerca de los pies. Y en sus propios pies.

Se disparó hasta no poder sostenerse.

Vació el tambor mientras seguía cantando esa canción de mierda y las extremidades le quedaron rotas como crisantemos desgajados. Hubiera sido inútil ayudarla; lo supe desde el principio. Solo lloré por su locura. No muy diferente a la mía por cierto.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

ANGULO, EL PROSTÍBULO DE SAN ANDRÉS