Armando Azeglio
Angulo
era un quilombo, imitación de un lupanar de Buenos Aires, imitación, a su vez,
de la idea que los porteños tenían de los prostíbulos en Europa. Quiero decir,
aquellos burdeles con características propias de la Belle Époque, de
irradiación francesa, reflejada en algunos elementos como las vajillas, la
decoración y los muebles. Al principio del siglo pasado se elegían las casonas
antiguas, no siempre lujosas pero sí amplias y cómodas. Solían ser las
favoritas de las regentas que buscaban subirle el perfil a sus establecimientos
cuando estos se ubicaban en la urbe. Como todos los burdeles, Angulo tenía un
salón principal, donde estaban el piano, la pista de baile y una ponchera
incompleta. En su momento de gloria, una de sus madamas había hecho instalar un
carrusel en la pista de baile. Allí giraban las chicas, livianas de ropa, y
eran elegidas por los clientes (sentados en estratégicos sillones tapizados en
capitoné púrpura) mientras fumaban, bebían y se emborrachaban escuchando música
de piano.
Para cuando yo lo conocí, Angulo era algo así como la fotocopia de la
fotocopia de la idea de un quilombo en su momento de gloria. Pero todavía
exultaba cierto aire de oscura majestuosidad. El gran recibidor de la entrada
tenía un antiguo espejo de cristal con oscuras manchas de humedad, viejas
reproducciones de naturalezas bien muertas y majas desnudas que volverían a la
tumba al más pintado de los artistas de la historia. Las paredes estaban
empapeladas con un material rugoso con luminiscencias doradas. Recuerdo una
pesada lámpara de madera con la pantalla empolvada e hilos de telaraña que
surcaban el espacio.
Yo sabía que ese mundo de hombres en búsqueda de alucinaciones con
forma de mujer le había sido familiar a mi padre; como le había sido, a su vez,
a mi abuelo. Sabía que en su juventud había amado esos quilombos de cuartos
amplios y reproducciones de pinturas eróticas japonesas. Le fascinaban esas
habitaciones de paredes empapeladas, las pesadas lámparas de madera y las camas
enfundadas en sábanas limpias y almidonadas, cubiertas por colchas de cretona.
Mi viejo amaba la calidez de la madera y odiaba el frío y la impersonalidad del
metal. A mi viejo le encantaba ir al encuentro de orgasmos abrazado a mujeres
cual espejismos, aunque supiera de antemano lo que suele pasar con los
espejismos: si uno se acerca más de lo permitido, desaparecen.
Cuando ingresé al antiguo salón de baile, Loretta una de las chicas
italianas que giraba en el mítico carrusel se abrió de piernas, y entre los
repliegues de su loto vaginal, brillaba con insolencia una esfera de acero
quirúrgico estratégicamente dispuesta. En el reflejo de la libido de mis ojos
debe haber visto el del pearcing de su entrepierna que le devolvían mis
pupilas. Tenía treinta y dos años y mientras me miraba con las dos monedas de
oro de su rostro sonreía instigándome libidinosamente. Su particular belleza no
impedía la carroña de sus gestos. Cuando sus labios estallaban en una mueca
perversa, las monedas de sus ojos le traspasaban el cuerpo con signos que solo
yo podía leer. Inmediatamente saltó de la calesita, me atrapó del brazo y
escaló con sus labios hasta mi oreja para proponerme sordideces. Debo haber
visto en ella a un hada fatídica enviada por el destino, la imagen hackeada de mi propia costilla de Adán
venida a darme lecciones de libertinaje y acercarme a un destino que me
esperaba desde hacía eones. No lo dudé y me fui con Loretta a una de las
habitaciones. Ella movía su culo soberbio a derecha e izquierda atravesando la
pista, como siguiendo el compás de un ritmo imaginario. Ya dentro, me subí a
esa especie de montaña rusa que era la italiana. Ingenuamente quise besarla y
giró bruscamente la cara para un costado (años más tarde sabría que ese era
solo un privilegio reservado al cafishio). El movimiento de la cabeza, hizo que
su pelo reseco me latigueara la mejilla. Ese fue el único inconveniente de la
noche.
Hablar es manipular, mirar es manipular. Escribir es forzar las cosas
para que quepan dentro de las palabras. Pero, ¿cómo expresar que la bulimia
sexual de Loretta superaba lejos su presunta bulimia? ¿Cómo describir lo
vicioso de sus poses, la sordidez de sus obscenidades, la avidez desesperante
de su oralidad? Me acoplé con ella como poseído por una locura diabólica. A
cada golpe de ariete, sus masas adiposas se desplazaban en ordenadas olas de
carne siguiendo el ritmo de las embestidas, lo que multiplicaba el ritmo de mi
locura y mi deseo… era poesía, era rítmica en acompasado movimiento. ¿Atavismo?
Orgasmo. Inmediatamente le propuse que estuviéramos toda la noche juntos.
II
Entreabrí
los ojos a la mañana siguiente, casi desnudo y en el suelo. Miré durante varios
segundos el lugar en el que estaba, hasta que logré ordenar las piezas del
rompecabezas que vagaban por mi memoria. Recordaba, entre otras cosas, una
pelea con un ser despreciable que aseguraba ser el dueño, “il padrone di Loretta” y con el cual yo había pretendido negociar
su libertad a golpes. Finalmente me vino a la mente la actitud iracunda de la
mujer. Sus palabras, sus imprecaciones como dardos bañados en veneno.
Quise moverme pero tenía el cuerpo paralizado, como envuelto por una
especie de boa imaginaria. Quise gritar, pero la voz se me apelotonó en la
garganta de la cual emergió una tos sucia. Sentí miedo de mí mismo. Sentí que
sobre mi epidermis se secaba lentamente la película de saliva con que Loretta
la había cubierto la noche anterior. A medida que esta se iba enjugando, mi
cuerpo cobraba una especie de escamosidad, de rigidez cadavérica; temía que si
me movía, esa película se rompería fragmentos iridiscentes, llenando toda la
habitación con mi propia vergüenza. Quise darle una forma razonable a ese
atropello de sensaciones que se insinuaban de golpe, y se desvanecían con igual
rapidez. Nada de lo conocido y familiar me ayudaba a imponer orden en el caos
alojado en mi cabeza. Era como si me hubieran arrancado de ese mundo que fui
construyendo con una tenacidad y paciencia infinitas a lo largo de los años. Y
ahora, cuando ese cosmos estaba en el apogeo de su solidez y se había
consolidado, la presencia de una puta me devolvía inesperadamente a la
turbulencia de mis orígenes. Al caos primordial.
“Es solo una puta”, murmuraba a modo de mantra; “una puta a la que no
conozco y con la que no recuerdo haber cruzado palabra”, me decía pretendiendo
que mis palabras funcionaran como un exorcismo que eliminase las prodigiosas
imágenes del sexo tenido con Loretta la noche anterior.
Quedé duro por esta escena, por estas líneas que en el relato original
no había previsto. En medio de esta situación, para mi irreal, Loretta Corsini
me pareció una creatura ilusoria, alguien creado por mi propia soledad: un
sueño. Unos cuantos segundos bastaron para poner todo en foco: esa puta se
había ido después de que escuchara mi propuesta de matrimonio, de la cual se
había burlado histriónicamente, riéndose en mi propia cara.
III
Unos
días más tarde acudí presuroso a una cita que me diera la mismísima Loretta
Corsini en la sombría costanera de la ciudad. Parecía no importarle en absoluto
el peligro de penetrar un territorio donde las faldas –y lo que hay dentro–
eran pieza de caza por hombres en celo, que se paseaban por la zona como lobos
hambrientos.
Cerraba los ojos y sacaba la lengua, y el viento del río le pegaba la
blusa a esas tetas enormes y de pezones filosos. Con la mano derecha comenzó a
acariciarse las nalgas, penetrándose con el dedo mayor mientras cantaba en algo
que parecía una ópera en italiano. Se parecía a la Saraghina de Fellini.
¡Por Dios que me excitó!
Levantó la mano izquierda: tenía una Colt 38 y eso me arrugó el pito de
inmediato. Disparó en línea recta, al agua. Continuó, pero bajando el arma: dio
en la arena de la orilla, en el pasto amarillento, en el suelo, cerca de los
pies. Y en sus propios pies.
Se disparó hasta no poder sostenerse.
Vació el tambor mientras seguía cantando esa canción de mierda y las extremidades le quedaron rotas como crisantemos desgajados. Hubiera sido inútil ayudarla; lo supe desde el principio. Solo lloré por su locura. No muy diferente a la mía por cierto.

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